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Un sabio de ‘izquierdecha’

Tacho Rufino | 6 de febrero de 2012 a las 14:23

La derecha y la izquierda existen. Afirmaba el italiano Sartori que la diferencia esencial es que la izquierda promueve la igualdad, mientras que la derecha promueve los beneficios enriquecedores de la diferencia, lo cual conlleva la defensa de los privilegios de quienes han hecho dinero o lo han recibido en el notario. La izquierda defiende lo colectivo, la derecha lo privado. En la economía de la crisis, también las posiciones son claras, lo cual, siendo consecuencia del malestar causado por el empobrecimiento y la incertidumbre, es reconfortante: las líneas ideológicas difusas de los tiempos del bombeo de la última gran burbuja eran falsas, o al menos transitorias. A día de hoy, en política económica la discrepancia tiene rostros muy diferentes.

Si eres de derechas, la austeridad es el dogma, mientras que si eres de izquierdas reclamarás políticas de estímulo fiscal y convendrás que la dieta es necesaria, pero con algún suplemento vitamínico que prevenga la anemia. Merkel -mejor dicho, el paradigma alemán- es el estandarte de la primera visión; Krugman, de la segunda (Antón Costas parafraseaba hace unos días el “Dios, dame la castidad, pero no me la des ahora” de San Agustín: “Dame la austeridad, pero no me la des toda ahora”). Si eres de derechas, creerás que los culpables son los políticos, con Obama a la cabeza (y Zapatero -¿recuerdan?- a nivel doméstico). Si eres de izquierdas, culparás del pecado original y otros menos originales a la banca y otros operadores del mercado financiero. Suele gustarnos ponernos un traje prêt à porter ideológico, y asumir un credo y una estética empaquetada. Es comodísimo. Te vuelves previsible y hasta cansino, pero da mucha paz de espíritu estar alineado. El arquetipo de la consistencia ideológica es el nacionalismo español contra España: sota, caballo y rey; el enemigo y el argumentario del clan están clarísimos, no hay fisuras ni dudas.

El economista indio del MIT la Universidad de Chicago Raghuram Rajan no es hombre de blancos y negros, como no lo es su propia piel. Cuando todos decían que la cosa iba bien, él dijo lo contrario: “Me sentía como un paleocristiano que hubiera aterrizado por casualidad en un congreso de leones hambrientos”. En su libro Fault Lines, defiende la tesis de que la crisis ha sido causada al alimón por bancos, políticos y ciudadanos. Pero, ojo, su tesis es que hay aún grietas en las placas tectónicas que, de no resolverse, no dejarán al mundo en paz más que transitoriamente. Cuando uno espera el alegato del adelgazamiento del Estado, Rajan sorprende. ¿Adivinan cuál es la grieta principal que provocará nuevos terremotos según este sabio inesperado? La brecha entre ricos y pobres, global y local. Un tipo de izquierdecha. (Por cierto, el libro ganó el Premio Financial Times y Goldman Sachs al mejor libro del año. Qué ricas contradicciones.)

Al tren se viene meado

Tacho Rufino | 25 de septiembre de 2010 a las 13:02

EL fenómeno low cost va unido al de la degradación de la clase media. Aunque la eclosión del llamado bajo coste afecta a prácticamente cualquier producto o servicio de consumo de masas, el sector en el que más se ha desarrollado es el del turismo. Todos viajamos a cualquier parte por poco dinero pero, tras una fase de despiporre en la que nos transformamos en doctores Livingstone del XXI vestidos de Decathlon, vino la resaca: si estás de buen año no cabes en el asiento del avión, y debes pagar más por uno de tu medida (es un decir). O vas a viajar de pie en un avión sin copiloto, que aterrizará a las dos de la madrugada en una especie de aeropuerto en medio de la nada. Claro, que hay otras opciones… que se pagan a base de bien. La última muestra de esta re-masificación de los productos y servicios unida a la baratura viene del sur de Inglaterra. La compañía ferroviaria que ostenta la concesión pública, Southern Railways, va a prescindir de los WC en trayectos de 80 minutos. Incontinentes de cualquier sexo, bebedores de diurético té, ¡cuidado! ¿Estamos ante el boom de los pañales para todos, low cost por supuesto?

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Sea así o no, los servicios esenciales tienden a privatizarse, y la clase media a convertirse en una clase-masa indiferenciada, sin influencia ni poder de negociación en el consumo. Acelerando este proceso está no ya la crisis, sino la degradación de la capacidad adquisitiva de unos jóvenes -los adultos de mañana, permitan la perogrullada- con menguantes rentas y condiciones laborales, y que tardan más en independizarse. La brecha salarial es así creciente entre empleados estables en vías de extinción y empleados inestables emergentes (?), de forma paralela a la que se da entre rentas del trabajo y rentas del capital. ¿Un discurso de izquierdas? Sólo en un sentido clásico del término. Diagnósticos similares los encontramos en oráculos liberales como The Economist, y en los discursos de los partidos conservadores. No digamos en los de los ultraconservadores, que están en Europa en auge: las últimas elecciones suecas -¡suecas!- arrojan resultados que hubieran sido ciencia ficción hace sólo una década. Olof Palme, Berlinguer, Willy Brandt, Petra Kelly e incluso Helmut Kohl quedan como en otro mundo. Las crisis es lo que tienen: descarnan las verdades y las ponen crudamente al aire. Si se fijan, hay pocas diferencias entre las opciones políticas, al menos en la praxis: si acudimos al programa electoral y atendemos después a los hechos del actual Gobierno, podríamos llegar a la convulsión, por risa o llanto. Esto complica el objetivo de conseguir diferenciarse del adversario político. Aun así, queda la ideología.

Por ejemplo, la fórmula mágica para salir de la crisis tiene ingredientes distintos según el alquimista crea con pasión en el mercado o desconfíe de él, también con pasión. En el primer caso, creeremos que se puede seguir creciendo en el planeta finito; se debe seguir creciendo, y para ello hay que confiar ciegamente en los precios relativos entre los territorios, que hacen que cada uno se especialice en lo que mejor o más barato hace. También hay que ahondar en la liberalización de los mercados (los financieros, que son los que han pegado el petardazo, hay que reformarlos, eso lo conceden todos, sólo faltaba). Y si lo que tú hacías -aceite de oliva, coches, zapatos- lo hace más barato un egipcio o un oriental, pues cambia de oficio… o innova, sé más competitivo, usa bien la tecnología, desplázate a otro continente. Pero no pongas aranceles ni tuteles la economía, no intervengas, no toques a la rosa. En el segundo caso -el desconfiado acerca de los genéticamente benéficos mecanismos de la libertad de los mercados, ¡de los de hoy!-, básicamente uno no se traga esa historia. Sobre todo si uno tiene años y perspectiva y, además, forma parte de la gran clase media decadente y condenada al low cost. Paradojas de la economía global: los estados se empeñan para salvar a la economía de los entuertos causados por desahogados y gente excesiva… y acaban automutilándonse y entrando en un proceso anoréxico. Convirtiéndose en estados, también, low cost.

La fe del ‘Estado mínimo’

Tacho Rufino | 6 de septiembre de 2010 a las 15:40

LOS refranes que usamos se crearon cuando, para bien y para mal, lo políticamente correcto no existía, de forma que, por ejemplo, en el país de los ciegos, el tuerto era el rey (hoy no podríamos hablar de ciegos en un foro público, y menos aun de tuertos). Es ése un dicho tirando a incorrecto, pero es muy ilustrativo, y de aplicación a las economías regionales: en España, el País Vasco -ex aequo con Cataluña- es el rey tuerto económicamente; en Europa, lo es sin duda Alemania. En estos días de profusión de mapas meteorológicos en los interminables partes del tiempo de los telediarios, la mayor intensidad de color cálido del sur solía contrastar con la frialdad celeste del norte. Aunque no entremos en discutir la influencia del clima en la economía y la historia de los pueblos, sí se le venían a uno a la mente otros mapas en los que también las regiones más meridionales lucían con tonos más intensos: los mapas del paro y el fracaso escolar. La renta per cápita también se comporta en España con distribuciones que, sobre la piel de toro, son bastante complementarias con las anteriores. En el marco europeo, la tónica general es parecida: norte más rico, sur más pobre, aunque no sólo no ha sido siempre así, sino que en largos periodos ha sido al contrario. Enfocando en un tiempo concreto, el que vivimos, vale la pena preguntarse por qué a Alemania le va bien con la crisis, y si sus planes de austeridad tienen mucho o poco que ver con su liderazgo.

La derecha política suele estar mucho más desunida que la izquierda, lo cual no deja de ser lógico dado que la derecha (teórica) promueve la capacidad individual y la izquierda (teórica) la igualdad. Sin embargo, en economía, el liberalismo (la derecha económica) suele tener un credo sencillo y firmemente compartido por sus fieles, a pesar de que el mercado sin trabas -particularmente, el financiero- se haya demostrado más un origen de males colectivos y beneficios particularísimos que un beatífico manantial de crecimiento y bienestar. Muchos apóstoles de la fe del Estado mínimo se han apresurado a atribuir a las políticas de austeridad de Merkel un dato fenomenal: el último crecimiento oficial de la economía de Alemania ha sido el más grande desde la Reunificación, en 1989. Algo como atribuir la tripa galopante a las cervezas de ayer o como culpar de la alopecia al champú del hotel del fin de semana pasado. Identificar los planes de consolidación fiscal -qué nombres tan juguetones damos a las cosas- de Merkel con el éxito del último dato de crecimiento iba parejo a la identificación de los planes de estímulo de Obama (la política económica contraria, por decirlo de una forma sencilla) con el pobre último dato oficial de la economía USA. Sin embargo, el éxito alemán tiene mucho más que ver con un euro a la baja que ha posibilitado un enorme auge de sus exportaciones (Alemania es, dicho sea de paso, el mayor exportador del mundo). Sus buenos datos recientes no se deben a la política de austeridad que ha acometido Merkel “para dar ejemplo”, que es demasiado reciente también.

A Obama, por su parte, lo estaban esperando. No ha caído ni caerá bien a la derecha española (no digamos a la estadounidense), por motivos de diversos colores, y resulta alucinante cómo tantos se han apresurado a achacar a sus políticas de estímulo -energía sostenibles, infraestructuras y recortes de impuestos a pymes- un presunto fracaso de sus cifras económicas. Tantas veces el objetivo no es analizar, pues, sino atacar al enemigo con cualquier excusa. ¿Por qué no combinar la sensata austeridad, cuyos efectos son más demorados, con el estímulo útil, que funciona más rápido en sus propósitos? Por pura ideología.

Piensa como quieras y actúa localmente

Tacho Rufino | 27 de julio de 2010 a las 19:39

Resulta curioso caer en la cuenta de que el proverbio ecológico que dice “Piensa globalmente y actúa localmente” es de aplicación –a la fuerza– a la economía. A la política económica, más bien. A la intervención de los poderes políticos en la economía: qué hacer con los impuestos, con los salarios públicos, con los convenios colectivos, con las obras públicas, con las transferencias presupuestarias, con el gasto en sanidad, en cultura o en defensa; con el fraude fiscal y la economía sumergida, con la emisión de deuda soberana, con otros ingredientes que, en suma, deben ser combinados para propiciar el crecimiento sine die o, si esto fuese imposible, evitar los desastres en la vida de la gente, las empresas y las cuentas públicas. Y esa debe ser una combinación deliberada, y nunca arrastrada por la improvisación o la incapacidad.

Piensa globalmente. El mundo es cada vez más interdependiente. Hartos estamos de decirlo y de escucharlo, pero es una verdad como un templo. Los efectos mariposa —y los dinosaurio, más—pueden llegar a no tener demora, a ser prácticamente instantáneos: los impulsos digitales no viajan, están allí y aquí al mismo tiempo. Si simplificamos, e identificamos pensamiento con ideología, toda persona debe tener una serie de principios que se ha ido (en el mejor de los casos) fraguando a lo largo de su vida como un traje a medida, o (en el menos bueno y más común de los casos) asumiendo directamente de otros –padres, predicadores, modelos, correligionarios, dictadores, socios—como quien se embute en otro traje de talla única para todos. La ideología, la forma de ver la vida propia y de los demás, criticarla e intentarla modelar también tiene que ver con nuestra forma de ver la política económica: todos tenemos una, más o menos técnica y académica, más o menos intuitiva y natural. Como Norberto Bobbio defendía hace no demasiado la vigencia de la distancia ideológica entre la izquierda (que tiene como principio motor la búsqueda de la igualdad) y la derecha (que basa la prosperidad en la promoción de la diferencia entre los individuos), en política económica hay dos opciones esenciales ante una situación depresiva, recesiva o de bajo crecimiento: reformar el Estado del Bienestar, austeridad en el gasto ante todo y recorte de lo público, sin tocar los impuestos (o sea, sin subirlos), o bien no hacer nada de eso y practicar una política de estímulos mediante el gasto y la inversión pública, esperando que su efecto de arrastre sobre el consumo y la inversión privados ayude a la economía a recuperar tono (el efecto del multiplicador keynesiano), y subiendo los impuestos. La primera opción suele asumirse nominalmente por la derecha y la segunda, nominalmente también, por la izquierda. En la práctica, los gobiernos de derechas suelen practicar el keynesianismo sin pudor, y –como vemos ahora en nuestro país—la izquierda practica los recortes sociales con bisturí firme. Pero todos estos planteamientos son de dimensión genérica y, permítanme, global. Y cada país es un mundo. Hay que actuar localmente.

… y actúa localmente. Aun así, la alegría y la pena van por barrios, por barrios locales. No es lo mismo hablar del paro español (20%) que hablar del alemán (el 7,5%), ni lo es el déficit público o las deudas públicas o privadas de cada país; tampoco sirven aquí las recetas adecuadas para un país de crédito ilimitado como Estados Unidos (aunque sus cuentas sean igual de desastrosas): nosotros no tenemos esa suerte (?). Las estructuras económicas de las naciones —llamadas hasta la saciedad “modelo productivo”— son, también, diferentes acá y allá. En fin, que lo que allí sana, aquí puede ser pernicioso. No hay purga de Benito ni bálsamo de Fierabrás que valgan. Por eso, estos momentos exigen firmeza y coherencia en la política económica. Lo que a su vecino le viene de perlas, a usted le pisa el callo. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso, los vendedores de crecepelos fiscales y los visionarios que tiran con pólvora del rey pueden recitar sus decálogos adocenados y posicionarse sin dudas —qué suerte no tener dudas, y qué peligroso— sobre lo que tiene que hacer el Gobierno. Por si sirve de algo, yo creo en el multiplicador keynesiano, creo en el efecto arrastre del gasto público… cuando, ¡ay!, hay dinero para gastar o alguien que te lo preste. No habiéndolo, no queda sino el ajuste. Pero cuidado con la tijera, no seccionemos arterias vitales. Escuché un consejo excelente para actuar localmente: “Cualquiera que sea su oficio, desempéñelo lo mejor posible”. Ok, no he descubierto América, pero para los milagros nos estamos preparando.

Sampedro y De la Dehesa

Tacho Rufino | 22 de octubre de 2009 a las 14:10

sampedrodehesa

Eli García Villalón publica hoy en los periódicos del Grupo Joly una atractiva y jugosa entrevista (pinchar para ver) a José Luis Sampedro, el penúltimo humanista de la Economía. Su perfil en este campo -cultiva otros, el más conocido el de la Literatura- es el de un hombre comprometido socialmente y que pone por delante a la redistribución frente al valor añadido como objetivo último, y la igualdad a la diferencia, que el politólogo italiano Norberto Bobbio señala como la clave para ser de izquierdas o de derechas. Sampedro es, en efecto, un hombre que se define de izquierdas, un buen hombre muy cultivado (rasgos no privativos de gente de izquierda, y perdonen que lo aclare), que identifica compromiso social y progresismo con la búsqueda de valores, como declara en la entrevista. En este sentido, resulta curioso que hasta hace una decena de años, el universo de los valores (según la RAEL, un valor es una “Cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables“) era patrimonio más bien de la derecha cristiana.

Por otra parte, Guillermo de la Dehesa (ver su biografía aquí, y comprobarán que se trata de un economista sin carrera -la suya es la de Derecho-, que proviene del sector público, como tantos otros economistas prácticos de relevancia pública españoles) tiene un perfil más técnico, probablemente más sólido que Sampedro en lo técnico y, aunque fue secretario de Estado de Economía con Felipe González, su perfil es liberal y, si prefieren, de derechas. El domingo pasado publicó en Negocios de El País un excelente artículo (leánlo léanlo aquí) sobre el mercado laboral en España y las reformas que él considera imprescindibles, si queremos no quedarnos en el limbo competitivo. Sus principios son dos, adelanto: primero, nuestra fuerza laboral es dual (unos muy seguros y protegidos por convenios, relativamente más mayores y dignamente pagados; otros, en precario, jóvenes y preparados, que siempre son los primeros candidatos a ser despedidos); segundo, nuestra ley laboral no tolera a que las contracciones de contratación, negocio y, en general, actividad económica se trasladen en parte a contracciones salariales, como sí pasa en muchos países, la social Alemania incluida.