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China, imparable

Tacho Rufino | 25 de enero de 2010 a las 13:40

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IGUAL que pasa entre individuos, las sociedades tienen rasgos diferentes, características distintivas que, más allá de lo físico, hacen que un gallego y un andaluz sean muy probablemente más diferentes entre sí que cada uno con respecto a sus paisanos. Esto, evidentemente, está sujeto a la generalización que, aunque suele denostarse por injusta y poco rigurosa, es uno de los pilares de las ciencias sociales, por mucho que deba reconocerse el derecho a la diferencia: a ser un andaluz hosco y sin salero alguno; a ser un vasco debilucho y de poco comer; a ser un argentino parco en palabras; a ser un chino compulsivamente gastoso. Con mucho éxito desde su publicación en los 80, el holandés Geert Hofstede dirigió una investigación sobre estos rasgos típicos en muy diversos territorios. Concluía que hay pautas culturales que determinan notablemente el comportamiento de regiones y países. Estos patrones son la distancia con el poder (menor en sociedades realmente democráticas); la masculinidad o feminidad (Japón y EEUU serían muy masculinas, Suecia y Holanda más femeninas); la tolerancia de la incertidumbre; el individualismo o colectivismo, y la orientación al corto o al largo plazo. Es interesante plantearse cómo estos rasgos pueden afectar a un inminente papel central de China en el mundo. Podríamos empezar a sentir temor a que se diluyan los valores del vigente guardián del planeta, EEUU. A fin de cuentas, son nuestro paraguas mientras no se demuestre lo contrario. Estamos hechos a ellos.
Hay cálculos variopintos, pero China no tardará más de dos décadas en adelantar a EEUU en PIB; y puede haber adelantado ya a Japón, hasta ahora segunda potencia económica. Los rankings son diferentes según el indicador y la institución que lo elabore (FMI, Eurostat, The Economist, Banco Mundial). China es un país enormemente poblado, por lo que su PIB por habitante cae hasta alrededor del puesto 100 en la clasificación. Éste, sin embargo, no es un grave problema para sus autoridades, y mucho me temo que tampoco para el chino de a pie, al menos en los términos en que dicho bienestar individual lo es para los occidentales. Y es que esa mezcla mutante que es China, compuesta de feroz autoritarismo político y laboral y ciego capitalismo económico, es, como diría Hofstede, muy distante del poder y muy colectiva (y claro, muy productiva). Se tolera desde hace siglos el sometimiento, la obediencia y la jerarquía estricta. El ciudadano chino es mucho menos remilgado en su identidad, su unicidad y sus derechos inalienables que cualquiera de nosotros. No duden que si cogen a un chino copiando en la Universidad, lo ponen a caldo, por poner un ejemplo muy al hilo de esta semana (ver nuevo reglamento de evaluación de la Universidad de Sevilla: pasmo garantizado).

Juguemos a esbozar un escenario probable. China conseguirá la hegemonía comercial, y su moneda, el yuan, será la divisa de referencia para nuestros nietos. China no será nunca un Estado Social de Derecho, ni una democracia neoliberal, ni tan siquiera una socialdemocracia. Será un sistema sin precedente. Ayudará a África y se servirá de sus recursos, y con ello la controlará militar y económicamente. En el resto de continentes y mercados financieros, China llevará también la voz cantante, y no pestañeará ante los paralizantes vicios occidentales. Si, como decíamos hace años, un pisotón al unísono de todos los chinos haría variar el eje gravitacional de la Tierra, unos fondos soberanos teletransportados de aquí a allá provocarán tsunamis económicos y, a la postre, sociales. La industria será china; la sostenibilidad y el conservacionismo, si acaso una mera fachada que, en realidad, no suponen prioridad alguna para China. Ya ha sonado el gong. Por cierto, creo que ese sonido, en mandarín, significa trabajo, y también obrero.