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Elabore su receta presupuestaria

Tacho Rufino | 3 de septiembre de 2011 a las 17:04

MARÍA Dolores es la más fuerte del Partido Popular. La puesta en escena de la visibilísima presidenta de Castilla-La Mancha (y otros cargos, veremos en dónde acaba), el pasado miércoles, ha sido deslumbrante, e incluso acongojante: envida a la grande Cospedal, y se propone reducir el gasto público ¡en un 20%! Quién nos iba a decir que la de natural austera y periférica región manchega iba a ser el objeto de todos los focos preelectorales y la madre de todos los planes de austeridad por venir (demos por hecha la victoria popular en noviembre). Entramos de lleno en los dominios de la política fiscal, la única política económica posible hoy. En cómo el aspirante a gobernar lanza sus mensajes a los ciudadanos, buscando ese equilibrio -¿equilibrismo?- que los partidos se ven forzados a encontrar entre el su sustrato ideológico y la necesidad de gustar -o no disgustar- al gran público votante. Tras advertir Cospedal de la “bancarrota” en que encontró el PP las arcas autonómicas manchegas, la combinación de variables de política presupuestaria que se recete para La Mancha es la que esencialmente se cocinará a nivel estatal de forma más compleja.

Después de ofrecer al alimón PP y PSOE sacrificios a Alemania y a los inversores financieros abriendo la caja de Pandora de la reforma constitucional (el nacionalismo parlamentario ya pide el derecho a la autodeterminación por la misma vía), el acuerdo sobre política fiscal ha quedado ahí… y en que todos defienden el mantenimiento del gasto social: faltaría más a tres meses de las elecciones y con unos 5 millones de parados oficiales. Muchas posibilidades de manejar los presupuestos públicos no hay. Reducir el gasto y/o aumentar los ingresos. Para lo primero, el recorte vía amortización de personal, reducción de salarios públicos y mutilación de inversiones en infraestructuras son de efecto inmediato. Cospedal, aparte de otras medidas más cosméticas, anuncia esta receta, y de forma drástica: si no, no sale ese 20% ni haciendo malabares. Los planes de eficiencia en la gestión pública quedan para las grandes palabras: llevan tiempo, concienciación. Y mano dura, coerción y perseverancia. Sin embargo, la cirugía exprés merma el nivel de empleo, provoca la contracción del consumo privado y público, más un paralelo aumento de los costes sociales, por coberturas de desempleo (España paga 2.500 millones de euros mensuales por este concepto), subsidios y otras ayudas. El recorte, pues, produce ahorros, pero también supone costes, y atonía económica.

Hay pocas vías para aumentar los ingresos públicos. Primera y muy silenciada, evitar las fugas de ingresos mediante formas de economía sumergida. Hoy, con la que cae, la coartada es ubicua: “Antes que Hacienda está mi familia”, decimos antes de abrir el grifo y ver que, aleluya, sale agua, o antes de coger el coche para ir en autovía sin peaje a pasar el finde. El fraude fiscal y la economía sumergida -la de subsistencia y la pícara- son enormes en España, y son puro presupuesto público evaporado. Segunda, aumentar los impuestos al consumo: subir el IVA, o la gasolina, la cerveza o el tabaco. Que en su conjunto -más allá de maquillajes: la presión fiscal por este concepto- los impuestos indirectos no subieran en los próximos años sería milagroso. Si bajan, nos quitamos el cráneo, como diría el Don Latino de Luces de bohemia. Tercero, la vedette fiscal: los impuestos directos, los que gravan las rentas del trabajo y el capital de las personas y empresas. Se pagarán más multas, y más por contribuciones urbanas y por sellos de coches: a ver qué ayuntamiento los baja. Y las clases medias pagarán por IRPF como mínimo lo mismo que actualmente. En un mitin te dirán lo de “los ricos” pagando más -pero, ¿de cuándo ha pasado eso, por Dios?-; en el de enfrente, que bajarán los impuestos. Veremos. ¿Qué haría usted si su hacienda fuera la Hacienda española?

ZP: ¿a la redención por el recorte?

Tacho Rufino | 25 de enero de 2011 a las 14:40

Blair caía bien fuera mientras que en el Reino Unido el odio hacia su persona no paraba ni para de crecer; Obama tiene gran cartel fuera de sus fronteras, pero la mitad de su país es más enemigo acérrimo suyo que adversario. Los políticos con “carisma” –esa capacidad de camuflar lagartos, en demasiadas ocasiones– suelen quemarse dentro pero mantener incólume su imagen exterior. Bueno, con Berlusconi pasa justo lo contrario, pero ése es otro cantar: en Italia, tras salir a la luz pública sus orgias semanales con prostitutas y menores, el índice de popularidad del inefable Silvio… ¡sube! Pero volviendo a un mundo político más normal (?), a Zapatero le pasa en buena medida lo que a Blair u Obama: lo quieren más fuera que dentro. A los hechos me remito. La semana pasada, The Economist publicaba un reportaje sobre la mayor fortaleza reformadora que está demostrando nuestro presidente en cuestiones consideradas clave para recuperar crédito y confianza internacional, y nacional también: reforma del sistema financiero, con especial lupa sobre las cajas; recortes presupuestarios, menor dependencia de los sindicatos, reforma del sistema de pensiones, subidas de impuestos, reducción importante del gasto público, mensajes y adevertencias a las comunidades autónomas y sus déficit…

Según The Economist, Zapatero se encuentra ante una gran chance de convertir sus renuncias impopulares en una oportunidad electoral. Los sondeos son tan claros a favor del PP –que rehúye cualquier pacto nacional y sólo piensa en las urnas y la “sed de urnas de los españoles”–, que la cosa sólo puede mejorar para Zp. Según la mencionada revista, la (nueva) firmeza y la continuidad en el ajuste y la reforma podrían cambiar la imagen pública del presidente, y hacerlo aparecer en la mente y el corazón de un buen número de españoles como un estadista responsable aunque le cueste la popularidad y, teóricamente, los votos. Cuezan esos ingredientes a fuego lento durante meses, y podríamos ver a un Zp renacido cual ave fénix de sus propias cenizas. Mientras, como mono de goma, ponemos a Rubalcaba por delante: un candidato de plástico, que no irá de número uno. El número uno de la lista será Zapatero, el de la “sangre, sudor y lágrimas”. Las elecciones no son mañana, y podrían coincidir con un perceptible cambio de rumbo positivo de los ahora patéticos números de nuestra economía. No lo den por muerto.

Abajo, la significativa ilustración de The Economist, la bilbia liberal. Ojo al bíceps del esmirriado Zp:

zapatero

Economía Política Ibérica

Tacho Rufino | 29 de abril de 2008 a las 18:22

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Originalmente, el término Economía Política es sinónimo de Economía, aunque con el tiempo se la conoce como aquella disciplina que estudia las relaciones entre instituciones y mercados. Es inevitable, tras el anuncio de Zaplana de que se marcha a Telefónica, confirmar que las relaciones entre las grandes empresas y los partidos políticos -en el poder o en la oposición- son en nuestro país sospechosas, y que la Economía Política encuentra en nuestra país su aggiornamento como expresión. Una nueva acepción para el término creado en el siglo XVII por Antoine de Montchretien. Hay precedentes de sobra: Sacyr por el BBVA con la ayuda de un amigo; la Caixa y Gas Natural por Endesa con la ayuda de otro y la resistencia del contrario del otro. Ahora, Telefónica, con excelentes relaciones siempre con el PP desde los tiempos de Aznar-Villalonga, acoge en su seno a Eduardo Zaplana. En un puesto-caramelo de nuevo cuño: delegado para Europa, con especial enfoque en la República Checa y otros territorios de expansión de la gran compañía española.

Alfonso Guerra, con su habitual lengua viperina, ha dicho que los conservadores son así: vienen a la política a conseguir poder e influencia, y si no la consiguen o quedan en segunda fila, se van a donde fluye el dinero. Cabe replicar -sin temor a equivocarse- que ni todos los conservadores son así, ni todos los progresistas son vocacionales servidores públicos. Mejor se hubiera callado.

Zaplana no cae bien ni a los de su propio partido. Esclavo indemne de sus palabras grabadas (“vengo a la política a hacerme rico”), y tras casarse con la hija del empresario hostelero Barceló, llegar a ser alcalde del modelo de urbanismo que es Benidorm y acabar siendo presidente de la Comunidad Valenciana y ministro, el cartagenero ha agotado, de momento, sus posibilidades políticas en la élite, y no va a quedar de diputado raso, aunque haya tenido el desahogo de decir que eso es lo que iba a ser en esta legislatura. Tras él, irán Pizarro -en sentido inverso y vuelta a empezar- y Costa. ¿Quieren ustedes vaticinar cuándo se marcharán ellos?