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En busca del dinero espabilado

Tacho Rufino | 14 de marzo de 2010 a las 22:49

(Artículo publicado en “El poliedro”, Economía, Grupo Joly el pasado sábado)

Es difícil dar crédito al suceso que voy a referir (en cuanto a dar crédito financiero, se ha generalizado la leyenda de tanto azulejo de tasca: “Hoy no fiamos, mañana sí”). En principio, parece una historia bastante normal. Un extranjero residente en España ha sido encausado por la Agencia Tributaria, que ha enviado su caso a la Fiscalía. La del demandado es una figura más común de lo que pudiera parecer: contribuyentes -es un decir- residentes en nuestro hasta hace poco soleado país que dicen residir fuera de España, con el objeto de no pagar impuestos aquí, aunque tengan a sus hijos en colegios concertados de aquí, usen los hospitales de aquí para intervenciones delicadas y jueguen al golf cotidianamente en este meridional país, actividad del todo compatible con hacer negocios, también aquí. Hasta ahí, nada extraordinario, al menos en una tierra donde sólo paga impuestos el que no tiene más remedio y quien está controlado por la nómina, por mucho que esté muy de moda decirle a políticos, maestros de escuela, policías o celadores que “vivís de mis impuestos” (“de los que pago sin remedio”, cabría apostillar: qué calvinistas nos estamos volviendo para ciertas cosas).

Lo que no resulta tan normal es que el citado extranjero -tan bien orientado hasta que le han echado el guante- haya ingresado voluntariamente en las arcas de Hacienda ¡24 millones de euros!, cuando vio que lo habían trincado de lleno, según informaba El País el miércoles pasado. Tras intentar calcular cuántas pesetas son tal cantidad, se le suscitan a cualquiera una serie de preguntas: ¿cuánto habrá realmente defraudado?, ¿cómo ha sido tan invisible hasta ahora?, ¿cuántos defraudadores más hay como éste?, ¿cuántas infraestructuras, colegios, camas de hospital y hasta sueldos de funcionarios-en-la-diana se podrían pagar con esa suma que había driblado a la caja estatal? Se pregunta también uno quién será este hombre, qué cara tendrá… y a qué se dedica.

Es claro que la inspección fiscal cuenta con pocos medios en España. Tal debilidad no ha sido tan patente en los tiempos en que los presupuestos públicos estaban equilibrados, las empresas empleaban y pagaban a muchos más empleados como lo es hoy. En la abundancia, el relax inspector era más comprensible. Pero ahora toca sacar de donde sea, mayormente donde es de ley, por mucho que algunas administraciones giren impuestos, multas y complementarias preventivas sin fundamento que, además, se pasan por el forro la presunción de inocencia y el in dubio pro reo. Con la ley por delante, no hace falta abusar de los de siempre. A los 24 millones nos remitimos.

Ocaña, secretario de Estado de Hacienda, se ha montado encima del caballo, y enarbola la bandera del nuevo plan contra el fraude que aprobó el Consejo de Ministros hace unos días. Tiendas de chinos, africanos pañoleros organizadísimos en los semáforos y establecimientos de “todo a euro” también van a ser escrutados por la inspección fiscal, según parece.

A ver si se desvelan misterios como el de los turnos de trabajo de veinte horas (a veces en sitios insalubres, donde la inspección laboral también flaquea) y los aprovisionamientos baratísimos (que después se venden en locales con alquileres altísimos), y quizá empiecen a ser tratados con la firmeza recaudatoria con que se trata a tantos otros comerciantes nacionales. Cual seres epsilon lampando por sus dosis de soma en Un mundo feliz, las arcas públicas buscan euros debajo de las piedras, en los paraísos de la baratura de birlibirloque y hasta de las verdes alfombras de los green, porque no sólo de subidas del IVA vive la mustia Hacienda Pública