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Viñetas que quitan hierro

Tacho Rufino | 28 de octubre de 2010 a las 14:27

Un amigo me saluda y me dice, con su sorna habitual:

– Cada vez que me meto en tu blog me entran ganas de cortarme las venas.

Soy tirando a sensiblito, así que le doy vueltas a lo que me dicen y, en este caso, a lo que me dijo él, que se dedica a la información y la crítica musical, algo prácticamente indemne a los ciclos expansivos y recesivos, al menos a los que tocan el bolsillo y el sueño de la gente. Claro es que el pesimismo reinante y los permanentes malos augurios no nacen de una persona, sino de las circunstancias. Como dicen que dijo Ortega –yo no se lo escuché, ni se lo he leído–, uno es uno y sus circunstancias, que te condicionan y hasta te empapan.

A pesar de que, repasando las entradas de este blog, no detecto un tono lastimero dominante, voy a intentar que mi colega no cometa una tontería de la que no podría ni arrepentirse, y a partir de este sábado dedicaremos una entrada a chistes y viñetas guasonas sobre “la cosa”. Como adelanto, aquí va una (se admiten sugerencias, vía blog o a rufino@us.es):

paro juvenil

Autor: El Gat Invisible: http://www.llosa.cat/index_gat.htm

Ni blanco, ni negro

Tacho Rufino | 9 de noviembre de 2008 a las 21:35

 

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Ni blanco, ni negro

José Ignacio Rufino / Publicado el sábado en “El Poliedro” Economia&empleo@grupojoly.com | Actualizado 08.11.2008 – 01:00

 

COMO le sucede a Obama, esa prodigiosa combinación de carisma y mercadotecnia, la mayoría de las cosas no son ni blancas ni negras. A esto hay que añadir que el negro tiñe más, sin segundas. Por eso el color del cristal con que se mira la economía desde hace un año, cada vez más negro, oscurece el porvenir inmediato y lo muestra como un túnel al final del cual no se atisba luz ninguna. Quizá porque el túnel describe una curva que no vemos: la curva tras la cual reaparece la felicidad perdida. ¿Debemos hacer profesión de realismo, y abundar en el pesimismo, o debemos creer que, siendo optimistas, ayudamos a revertir la tesitura?

A la primera opción se le achaca dos defectos. Primero, asusta y agacha a los agentes económicos; segundo, muchas voces dicen que una crisis -una fuente de malas noticias- es “un gran negocio mediático” (a esto hay que decir, de entrada, que el negocio mediático está en la audiencia de pago y en la publicidad, y ninguna de esas cosas engorda con las vacas flacas, ni mucho menos). La alternativa al enfoque sombrío -o sea, el optimismo militante y voluntarista en los gobernantes, empresarios y analistas en general- sólo confía en el efecto placebo, más allá del buenismo: se trata de una estrategia que, no pudiendo por el momento combatir realmente las causas de la crisis, combate sus síntomas. O manda mensajes de tranquilidad sólo con la esperanza de que el mensaje tranquilice, aun no habiendo motivo objetivo alguno para estar serenos. Más o menos como cuando un psicoanalista exige al paciente con la moral por los suelos que se vista bien, que se asee y que se sienta bonito antes de salir a la calle.

La desconfianza anula buena parte de las capacidades de la política económica. Hemos asistido a la indiferencia de los mercados ante la garantías públicas regaladas a la banca y, después, a la rebaja de los tipos de interés de referencia. Y hasta la victoria de Obama ha dejado impasible a los mengues de la depresión, tras el parto de la burra que ha sido el último año largo de pertinaz campaña electoral. Como si nada. La bolsa -de acuerdo, un termómetro desquiciado que resulta ser el paradigma de la economía financiera en su sentido más perverso, y no el indicador de la economía real que debería ser- ignora a las que se supone son buenas noticias. El paciente muestra una clara resistencia al tratamiento.

Hoy escuchaba a un veterano constructor de la tierra -con verdadera empresa en marcha desde mucho antes del boom y, también, después del crash- decir que ya está bien de hablar “en negativo”. Aducía, con razón, que más allá de los datos en pendiente descendente (el PIB, el consumo, la inversión) o rampante (el paro, la morosidad, el déficit), abundar continuamente en ellos sólo consigue realimentar el estado de las cosas. Pero hay otras razones de peso para abandonar el pesimismo. Por ejemplo, su visible efecto sobre la productividad. No hablamos de ésta como unos ratios con diversos denominadores y cocientes, sino de la productividad palpable, la que denotan las actitudes. Y esto es visible tanto en el pavor paralizante que atenaza a los empresarios y directivos (notarán ustedes que las páginas están diezmadas de reportajes de empresas, que son reacias a decir “mira qué mal lo tengo”), sino en la ansiedad que agarra a los empleados en general. El espectro del ERE y el del concurso de acreedores no ayudan a la productividad. Necesitamos calma y, quien pueda, que sea además optimista.

Mientras tanto, a los economistas, que han adquirido centralidad social, les llueven las bofetadas. Hay quien pone en duda la condición de ciencia de la economía, alegando que no es capaz de predecir ni de prescribir recetas útiles. Poco más o menos como le sucede a los médicos con el sida o la malaria. O a los biólogos con el cambio climático. O a los meteorólogos con ciertos desastres naturales.

Les juro que yo me había prometido no escribir sobre la crisis hoy. Pero ustedes me dirán cómo.