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¿70 o nada?

Tacho Rufino | 12 de abril de 2011 a las 13:35

La última portada de The Economist (70 or bust!) la protagoniza un viejo motero de unos sesentaitantos o setenta años, en perfecto estado de revista. Pretende simbolizar que la mayor esperanza de vida (aparte de las pérdidas de valor de los fondos de pensiones privados y de la incertidumbre sobre hasta dónde llegarán las arcas públicas del Estado a la hora de pagar las pensiones públicas) implica una necesaria ampliación de la vida laboral. Setenta o revienta, cabría decir alternativamente. Aquí va la portada del semanario y el último párrafo del artículo central sobre el asunto:

70 or bust

“Dos grandes riesgos amenazan a las pensiones de la gente: que los mercados a la baja mermarán su plan de pensiones privado y que los pensionistas sobrevivirán a sus ahorros. Por tanto, los gobernantes deberían animar a los trabajadores a ahorrar más, empujándolos a meterse en sistemas de pensiones a los que tendrán que rechazar más que acceder a ellos voluntariamente. Y las pensiones básicas del Estado deberían ser suficientemente altas para darle a los ancianos más desafortunados y sin ahorros unos ingresos dignos, sin penalizar a los menos previsores. Eso es lo mínimo que la gente merece a cambio de estar en el tajo hasta los 70.”

 

 

ZP: ¿a la redención por el recorte?

Tacho Rufino | 25 de enero de 2011 a las 14:40

Blair caía bien fuera mientras que en el Reino Unido el odio hacia su persona no paraba ni para de crecer; Obama tiene gran cartel fuera de sus fronteras, pero la mitad de su país es más enemigo acérrimo suyo que adversario. Los políticos con “carisma” –esa capacidad de camuflar lagartos, en demasiadas ocasiones– suelen quemarse dentro pero mantener incólume su imagen exterior. Bueno, con Berlusconi pasa justo lo contrario, pero ése es otro cantar: en Italia, tras salir a la luz pública sus orgias semanales con prostitutas y menores, el índice de popularidad del inefable Silvio… ¡sube! Pero volviendo a un mundo político más normal (?), a Zapatero le pasa en buena medida lo que a Blair u Obama: lo quieren más fuera que dentro. A los hechos me remito. La semana pasada, The Economist publicaba un reportaje sobre la mayor fortaleza reformadora que está demostrando nuestro presidente en cuestiones consideradas clave para recuperar crédito y confianza internacional, y nacional también: reforma del sistema financiero, con especial lupa sobre las cajas; recortes presupuestarios, menor dependencia de los sindicatos, reforma del sistema de pensiones, subidas de impuestos, reducción importante del gasto público, mensajes y adevertencias a las comunidades autónomas y sus déficit…

Según The Economist, Zapatero se encuentra ante una gran chance de convertir sus renuncias impopulares en una oportunidad electoral. Los sondeos son tan claros a favor del PP –que rehúye cualquier pacto nacional y sólo piensa en las urnas y la “sed de urnas de los españoles”–, que la cosa sólo puede mejorar para Zp. Según la mencionada revista, la (nueva) firmeza y la continuidad en el ajuste y la reforma podrían cambiar la imagen pública del presidente, y hacerlo aparecer en la mente y el corazón de un buen número de españoles como un estadista responsable aunque le cueste la popularidad y, teóricamente, los votos. Cuezan esos ingredientes a fuego lento durante meses, y podríamos ver a un Zp renacido cual ave fénix de sus propias cenizas. Mientras, como mono de goma, ponemos a Rubalcaba por delante: un candidato de plástico, que no irá de número uno. El número uno de la lista será Zapatero, el de la “sangre, sudor y lágrimas”. Las elecciones no son mañana, y podrían coincidir con un perceptible cambio de rumbo positivo de los ahora patéticos números de nuestra economía. No lo den por muerto.

Abajo, la significativa ilustración de The Economist, la bilbia liberal. Ojo al bíceps del esmirriado Zp:

zapatero

No es país para pactos

Tacho Rufino | 8 de febrero de 2010 a las 15:53

FranciscodeGoya-Dueloagarrotazos

REVISANDO la cronología de los hechos más relevantes del año pasado, resalta la siguiente noticia de 25 de noviembre, fascinante: “Detienen a 42 ancianas en Chipre por jugar al póquer, prohibido en esta isla mediterránea. Las mujeres, de 75 a 85 años de edad, habían sido denunciadas por molestar a sus vecinos con sus idas y venidas. Después de ser acusadas por su delito, fueron puestas en libertad”. Me imaginé unas breves escenas de los hechos: esas viejecitas encorvadas, vestidas y tocadas de negro, apostadas por las esquinas, silbándose notas secretas, dando renqueantes sprints de portal a portal con las enaguas y el refajo remangados, intentando despistar a la Policía mientras se dirigen a la hora convenida a la casa-garito donde va a tener lugar la timba… en fin, un espectáculo impagable que, sin embargo, los vecinos no toleraban, supongo que más por culpa del tercer tiempo tras la partida, en la que las ancianas habrían libado lo suyo, lo que provocaba que la salida de vuelta a casa fuera desconsiderada con el descanso de sus poco condescendientes vecinos. Tras fantasear con esa puesta en escena, fue sin duda el estrés de las noticias sobre el sistema de pensiones en nuestro país lo que me llevó a relacionar ambas cosas: si alguien es capaz de jugarse la libertad por jugar con vocación al póquer, ese alguien está en condiciones de ejercer algún tipo de trabajo remunerado. Tener 75 años, e incluso 85, no es óbice para hacer cosas más o menos valiosas. En lo tocante a la longevidad laboral, no es lo mismo haber estado trabajando de camarero 50 años que haberlos pasado dando clases de latín. No se puede comparar los 32 años de un futbolista de poquito desgaste, como el inflacionado Guti, que los de su compañero Raúl. Los trabajos menos cualificados son más penosos, y el anuncio del retraso de la jubilación no tenía en cuenta esta cuestión. Al día siguiente, Salgado dijo que sí, que eso entra dentro del área de negociación y tal, pero de nuevo la sensación de precipitación que expelen nuestros máximos dirigentes se muestra desnuda. A esto vamos.

Ejemplo contrario de la receta de no dar puntada sin hilo, el debate de las pensiones ha sido para el Ejecutivo español una prueba de la que, de momento, no ha salido airoso. Las lógicas exigencias de una Europa que hace suyo el “España como problema” de Laín Entralgo han forzado a una respuesta a España. El temor por la inestabilidad que nuestros paro, déficit, deuda y falta de competitividad pueda ocasionar al euro ha hecho que Europa, comandada por Alemania, nos pida sacrificios. Y en vez de agarrar al toro por los cuernos y tomar decisiones con efectos a corto plazo (recortes presupuestarios de entidad con la mayor justicia social posible), se arrea una patada a seguir, mandando el balón hasta no se sabe dentro de cuántos años, cuando el natural retraso de la edad de jubilación comience a tener efectos en las cuentas públicas. Todo menos perder el cuello electoral, y mira que 2012 queda lejos.

Desde dentro también se le exige al Gobierno diligencia en la política económica, aunque la impresión que da el otro bando es de no querer arrimar el hombro lo más mínimo. Si cambias y coincides con lo que yo defiendo, cambio mi discurso y leña al mono. Libro de Aznar aparte, ¿alguien sabe cómo parar la sangría del empleo, el único caballo de batalla de la oposición, como si las legiones de parados no fueran consecuencia no ya de la crisis mundial, sino de las enormes bocanadas que los gobiernos -del PSOE y del PP- han insuflado en nuestro modelo productivo sin futuro? No nos ayuda a afrontar la realidad la innata incapacidad hispánica para entendernos en momentos de emergencia, la obsesión por afirmarnos siempre en contra de un enemigo: “la patria”, pura boquilla. Lo mismo que los alemanes, igual igual. La única ancla posible parece descartada ante la carrera que Zapatero debe correr en solitario (“se lo merece, que se joda”, dirán algunos): una mesa nacional de emergencia, en la que partidos, autonomías, sindicatos y empresarios se sentaran sin cartas marcadas. Y sin jugar al póquer como las tahúres abuelas chipriotas. ¿Se imaginan? A mí me cuesta mucho.

(Arriba, Goya, “Duelo a garrotazos”)