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La cena del trabajo: apuntes microeconómicos

Tacho Rufino | 9 de diciembre de 2009 a las 19:38

cena

 

Tengo un amigo cuyos gusto por la intimidad y amplio currículo viajero le hacen programar sus viajes a contracorriente, cosa que su oficio le permite. Por ejemplo, la semana pasada visitó la gran Lisboa de martes a viernes, cuando en esa ciudad poliédrica -Angola y Cabo Verde; Brasil, pero también Goa o Macao transpiran en sus calles y se apostan en sus rincones- y serenamente amable está poblada por sus moradores habituales, y no se topa uno con riadas de turistas. Su estancia fue previa a la avenida anual de visitantes españoles disfrutando del puente de la Inmaculada; disfrutando también de las bellezas portuguesas, algo impostadas con las ementas y los guías turísticos. Más esquiva  se muestra por unos días el alma lisboeta, que se mixtifica transitoriamente en las calles de Alfama, Baixa, Chiado o el Bairro Alto.

Me cuenta mi amigo que, en esos días de inmersión en un mundo no del todo ajeno, pudo constatar que los restaurantes estaban insólitamente poblados de grupos de compañeros de trabajo que celebraban la llegada de la Navidad. Una llegada que cada vez se celebra con más anticipación, dado su predicamento entre los colegas de empresa y grupos sociales de diversa condición: si se quiere dar comida a tantos y tan crecientes conglomerados sociales con o sin causa, no hay más remedio que ir adelantando fechas para que toda esta bacanal del cariño corporativo tenga lugar. O sea, en esto sí nos parecemos a Portugal: nos chiflan las cenas de Navidad… o no nos gustan nada. Según este testigo accidental, los precios de los ‘almoços’ y cenas en los encantadores restaurantes lisboetas (lo son casi todos) eran parecidos a los de aquí: de sesenta cincuenta euros no bajan. Qué gran negocio para la hostelería local, la de allí y la de aquí. Normalmente, de comer a la carta, nada. Los menús que contradicen las economías de escala son moneda de cambio habitual: entradas recalentadas o secas, lubina a la espalda o solomillo castellana, pan, vino pre-abierto, café, postre y licorcito con aspecto de Fairy. En vez de cuantos más comensales, mayor la calidad o la cantidad y menor el precio (por ser menor el coste), el milagro contrario se obra en estos días tan señalados: las deseconomías de escala emergen mágicamente. El año pasado –en la única cena a la que acudí de entre las seis, seis, a la que debía haber asistido para no ser un sieso, un agarrado o un asocial- me pusieron delante un cogote de merluza congelado, y el camarero se quedó tan ancho. Qué digo; puso cara de fastidio y pronunció esa máxima de la calidad de servicio:

– “Bueno, si quiere que le pongamos otra cosita, me lo dice rapidito…”. El perdón, para las ánimas del Purgatorio.

En mi caso, el presupuesto de cenas navideñas, si yo fuera cumplidor, que no lo soy, sería de unos 300 euros, copas posteriores no incluidas. Por suerte, las verdades como puños –“te voy a decir una cosita, Romero…”- y otras confidencias e inconveniencias tan propias de estas cenas no se cobran. En cualquier caso, la cosa es para echarse a temblar, casi tanto como en la época de las primeras comuniones cuando uno es cuarentón y tiene amigos cuarentones con hijos en edad de (re)cristianar. O hijos en pleno proceso de catequesis del cole concertado, pero ése es otro cantar, un cantar inexorable: acaba llegando por mayo, aunque la innovación pastoral programa ya comuniones en octubre o noviembre.

A partir del testimonio de mi amigo viajero he hecho por informarme, y resulta que los Corporate Dinner o Lunch navideños son también habituales en el mundo anglosajón, aunque sin duda no tanto como aquí, que somos mucho de calle. Más prácticos, suelen irse directamente a privar en pandilla, y no de noche, hora preferida para aquel a quien su propia casa repele y no tiene mucho trajín callejero habitualmente.

En fin, disculpen ustedes este sesgado y tendencioso análisis del mercado de la cena de Navidad. Y que la tengan ustedes buena, la cena y la Navidad, ya de paso.

Portugal, ‘os nossos irmaos’

Tacho Rufino | 2 de septiembre de 2009 a las 19:14

(“Turistas: respeten el silencio portugués o váyanse a España”)

Portugal era hasta hace no mucho un destino poco frecuentado por los españoles. Desde una supuesta y muy discutible superioridad, era tenido como un lugar atrasado, triste y, en general, poco atractivo. La siempre maravillosa Lisboa -crisol incomparable de Europa, Oriente, África y América- era considerada por tantos una ciudad decadente, si no sucia. La saudade (tristeza) portuguesa, un tópico a la altura de la supuesta “alma flamenca” española, también es un lastre y un sambenito con el que cargan los portugueses. “Os nossos irmaos”, nuestros hermanos, nos llaman con cierta ironía quizá derivada de su tradicional anglofilia. Nuestra relación geográfica, su propia ubicación límite en el mapa, la natural expansión de nuestras empresas y ondas de radio y televisión son factores que hacen que ellos siempre hayan estado más informados sobre nosotros que al contrario. La tentación de sentirse por encima de alguien ha sido muy fuerte para tantos españoles, que en no pocas ocasiones se han movido por Portugal con infantil e incomprensible prepotencia. Durante años, sin embargo, ciertos viajeros respetuosos y permeables han recorrido la excepcional geografía natural y urbana del país luso, con el respeto debido, practicando la voz queda o el silencio, admirando con serendidad sus bellezas naturales o asisitendo al respeto con que ellos practican las colas o los atascos, por ejemplo; algo tan inaudito por estos lares. El significativo graffity de la foto de arriba lo capturé paseando el fin de semana pasado por el barrio lisboeta de Alfama. Así nos ven, ruidosos y desconsiderados, y no es algo gratuito ni un prejuicio malintencionado, por mucho que no faltan portugeses con la escopeta cargada contra sus hermanos ibéricos (variedad hispánica).

Durante este verano que se va yendo, legiones de españoles han visitado Portugal, sus playas y sus parques naturales, sus ciudades de interior. La gente te habla de Albufeira o Sagres como de Benidorm o Matalascañas, y ya resulta normal oír hablar de nuestro país vecino como un reducto de paz, armonía y vida “slow”. Del complejo de superioridad y el desdén, al encantamiento colectivo y la afluencia masiva a visitar a los parientes antes olvidados (¿qué es peor…?). Los algo más baratos precios relativos y la gran cantidad de españoles que han invertido en ladrillo portugués están detrás de todo esto. También, qué duda cabe, el hecho de que nos hemos encargado de trillar y hasta inutilizar nuestras propias bellezas naturales, y necesitamos tierras nuevas que nos recuerden tesoros antiguos. Sea como sea, Portugal está tan de moda que ya duelen las orejas de escuchar el título de aquel disco de Siniestro Total en boca de aventureros y hedonistas de cercanía: “Menos mal que nos queda Portugal”. Allí todavía es posible que te digan que para comprar una bolsa de hielo tienes que recorrer 40 kilómetros. Lo que antes era una atraso intolerable que nos recordaba a nosotros mismos tres cuartos de hora antes, ahora es algo cautivador.

Portugal, a todo esto, se vuelve a consumir entre las llamas, por una mala planificación de la protección civil, por un exceso de pinos y dañinos y rentables eucaliptos, y por un abandono de lo rural Made in Unión Europea. Portugal, a pesar de unos meses en los que parecía capear bien el temporal de la crisis, se encuentra empantanada económicamente. Portugal necesita del turismo cada vez más, y va recibiendo no sólo a alemanes en busca de paz y a otros viajeros de calidad, sino que recibe oleadas de chavales que buscan lo mismo que aquí -botellón, nocturnidad etílica y dormida de mona diurna-, pero a precios más baratos que en España; a jubilados en autobuses, y también a connoiseurs y sibaritas en buenos hoteles o pousadas. Esperemos que las costas vicentina, alentejana y otras no acaben muriendo de éxito como aquí. Mientras tanto, la pintada de la foto de arriba es significativa: un poquito de mala leche y hasta complejo por parte del grafitero, seguramente, pero un mucho de verdad sobre nuestro desinhibido gusto por cantar sevillanas bajo la Torre Eiffel o por pensar sin fundamento alguno que estamos en otro nivel u otra dimensión.