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El euro, un negocio familiar mal avenido

Tacho Rufino | 30 de julio de 2011 a las 12:39

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EL euro es como un negocio familiar: llega un momento en que son demasiados sus participantes, y demasiado diversos sus intereses para ser gobernable. Mientras que en las empresas de Don Fundador (después hermanos, después primos) la primogenitura, el sexo y otras razones más o menos azarosas son las que otorgan mayor control a uno que a otros, en el caso del euro las razones para ejercer el mando en la moneda común son objetivas: el euro es un marco alemán disfrazado de banderitas de colores nacionales, y la sede del Banco Central Europeo está en Fráncfort porque, a saber: Alemania aporta más que nadie al presupuesto comunitario, Alemania es la mayor potencia industrial de Europa, Alemania es la campeona mundial de las exportaciones, y Alemania, en fin, ofrece un cuadro macroeconómico cuyo presente y cuyas perspectivas no son comparables a los de nadie en la UE. De esta forma, cuando Trichet decide subir los tipos de interés de la zona euro, hace la política monetaria que conviene a Alemania… y viene desastrosamente mal al Estado, a las empresas y a los particulares de España. Asimetrías de la vida. Por este complicado poliedro económico y monetario, el ministro de Finanzas alemán ha dicho esta semana que “los países rescatados deberían prescindir de parte de su soberanía”… o ser expulsados de la zona euro. Se refiere Schauble a la soberanía presupuestaria y fiscal: “Tú organiza teatro al aire libre en el Partenón y tenme las islas en condiciones, que yo me encargo de llevarte las cuentas” (esto no lo ha dicho…). No es de extrañar que el sentimiento anti-mediterráneo crezca en Alemania con el miedo a una crisis que -lo que nos quedaba por ver- amenaza cual hidra de siete cabezas con reinventarse cuando llegan noticias sobre la posible suspensión de pagos de Estados Unidos.

Pero veamos el contrapunto a esta preponderancia teutona: veámoslo todo, o al menos miremos otra cara del cubo. El euro ha sido absolutamente clave para la expansión exportadora alemana; recuerden que en los 90 Alemania tenía déficit por cuenta corriente, y se endeudaba como si fuera un PIGS. La moneda única les ha venido de coco y huevo para financiar la reunificación. Recordemos también que uno de sus destinos comerciales esenciales ha sido la periferia europea: cómprame, cómprame mucho que yo financio los fondos de desarrollo y, si no tienes en el bolsillo, aquí hay crédito, que estamos en familia. Sin deudas griegas, portuguesas e irlandesas el poderío alemán no sería tanto poderío. ¿Por qué el mayor acreedor extranjero de Grecia es Alemania y sus bancos? Los países pobres y compradores son la otra cara de los ricos y exportadores. Hace falta lo uno para que exista lo otro. ¿Que ello no exime de culpa a gobernantes y particulares por embarcarse en una política de endeudamiento público y privado como el español? Desde luego que no. Pero el maniqueísmo y las verdades absolutas, para los mítines y las tabernas.

El euro tiene un futuro más que comprometido, y su actual realidad dista mucho de parecerse a lo que Robert Mundell denominó “área monetaria óptima”, entre otras cosas por la diversidad en la política fiscal de sus miembros. El euro, tras una década en la que navegó con el viento mayormente de popa, se encuentra instalado en la adversidad, ante el dilema de ser o no ser. O ser de otra manera. E incluso ser de más de una manera; que exista más de un euro. El visionario Nouriel Roubini ha dicho esta semana que no sólo Grecia es insolvente, sino que también lo son Portugal e Irlanda. El apodado Doctor Catástrofe hila fino: “Hay un 30% de probabilidades de que Grecia y Portugal salgan de la zona euro”. Presa del vedettismo y el alto caché, lo dijo en Alemania, ante los asentimientos generalizados de los algo ensobebercidos primos de zumosol comunitarios, a quienes no cabe duda de que los mediterráneos y los irlandeses -como mínimo- “vivimos de ellos” (obviemos paralelismos hispánicos). Puede que el euro haya sido flor de una década. En cualquier caso, el euro de nuestros hijos no será éste.