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Nuestra propia tormenta perfecta

Tacho Rufino | 30 de enero de 2010 a las 18:40

tormenta
XAVIER Sala i Martín es directivo del Barça (ver foto de su página) con aspiraciones a presidente, independentista catalán y desinhibido usuario de extravagantes americanas y corbatas. Economista y catedrático de la Universidad de Columbia en Nueva York, sus líneas de investigación incluyen la sugerente tesis de que la gente de derechas es más feliz que la de izquierdas (el hecho de ser creyente y de tener dinero cuenta para tal afán humano, dice) y aquella otra que sostiene que la inmigración -que no vota nacionalista- debilita el sentimiento de pertenencia a la colectividad, en concreto la de su Cataluña natal. En fin, el profesor Sala i Martín es también, a sus 46 años, articulista de La Vanguardia. Precisamente en este medio, hace ahora dos años, publicó un artículo de referencia en la interpretación de las causas del crash que se hizo patente en agosto de 2007. Titulado La tormenta perfecta, como aquel filme de Clooney, la pieza señalaba seis causas de la crisis en curso, algunas de las cuales ha envejecido mal como tal causa. Lo cual no empequeñece al analista, que se atrevió en público a tomar el timón de la interpretación de una realidad históricamente insólita. La tormenta perfecta, fueran cuales fueran con precisión sus causas, no ha amainado; al menos, no ha amainado para España. Tampoco tenemos a George Clooney al mando de nuestro barco. Y es que no se trata de una película: la realidad amenaza con hacer zozobrar la nave y, y a los datos de la semana nos remitimos.

Aunque el equipo de la ministra Salgado siga empeñado en ponerse a los pies de los caballos informando de que su Índice Sintético de Actividad -un bonito futurible en forma de número, un fundido de datos de dudosa significación- ve “brotes verdes” (no disparen al pianista: a mí también me produce empacho la expresión) a corto plazo, siguen pintado bastos. Crecen los enanos. Por mucho que estemos anestesiados ante el optimismo impostado y, también, ante los nubarrones plomizos que no cesan, debemos esforzarnos en ver con claridad a través de las cortinas de humo, los codazos de Cristiano y la inminente programación de fútbol en la tele casi a diario.

La banca, por medio de la Asociación Hipotecaria Española, nos reveló el lunes que las promotoras no pueden pagar su deuda bancaria, 325.000 millones de euros -ojo: una cantidad mayor que todas las hipotecas basura del mundo anglosajón, tenidas por verdadera génesis de la tormenta perfecta-. Dicha falta de liquidez, sumada a lo incierto de las promociones a las que están vinculadas, frena el crédito y afecta a los balances y a la propia calificación de las entidades financieras (no digamos de las cajas, que con sus sintonías políticas han financiado océanos de metros cuadrados municipales por toda la faz de la tierra hispana). Lo que, a su vez, redunda en nuestra calificación como país, en trance de ser rebajada por las agencias de rating, que incluso insinúan que estamos en el camino del default (término utilizado también para indicar que no podremos pagar nuestras obligaciones como país). Fitch, Moody’s o S&p’s, por mucho que hayan pecado de ineficacia o tancredismo ante la que se venía encima, siguen siendo vitales para poder financiarse como país en tanto que se recuperan los ingresos públicos… lo cual, admitámoslo, no es probable con la nueva oleada de parados de la que supimos el lunes. Menos empleados; menos ingresos por impuestos y seguros sociales; más subsidios que cubrir por parados y dependientes; menor capacidad de acometer obras públicas y tirar del empleo; un coste enorme en salarios públicos y políticos, son, entre otros, factores que no mueven sino a prever una verdadera contracción severa de nuestro nivel de vida. La única medida política para controlar esa caída resulta ser la reducción de salarios, porque sabido es que ya no podemos devaluar nuestra moneda para así vender mejor fuera nuestros productos. Con respecto a la moneda, el euro, la semana también nos ha hecho exclamar el touchè! de los tiradores de esgrima alcanzados por el hierro: de nuevo desde Europa se plantea la salida de España de la Zona Euro, una disparatada broma hace un par de años. Roubini, profesor den la competencia de Sala, la Universidad de Nueva York, dijo sin empacho en Davos el otro día que “España es un riesgo para la Zona Euro”.

Repugna y duele la tormenta perfecta Made in Spain, pero no tiene nada de ficción. Nuestras cuadernas crujen.

Seguimos en primera, ¡uff!

Tacho Rufino | 1 de agosto de 2009 a las 16:37

LA calificación crediticia que otorga la agencia Moody’s a España se mantiene, y ésta es una de las buenas noticias económicas de la semana. La combinación de letras que las agencias internacionales de calificación -básicamente, Moody’s y Standard&Poor’s- otorgan a países o a entidades financieras viene a ser como las estrellas de un hotel: se otorgan a partir de ciertos parámetros “objetivos”, y no por todas las características del hotel (país, banco). En cualquier caso, los mejores clientes sólo quieren cinco estrellas, y pagan por ello en busca de seguridad, buen servicio y exclusividad. La conveniencia de que estos oráculos de las finanzas te evalúen alto -o concedan un buen rating con el mayor número de letras A posible- es indudable: millones de inversores y miles de intermediarios basan sus inversiones en dichas calificaciones.

En los tiempos que corren, que un experto global de reconocido prestigio te ponga galones altos es sencillamente vital. Y ello a pesar de los petardazos y fraudes masivos que ciertas entidades estadounidenses con la máxima calificación han perpetrado en los últimos tiempos: esta renovación de nuestro país como un sitio digno de ser prestatario, prestamista o destino de inversiones es un respiro para nuestra consideración mundial como Estado. Zapatero y sus pretorianos económicos y fiscales habrán apretado los puños y proferido un “¡bien!” o quizá un “¡Uff!” al conocer la noticia: seguimos en primera división. Dado el encabronamiento vigente de la política española, no duden de que algunos habrán exclamado, por su parte, un decepcionado “¡Vaya por Dios!”, sobre todo tras el antecedente de Standard&Poor’s, que sí consideró hace seis meses que debíamos descender a Segunda. Más allá de nuestro circo político -dicho sea por los gladiadores contendientes-, Moddy’s nos dice “¡Cuidado!”, y desconfía de la actual forma de gestionar el presupuesto público, y de algunas patadas a seguir de nuestro Ejecutivo, sea en forma de financiación autonómica, sea por nuevas coberturas sociales para desempleados que tienden a crónicos: puro gasto.

Los pilares que Moody’s identifica para darnos un prórroga en nuestra estancia en el parnaso de los fiables son: la construcción de obras públicas -¿a alguien le extraña?-, la apuesta por las energías renovables -la sintonía del Gobierno con los programas de sostenibilidad de Obama son un activo nada desdeñable-, y la fortaleza de nuestra banca (de la privada, no las cajas de ahorro, que están inmersas en una drástica depuración histórica). En este sentido, la pletórica marcha del mascarón de proa de nuestras finanzas, el Banco Santander, ha sido un buen flotador para mantener nuestra consideración patria como probo acreedor y honrado deudor. El banco que Botín comparte con miles de inversores ha publicado datos realmente buenos, también esta semana: enhorabuena a los premiados. Sus márgenes sacan pecho en vez de acongojarse como los de todos. España necesita que la locomotora cántabro-universal no concentre sus negocios fuera, y que también tire del carro del crédito aquí.

The pain in Spain

Tacho Rufino | 20 de enero de 2009 a las 11:10

Traduzco la entrada de Paul Krugman en su blog, que data de ayer mismo: Sse titula “The pain in Spain” (“El dolor en España”, o “Dolores de España”, menos literalmente, jugando con aquel “The rain in Spain” de la película “My fair lady”, canción que en español se tradujo como “La lluvia en Sevilla… es una maravilla”). El premio Nobel nos echa cuenta, y no lo hace para darnos mucho ánimo, según vamos a ver:

El dolor español no es difícil de explicar. España era esencialmente un caso como el de Florida, con una burbuja inmobiliaria inflada por la compra de viviendas habituales o de vacaciones, y ahora la burbuja se ha roto. Pero España lo tiene peor que Florida, por dos motivos, que les serán familiares a cualquiera que haya estado interesado en el gran debate acerca de si el euro era una buena idea o no.

La primera razón es que Europa no tiene un Gobierno central; España, a diferencia de Florida, no puede recurrir a la Seguridad Social o a los cheques Medicare de Washington, de forma que el peso de la recesión cae por completo en el presupuesto local (nacional), y de ahí deriva el recorte del rating crediticio del país.

En segundo lugar, Estados Unidos tiene un mercado laboral más o menos integrado geográficamente: los trabajadores se mudan de las zonas más deprimidas hacia otras con mejores perspectivas. (El estallido inmobiliario, de todas formas, redujo la movilidad porque la gente no puede vender sus casas.) Europa, no: de acuerdo que sí existe algo más de movilidad tanto entre la élite laboral como en la franja de menor salario, pero nada que ver con el nivel estadounidense.

Entonces ¿qué puede hacer España? Necesita ser más competitiva, pero no puede recurrir a la devaluación, porque es un país de la Eurozona. De manera que la única alternativa es bajar los salarios, lo cual es extremadamente difícil de conseguir (y crea graves problemas para quienes están hipotecados o endeudados).

Al contrario de lo que todo el mundo decía hace unas semanas, ser miembro d ela Eurozona no inmuniza a un país contra la crisis. En el caso español (y el de Itlaia, Grecia e Irlanda) el euro bien podría estar empeorando las cosas.

Y la caída de la libra esterlina, por impopular que sea, quizá se convierta en una cosa estupenda.

Por cierto, hace cerca de dos años ahora, The Economist titulaba igual un artículo que, leído ahora, no tiene desperdicio. Pinchen aquí si quieren leerlo.