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Expertos

Tacho Rufino | 23 de marzo de 2014 a las 23:46

UN experto a quien se da cancha en una reforma fiscal es alguien que puede tener mucho peligro para el bolsillo de la gente. Si en vez de un solo experto se trata de un equipo grande de expertos, las prescripciones que éstos proponen al Gobierno se aguan un poco, como todos los consejos de los grandes grupos, que tienden al consenso y, por tanto, a una solución técnicamente menos que óptima, como las que suelen parir todos los grandes grupos. Incluso tienden a la obviedad, porque la gestión presupuestaria es una tarea ingente en números, pero que consta de pocos sumandos (o restandos, según si la perspectiva es de quien recauda o de quien se rasca el bolsillo), es un sota, caballo y rey, una ecuación sencilla que se resuelve con altas dosis de ideología, y cuyas variables son principalmente el IVA, el IRPF, los impuestos especiales y, con mucho menos peso, la tributación de las empresas. La dificultad está en decidir si se aprieta a quienes trabajan y tienen un salario u otras rentas no ocultas, en proporción directa a sus ingresos -o sea, se busca elevar la recaudación por el IRPF-, o alternativamente se gana recaudación sin atender a si se gana más o menos: elevando el IVA, encareciendo la vida de la gente en general. Los expertos le han dicho a Montoro que haga esto último, la opción más regresiva: suba usted el tipo general de IVA -¿otra vez? Otra vez…- e incluso el IVA de algunos alimentos. Nada de milongas de reactivar el consumo dejando más dinero en el bolsillo de la gente: eso queda para los programas electorales. Y por supuesto, el informe experto contiene meras pinceladas declarativas sobre los problemas fiscales menos atacados: la baja tributación de grandes empresas y fortunas, y la economía sumergida (la gorda, y no tanto la de supervivencia). Como no podía ser menos, esta opción es la que nos quieren imponer los castigadores exteriores del FMI y la Europa rica, e incluso De Guindos, que tras parar el rescate nacional y conseguir el rescate bancario en Europa, es en Europa donde quiere aterrizar tras su duro ministerio; Bruselas le va a parecer un spa. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, Montoro -que es ahora el hombre fuerte del Gobierno, el más político de los economistas ejecutivos- le ha dicho a los expertos que muy bien, que se agradecen los servicios prestados, y que sus expertas prescripciones van al cubo de la basura. Está la gente como para subirle el pan. Si la gente se tira a la calle por perder su casa -sólo faltaba, ¿usted qué haría?-, cuando le tocan el pan se tira con más hambre, como ha demostrado la Historia tantas veces a lo largo y ancho del mundo. Gracias esta vez, Montoro, por ser coherente con su ideología. ¿O debemos decir: “Gracias, elecciones?”.

Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

Elecciones aparte, subirán los impuestos

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2011 a las 18:29

Hace ya unos meses, un lector reaccionó indignado ante una ‘profecía’ lanzada desde aquí que, en el fondo, estaba cantada aunque ningún político la reconociera (ni la reconocerá): los impuestos van a subir. Van a seguir subiendo, mejor dicho. “¿Para eso están los economistas? ¿Para recomendar que la vía de reducir el déficit es aumentar la presión fiscal?”, se lamentaba él. En realidad, no se trata de recomendar, se trata de que la cuadratura del círculo sigue siendo un empeño vano: si los ingresos bajan más que proporcionalmente a los gastos, el déficit se incrementa. Otra cosa son las declaraciones de los políticos, contumaces e impenitentes en su preelectoral tarea de agradar a diestro y siniestro. Porque, siendo grandes, los recortes de gasto no han sido tan grandes –por suerte, diría yo, disintiendo de los podadores públicos vocacionales— como para compensar la gran caída de los ingresos (básicamente, ingresos por impuestos), sea para el Estado, sea para las autonomías, sea para las corporaciones locales. Ahí están los presupuestos que van saliendo, y eso que en no pocos casos se trata de desideratums poco realistas, de voluntaristas aplicaciones de porcentajes con respecto al presupuesto del año anterior.

Esta semana ha sido Merkel quien ha dicho que los impuestos –no sólo en España—tendrán que subir. Ella ya da por perdidas las elecciones, o casi, y no tiene que regalar la oreja a nadie. Mientras, Rajoy intenta mantener la coherencia formal de su discurso y anuncia que bajará el tipo del Impuesto de Sociedades, el que pagan las empresas por sus beneficios. Se lo bajará, dice, a las pequeñas empresas, sin contrapartidas de creación o mantenimiento del empleo por parte de las pymes. Manga ancha, a la espera que tal medida dinamice la economía. Olvida Rajoy que ya el año pasado –por primera vez en la historia fiscal de España– las empresas pagaron por Sociedades un tipo efectivo inferior a las rentas personales, las que pagan por IRPF los de a pie (sobre todo aquellos de a pie que viven de un sueldo con su nómina y todo: esos no se escapan). ¿Adivinan ustedes quién va a pagar los impuestos necesarios para apuntalar la casa común? Los de a pie, de nuevo, muy probablemente, es lo más fácil. Y eso significa aumentar los impuestos indirectos: aquellos que nada tienen que ver con el nivel de renta, de beneficios o de ingresos por plusvalías. Los que pagamos por consumir. El IVA y los impuestos sobre el tabaco, el alcohol y la gasolina. Si alguien cree que no van a subir, es un iluso. No se trata de uno u otro: se trata de la presión fiscal resultante. Hagan más caso a Merkel en estas cosas que a Rubalcaba o a Rajoy. Curiosamente –por la coincidencia improbable con la canciller alemana–, el exlíder de Greenpeace ahora candidato señero de la alternativa ecologista Equo para el 20-N, Juan López de Uralde, se declara partidario de subir los impuestos en función de la renta y de la contaminación que se provoque. Los impuestos, ya se sabe, no son ni de izquierdas ni de derecha, son instrumentales y todos los usan, aunque se los quiera teñir de rojo (“paga más, rico”) o de azul (“los bajamos, los bajamos… pero no”). Se trata de medir la presión y el esfuerzo fiscal, no el tipo concreto de un impuesto u otro. Y, canina la renta nacional, esas magnitudes crecen. Claro que crecen.

Miren este cuadro con datos no demasiado viejos. España está por debajo de la media de la UE en presión fiscal:

Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?