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‘Minijobs': el cangrejo invasor

Tacho Rufino | 17 de diciembre de 2012 a las 13:50

EN los años previos al estallido de la Gran Recesión –este término, o uno equivalente, se consolidará en los futuros libros de Historia–, nos lamentábamos de la emergencia y generalización de una casta económica inferior por precaria, llamada mileurista, es decir, alguien que ganaba con su trabajo menos de mil euros al mes. Teniendo en cuenta que con esos niveles de renta se paga poco o nada de IRPF, tal sueldo entonces preocupante por escaso sería hoy una bendición para ex comerciales que rodaban en Volvos 4×4 por las carreteras para conseguir variables de sesenta mil al año, o para ex directores financieros a los que se les agota la prestación por desempleo, para no pocos arquitectos, ahora tan quietos, en un país que pasó de enladrillar todo suelo a no saber cómo comerse los ladrillos. Dame mileurismo, por favor. Hace dos semanas, mi compañero de tándem en este Persicopio, León Lasa, escribía sobre ese asunto, con el cinéfilo título de El increíble salario menguante. El sino de los tiempos: esta semana, Bankia ha reducido el salario un 40% a sus empleados. Quien más y quien menos ha visto su poder adquisitivo encogerse en términos reales ese mismo 40%; mírense, memoricen, hagan cuentas. Los precios de los bienes imprescindibles no han bajado, sino al contrario. Ergo caída de la renta real y de la demanda, correlativa contracción de la producción, mayor desempleo. Y menores cotizaciones… y mayor carga para las arcas de todos por las legiones de nuevos parados. Siendo éste un esquemita básico del horror en curso español, contiene algunos rasgos que también adornan a la Roma europea del XXI, o sea, Alemania.

El Instituto de Investigaciones sobre el Mercado Laboral del país germánico ha advertido esta semana que uno de los jabones más eficaces de la tasa de paro alemana (5,4% de la población activa, unas cinco veces menos que la nuestra), los llamados minijobs (miniempleos) suponen una amenaza larvada y demorada para la viabilidad del sector público. “Los minijobs destruyen el empleo regular en Alemania”, dice el estudio. Como los cangrejos invasores en el delta del Ebro. El observatorio oficial del mercado de trabajo alemán no se corta: “Este tipo de contrato [que ostentan 7,4 millones de alemanes, sin cotizaciones ni impuestos, un máximo de 450 euros al mes, y pocas horas de trabajo] condena a la pobreza”. Es precisamente la generalización de estos infracontratos que maquillan el desempleo lo que pone en una encrucijada estratégica al erario alemán: los miniempleos debilitan la seguridad social por la falta de pago de cotizaciones. Apuesten doble contra sencillo por la importación aquí de esta degradada forma de vivir.

Rígido, ineficiente, injusto… ¡y hasta indecente!

Tacho Rufino | 2 de septiembre de 2009 a las 18:17

“El BCE vuelve a pedir la reforma del mercado laboral y achaca el paro a la subida de salarios en el pasado · Pero que el 63% de los trabajadores sean ‘mileuristas’ demuestra que existe una brecha entre las rentas altas y bajas”

LOS mayores pepitogrillos de nuestra economía no viven en España, sino que los tenemos destinados en Bruselas, Fráncfort o Luxemburgo, ejerciendo de representantes nuestros en alguna institución de la Unión Europea. Desde allí, sus advertencias, recomendaciones y vaticinios suelen ser mucho más duros y tajantes que los que periódicamente hace el propio director del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, azote del Gobierno que lo nombró. Almunia, desde la Comisión, es un claro ejemplo de eurócrata versión martillo pilón: varias veces al año nos recuerda que sin reforma laboral, sin flexibilización y sin contención salarial no tenemos futuro ninguno. La última entrega de su “os lo tengo dicho” tuvo lugar en junio. Esta semana ha sido José Antonio González-Páramo, reputado economista y profesor, quien nos ha recordado el breviario para (poder intentar empezar a) salir de la crisis. González-Páramo ejerce actualmente de miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo. Él lo tiene claro: nuestro sistema laboral es “rígido, ineficiente y socialmente injusto”. Rígido: o sea, que cuesta una barbaridad contratar, cambiar de destino y funciones y, sobre todo, despedir al personal (al fijo, claro, a la creciente legión precaria, no). Ineficiente: debemos suponer que se refiere a la productividad, causa y remedio de todos los males; la “unidad de trabajo”, la hora trabajada, sale cara en España. E injusto: sobre este adjetivo debemos interpretar que -no sólo según Páramo- en España se da una especie de trastorno bipolar laboral: unos muy seguros, y otros totalmente inseguros. Cabe ir más allá y afirmar que la causa de la precariedad de éstos es precisamente la excesiva seguridad de aquéllos: el argumento estrella de los flexibilizadores.

El experto del BCE se despacha con una relación causa-efecto de tipo ¡alehop!, que no explica. Tratemos de descifrarla a partir de su frase textual: “Quiero recordar que desde hace mucho tiempo el BCE ha estado advirtiendo a los gobiernos de la Eurozona que es particularmente importante evitar las cláusulas de indiciación de los salarios, porque llevan asociado el riesgo de desatar y acelerar espirales de salarios y precios, que en el pasado han estado en la raíz de prolongados episodios de desempleo masivo”. Obviemos que Páramo considera que la subida de los salarios no debe asociarse a la inflación, algo que nos parecía una aspiración de lo más normal (no sabemos si la bajada de salarios sí es para él recomendable en caso de deflación). La miga de la frase está en que detrás de la crisis, y de su hijo el desempleo, lo que estaba no era la avaricia bancaria que señala el ministro Corbacho esta semana, ni tampoco las subprime y los intermediarios que venden préstamos a quien nunca ha devuelto ni devolverá un pavo. Ni siquiera unos tipos de interés bajísimos. La causa de este “episodio de desempleo masivo” es la “espiral de los salarios y los precios”. Sin ánimo de negar la mayor a un peso pesado, creo que es claro que entre esa causa y ese efecto hay varios eslabones y factores distintos del hecho que la gente cobre más si los precios generales suben. En cualquier caso, el diagnóstico del prestigioso profesor ha coincidido en el tiempo con un estudio que hace que sus declaraciones resulten algo dolorosas. Aunque, la verdad, nada comparable a las declaraciones de Esperanza Aguirre al saber que los funcionarios quieren mantener lo pactado en cuanto a la revisión de sus salarios. Obviando que muchísimos funcionarios estarían dispuestos a contener la actualización de sus sueldos, la presidenta madrileña protagoniza una nueva pasada de frenada dialéctica y dice que la postura de los representantes de los trabajadores públicos es “indecente”. Moderación ante todo. En fin, según un estudio digno de crédito y que ha sido citado en todas las portadas de periódico esta semana, en España no hay inflación salarial. Lo que realmente hay es un auténtico ejército imperial de mileuristas.

Una fábula contemporánea

Tacho Rufino | 16 de octubre de 2008 a las 19:40

Lo que voy a contar es cierto. Conozco el caso. Él es un infraempleado español al uso: carrera, dos idiomas y medio, un mastercillo, con algo más de mil euros de salario limpio al mes. Mil quinientos el mes que más cobra con los variables. Como suele decirse, es de “extracción humilde” y sus padres tienen todos los ahorros diluidos en los tabiques de la casa que habitan. Él es un chico inteligente, independiente, con ganas de vivir. Le gusta eso que llaman la bohemia: codearse gente con aspecto alternativo, de ideas progresistas sin dolor ni riesgo, leer  a Charles Baxter, alquilar a Truffaut para preparar el espíritu con los amigos antes de lanzarse a los garitos desde el jueves noche. Por estas razones y otras aspiraciones, y animado por sus padres que le dicen que “alquilar es tirar el dinero”, nuestro hombre joven decide comprar una casa hace cosa de dos años. Él es típico caso de quien se queda con la escoba en la mano o sin silla donde sentarse en el juego de marras. Resumo su panorama: sus padres lo avalan, se apresura a comprar una casa en una promoción de la que se ha vendido menos de un diez por ciento (han desmontado la casetilla de ventas y la propia casa piloto: su urbanización parece sacada de una película de post hecatombe nuclear), dedicaba al principio el  80 por ciento de su precario sueldo a pagar la hipoteca (con las subidas de intereses, es prácticamente el noventa). Se puede decir que su casa vale a día de hoy en el mercado menos de lo que le queda por pagar de préstamo hipotecario. Quiere meter estudiantes en casa, pero los estudiantes no quieren vivir allí, a la sombra de un hipermercado de periferia. Le acaban de decir en el trabajo que vaya buscándose la vida en otro lado. Omito la moraleja. Bonito plan, en cualquier caso.

El perverso ‘infrasalario’

Tacho Rufino | 13 de febrero de 2008 a las 12:33

Un buen número de alumnos míos, al terminar sus estudios universitarios, se darían con un canto en los dientes por ganar mil euros (limpios; cuando se trata de esas cantidades, hablar de “bruto” es casi ofensivo). Y todos conocemos a gente que trabaja por cuenta ajena desde hace un puñado de años y no llega a 150.000 pesetas de las de antes (que a día de hoy serían unas 190.000, ya que hace siete años que la moneda española dejó de existir y se le puede aplicar entre un 20 y 25 por ciento de actualización por inflación). Evidentemente, en la mayoría de los casos no están bien pagados, y encima sufren en silencio cuando se habla del mileurista como la base del escalafón salarial. No es de recibo que una sociedad opulenta como la nuestra -¿o no lo es?- pague salarios que no dan para independizarse a gente con formación superior y cerca de los treinta años. La brecha de los salarios con respecto a otras rentas (las empresariales o las de inversión) es cada vez mayor. Sin caer en la demagogia de afirmar que el crecimiento de los beneficios empresariales debe traducirse en un inmediato y lineal (proporcional) aumento de los salarios de los empleados, sí es cierto que tal divergencia no es conveniente para el sistema, y omitamos la justicia social si queremos. Por un lado, reduce la capacidad de consumo no suntuario de una economía (la base de la máquina económica), al concentrarla en pocas manos. Por otro lado, amenaza a la clase media -¿los nuevos pobres?-, piedra angular de nuestro sistema económico y social (por lo menos, hasta ahora).