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Quien venga detrás, que arree

Tacho Rufino | 4 de noviembre de 2012 a las 13:08

LA política económica se articula en estos tiempos en cascada, es decir, por el conducto reglamentario: la Unión Europea prescribe recetas a los países miembros con problemas; en una segunda fase, el Gobierno español aprieta las tuercas a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos, vía rescates y racionamiento de la poca liquidez de las arcas públicas, más otras medidas como el llamado “pago a proveedores”; a su vez, las comunidades autónomas tienen la opción de recortar echando gente a la calle a mansalva -como ha hecho Valencia- o recortar como disimulando, como silbando: ésta es la técnica adoptada por la Junta de Andalucía vía presupuestos, que viene a ser un método indoloro y, ya puestos a evitar asumir el papelón directamente, indolente. Un “yo recorto los presupuestos de consejerías, empresas y entes públicos, fundaciones y organismos varios, y toca a ellos y, por supuesto, a mis consignas sin micrófonos, echar a la gente a la calle. A varios miles, probablemente decenas de miles. Que parezca un accidente. La asepsia del presupuesto me limita el coste político… O eso espero”.

El Gobierno central, por su parte, también va de tapadillo en sus medidas. Hasta cierto punto, es comprensible que, como diría un chaval de hoy, se tangue: es duro para el pueblo estar todo el día recibiendo noticias-bofetón, una detrás de otra. Hay asuntos cruciales para nuestra recuperación económica que se han ejecutado balbuceando, con mal ritmo: la reforma del sistema financiero, culminada con un banco malo -malo sobre todo para el resto de vendedores y propietarios de viviendas: llegó el mimado a colarse- que fue mil veces negado pero se sabía inevitable, es el ejemplo más claro del coste de la mala política para los ciudadanos. Esta semana hemos tenido otro ejemplo de política del silbo, y con el asunto más importante de nuestra sostenibilidad pública: las pensiones. Unas pensiones para muchas personas con pocos cotizantes, unos cotizantes diezmados brutalmente por el paro (la primera preocupación de los ciudadanos, que sólo preocupa secundariamente al Gobierno a tenor de su política laboral -¿dará algún fruto algún día?-, y que no parece ser en absoluto una prioridad para una Unión Europea tan germánica).

Los adalidades de las reformas que desmontan el entramado público a mandobles urgidos por la declarada necesidad no suelen hablar mucho de las pensiones, o de las prejubilaciones. Como suele suceder, ese vicio de memoria selectiva tiene que ver con que en muchos casos dichas pensiones son jugosas y hasta sorprendentemente generosas. Egoísta que es uno, si pudiera jubilarme ahora con todos los derechos y alguno más, lo haría. Pero, tras más de media vida cotizando sin parar, mucho me temo que en el juego me he quedado sin silla. Mala suerte, muchacho, no ha quedado rancho para ti, se siente, que te mantengan tus hijos y Cáritas. Puede que ese resquemor me lleve a ser un absoluto incapaz de entender el concepto de prejubilación. ¿Por qué se prejubila alguien en edad de merecer? ¿Por qué tiene que costear el Estado prejubilaciones de empresas que se quitan a veteranos estupendos por una estrategia corporativa, o para que el cirujano organizativo prepare su propio retiro? ¿Por qué no se van al paro… o siguen trabajando? Perdonen la candidez, pero es para mí un gran misterio. A pesar de eso, como decimos, esta semana también hemos tenido nuestra ración de reforma de las pensiones: el Gobierno ha propuesto elevar la edad de jubilación anticipada, sin que todavía haya entrado en vigor la reforma de 2011, que a partir del próximo enero iría elevando secuencialmente la edad del retiro remunerado. Ah, eso sí: los empleados públicos en concreto, tan malos para el país, no tendrán ningún derecho a prejubilarse. Asombroso.

¿70 o nada?

Tacho Rufino | 12 de abril de 2011 a las 13:35

La última portada de The Economist (70 or bust!) la protagoniza un viejo motero de unos sesentaitantos o setenta años, en perfecto estado de revista. Pretende simbolizar que la mayor esperanza de vida (aparte de las pérdidas de valor de los fondos de pensiones privados y de la incertidumbre sobre hasta dónde llegarán las arcas públicas del Estado a la hora de pagar las pensiones públicas) implica una necesaria ampliación de la vida laboral. Setenta o revienta, cabría decir alternativamente. Aquí va la portada del semanario y el último párrafo del artículo central sobre el asunto:

70 or bust

“Dos grandes riesgos amenazan a las pensiones de la gente: que los mercados a la baja mermarán su plan de pensiones privado y que los pensionistas sobrevivirán a sus ahorros. Por tanto, los gobernantes deberían animar a los trabajadores a ahorrar más, empujándolos a meterse en sistemas de pensiones a los que tendrán que rechazar más que acceder a ellos voluntariamente. Y las pensiones básicas del Estado deberían ser suficientemente altas para darle a los ancianos más desafortunados y sin ahorros unos ingresos dignos, sin penalizar a los menos previsores. Eso es lo mínimo que la gente merece a cambio de estar en el tajo hasta los 70.”

 

 

No es país para pactos

Tacho Rufino | 8 de febrero de 2010 a las 15:53

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

REVISANDO la cronología de los hechos más relevantes del año pasado, resalta la siguiente noticia de 25 de noviembre, fascinante: “Detienen a 42 ancianas en Chipre por jugar al póquer, prohibido en esta isla mediterránea. Las mujeres, de 75 a 85 años de edad, habían sido denunciadas por molestar a sus vecinos con sus idas y venidas. Después de ser acusadas por su delito, fueron puestas en libertad”. Me imaginé unas breves escenas de los hechos: esas viejecitas encorvadas, vestidas y tocadas de negro, apostadas por las esquinas, silbándose notas secretas, dando renqueantes sprints de portal a portal con las enaguas y el refajo remangados, intentando despistar a la Policía mientras se dirigen a la hora convenida a la casa-garito donde va a tener lugar la timba… en fin, un espectáculo impagable que, sin embargo, los vecinos no toleraban, supongo que más por culpa del tercer tiempo tras la partida, en la que las ancianas habrían libado lo suyo, lo que provocaba que la salida de vuelta a casa fuera desconsiderada con el descanso de sus poco condescendientes vecinos. Tras fantasear con esa puesta en escena, fue sin duda el estrés de las noticias sobre el sistema de pensiones en nuestro país lo que me llevó a relacionar ambas cosas: si alguien es capaz de jugarse la libertad por jugar con vocación al póquer, ese alguien está en condiciones de ejercer algún tipo de trabajo remunerado. Tener 75 años, e incluso 85, no es óbice para hacer cosas más o menos valiosas. En lo tocante a la longevidad laboral, no es lo mismo haber estado trabajando de camarero 50 años que haberlos pasado dando clases de latín. No se puede comparar los 32 años de un futbolista de poquito desgaste, como el inflacionado Guti, que los de su compañero Raúl. Los trabajos menos cualificados son más penosos, y el anuncio del retraso de la jubilación no tenía en cuenta esta cuestión. Al día siguiente, Salgado dijo que sí, que eso entra dentro del área de negociación y tal, pero de nuevo la sensación de precipitación que expelen nuestros máximos dirigentes se muestra desnuda. A esto vamos.

Ejemplo contrario de la receta de no dar puntada sin hilo, el debate de las pensiones ha sido para el Ejecutivo español una prueba de la que, de momento, no ha salido airoso. Las lógicas exigencias de una Europa que hace suyo el “España como problema” de Laín Entralgo han forzado a una respuesta a España. El temor por la inestabilidad que nuestros paro, déficit, deuda y falta de competitividad pueda ocasionar al euro ha hecho que Europa, comandada por Alemania, nos pida sacrificios. Y en vez de agarrar al toro por los cuernos y tomar decisiones con efectos a corto plazo (recortes presupuestarios de entidad con la mayor justicia social posible), se arrea una patada a seguir, mandando el balón hasta no se sabe dentro de cuántos años, cuando el natural retraso de la edad de jubilación comience a tener efectos en las cuentas públicas. Todo menos perder el cuello electoral, y mira que 2012 queda lejos.

Desde dentro también se le exige al Gobierno diligencia en la política económica, aunque la impresión que da el otro bando es de no querer arrimar el hombro lo más mínimo. Si cambias y coincides con lo que yo defiendo, cambio mi discurso y leña al mono. Libro de Aznar aparte, ¿alguien sabe cómo parar la sangría del empleo, el único caballo de batalla de la oposición, como si las legiones de parados no fueran consecuencia no ya de la crisis mundial, sino de las enormes bocanadas que los gobiernos -del PSOE y del PP- han insuflado en nuestro modelo productivo sin futuro? No nos ayuda a afrontar la realidad la innata incapacidad hispánica para entendernos en momentos de emergencia, la obsesión por afirmarnos siempre en contra de un enemigo: “la patria”, pura boquilla. Lo mismo que los alemanes, igual igual. La única ancla posible parece descartada ante la carrera que Zapatero debe correr en solitario (“se lo merece, que se joda”, dirán algunos): una mesa nacional de emergencia, en la que partidos, autonomías, sindicatos y empresarios se sentaran sin cartas marcadas. Y sin jugar al póquer como las tahúres abuelas chipriotas. ¿Se imaginan? A mí me cuesta mucho.

(Arriba, Goya, “Duelo a garrotazos”)

Las pirámides de Madoff y la de las pensiones

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2009 a las 18:40

Circula bastante una opinión que identifica al presente y futuro de las pensiones públicas con una estafa piramidal perpetrada por el propio Estado. No podemos negar la pegada de tal argumento: los activos pagamos las pensiones de hoy, pero cuando seamos pasivos receptores de la paguita de jubilación no quedará para tanto mayor jubilado. La forma de nuestra pirámide de población así lo vaticina. En esta hipótesis terrible no suelen aportarse consideraciones de reasignación presupuestaria. Por ejemplo, a bote pronto: reducir el mamotreto público-político, revisar el poliedro autonómico “bola de nieve” o reducir drásticamente el presupuesto de defensa… para poder pagar a quien ha cumplido, a la espera de que la pirámide de población patria pierda barriga. O retrasar la jubliación de acuerdo con la mayor “vida útil laboral” de las personas hoy. Si aduces cosas como éstas, te dirán demagogo. Pero en fin, aparte de las demográficas o de población, las estafas piramidales como la de Madoff -mediante las cuales pagas mucho a los primeros y los segundos, atrayendo a terceros y cuartos y quintos, entre quienes, al final, alguno se quedará con la escoba en la mano o sin silla. Y crack- son delito, mientras que lo otro, quiero pensar, no se hace con afán de lucrarse engañando. Hay quien espera que la crisis mueva a los políticos a una reedición de los Pactos de Toledo, y que este asunto se plantee con visión estatal y compartida. Ojalá.

Si me permiten, aporto un chiste que me ha llegado hoy sobre este asunto. Riámonos mientras podamos…

 

TEXTO:

– Bien Madoff, ¿de dónde sacaste la idea de pagar a los inversores más antiguos con el dinero de los inversores nuevos?

– De la Seguridad Social.