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Calificadoras y fondos, jueces y partes

Tacho Rufino | 22 de junio de 2011 a las 13:31

Una vueltecita de tuerca más al asunto de las más que nunca controvertidas agencias de rating. Leo ayer en Cinco Días un artículo de Myriam Fernández de Heredia, directora de Standard&Poor’s Ratings Soberanos y Finanzas Públicas para Europa, Oriente Medio y África. Doña Myriam es también máxima responsable de la agencia calificadora de riesgos en España. El artículo defiende, claro está, el papel y la utilidad pública y financiera que tiene su entidad y las otras homólogas (Moody’s y Fitch). De hecho, su artículo es una defensa corporativa, y no en el sentido de su propia corporación, sino que en su artículo hace corporativismo: defiende el papel de todas sin mencionar razón social concreta alguna. Les llueven palos a las calificadoras por todos lados: de los presidentes de los gobiernos, sean de Portugal y Grecia, claro, o de la mismísima Alemania; de las instituciones comunitarias; de la gente de la calle que sufre las consecuencias de sus dudosas calificaciones, tenidas por fraudulentas por la propia comisión del mercado de valores de Estados Unidos, la SEC (ver entrada anterior).

La tesis de Fernández de Heredia es tan clara en su enunciado como sospechosa y dudosa, a saber: en los últimos años, incluido el trienio de crisis que no cesa, las empresas y deudas soberanas calificadas como “de inversión” (las que tienen buenos rating de crédito, de AAA a BBB-) han sufrido mucha menos impagos que las por Fernández calificadas como “especulativas” (de BB+ a CCC). O sea, concluye ella: “Nuestras calificaciones son fiables”. Sucede que aquí es más que aplicable la retórica interrogante “¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?”. Que dos cosas estén asociadas (rating dado por la agencia y nivel de impago, en este caso) no implica en absoluto causalidad de una variable en otra. Es decir, ella da por hecho que como ellas califican con rigor y tino –en los casos Enron o Lehman Brothers., evidentemente no: una mala tarde la tiene cualquiera…–, las empresas y bonos estatales con buena nota no dan problemas a sus inversores; y la viceversa: si te suspendo, y alguien a quien gusta el juego duro invierte en esos valores cn bajo rating… el arriesgado puede sufrir más el impago. Pero no tan así como debiera, ni mucho menos.

La realidad puede muy bien ser otra, por diversas cuestiones. Una, la mayoría de los bonos de deuda pública y privada se pagan y cobran por los deudores y acreedores, respectivamente. Dos –gallina o huevo–, son precisamente las calificaciones crecientes o menguantes lo que estimula movimientos especulativos potencialmente muy dañinos para la gestión de la tesorería de muchos países (véase España), que se ven obligados a emitir deuda con unos sobreprecios (el diferencial sobre el bund alemán, al llamada prima de riesgo), lo cual erosiona la capacidad financiera futura de millones de personas y la credibilidad y competitividad de los estados en los que viven, trabajan, pagan impuestos y cotizan. 3, más bien una conclusión: las dudosas calificaciones de las agencias de riesgo no sólo no dan confianza al mercado financiero, sino que lo pervierten y lo hacen susceptible de la especulación de aquellos pocos que tienen gran información, también llamada información asimétrica o, directamente, privilegiada… no pocos fondos de inversión y las agencias no son independientes en muchos casos, ¿qué más necesitamos saber? Por ello, atrevámonos con una 4ª consideración, hace falta regular su actividad, controlarlas, en su caso sancionarlas, e incluso suspender su actividad, como quieren hacer en Estados Unidos, donde tiene sus sede central al menos (Fitch la tiene también en Londres) dos de las tres principales. Su honorabilidad está en entredicho, pero siguen ejerciendo el peligroso cetro que otorga rango de fiable, regular de fiable, no fiable o basura. Una agencia “más” independiente, quizá de rango comunitario, podría hacer de contrapeso a estas instituciones informalmente todopoderosas, tan jueces y tan partes.

Las agencias de rating y sus primos los fondos

Tacho Rufino | 19 de junio de 2011 a las 11:53

SI uno conoció la Praga del poscomunismo más temprano, y después la ha vuelto a visitar más recientemente, convendrá en cuánta razón tienen los que afirman que, a día de hoy, para viajar lo mejor es un libro. No hace falta sufrir el estabulamiento aeroportuario, el embarque de ganado del low cost, las ubicuas tiendas de souvenir repletas de españoles, ni tampoco los improvisados tablaos de sevillanas en el Puente Carlos. Servidor, por ejemplo -y disculpen la digresión-, no ha estado en Estados Unidos más que haciendo escala. Pero, casi como cualquiera, creo conocer Estados Unidos bastante bien, por propio interés y también porque no puede uno sustraerse a las toneladas de información que provienen del todavía centro del planeta. Y muchas veces me parece un país de sombrerazo.

Ayer, sin ir más lejos, volvimos a tener noticias del pragmatismo y del sentido de la justicia yanqui, tantas veces descarnado y brutal a nuestros europeos ojos: “EEUU estudia denunciar por fraude a las agencias de calificación”, por medio de su comisión nacional de bolsa de valores, la llamada SEC. Por derecho: no es que no nos fiemos de sus ratings de países y empresas; ni siquiera que digamos con razón que son ustedes unas escopetas de feria financieras de primer orden… es que vamos a por ustedes por fraudulentas, por engañar a sabiendas, por tener ocultos intereses en manipular los niveles de confianza de las garantías de países enteros.

Lo de Moody’s o Standard&Poors es algo más que sorprendente. Son responsables, dice la SEC, de decir que era bueno lo que era un caja de bombas; de calificar como canela en rama lo que eran paquetes repletos de menos que nada. Son cómplices necesarios de la debacle financiera global que desencadenó una crisis que a su vez fue detonante de otras más locales, como la inmobiliaria made in Spain. Y sin embargo -abracadabra, más duro el rostro que la rodilla de una cabra-, siguen orientando las inversiones y desinversiones en valores y fondos a lo largo y ancho del inmaterial mundo del comercio financiero. Por ejemplo, el valor del pachucho fondo al que usted aporta mensualmente cincuenta euritos para su plan de pensiones. Por ejemplo, el errático y convulso diferencial que España tiene que pagar por colocar su deuda pública. Sucede, y ahí va la SEC, que las agencias no son independientes de esos fondos: varios fondos participan en ellas. Damos por cierto que, por ejemplo, las subidas y bajadas del interés al que se retribuye la deuda española son una fuente de ingresos rápidos y enormes para quien tiene información privilegiada. “Dale un palito más a España, prima agencia, que voy a hacer un mete y saca de varios millones de rendimiento”. Stop!

Obama predica en Wall Street

Tacho Rufino | 3 de mayo de 2010 a las 11:47

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MIENTRAS aquí las campanas tocan a rebato por la necesaria reducción del gasto público, en Estados Unidos Obama no ceja en su empeño de reformar el sistema económico o, mejor dicho, el financiero. Puro protestantismo encarnado en piel negra: la lacra que el presidente americano pretende erradicar de los usos del complejo entramado de la venta de humo y de los pelotazos galácticos de unos pocos -no tan pocos- es lo que ellos llaman greed (codicia). Un vicio tan humano como nocivo para la colectividad, la codicia. La hermana destructiva de la prosperidad. Los valores y los defectos humanos que reconocemos nacen en su práctica totalidad en Grecia, qué gran paradoja (palabra de origen griego, por cierto): codicia, traición, vicio; y también virtud, heroísmo, decencia, dignidad, solidaridad ¿Recuerdan la frase?: “La codicia es buena“. La pronunciaba un Michael Douglas que encarnaba al tiburonazo Gekko en la película Wall Street (Oliver Stone, 1987, ¡que la repongan!). Combinen en un buscador de internet “Wall Street” y “Greed” y hallarán jugosas noticias y opiniones. La meca financiera sita en Nueva York es un lugar de tremendo dinamismo y rapidísimos agentes, de formidables ganancias a tiro de click y, actualmente, un núcleo duro de las reformas necesarias.

Obama fue allí a predicar la regeneración la semana pasada, en un gesto poco ponderado por estas latitudes, saturadas con el rescate heleno, con su contagio y con la voz de los supertacañones del rating. Una de las causas principales de la depresión económica en curso es la descomunal desproporción entre la economía real (la que produce bienes y servicios) y la financiera, que debe servir a la anterior, y no funcionar a su margen metastásicamente, llegando a ser, como llegó hace dos años, más de diez veces superior a la real. Lehman Brothers, Goldman Sachs y otros han hecho enorme sangre en la economía productiva: no sólo son desahogados los griegos. Tras la gesta de la reforma del sistema sanitario público de su país, Obama ha demostrado que es capaz de ser decente a pesar del puesto que ocupa. Wall Street puede ser tan poderoso como la propia Casa Blanca. Y no se tiene noticias de que allí haya algún tonto.

Según se ha hecho público esta semana, los CEO (directores generales) de Wall Street han ganado mucho menos el año pasado que en los anteriores, cosa en principio normal. Pero las 38 mayores compañías del centro financiero neoyorquino han batido el récord de salarios fijos y variables en el deprimido 2009: ésta sí que es una paradoja. ¿Dónde está el truco? En que los máximos ejecutivos, acorralados por la opinión pública y por un Obama que ha advertido que “la arrogancia y la codicia desmedida no será tolerada”, han desviado sus ganancias a otros brokers y empleados financieros de menor nivel. Los gekkos que trabajan en la Gran Manzana se saben vigilados con lupa por la prensa y por las propias autoridades estadounidenses, y practican una estrategia de repliegue e invisibilidad. Capean el temporal. Uno o dos millones de euros más o menos al año tampoco los van a sacar de pobres. En Estados Unidos, un gran magnate puede ir a la cárcel por cometer delitos fiscales o económicos en general, nada comparable a lo que sucede por aquí, cabezas de turco aparte. Aquí ha salido gratis -incluso electoralmente- cometer delitos desde los propios cargos políticos. La bronca social no va a tolerar mucho más tiempo esa tecnocracia política que convive con sus corruptos.

Una de los efectos purificadores de la crisis debe ser la reclamación de la vuelta a ciertos valores y a la autoridad firme ante los desmanes públicos y privados. En una sociedad esencialmente privada como la estadounidense, la visita de Obama a Wall Street recuerda a Jesús entrando a latigazos en el templo.