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Vivir solo está de moda

Tacho Rufino | 27 de agosto de 2012 a las 14:51

Un buen amigo suele traer a colación con cierta frecuencia una frase de Blaise Pascal, científico y humanista francés del siglo XVII:

“Todas las desdichas del hombre [y de la mujer, cabe añadir] provienen del hecho de que no es capaz de estar tranquilamente, solo, en una habitación”.

En una ciudad como en la que yo vivo, de proverbial “vida en la calle”, alguien que prevenga sus desdichas por la vía pascaliana es, directamente, un extraterrestre. Se me viene a la cabeza la frase por haber sabido (The attraction of solitude, The Economist) de la creciente tendencia planetaria –salvo excepciones– a vivir solo. Es Europa, seguida de Norteamérica y la Europa del Este, donde las casas ocupadas por una sola persona constituyen una proporción mayor. Donde menos, en África y en Oriente Medio, aunque en esta última zona la tendencia a vivir solo crece de forma precoupante para las autoridades. A la espera de un buen término en español, podemos denominar a esta tendencia en inglés singledom (single= solo, también soltero). Algunos datos. La mitad de los estadounidenses no están casados, mientras que en 1950 la cifra era del 22%. Vivir solo –que no es lo mismo que no estar casado, ya que hay personas solteras que comparten casa con otras personas, familiares o no– es una práctica social en auge también en los países desarrollados emergentes. Por ejemplo, la cifra de ‘solos’ en Brasil, las comidas precocinadas o cocinadas han visto crecer sus ventas al doble en sólo cinco años, lo cual es un síntoma evidente del estilo de vida ‘single’.

Hay diversas causas que conducen a esta boyante realidad. Una fundamental parece ser la resistencia de las mujeres a casarse rápida y apañadamente, como sucede en el mundo árabe de forma creciente o, en países como Japón, la preferencia también femenina por seguir formándose o progresando profesionalmente antes que dedicarse a la casa y la familia. Si en este somero panorama añadimos las cifras de China e India, los porcentajes engordan mucho. Hay otras causas más chocantes, por ejemplo entre la población negra en Estados Unidos, donde el 90% de los reclusos varones son negros, y muchos en edades entre los 19 y los 34, lo que hace que muchas mujeres –resistentes en general a los matrimonios con blancos u otras razas– se queden solteras o sin pareja. La longevidad, por su parte, es una causa fundamental en este estado de cosas, creando grupos muy grandes de viudas (suelen ser las mujeres las que sobreviven a sus hombres). El hecho, en fin, de que para tener seguridad económica, relaciones sexuales o incluso una relación estable no es en absoluto incompatible con vivir solito dispara los porcentajes. Hay ciertas consecuencias negativas del ‘solismo’. Si todos viviéramos solos, las emisiones de gases nocivos para la atmósfera se dispararían: es la versión energético-doméstica del castizo dicho “donde comen cuatro, comen cinco”, una cuestión de mejor consumo de costes.

Las tecnologías de la comuniación y la incesante sofisticación de las relaciones en red, evidentemente, tampoco son ajenas a este fenómeno. En los países donde existen infraestructuras eficaces, eficientes y generalizadas para estas conexiones más o menos virtuales, los ‘solos’ acaparan un porcentaje mayor de la población. Si a esto unimos, como sucede en Escandinavia, que la protección social es extensa y de calidad, montárselo por su cuenta en una opción muy tentadora.

En fin, que vivir en familia es muy lindo, y vivir en pareja puede ser algo muy lindo también, e incluso financieramente conveniente… pero vivir solito es una aspiración de muchos que, cuando se saborea pascalianamente, quizá no tenga marcha atrás.

PS: No hace falta recordar mucho que vivir solo, estar solo y sentirse solito no son la misma cosa, como dice Eric Klinenberg, autor del libro de moda sobre esta atractiva cuestión, “Going solo”.