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Los médicos, los mejores; los políticos, los peores

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2012 a las 17:19

Si algunos soléis leer la columna que escribo los sábados en papel en esta casa, habréis notado que esta semana no se ha publicado. La razón para esta –en el fondo– nimiedad es que una persona muy cercana a mí ha tenido un grave accidente, y actualmente pelea por vivir en uno de los dos grandes hospitales públicos de la ciudad donde vivo. Permitidme compartir tal suceso, aunque sea aquí y en el caso de este post una excusa para volver a valorar las garantías sanitarias, la competencia profesional y la calidad humana y de servicio que crecientemente ha ido acompañando a nuestro sistema público de Salud. Un sistema con muchos rasgos de excelencia a pesar del mal uso de las prestaciones y recursos públicos por parte de algunos pacientes y, también, de algunos empleados. Muy probablemente estos hospitales se encuentren entre los mejores centros productivos del país, incluidas las empresas privadas: me refiero a su eficacia, y a su decidido control de la eficiencia y mejora de procedimientos. Una eficacia y una eficiencia –por no mencionar la valiosísima y casi heroica humanidad de muchos empleados de todo nivel y función–recientemente atribuladas y precipitadas en el caso de los recortes-por-el-recorte que se están realizando en muchas de las comunidades autónomas con la presión comunitaria y estatal, recortes repenetinos sin verdaderos planes de mejora previos en el uso de los recursos: la tijera en la mano temblorosa de unos políticos acuciados desde fuera del país, condicionados por unos pretendidos votos futuros que inspiran sus distintas y antagónicas posiciones ante la opinión pública.
Hoy he podido leer la prensa dominical, y me he topado con un breve reportajes en El País, titulado Altruistas y protectores, a lo que antecede este inquietante prefacio: “Sanidad, docencia y policía/ El colapso en la confianza de los organismos que tradicionalmente han constituido los pilares del Estado del bienestar y garantizan la vida colectiva permite la emergencia de un nuevo liderazgo social”. ¿El “nuevo liderazgo social” lo ostentan los buenos servidores públicos… o el oportuno populismo? La pieza sustenta su contenido en un estudio de Metroscopia, basado en un denominado Barómetro de Confianza Ciudadana para el caso español, y a un estudio equivalente de Gallup en Estados Unidos, que en ambos casos otorgan una nota con que los ciudadanos puntúan a las diversas instituciones del Estado. En España, los cinco mejor puntuados –abrumadoramente bien puntuados—son:

  • 1. Los médicos (98% de los ciudadanos aprueban su funcionamiento)
    2. La enseñanza pública (88%)
    3. Las pymes (87%)
    4. La policía (83%)
    5. La sanidad pública (74%)

Los cinco peor puntuados son: los sindicatos (27%, igual que el Tribunal Supremo), el Gobierno (23%), Congreso y Senado (16%), los bancos (11%), y los partidos políticos (9%).
La brecha es clara, y divergente: las instituciones recortadas son las mejor valoradas (la pyme, más que recortada, es sufridora nata), mientras que los menos recortados –en buena parte, son los recortadores–, más blindados y peor valorados son los políticos y sindicatos, y no digamos los bancos salvados, esos que chupan del erario para su redención mucho más incluso de lo que resulta necesario mutilar en lo público. Difícil de entender para el pueblo llano, e incluso para el mesetario y el de las cumbres, ya puestos a adjetivar clases. Ustedes me dirán qué cabe esperar con este vertiginoso deterioro institucional y de credibilidad de gobernantes, legisladores y partidos políticos. El panorama contiene todos los ingredientes para esperar un avance del populismo político: muchos ya lo hemos dicho muchas veces. Un populismo que puede ser una reacción natural, pero que es preocupante. Probablemente las elecciones gallegas nos vayan a decir si el partido en el Gobierno se encuentra pataleando suspendido en el precipicio de la disgregación y el desapego del pueblo. No creo que el panorama sea muy distinto para el partido en la oposición. Tal descrédito los obliga a acreditarse, políticos nuestros. Quizá ustedes sean los otros zombis que no saben que están muertos. Y su muerte es la muerte de una visión comunitaria, de intereses recíprocos y de equilibrios múltiples del sistema. Sistema que bien pudiera ser cosa del pasado en su versión formalmente vigente, quizá ya zombi también.

La pegada del populismo emergente

Tacho Rufino | 3 de noviembre de 2011 a las 13:40

A pesar de ser de finales de 2009, circula por Youtube y por Facebook un video de Nigel Farage en el Parlamento Europeo. El tipo llama “pigmeos” e “invisibles” a Van Rompuy (que estaba a punto de asumir la presidencia del Consejo Europeo) y a Durao Barroso (presidente de la Comisión Europea), para después dar hachazos a diestro y siniestro no ya a la Unión Europea, sino a la baronesa Kathy Ashton, a la que pone de ladrona, por decirlo en corto. No me parece ni bien ni mal esto último, porque desconozco tanto el asunto como a la baronesa. Tampoco me parece ni bien ni mal que ataque a los eurócratas postineros Rompuy y Barroso. Lo que me preocupa es el comentario de un amigo en Facebook sobre el desbocado discurso: “Sea de izquierdas o de derechas, habla muy clarito”. Como si eso de decrile las cosas claritas a la carita, cualquier cosa, insultos incluidos, fuera de suyo bueno, primero. Y, segundo, el tal Farage es el arquetipo del gritón –en este caso independentista británico– con mensaje simple, directo y muy parcial, enfocado a sacar pecho –de momento, pechito– en un foro con resonancia, a costa de decir lo que sea sin pruebas. Por ejemplo, que la baronesa se nutrió de pasta de “comunistas” cuando dirigía no sé qué campaña antinuclear, antes de ser nombrada alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. El objetivo de Farage, aventuro, es lograr salir mucho en Youtube y en Facebook, seducir corazones hartos, asustados o desencantandos con la política, y de paso dejar clarito que es anticomunista, superbritánico y anti-antinuclearista, todo ello con gran prosopopeya y alusiones personales directas. Mucho me temo que esto es lo que nos queda. Y no me gusta nada. ¿Que lo vigente en política es malo? Sí, pero esto puede ser peor, por agresivo y simple. Miremos a la historia un poco, y veremos cómo el caldo de cultivo de grupos de corte totalitario de diversa orientación –“izquierdas o derechas”, como decía mi amigo de Facebook– está cociéndose de la mano de la tenebrosa crisis mutante.