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Mi sota, mi caballo, mi rey

Tacho Rufino | 6 de marzo de 2012 a las 12:14

Uno de los lugares comunes económicos de los últimos tiempos es afirmar que quienes se quejan de los desastres de la austeridad ciega no se atienen a los datos: “¿De qué austeridad hablamos, si el déficit público no para de crecer?”. Hace unos días le leí al chileno John Müller –columnista económico y director adjunto de El Mundo— descalificar a Paul Krugman (El patinazo del Nobel) por criticar como suele las políticas de austeridad, recorte, reforma, precisamente utilizando el argumento, aplicado al caso británico creo recordar, de que el déficit público no había parado de crecer. Luego, ¿qué se le critica a Cameron, si el gasto no ha parado de subir? ¡Es falaz que se esté practicando una política de recortes! A veces con reiteración de papagayo que encontró su argumento estrella para la semana, no pocos han suscrito tal argumento, que no es sino una visión parcial de la jugada. Permitan que baje el balón al suelo para poderlo jugar despacito y al pie.

Aunque -¡ay!— hubo tiempos en los que las cuentas públicas arrojaban superávit, el déficit público es la diferencia entre los (mayores) gastos y los (menores) ingresos públicos. Suele medirse en porcentaje del PIB, ya que el PIB (valor agregado de la producción de bienes y servicios de una economía o territorio en un año) es la medida estándar del nivel y dimensión económicos de un país, y a él se refieren muchas otras magnitudes típicas para evaluar el estado económico del territorio en cuestión: “Usted come en proporción a su peso, altura y esfuerzo físico”, “Cien autobuses urbanos no son muchos ni pocos, depende del número de usuarios”, “Andorra, mil millones es mucha deuda para usted, pero muy poca para China”. Por lo tanto, mucho o poco déficit depende de dos cosas, y no sólo de una de ellas: del nivel y evolución de los gastos… y del de los ingresos. O sea, que recortando los gastos puede que, en vez de suavizar el déficit, éste se incremente. ¿Por qué? Pues porque los ingresos desciendan más que proporcionalmente, en mayor medida que los gastos. Los ingresos, recordemos, de un presupuesto público los nutren esencialmente impuestos recaudados a empresas, particulares e instituciones del país: IVA para todo el que compra; impuestos al tabaco, los carburantes, el alcohol para todo el que fuma, se desplaza o bebe; IRPF para quienes trabajan por cuenta ajena o reciben un salario, Impuesto de Sociedades para las ganancias empresariales, y algunos otros. A todo lo que se recauda, en proporción al PIB de nuevo, se lo llama presión fiscal.

Pues bien: la presión fiscal ha descendido más que proporcionalmente que los gastos en España. Dicho de otro modo, aunque España ha recortado notablemente sus gastos públicos, el déficit se resiste a bajar. Y desde luego no lo hace proporcionalmente a la reducción de gastos. Simple y llanamente, porque los gastos públicos originan de forma directa e indirecta ingresos públicos. Por ejemplo, si despedimos a empleados públicos, éstos dejarán de tributar por su renta o IRPF, dado que dejan de tenerla o, mejor dicho, cambian una renta salarial por una prestación por desempleo, que no cotiza. Hablando de cotizar, la institución que le daba empleo dejará de cotizar por el despedido. Legalmente, además, al nuevo parado cobrará un dinero público durante un tiempo. Todo mermas. Pero digamos que, hasta ahí, el efecto neto es de ahorro, admitámoslo sin meternos en honduras de cálculo. Lo que no cabe duda es que ese nuevo parado no comprará ropa, reducirá al máximo el consumo familiar de teléfono, luz y agua. Dejará de ir a cenar o a tomar el aperitivo. No irá al cine. No se le ocurrirá ni loco invertir, cambiar de coche, viajar o veranear. Su cesta de la compra menguará. Y tantos otros ahorros que buscará empujado por la cortedad y la incertidumbre. Y todas esas transacciones que dejará de hacer serán menos ingresos fiscales para su país (Agencia Tributaria, Seguridad Social, autonomía, ayuntamiento). La presión fiscal en España ha descendido más que en ningún otro país de Europa desde que se desencadenó la crisis latente (desde 2007). Eso de relajar la presión fiscal, recuerden, no es que bajen los impuestos: es que se pagan y recaudan menos impuestos. Lo cual no es bueno en estos momentos, y que disculpen los que lanzarían napalm sobre cualquier impuesto hasta arrasar el erario público o, directamente, lo público.

En fin, que ahora viene el posicionamiento, la ideología, la gestión: lo que quieran, o todo junto. O usted cree que sin recorte no habrá competitividad (poder vender lo que hacemos fuera, sin estar tan inflado el precio de salarios más altos de la cuenta), ni se reducirá la deuda pública y privada nacional hasta niveles aceptables para que los mercados nos presten dinero (o no nos ataquen sin piedad), y así usted cree que las legiones de parados acabarán siendo reabsorbidos por una iniciativa privada empresarial redentora, obrándose el reequilibrio presupuestario… o usted cree que el recorte ciego provoca una perversa reacción menguante en los ingresos por impuestos y otros, además de producir nuevos gastos sociales extra, y como efecto combinado tendremos más paro y un Estado debilitado hasta la extenuación. Por lo que el recorte del déficit drástico es una condena a la pobreza. Por eso y no por otra cosa, Mariano Rajoy se niega a reducir el déficit al nivel que le exigen en Bruselas: para no hacer tanto daño a nuestra economía y nuestra capacidad de volvernos a levantar. Y en breve comenzará el Gobierno a pedir “izquierdosos estímulos keynesianos” a Bruselas. Al tiempo.

Hay visiones mucho más radicales hacia un lado y hacia el otro. Pero básicamente, el que diga que no se está produciendo desde hace tres años una política económica de austeridad a la grande –aquí y en Gran Bretaña—nada más que ve lo que quiere ver. Y ése es el problema de la ideología sin fisuras –mi sota, mi caballo, mi rey—en tiempos difíciles. Racionalidad, toda la que se pueda. Sacrificios, los damos por ciertos y ya muchos los sufren. Radicalismos egoístas y económico-religiosos, certidumbres demoledoras: Vade retro.

 

Hechos a cualquier cosa

Tacho Rufino | 31 de octubre de 2011 a las 14:26

(Publicado el sábado pasado en El poliedro en los periódicos de Joly)

ESTAMOS curados de espanto, y la semana ha sido espantosa aunque ya no nos afecten mucho las noticias de economía-ficción. Veamos algunos ejemplos. Al día siguiente del acuerdo comunitario sobre la quita del 50% de la deuda soberana de Grecia y el doloroso palo a la banca -a la pata negra, además-, la periodista del telediario habitual en la bolsa de Madrid no cabía en sí de gozo, y exclamaba cual Sara Carbonero al terminar la final de Sudáfrica: “¡Esto es una fiesta; las acciones de Santander han subido un 8% en un momento, la gente está exultante!”. Faltaba ver a los brokers abriendo botellas de champaña rosé: “¡Merkel ha abierto el Mar Rojo! ¡Pasemos los bolsistas a la tierra prometida!”. Es posible, vaya usted a saber, que este acuerdo y estas medidas adoptadas por el Eurogrupo marquen un camino de estabilidad. Pero, ¿a qué viene tanta euforia, cuando en unos días habrá rebotes técnicos -cualquiera se llama técnico hoy- y altibajos jugosos para unos invisibles pocos? Este descreimiento, dicho sea de paso, no es cosa de irredentos antisistema: es cada día más habitual, incluido en gente acaudalada a quien han abierto los ojos sus propios gestores y el adelgazamiento de su patrimonio.

Otro ejemplo de noticia lisérgica -que, sin embargo, no ha puesto a nadie los ojos como si viera a Lucy in the sky with diamonds- es el acuerdo que se ha producido entre el Estado italiano y sus evasores fiscales de postín para que éstos, bajo la promesa de no ser enchironados ni perderlo todo, repatríen sus capitales desde sus paraísos fiscales y dejen una mordidita legal para el país que los vio nacer y les permitió labrarse su huidiza fortuna. Éstas son buenas noticias: en vez de subir impuestos a los de siempre -o alos de nunca, de forma testimonial y politicona-, se recuperan impuestos evaporados. Una forma hasta hoy muy ignorada de equilibrar en algo los presupuestos públicos. ¡Se podía, sí, se podía!

Un tercer suceso acaecido esta semana que hubiera hecho que las redacciones de periódicos económicos hubieran enfebrecido sólo hace tres años es el anuncio de Merkel de que “los impuestos van a subir en Alemania, y muchos otros países deberían hacer lo mismo”. Mientras aquí hacemos política fiscal de plástico y promesa electoral, la canciller alemana aplica la lógica: danke, Angela. Por estos pagos, unos hablan de gravar “a los ricos”, sin que nunca antes y pudiendo lo hayan hecho, ni decir cómo se mata esa rata; otros hablan de rebajar el muy puenteado y de por sí devaluado Impuesto de Sociedades. Pero el círculo no lo cuadra nadie. La presión fiscal -no este impuesto o aquel otro- subirá en todos los países de la Eurozona. Particularmente, España está bastante por debajo en presión fiscal (porcentaje de impuestos y cotizaciones sociales con respecto al PIB) de la media europea. Será el IVA, será el IBI, serán las multas, será una escala plana de IRPF, o serán de nuevo los asalariados quienes pagarán más… será lo que será, pero los impuestos subirán. Nadie -ni los ganaturi que ya te saludan- se va a tirar a la piscina y va a dejar de ingresar en la Hacienda pública lo que todavía entra, con la esperanza de que la economía se dinamice y el dinero más libre se vuelva productivo y empleador. Merkel, una liberal conservadora de un país económicamente sano y rey exportador dice que los impuestos se suben porque la situación lo exige. Únicamente podando no se arregla todo por mucho que el desconcierto propicie y justifique todo tijeretazo: al contrario.

No queda espacio [esto se publicó en papel] para comentar el gran varapalo del que pasaba por ser el más sólido sistema financiero bajo el sol, o casi. Nuestro gozo en un pozo. Sólo un detalle: la naturalidad y hasta mansedumbre con que González y Botín han aceptado ser señalados entre los más necesitados del universo bancario comunitario. “Bueno, no tendremos problemas, en junio de 2012 hemos cumplido con el core capital y con lo que haga falta. Con el tacón”, han venido a decir el propio gran jefe del BBVA y el inhabilitado Sáenz. Se queda uno mucho más tranquilo.

Te toca pagar a ti, pillín

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2009 a las 20:16

hacienda juntapaganini

La avidez por sanear los presupuestos públicos no sólo se refleja en la subida de dos puntos del IVA prevista para julio de 2010. En los ámbitos autonómico, provincial y local los bocados se dan por donde se puede. Contaré brevemente un ejemplo de exacción fiscal injustificada y abusiva, y no lo digo sólo porque alguien muy cercano la esté sufriendo en mis sus carnes: nuestra víctima (pongamos “usted”) no es la única.

Usted compra una casita en el pueblo originario de una rama de sus ancestros, una oportunidad que andaba esperando desde hace tiempo. El precio -como no pocos a estas alturas de la caída del metro cuadrado español- no es de locos como solía ser, y ni siquiera lo negocia para bajarlo. La casa necesita reforma, y usted pide un préstamo hipotecario para sufragar buena parte de la inversión; papeleos, impuestos y reforma incluidos. Paga religiosamente el de Transmisiones, más toda la interminable cantidad de derechos reales, tasas, minutas y demás, dejando conforme (?) a la hacienda local, a la autonómica, a la Agencia Tributaria, al notario, al banco, a la gestoría, al vendedor y a sus acreedores, a todos sin excepción; y hasta a su señora, que tenía muchas ganas de tener una casita en la sierra (bueno, en el caso que nos ocupa es la señora la que ha llevado la voz cantante). Pero héteme aquí que llega la Junta de Andalucía, que es mi estadito autonómico, y dice que se huele que usted ha comprado demasiado barato, cosa que no sólo no es cierta a tenor del estado y las características de la casa, sino que es que sencillamente no es cierta y punto (es cosa de hacer el cálculo de dividir el precio de venta por metros cuadrados de la vivienda, que no está sen el barrio de Salamanca; ni siquiera está en una calle acerada, pero eso nadie ha ido a comprobarlo). Pero doctores tiene la Iglesia y baremos tiene la Hacienda, y a usted le endiñan una complementaria a modo de ataque preventivo, como el de la URSS.

Ellos –el repentino enemigo- dan por hecho que usted maneja dinero negro y que quiere ahorrarse impuestos, y ha pagado una parte en B. Todo ello, en el caso que tan bien conozco, es sencillamente falso: todo ha sido pagado y liquidado religiosamente. Pero los gestores del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales, su Junta de Andalucía de mi alma, dan por hecho que usted defrauda, y se pasan por el forro la realidad, e incluso el principio de libre fijación de precios por parte de las partes, cuestión vital en nuestro derecho mercantil. Usted es un listo, así que le mando una paralela y le digo que tiene que pagar –a la voz de ya- tres mil euros más. Comienza el acoso y derribo kafkiano, perpetrado al alimón por la administración autonómica y la provincial: negras cartas certificadas, recargos desquiciados, abogados, recursos, cefaleas, subidas de bilis ante el buzón y malestar general. Todo por comprar en tiempos en que no se compra, algo que usted creía un acto socialmente bueno. Y el que despistado que compre se convierte en el venado con más puntas, al que el rifle de la hacienda autonómica apuntará sin compasión. Tú vas a pagar un poquito de nuestros gastos, probo ciudadano, y la excusa es que eres un pillín que escritura a bajo precio con la connivencia del vendedor, el notario, el banco y el obispo de Calahorra. ¿A quién se le ocurre comprar en tiempos crisis, hombre de Dios, con la canina financiera que hay en el aparato burocrático patrio?

 

(Ilustraciones: el logo de la Hacienda andaluza y Paganini, metáfora del sufrido contribuyente)

Los impuestos, la nueva guerra

Tacho Rufino | 11 de septiembre de 2009 a las 18:58

LA cerveza y el chester van a subir de inmediato. Además, los que le echan siempre mil pesetas van a notar que le ponen menos gasolina a su coche en el surtidor. Tras la soflama cara a la galería de Pepiño Blanco -El Último Valido-, quien afirmó que se iban a subir los impuestos a las rentas más altas para soportar la política social del Gobierno, lo que se hace es encarecerle a todo cristiano los vicios, incluido el vicio de desplazarse en el propio coche. Tabaco, alcohol y carburantes van a costar más de forma casi inmediata. El IVA vendrá después. Que suba el tipo general del IVA quiere decir que sube casi todo, siempre y cuando los comerciantes, hosteleros y empresas en general decidan repercutir la subida a los precios finales de venta al público. Si no lo hacen, reducirán sus ganancias; si lo hacen, corren el riesgo de perder clientes y, en general, vender menos por causa de un consumidor que consume menos, por “lo caro que está todo” y “lo mala que está la cosa” (frase prohibida ya en no pocos bares, como el cante). Desde esta visión sencilla de los mecanismos impositivos, subir los impuestos es pan para hoy para las caninas arcas públicas: España corre riesgo de empezar a recibir sanciones de la UE si sigue incrementando su déficit. Esta cuenta es sencilla: el Estado gasta lo mismo, pero sus ingresos por impuestos son cada vez menores, consecuencia de la menor actividad. El Gobierno ha dedicado ingentes cantidades para mantener al Cid moribundo en el caballo, en más de un caso con más que dudosa utilidad: los 400 euros menos de impuestos para cualquiera -¡con independencia de su renta!- queda para los anales de la política fiscal de ocasión; algunos votillos se ganaron así. De hecho, tal medida va a ser eliminada. Más vale tarde que nunca.

El Gobierno busca árnica para las cuentas públicas; pan para hoy, aunque sea duro. Lo más inmediato es subir los impuestos que no hacen diferencia según la renta de las personas, los indirectos. Y es lo que va a ocurrir más pronto que tarde. Aumentar el IVA -que, con pocas excepciones, afecta a todo servicio o mercancía que se mueva- es otra forma de hacer caja rápida. Queda por ver si se cumple la segunda parte del dicho: “… y hambre para mañana”. Ésta es la tesis que asume el PP: si usted drena el ahorro de la gente apretando su bolsillo con mayores impuestos, usted será responsable de que dicho ahorro no acabe convirtiéndose en necesaria inversión, ni tampoco en consumo, que se contendrá por la menor renta disponible y por el arma arrojadiza de moda: la falta de confianza. Es de agradecer que el debate entre los partidos principales se desmarque del “no me cotillees el teléfono”. Organismos y cargos superfluos deben ser recortados, desde luego. Sucede que mientras que el aumento de los impuestos indirectos tiene un efecto grande e inmediato, la austeridad en el gasto produce sus efectos de forma muy diferida. Enchufarse en la vena de que subir los impuestos es algo inaceptable (¿algún gobierno anterior no lo ha hecho en algún momento?) con el propósito de erosionar al enemigo es una táctica política lícita. El votante tendría que castigar en las urnas, si así le parece, las liberalidades de un Gobierno agradador. Pero sin peleas de perros, sin aparentes debates sustanciales que se quedan en la fachada.

Las arcas públicas quieren pan para hoy

Tacho Rufino | 7 de septiembre de 2009 a las 17:26

¿Subir impuestos, sí; subir impuestos, no?

EN derecho suele hablarse de daño emergente y lucro cesante. Mis tierras se queman, provocándome un quebranto patrimonial, y además esas tierras dejan de producir con normalidad durante un cierto tiempo, originándome un descenso de las rentas que produce su explotación. En la situación de contracción y recesión económica que España, su entorno de referencia (la Unión Europea) y, en general, el mundo desarrollado han padecido, se dan esas dos mismas circunstancias: una destrucción de la capacidad productiva -incluido el capital humano, en forma de desempleo- y un descenso del producto de dichos activos, que solemos medir en descensos del Producto Interior Bruto del territorio considerado. Según nuestros oráculos más señeros en diagnóstico y pronóstico económico -el Banco Central Europeo (BCE) y la OCDE, el club de los 30 países más ricos de la Tierra- España ha sufrido un daño muy considerable por el fulgurante descenso de la actividad económica, pero además en la tierra devastada en nuestro país hay más cal que en los de otros países, como Francia o Alemania (e incluso Grecia o Portugal), a los que también les han temblado las rodillas, pero que no han quedado tan sonados por el golpe. Según hemos sabido el jueves, el BCE y la OCDE han revisado al alza sus previsiones. Por ejemplo, la Eurozona (conjunto de países de la UE cuya moneda es el euro) no va a ir tan mal como dichos organismos habían previsto sólo hace unos meses: el PIB agregado de dicha zona monetaria no va a caer más de un 5% en 2009, como se había pronosticado, sino que sólo va a caer alrededor de un 4%.

Entre la población de a pie -y mucho me temo que también entre la que va a caballo o en jet privado- el descreimiento y hasta el hartazgo acerca las previsiones oficiales es un hecho, alimentado en buena parte por los brindis al sol de no pocos políticos, presas del voluntarismo, de la confusión y hasta del trile: las hemerotecas de los dos últimos años están repletas de continuas revisiones de los pronósticos, que cada vez eran más oscuros. Ahora parece cambiar la tendencia, y las revisiones son al alza. O lo que es lo mismo, predicen una menor caída del producto agregado de las zonas económicas. No despreciemos un porcentaje pequeño: un punto menos de caída del PIB de la Eurozona es algo así como tres veces el presupuesto de la Junta de Andalucía para este año.

Pero, ay, no para nosotros: nuestro daño emergente ha sido mayor y nuestro lucro cesante va a durar más tiempo. Eso dicen los brujos de la tribu, con Jean Claude Trichet de maestro de ceremonias. España ha sufrido la mayor caída del PIB de la Eurozona en el último trimestre valorado, y queda fuera del optimismo de los augurios de los técnicos de más peso. Trichet, sin querer quizá, aprovecha para abonarle el terreno a Rajoy ante el debate más central de nuestra política económica: subir impuestos, sí; subir impuestos, no. Según el presidente del BCE, lo que hay que hacer es reducir el gasto público, lo que llamamos “austeridad”, y no subir los impuestos. Según su visión y, en general, la de los partidos conservadores -la práctica desmiente el respeto a tal principio en no pocos gobiernos de derechas, y viceversa-, aumentar la presión fiscal es pan para hoy y hambre para mañana. Las medidas anticrisis han tenido efectos más o menos positivos, pero en cualquier caso han sido un paliativo a corto plazo. Dichas medidas han inflado el déficit público, los números rojos nacionales. Para compensar, subir impuestos “limitada y temporalmente” -Zapatero dixit-tiene un efecto mucho más inmediato que reducir el gasto estatal, sea central o autonómico. Me permito vaticinar un IVA varios puntos más alto, y subidas de carburantes, alcohol o tabaco -dinero inmediato-, antes que una subida sensible del IRPF u otros impuestos directos. Y, sobre todo, antes que una reducción de la nomenklatura política que come del Estado.