¿Quién da la vez? » Portugal

Archivos para el tag ‘Portugal’

Nosotros, ‘okupas’ del futuro

Tacho Rufino | 22 de abril de 2011 a las 9:27

LEO a Daniel Innerarity describiendo (2008) con gran simbolismo ciertas situaciones que, de seguir así, son insostenibles: no tienen futuro. Ofreciendo alternativas a la expresión “estafa generacional” (la que se perpetra sobre los cotizantes eternos que no tienen garantizada su pensión), el filósofo habla de “colonialismo temporal”, practicado por los hoy vivos respecto a las generaciones jóvenes y por nacer. Colonizar el tiempo frente a la tradicional colonización del espacio. Mientras lo normal solía ser trabajar para los hijos y en general para el porvenir, hoy se consume y se vive en detrimento de las cohortes venideras. Una rapiña del futuro perpetrada por okupas del futuro… nosotros. El futuro es hoy “un basurero del presente”, dice Innerarity. No sólo el sistema de pensiones es insostenible, sino que por supuesto lo es el legado de residuos y daños a la naturaleza. Y también lo es la deuda pública presente y por venir, venga ésta de parto natural -colocaciones aceptadas por los mercados a precios normales-, con fórceps -pagando un sobreprecio con respecto al bund alemán-, o por cesárea -el rescate-.

Uno de los pocos versos que uno recuerda viene al hilo de la cuestión. “En Nueva York no hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que van a venir”, afirmaba un hipersensible Lorca en Poeta en Nueva York. Si la hecatombe económica en curso tiene su detonante en Wall Street, cabe aplicar tan oscuro aforismo a los daños diferidos provocados por la Gran Crisis. De acuerdo; lo nuestro tiene ingredientes derivados de la enorme deuda familiar y empresarial made in Spain pero, sea como sea, la deuda española no hace más que atraer a los depredadores financieros. Éstos actúan en parte con fundados motivos, y en parte con una apuesta a la ruina de nuestras arcas públicas. Los presupuestos públicos y uno de sus nutrientes de tesorería -la periódica emisión de deuda- se ven afectados por una cadena perversa que percibe el olfato de los agentes más poderosos de los mercados: la deuda privada de dudoso cobro es un activo dudoso en los balances bancarios. Si decidimos socializar las pérdidas de la banca -he ahí el quid de la cuestión- con dinero público, nuestro sector público está tocado de muerte. La banca, eso sí, sobreviviría más o menos indemne.

Van al menos tres crisis que nos han puesto al borde de la bancarrota, sobre todo la de mayo del año pasado, y aquí están otra vez los pelos del lobo enganchados en nuestra valla. Si hay que salvar a la banca, habrá que condenar a las generaciones futuras -y no tan futuras- a pagar las debacles patrimoniales de quienes dieron crédito sin ton ni son (a muchos que los asumían sin ton ni son, cierto es). En Irlanda se socializaron las pérdidas de los bancos, y otro tanto se hizo en Islandia. ¿Quién pagará los agujeros contables de las entidades financieras? Los irlandeses y los islandeses de a pie durante años y años. ¿Pasará lo mismo en España, como ya podemos afirmar que pasa en Portugal? En Estados Unidos, Obama admite la necesidad de la reducción drástica del déficit (déficit público no es igual deuda pública, pero es carburante de ella), precisamente con el lema “la solución no puede cargarse sobre la espalda de los ciudadanos”. China, el mayor inversor en deuda pública estadounidense, dice que hay que proteger sus derechos como acreedor. Apuesten por el recorte de la sanidad, educación y protección del medio ambiente USA. Aquí, nuestra capacidad de recortar es más limitada a estas alturas: los deberes no han servido para mucho. La patada a seguir supondrá sacrificios para los hogares más que para los bancos ineficaces. Salvo que la mansedumbre que la crisis inocula en los corazones se transforme en indignada insumisión. Cuando no haya mucho que perder, y los perjudicados no sean sólo los habitantes del futuro, sino los propios colonos del presente.

Portugal, ‘os nossos irmaos’

Tacho Rufino | 2 de septiembre de 2009 a las 19:14

(“Turistas: respeten el silencio portugués o váyanse a España”)

Portugal era hasta hace no mucho un destino poco frecuentado por los españoles. Desde una supuesta y muy discutible superioridad, era tenido como un lugar atrasado, triste y, en general, poco atractivo. La siempre maravillosa Lisboa -crisol incomparable de Europa, Oriente, África y América- era considerada por tantos una ciudad decadente, si no sucia. La saudade (tristeza) portuguesa, un tópico a la altura de la supuesta “alma flamenca” española, también es un lastre y un sambenito con el que cargan los portugueses. “Os nossos irmaos”, nuestros hermanos, nos llaman con cierta ironía quizá derivada de su tradicional anglofilia. Nuestra relación geográfica, su propia ubicación límite en el mapa, la natural expansión de nuestras empresas y ondas de radio y televisión son factores que hacen que ellos siempre hayan estado más informados sobre nosotros que al contrario. La tentación de sentirse por encima de alguien ha sido muy fuerte para tantos españoles, que en no pocas ocasiones se han movido por Portugal con infantil e incomprensible prepotencia. Durante años, sin embargo, ciertos viajeros respetuosos y permeables han recorrido la excepcional geografía natural y urbana del país luso, con el respeto debido, practicando la voz queda o el silencio, admirando con serendidad sus bellezas naturales o asisitendo al respeto con que ellos practican las colas o los atascos, por ejemplo; algo tan inaudito por estos lares. El significativo graffity de la foto de arriba lo capturé paseando el fin de semana pasado por el barrio lisboeta de Alfama. Así nos ven, ruidosos y desconsiderados, y no es algo gratuito ni un prejuicio malintencionado, por mucho que no faltan portugeses con la escopeta cargada contra sus hermanos ibéricos (variedad hispánica).

Durante este verano que se va yendo, legiones de españoles han visitado Portugal, sus playas y sus parques naturales, sus ciudades de interior. La gente te habla de Albufeira o Sagres como de Benidorm o Matalascañas, y ya resulta normal oír hablar de nuestro país vecino como un reducto de paz, armonía y vida “slow”. Del complejo de superioridad y el desdén, al encantamiento colectivo y la afluencia masiva a visitar a los parientes antes olvidados (¿qué es peor…?). Los algo más baratos precios relativos y la gran cantidad de españoles que han invertido en ladrillo portugués están detrás de todo esto. También, qué duda cabe, el hecho de que nos hemos encargado de trillar y hasta inutilizar nuestras propias bellezas naturales, y necesitamos tierras nuevas que nos recuerden tesoros antiguos. Sea como sea, Portugal está tan de moda que ya duelen las orejas de escuchar el título de aquel disco de Siniestro Total en boca de aventureros y hedonistas de cercanía: “Menos mal que nos queda Portugal”. Allí todavía es posible que te digan que para comprar una bolsa de hielo tienes que recorrer 40 kilómetros. Lo que antes era una atraso intolerable que nos recordaba a nosotros mismos tres cuartos de hora antes, ahora es algo cautivador.

Portugal, a todo esto, se vuelve a consumir entre las llamas, por una mala planificación de la protección civil, por un exceso de pinos y dañinos y rentables eucaliptos, y por un abandono de lo rural Made in Unión Europea. Portugal, a pesar de unos meses en los que parecía capear bien el temporal de la crisis, se encuentra empantanada económicamente. Portugal necesita del turismo cada vez más, y va recibiendo no sólo a alemanes en busca de paz y a otros viajeros de calidad, sino que recibe oleadas de chavales que buscan lo mismo que aquí -botellón, nocturnidad etílica y dormida de mona diurna-, pero a precios más baratos que en España; a jubilados en autobuses, y también a connoiseurs y sibaritas en buenos hoteles o pousadas. Esperemos que las costas vicentina, alentejana y otras no acaben muriendo de éxito como aquí. Mientras tanto, la pintada de la foto de arriba es significativa: un poquito de mala leche y hasta complejo por parte del grafitero, seguramente, pero un mucho de verdad sobre nuestro desinhibido gusto por cantar sevillanas bajo la Torre Eiffel o por pensar sin fundamento alguno que estamos en otro nivel u otra dimensión.