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Un yerno chino

Tacho Rufino | 23 de agosto de 2011 a las 12:43

Mientras esperaba abstraído a que el semáforo se pusiera en verde, la camiseta roja y amarilla captó la atención del motorista. Enfilando la entrada del parque, el chico trotaba con movimientos ágiles y bien coordinados. Su atuendo era llamativo y hasta chillón, pero el porte y la gracilidad del atleta urbano lograban la indulgencia del observador. Parecía asiático. “Un chino con la camiseta de la selección española”, se dijo algo extrañado. El semáforo del cruce de la gran avenida junto al río iba descontando segundos: “24-23-22…”. Ah, la elástica era de la selección nacional, sí, pero de China. El pelo largo del corredor tampoco era el estándar que uno veía en los asiáticos que habían llegado a la ciudad cual lluvia fina e incesante, y menos corriente todavía era lo cuidado del flequillo, que caía sobre un lado de su cara. Además era bastante alto, “un metro ochenta y cinco por lo menos”, pensó. Cuando comenzaba a perderlo de vista, un toque de claxon le avisó de que el semáforo estaba en verde. Levantó la mano para disculparse, la puso en el acelerador, metió la primera y arrancó veloz la moto. Durante el trayecto hasta su despacho, siguió elucubrando sobre el chico oriental.

Era hijo de un comerciante chino, y aunque nació en Pekín, vino a España con sus padres y una hermana menor cuando tenía apenas ocho años. Hablaba español perfectamente, y de hecho había sido un estudiante brillante en el colegio concertado de su barrio, donde lo llamaban Willy, en vez de Wei, que era su verdadero nombre. Su apostura, un casi imperceptible deje al hablar y un tono de voz dulce lo hacían interesante a los ojos de las chicas, a las que atraía además por su respetuosa y nada pretenciosa forma de relacionarse con ellas. Se vestía discretamente, pero con buen gusto. No era ostentoso, pero era evidente que su padre había acumulado una considerable fortuna a base de trabajar más horas que nadie vendiendo una gama infinita de cosas a precios irresistibles para los vecinos; también irresistibles para la competencia, que fue desapareciendo poco a poco del barrio. Willy se esforzaba en los estudios, y sus amigos más íntimos sabían que si algo era imperdonable para sus padres era que sus hijos no cumplieran con sus obligaciones. De pequeño le bastaron un par de castigos ejemplares, con correazos incluidos, para no volver a fallar en las notas o en la diligencia cuando echaba sus tres horas diarias –jornada completa el sábado– en alguna de las tiendas del padre. El muchacho era el mejor estudiante de su curso.

Willy era “un buen partido”, aventuró sorprendido por sus cavilaciones, mientras transitaba las calles vacías de la ciudad en verano: trabajador, emprendedor, nada juerguista, deportista, educado, humilde y observador. No trasnochaba, no cometía excesos con la bebida, no fumaba ni alardeaba de nada. Nunca era agresivo, si bien sabía plantar cara con firmeza y sin aspavientos a los matoncillos del parque del barrio, a los que sin embargo evitaba. Su aspecto era limpio. Respetaba a sus mayores. Willy era, bien mirado, una joya. Un chico con las ideas claras. Un buen partido, sí. Como, al menos en el aspecto económico, lo hubiera sido el hijo de un montañés que, décadas atrás, se hubiera establecido en la ciudad con una tienda de ultramarinos, tras cuyo mostrador durmió durante varios años con su mujer antes de empezar a tener hijos. O como llegaron a ser un buen partido los descendientes de esos italianos, judíos o irlandeses que llegaron a Nueva York con una mano delante y otra detrás y murieron viendo cómo sus hijos eran alguien en la ciudad. ¿Eran racistas estos pensamientos, por muy positivos que fueran? Quizá. Continuó fantaseando.

Quizá Willy conociera un día a su hija, se dijo mientras candaba la moto bajo su despacho. Quizá se gustaran, comenzaran a salir, se fueran a vivir juntos, tuvieran preciosos hijos mestizos y llevaran una vida serena y próspera. La verdad, no se veía pasando la Nochebuena con sus consuegros, pero, en fin, tampoco con los padres de la mayoría de los amigos de su hija. Y por qué puñetas hay que verse en Navidad con los consuegros. “Te estás haciendo viejo, cabrón. Y pesetero.”, se dijo mientras llamaba el ascensor.

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