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‘Óptimo Máximo’, una seccion sin miedo, pena ni perfume barato

Tacho Rufino | 15 de octubre de 2012 a las 21:16

El nombre puede imprimir carácter, para bien o para mal. Los apodos son capaces de destrozar un nombre que dé a su titular cierta presencia a priori: de Ignacio a Nacho, de ahí a Nachete, y de ahí a un Chete que, más allá de casa te perjudica, quizá no si tu trabajo es de artista, pero sin mucha más excepción. Contrariamente, un nombre infumable, de esos con que algunos padres castigan de por vida al hijo o hija, quizá porque la tía Silvestra falleció un mes antes del nacimiento de la inocente criatura, puede suponerte un estigma contra el que luchar desde la tierna infancia. Un blog, una columna o una sección de una revista pueden verse condicionados por un nombre precipitado (véase, ¿Quién da la vez?)
Recuerdo a un perro que apareció por la vieja zapatería de Dani Márquez en Rota (Spain), a la que llamábamos “el club”, un perrito que fue bautizado con guasa como Apoxiomeno, creo que por Peque o por Manolo El pollo: el nombre del bello atleta griego o romano inmortalizado en mármol aplicado a un pobre y enclenque cachorro abandonado. El dialecto roteño y la guasa fueron birlando a aquel pobre chucho amoroso su gran nombre, lo único que tenía junto con algunas caricias pasajeras de sus adolescentes y fugaces dueños, y acabó llamándose Poci, para desaparecer un día absorbido por su probablemente triste destino perruno.
Aunque la miopía o mi filiación bética me caracterizan más que el optimismo, ahora –un poco a instancia de parte…– quiero crear en este blog una sección fija donde se den buenas noticias, o quizá sólo noticias no malas. Y me planteo el nombre. Pensé en otro nombre de perro, en este caso de una novela de Italo Calvino, El barón rampante: Óptimo Máximo, el perrito de Viola, la amada de Cósimo, el barón que vivió su vida en los árboles con gran criterio. En economía un óptimo es el mejor de los máximos (o mínimos, si habalmos de costes), de forma que una sección llamada Óptimo Máximo puede perfectamente responder a la búsqueda de buenas noticias en este mundo cruel de España, pero dentro de lo razonable, del realismo: los más optimista posible, sin arengas ni sensiblerías. “Optimismo razonable”, el proustiano “En busca del optimismo perdido” (como titulamos una entrada el sábado), “lo más bonito de la semana” o “¡Leche, una buena noticia! Fueron barajados para esta sección, que comenzaremos a publicar cada martes, ahí en ese momento en que el fastidioso lunes comienza a mostrar un punto de inflexión hacia la pate más gloriosa de la semana, que para un servidor es el jueves sobre las 20:00 horas. Pero no, solitario que me siento ante el reto de darle a vuestro cuerpo alegría noticiera, y como bautizó Robinson Crusoe al pobre caníbal al que salvó de ser canibalizado por unos primos ávidos de proteínas, “Te llamaré Viernes”; perdón, “Óptimo Máximo”.
Se agradecen ideas y sugerencias, que la tarea no es fácil.

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Ni blanco, ni negro

Tacho Rufino | 9 de noviembre de 2008 a las 21:35

 

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Ni blanco, ni negro

José Ignacio Rufino / Publicado el sábado en “El Poliedro” Economia&empleo@grupojoly.com | Actualizado 08.11.2008 – 01:00

 

COMO le sucede a Obama, esa prodigiosa combinación de carisma y mercadotecnia, la mayoría de las cosas no son ni blancas ni negras. A esto hay que añadir que el negro tiñe más, sin segundas. Por eso el color del cristal con que se mira la economía desde hace un año, cada vez más negro, oscurece el porvenir inmediato y lo muestra como un túnel al final del cual no se atisba luz ninguna. Quizá porque el túnel describe una curva que no vemos: la curva tras la cual reaparece la felicidad perdida. ¿Debemos hacer profesión de realismo, y abundar en el pesimismo, o debemos creer que, siendo optimistas, ayudamos a revertir la tesitura?

A la primera opción se le achaca dos defectos. Primero, asusta y agacha a los agentes económicos; segundo, muchas voces dicen que una crisis -una fuente de malas noticias- es “un gran negocio mediático” (a esto hay que decir, de entrada, que el negocio mediático está en la audiencia de pago y en la publicidad, y ninguna de esas cosas engorda con las vacas flacas, ni mucho menos). La alternativa al enfoque sombrío -o sea, el optimismo militante y voluntarista en los gobernantes, empresarios y analistas en general- sólo confía en el efecto placebo, más allá del buenismo: se trata de una estrategia que, no pudiendo por el momento combatir realmente las causas de la crisis, combate sus síntomas. O manda mensajes de tranquilidad sólo con la esperanza de que el mensaje tranquilice, aun no habiendo motivo objetivo alguno para estar serenos. Más o menos como cuando un psicoanalista exige al paciente con la moral por los suelos que se vista bien, que se asee y que se sienta bonito antes de salir a la calle.

La desconfianza anula buena parte de las capacidades de la política económica. Hemos asistido a la indiferencia de los mercados ante la garantías públicas regaladas a la banca y, después, a la rebaja de los tipos de interés de referencia. Y hasta la victoria de Obama ha dejado impasible a los mengues de la depresión, tras el parto de la burra que ha sido el último año largo de pertinaz campaña electoral. Como si nada. La bolsa -de acuerdo, un termómetro desquiciado que resulta ser el paradigma de la economía financiera en su sentido más perverso, y no el indicador de la economía real que debería ser- ignora a las que se supone son buenas noticias. El paciente muestra una clara resistencia al tratamiento.

Hoy escuchaba a un veterano constructor de la tierra -con verdadera empresa en marcha desde mucho antes del boom y, también, después del crash- decir que ya está bien de hablar “en negativo”. Aducía, con razón, que más allá de los datos en pendiente descendente (el PIB, el consumo, la inversión) o rampante (el paro, la morosidad, el déficit), abundar continuamente en ellos sólo consigue realimentar el estado de las cosas. Pero hay otras razones de peso para abandonar el pesimismo. Por ejemplo, su visible efecto sobre la productividad. No hablamos de ésta como unos ratios con diversos denominadores y cocientes, sino de la productividad palpable, la que denotan las actitudes. Y esto es visible tanto en el pavor paralizante que atenaza a los empresarios y directivos (notarán ustedes que las páginas están diezmadas de reportajes de empresas, que son reacias a decir “mira qué mal lo tengo”), sino en la ansiedad que agarra a los empleados en general. El espectro del ERE y el del concurso de acreedores no ayudan a la productividad. Necesitamos calma y, quien pueda, que sea además optimista.

Mientras tanto, a los economistas, que han adquirido centralidad social, les llueven las bofetadas. Hay quien pone en duda la condición de ciencia de la economía, alegando que no es capaz de predecir ni de prescribir recetas útiles. Poco más o menos como le sucede a los médicos con el sida o la malaria. O a los biólogos con el cambio climático. O a los meteorólogos con ciertos desastres naturales.

Les juro que yo me había prometido no escribir sobre la crisis hoy. Pero ustedes me dirán cómo.