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El ‘low cost’, lo quieras o no

Tacho Rufino | 26 de junio de 2011 a las 13:11

UN joven empresario me cuenta que ha montado un hotel low cost. Y que no sólo no es cutre como lo eran los albergues en los que nos quedábamos los otrora jóvenes cuando hacíamos el Interrail: su hostel para mochileros está en una casa palacio en la zona más noble del centro de su ciudad; es limpio, funcional y está decorado con económico gusto. Sus clientes vienen en vuelos low cost para un par de días, en los que el principal concepto de coste es la cerveza, a la que suelen dedicar bastante más que a la cama, el avión y la comida (aunque el hotel en cuestión les da paseos gastronómicos por sitios señors del tapeo local). En los fines y las prioridades no hay diferencias generacionales. En los medios, sí: nuestro low cost era artesanal y, por tanto, poco estandarizado y en cierto modo aventurero; el de hoy es industrial y masivo: la verdadera aventura es sobrevivir al aeropuerto. El bajo coste es una forma en la que aerolíneas, hoteles, supermercados, operadoras de telefonía, fabricantes de muebles o de ordenadores se han diferenciado. Una forma estratégica de “trabajar en costes”, el gran eufemismo corporativo de nuestro tiempo. Muchos otros, forzados por las circunstancias, trabajan en costes para no morir… o para morir matando: los siempre sugerentes anglosajones llaman a estas prácticas de supervivencia cost killing (literalmente, asesinato de costes).

Otro empresario, en este caso sénior y con varios centenares de empleados, declara haber trabajado ya en costes todo lo que podía trabajar sin mermar su producto de manera fatal. Ahora, dice, toca buscar nuevos ingresos. Una noticia así alivia nuestra desazón. Sin embargo, no se refería a subir los precios, sino a dar más servicio por un poco más de precio con el mismo consumo de recursos (básicamente, recurso humano). Porque la estrategia de vender más caro para compensar los crecientes costes financieros derivados del otro gran vicio patrio -el de pagar tardísimo- es una estrategia perdedora, una huida hacia delante: España, como vaticinó Krugman en la CEA ante el asombro de propios y extraños, está ajustando sus precios y sus salarios a marcha acelerada. No hay lugar para subir los precios, porque el cliente, asustado y entre estrecheces, se lo toma como una ofensa y se va al vecino… o prescinde, si puede, del servicio o producto en cuestión. Lo que se da, muy al contrario de subir precios para compensar los menores beneficios, es la guerra de precios.

El tabaco baja de precio aunque su parte de impuestos no sólo no lo hace, sino que ha subido y seguirá subiendo. La telefonía móvil -ya era hora-comienza a bajar de precio precisamente por la guerra de tarifas y promociones. Las habitaciones de hotel y los cruceros se venden hasta por la mitad que hace cuatro años. Cada día más, la competencia entre los comerciantes de alimentos y los bares supone dar más por el mismo precio, o hacer irresistibles ofertas-flotador. El ajuste está en marcha, no sabemos si con el final feliz de la recuperación del empleo: para eso, el consumo no debe ser tan bajo que arrastre al país a la parálisis deflacionaria. Es decir, el aceite de ricino del ajuste de salarios y precios debe propiciar el logro de la consabida y algo manoseada mejora de competitividad… pero sin dejar sin pulso la demanda interna. El ajuste dentro del ajuste consiste en que la reducción de los precios corra pareja a la de los salarios reales. La inflación española es a día de hoy una inflación importada por nuestra dependencia energética. La llamada inflación subyacente (que excluye, entre otras partidas, a la gasolina) va bajando, y es de suyo baja, sobre un 2%. Salarios y precios deben ajustarse en su ritmo de caída, para representar el verdadero valor de nuestro patrimonio y del valor de nuestro trabajo. La masa salarial española ha caído por los despidos, pero los salarios de quienes conservan el empleo han subido merced a los convenios casi el doble que la inflación subyacente: contener los salarios es duro; subirlos automáticamente, más.

Improvisada polonesa ‘low cost’

Tacho Rufino | 30 de mayo de 2011 a las 23:58

Un vuelo en avión es un melón por calar, y más si uno despega o hace escala en un megaaeropuerto como el Madrid. Colas mal organizadas, abordajes “tonto el último”, nadie para atender dudas o reclamaciones, la camisa que no le llega a uno al cuello con el peso de la maleta y las dimensiones del equipaje de mano… cosas del low cost (¿llegará un día que esta expresión suene naif, por ser todo low cost para la inmensa mayoría de las personas?). Atrás quedan los tiempos en los que la gente iba a los aeropuertos casi vestida de fiesta, con Louis Vuitton colgado del brazo y otros toques de glamour. Los aeropuertos parecen a veces cuarteles, incluidos los servicios. Pero cuarteles desorganizados, y permitan el oxímoron. Uno, después del trance aeroportuario, se monta en el avión, y los riesgos florecen en el medio metro cuadrado que tiene asignado: un señor desaseado y odorífero a su derecha, un bebé que llora desesperado por algo que su pobre madre no comprende, un roncador severo –ése soy yo—a su izquierda. Hoy he tenido la inmensa dicha de tener en las dos filas de atrás a una legión de cazadores españoles que vienen a la frontera de Polonia y Lituania a matar bichos. Al salir del avión, mis conocimientos cinegéticos eran muy superiores a los que adquirí como aburrido secretario de mi abuelo de niño: guarros con sus cosas, realas desparasitadas, precios de los puestos con sus propinas, seguros de transporte, minutas de veterinarios… todo a voz en grito. Dos jóvenes polacos que compartían fila conmigo, una vez que habíamos intercambiado un par de palabras, me preguntaron si estos señores estentóreos eran españoles como yo:

– Sí, pero no todos los españoles gritamos tanto ni tanto tiempo.
– Es cierto que gritan –respondió el joven, que era natural de Lublin–, la próxima vez que vuele me traeré unos tapones para las orejas (algo sumamente recomendable en un avión, y más si usted viaja en low cost y no en Business Class).
– Buena idea. Son cazadores, y están que salen de la emoción.
– Ah, todos los freaks gritan. Menos los góticos, quizá… Como los fanáticos del fútbol, que gritan como vikingos por cosas estúpidas.
– Pues bien mirado –dije yo–, tienes razón. Son unos friquis importantes, estos señores maduritos. A otros nos da por otras cosas.

Siempre me ha llamado la atención lo altísimo que hablan los castellanos en los bares (y los aviones de Ryanair). En este caso sé la procedencia de los sujetos por “la licencia que pago de Castilla La Mancha”… “que es más cara que la nuestra de Castilla León”. Se nos atribuye a los andaluces la bulla y el griterío, y no digo yo que no, pero qué torrentes de voz tenían estos señores, qué pasión. La que han dado. Claro que, bien mirado, puede que el tono alto sea cosa de la condición de cazadores (menos cuando están en el puesto, ahí callan como arbustos). Habrá que investigarlo.

Ha sido irse Obama de Polonia y llegar yo. No sólo eso, sino que mañana, cuando llegue a mi destino, Cracovia, la pinacoteca donde suele estar “La Virgen dama del armiño” de Leonardo acabará de irse de vacaciones ¡a Madrid! Esto es lo que se llama ser un procrastinador, uno que siempre pierde por llegar tarde. Mañana escribiré algo aquí sobre el amor polaco a Estados Unidos y su inquebrantable adhesión a las causas militares de los americanos: en Afganistán fueron los primeros, y no precisamente a sitios fáciles, sino a los sitios más peligrosos. Nunca han piado con quererse ir. Pero no se sienten lo suficientemente reconocidos por los estadounidenses. Su historia está llena de sinsabores y abusos de los gigantones de su Este (Rusia) y Oeste (Prusia, Alemania). Aunque José Manuel, el bibliotecario de la Facultad, que es historiador y culto, me recordó que todos tenemos un pasado: los polacos también, y también han sido dantes cuando el venado estaba débil y a tiro: no siempre tomantes.

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Al tren se viene meado

Tacho Rufino | 25 de septiembre de 2010 a las 13:02

EL fenómeno low cost va unido al de la degradación de la clase media. Aunque la eclosión del llamado bajo coste afecta a prácticamente cualquier producto o servicio de consumo de masas, el sector en el que más se ha desarrollado es el del turismo. Todos viajamos a cualquier parte por poco dinero pero, tras una fase de despiporre en la que nos transformamos en doctores Livingstone del XXI vestidos de Decathlon, vino la resaca: si estás de buen año no cabes en el asiento del avión, y debes pagar más por uno de tu medida (es un decir). O vas a viajar de pie en un avión sin copiloto, que aterrizará a las dos de la madrugada en una especie de aeropuerto en medio de la nada. Claro, que hay otras opciones… que se pagan a base de bien. La última muestra de esta re-masificación de los productos y servicios unida a la baratura viene del sur de Inglaterra. La compañía ferroviaria que ostenta la concesión pública, Southern Railways, va a prescindir de los WC en trayectos de 80 minutos. Incontinentes de cualquier sexo, bebedores de diurético té, ¡cuidado! ¿Estamos ante el boom de los pañales para todos, low cost por supuesto?

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Sea así o no, los servicios esenciales tienden a privatizarse, y la clase media a convertirse en una clase-masa indiferenciada, sin influencia ni poder de negociación en el consumo. Acelerando este proceso está no ya la crisis, sino la degradación de la capacidad adquisitiva de unos jóvenes -los adultos de mañana, permitan la perogrullada- con menguantes rentas y condiciones laborales, y que tardan más en independizarse. La brecha salarial es así creciente entre empleados estables en vías de extinción y empleados inestables emergentes (?), de forma paralela a la que se da entre rentas del trabajo y rentas del capital. ¿Un discurso de izquierdas? Sólo en un sentido clásico del término. Diagnósticos similares los encontramos en oráculos liberales como The Economist, y en los discursos de los partidos conservadores. No digamos en los de los ultraconservadores, que están en Europa en auge: las últimas elecciones suecas -¡suecas!- arrojan resultados que hubieran sido ciencia ficción hace sólo una década. Olof Palme, Berlinguer, Willy Brandt, Petra Kelly e incluso Helmut Kohl quedan como en otro mundo. Las crisis es lo que tienen: descarnan las verdades y las ponen crudamente al aire. Si se fijan, hay pocas diferencias entre las opciones políticas, al menos en la praxis: si acudimos al programa electoral y atendemos después a los hechos del actual Gobierno, podríamos llegar a la convulsión, por risa o llanto. Esto complica el objetivo de conseguir diferenciarse del adversario político. Aun así, queda la ideología.

Por ejemplo, la fórmula mágica para salir de la crisis tiene ingredientes distintos según el alquimista crea con pasión en el mercado o desconfíe de él, también con pasión. En el primer caso, creeremos que se puede seguir creciendo en el planeta finito; se debe seguir creciendo, y para ello hay que confiar ciegamente en los precios relativos entre los territorios, que hacen que cada uno se especialice en lo que mejor o más barato hace. También hay que ahondar en la liberalización de los mercados (los financieros, que son los que han pegado el petardazo, hay que reformarlos, eso lo conceden todos, sólo faltaba). Y si lo que tú hacías -aceite de oliva, coches, zapatos- lo hace más barato un egipcio o un oriental, pues cambia de oficio… o innova, sé más competitivo, usa bien la tecnología, desplázate a otro continente. Pero no pongas aranceles ni tuteles la economía, no intervengas, no toques a la rosa. En el segundo caso -el desconfiado acerca de los genéticamente benéficos mecanismos de la libertad de los mercados, ¡de los de hoy!-, básicamente uno no se traga esa historia. Sobre todo si uno tiene años y perspectiva y, además, forma parte de la gran clase media decadente y condenada al low cost. Paradojas de la economía global: los estados se empeñan para salvar a la economía de los entuertos causados por desahogados y gente excesiva… y acaban automutilándonse y entrando en un proceso anoréxico. Convirtiéndose en estados, también, low cost.

Tres visiones de ‘Lasadamus’

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2010 a las 18:14

Desde que tomamos conciencia de la crisis, no pocos economistas y otros analistas en prensa de la actualidad económica han sucumbido a la tentación de citarse a sí mismos recordando a los lectores cómo dieron en la clave con antelación, cómo anticiparon los acontecimientos, cómo previeron clarividentemente el desastre y adviriteron de él sin ser atendidas las alarmas que, preclaros, nos encendían. Lo cual, siendo poco humilde y menos pudoroso, es humano y hasta lícito… si no fuera porque, también en no pocos casos, recordaban sus dardos en la diana y no sus tiros errados. Tengo a algún viejo y venerado profesor de Economía entre quienes acertaron tanto a prever el futuro inmediato… como fallaron en otras predicciones cual escopetas de feria (cosas, estas últimas, que callaron al sacar pecho). La evolución de los precios del petróleo, por ejemplo, fue objeto de patinazo de la mayoría de los que se atrevieron a prever su trayectoria, quien suscribe incluido.

Sin embargo, hay quien ha acertado con mucha antelación sobre cosas importantes, sobre tendencias sociales y sobre los riesgos de ciertos excesos en la época en que estuvimos (casi) todos cegados por la exuberancia y el ardor. Suelen no ser economistas de profesión, paradójicamente. Es el caso de León Lasa (abogado y escritor, su última obra es “En Noruega”, Almuzara), compañero articulista que no tiene web ni blog -“ni falta que me hace”, como si lo oyera- y quien, tras insisitirle yo, me permite colgar aquí tres artículos suyos realmente lúcidos y amenos, que barruntan con fundamento cosas que han sucedido de pronto, están sucediendo… o tienen todas las trazas de acabar haciéndose realidad. Aquí van. (Disculpen que no los pueda vincular para que ustedes cliqueen y abran el archivo; mientra que soluciono esa cuestión, los vuelco enteros.)

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1. Ikea en la Seguridad Social

(escrito en abril de 2007)

Casi todo el mundo alaba el fenómeno Ikea: muebles funcionales, con cierta estética desenfadada a unos precios muy asequibles. Las tiendas de Ikea están permanentemente abarrotadas de personas que buscan más por menos y que no persiguen accesorios inútiles o que no aporten nada al producto: eso sí, diseño escandinavo pero manufacturación asiática. El experimento nórdico se está introduciendo en casi todos los segmentos del mercado, desde los vuelos de bajo coste a los ordenadores portátiles, pasando por los utilitarios urbanos o la comida envasada. El prodigio, por llamarlo de alguna manera, “low cost” es tan reciente como gratificante para todos los consumidores occidentales que ven de qué forma se multiplican las oportunidades de conseguir la chatarrería más variada y de acudir a lugares que hasta hace poco sólo conocían, en el mejor de los casos, por los documentales de la televisión. La fiesta permanente está servida. Sin embargo, emulemos a Casandra por unos instantes.

             El fin de las seguridades. Es posible que, y así lo apuntábamos hace algún tiempo, estemos trocando de manera un tanto insensata el paraíso por baratijas. La creciente competitividad, la eficiencia oriental o la implementación de los circuitos productivos nos están, literalmente, inundando con todo tipo de posibilidades de adquisición hasta el punto de que, en ocasiones, nos vemos abrumados ante cualquier elección, por nimia que ésta sea: ¿qué tipo de yogur preferimos ante una gama casi infinita de opciones, qué LCD? (En este sentido, Por qué más es menos, la tiranía de la abundancia, de Barry Schwartz). Constituye un plus añadido por el que las generaciones europeas nacidas en los años cuarenta, cincuenta o primeros sesenta, blindadas en gran parte, apenas pagan peaje alguno. La mayoría ha conseguido un puesto de trabajo razonablemente estable y ha accedido a una (o más) viviendas antes de que la burbuja inmobiliaria comenzara a inflarse. No obstante, esos miembros conspicuos de la clase media, difícilmente —salvo en casos muy puntuales de acumulación exponencial de capital— conseguirán facilitar a sus hijos una vida con certezas semejantes: casas a precios inaccesibles; colocaciones precarias a pesar de mil y una titulaciones.  Es probable que en un mundo globalizado para lo bueno y para lo menos bueno únicamente nos quede abrirnos y competir con chinos, vietnamitas o malayos. Pero estos ya no sólo producen bienes tecnológicos básicos o con poco valor añadido, sino, cada vez más, productos tan sofisticados como los fabricados en Berlín o Helsinki. La teoría de David  Ricardo de las ventajas comparativas del comercio puede dejar de tener validez en el momento  en que los doscientos mil ingenieros indios que cada año se licencian en el Manipal Institute of Technology consigan anular el desfase tecnológico con Occidente. Si descartamos el proteccionismo como solución (aunque un debate pausado no estaría de más), ¿qué salida queda?

             Tiempos difíciles.- Según algunos va ser poco probable que Europa emerja airosa de los retos que se avecinan arrastrando algo tan preciado pero a la vez tan oneroso como el sistema de beneficios implantado por Beveridge en 1944, y que se basaba en el nacimiento de una clase media y un sistema fiscal cuyos cimientos se tambalean. Y, desgraciadamente, mientras antes nos preparemos para ello, en todos los sentidos, mejor. Alemania, el país pionero en la seguridad social, se ha atrevido a afrontar la reforma más ambiciosa de los últimos decenios. Una reforma que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, es restrictiva de derechos: la marea de ventajas y conquistas parece haber alcanzado a su bajamar. La edad de jubilación se retrasa a los sesenta y siete años de forma progresiva, las pensiones se recortan y otros beneficios sociales quedan también tocados. El modelo Ikea llega a la seguridad social: asistencias simples, elementales, de bajo coste, corregidas según el capital preexistente del beneficiario, que puedan ser asumidas por una sociedad que en 1960 tenía ocho activos por pensionista y ahora tiene sólo tiene tres, y en la cual la esperanza de vida ha hecho que las pensiones se perciban durante casi veinte años en lugar de diez. La Ley ha sido aprobada por los dos partidos mayoritarios de la nación germana: los democratacristianos  y los socialdemócratas.  Y algo similar ocurrirá en otros ámbitos del espectro social (sanidad, educación…). Vienen tiempos difíciles, especialmente para quienes observamos como, casi tocando, el sueño, éste comienza a desvanecerse progresivamente. Ahorren, mientras ello sea posible.

2. ¿Gratis total o…?

(escrito en noviembre de 2008)

         Llegar a una fiesta cuando los camareros comienzan a recoger las botellas y la orquesta ha puesto ya el play back suele ser descorazonador. Los amigos nos arrepentíamos, en esas ocasiones, de no habernos dado más prisa, de habernos distraído con esto o con lo otro, de no haber sido más diligentes. Pero ocurría que, a veces, por circunstancias de diversa índole, sencillamente no podíamos acudir antes, en pleno apogeo, en el momento en el que el éxtasis de música y baile alcanzaba su punto culminante. Así es la vida, nos consolábamos con las manos en los bolsillos mientras rumiábamos el fin de una noche que se prometía feliz. Y tengo la sensación, en estos meses de zozobra,  de que algo de eso nos puede pasar a los españoles del baby boom en relación con los logros más significativos del Sistema del Bienestar Social, sobre todo en materia de sanidad y pensiones.

Algunos defienden que se avecinan tiempos en los que el concepto de universalidad de las prestaciones tenderá a replantearse tal y como lo hemos conocido hasta ahora (sociedad del low cost, la han bautizado). Pero es que hay ciertas medidas que son, cuando menos, discutibles desde el punto de vista de la equidad e, incluso, de la solidaridad intergeneracional.

¿Gratis total…?.- Hace poco, la empresa municipal de transportes de una capital andaluza propuso que el llamado bonobús gratuito de la tercera edad únicamente pudiera ser utilizado por los pensionistas con una renta inferior a 1.500 euros. No alcanzo a comprender las razones, pero semejante iniciativa –que se me antoja de puro sentido común— desató las invectivas de tirios y troyanos. Sin embargo, dejemos el juicio apriorístico y cuestionémonos un instante, ¿por el mero hecho de entrar en la categoría dorada de jubilado se debe hacer uno acreedor a todo tipo de canonjías sin importar situación, patrimonio o renta preexistente?  No voy a decir, como defienden algunos sociólogos, que el sistema de pensiones sea un fraude generacional de la manera en que está articulado actualmente (se han planteado en algunas empresas prejubilaciones con 48 años de edad). Pero debería dar que pensar el que un pensionista pueda viajar gratis total, sea cual sea, como decimos, su renta o patrimonio, y que, en cambio, un trabajador mileurista tenga que pagar el transporte para acudir al tajo. Y cabría extender esa pregunta a otros servicios y productos. ¿Por qué ha de ser gratis total el medicamento –salvo los que combaten enfermedades crónicas— para cualquier persona mayor de 65 años sin tener en cuenta cual es su situación económica, y, en cambio, ha de ser pagado, siquiera sea en un porcentaje, por familias que apenas llegan a fin de mes o que, sencillamente no llegan? Además de creer en el copago como instrumento que ayude a racionalizar el uso de cualquier asistencia prestada por el Estado, estimo que aquel no lo debería determinar únicamente la edad del usuario, sino, sobre todo, su estado financiero. Algunos países están dando pasos en ese sentido. Incluido el nuestro.

¿…o coparticipación en el coste?.- No hace mucho se aprobó por las Cortes la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Sin duda un avance más en una sociedad que aspira a cubrir las necesidades más perentorias de sus ciudadanos. En la Exposición de Motivos se indica entre otras cosas: “En España, los cambios demográficos y sociales están produciendo un incremento progresivo de la población en situación de dependencia…la atención a ese colectivo de población se convierte, pues, en un reto ineludible para los poderes públicos”. Y continúa indicando que las modificaciones en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al mercado laboral han hecho que la atención de esas personas quede cuestionada tal y como se la conocía hasta ahora. Pero es el art 33, al regular la participación de los beneficiarios en el coste de las prestaciones, el que nos llama la atención por su valentía: “Los beneficiarios de las prestaciones de dependencia participarán en la financiación de las mismas, según el tipo y coste del servicio y su capacidad económica personal”. Ésta se tendrá en cuenta, además, para la determinación de las prestaciones económicas.

 Que a la hora de decidir sobre el cómo y el cuánto de las prestaciones de dependencia se considere  la “economía personal” del beneficiario, y no sólo la edad del mismo, parece una decisión acertada en un Estado cada vez más sujeto a compromisos crecientes y con una población en progresivo envejecimiento. A buen seguro no será  la última Ley que, codificando asistencias de cualquier clase, tenga en cuenta ese elemento. 

3. Pelé, Brasil 1970 y el Estado del Bienestar

(escrito en junio de 2008, en plena primera Eurocopa que ganó España)

Estoy, como la gran mayoría de mis conocidos y amigos (el género es a propósito), abducido por la Eurocopa. Lo reconozco. Y en días como hoy, en que la selección de fútbol –ese reducto de cosmovisión ibérica, una vez diluida la mili— se juega el pase de los malditos cuartos, pocas alternativas se me antojan tan seductoras como tomar un par de cañas al mediodía y dejarme arrastrar el resto de la tarde hasta la hora de las conexiones previas, que espero no se demoren demasiado. Como quiera que todos llevamos un primate dentro, sin duda lo que más nos satisface de esas retransmisiones es el trasunto bélico y guerrero que, en estos tiempos decididamente melifluos, acarrean. Las tribus se visten con sus colores de guerra, ondean las banderas al viento y se disponen a la batalla. Incluso con mercenarios de más allá de las limes. El primer torneo del que tengo recuerdos es el Mundial de México 1970, donde jugó la mejor selección de todos los tiempos. Y, cosas de la memoria, aunque lo vi en blanco y negro, lo tengo imantado en technicolor: ay esas camisetas amarillas o azules sin marca deportiva alguna, sin mácula que las ensuciara…El Brasil de 1970, con Pelé, Gerson, Tostao, Rivelinho, Jair etc, era un conjunto técnicamente estratosférico. Y ese Mundial dejó en la retina de millones de aficionados escenas legendarias para la historia del fútbol como la parada de Banks a la picada de cabeza de Pelé; el amago con el cuerpo de éste al portero uruguayo Mazurkiewicz; Beckenbauer jugando la prórroga contra Italia con el brazo en cabestrillo, el gol agónico del alemán Schnellinger etc. Creo que nunca ha vuelto a haber un campeonato con tanta calidad. Sin embargo, la eterna pregunta. ¿Qué haría aquel equipo brasileño jugando contra cualquier selección europea de la actualidad?Casi con toda seguridad perdería por goleada tantos partidos como disputara. Aquel era un fútbol mucho menos exigente en lo físico, de un juego infinitamente más lento, con muchos más espacios en el campo, donde los jugadores disponían de un tiempo, que hoy nos parece infinito, para recibir, controlar y decidir. Era un fútbol mucho más hermoso; más bello. Pero por suerte o  por desgracia, el de hoy es mucho más eficaz.

 También, paseando por otros pagos, es mucho más hermosa una vida en la que la jornada laboral se vaya reduciendo progresivamente de forma que se concilie con la vida familiar –sea esto hoy en día lo que sea–, el ocio, el descanso, y todo lo demás. Ahora bien, en un mundo globalizado, en esta especie de Campeonato Mundial de la Economía que acometemos a diario, ¿es posible jugar, permítame la imagen, con maneras y formas parecidas a las de Brasil 1970 si los equipos con los que competimos se machacan en el gimnasio, hacen pesas, corren como gamos, dan tarascadas a diestro y siniestro y no dan un balón por perdido? ¿Se puede ganar un partido a ritmo de samba, apelando a nuestros regates y gambetas, a nuestro disparo con la zurda o a una  jugada aislada? Confieso mi ignorancia en materia económica, pero cada vez me pregunto más insistentemente si es posible mantener un sistema de garantías sociales en un orbe globalizado donde la gran mayoría de los países las ignora. La reciente ampliación potencial de la jornada laboral a 65 horas parece sugerir que los tiempos dorados del capitalismo de corte renano empiezan a quedar atrás en Europa, y que si hemos de competir con chinos, indios, coreanos y demás, desgraciadamente no nos va a quedar otra que seguir sus pautas. Porque ellos no se muestran muy convencidos de seguir las nuestras. Sí, ya sé, nuestra mayor productividad, el mayor valor añadido de nuestros productos etc…pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se imaginan –los más viejos– a Pelé o a Rivelinho encimando a sus defensas, bajando a defender constantemente, corriendo como locos los noventa minutos, batallando en el centro del campo, etc? Yo tampoco. Pero hoy no ganarían un partido. Aunque el tiempo y la belleza, ya lo decían los Rollings, estaban de su lado.