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Progresividad fiscal y gambas al ajillo

Tacho Rufino | 24 de septiembre de 2010 a las 11:45

Me envía Luis Rull un artículo excelentemente documentado que demuestra cómo la progresividad en el IRPF deja mucho que desear en nuestro país, y que realmente quienes mayor renta tienen pagan finalmente menos proporcionalmente que otros que tienen rentas inferiores. La causa de esta paradoja no es otra que las excepciones que se producen vía deducciones y bonificaciones a la hora de tributar y, sobre todo, el hecho de que las rentas que no son del trabajo (o sea, los rendimientos del ahorro, las ganancias patrimoniales por plusvalías y los rendimientos de capital mobiliario) tributan mayoritariamente a un tipo fijo del 18% (eso hasta 2007; hoy, algo más, al 19% y 21%). Es decir, un tipo mucho más bajo que el correspondería si nos atuviéramos a las tablas nominales del IRPF: una excepción. O sea y por ejemplo, rentas de 600.000 euros tributan efectivamente (no nominalmente, lo que en teoría les toca en las tablas, que sí son progresivas) a tipos modestísimos alrededor del 25 %, lejísimos del teórico cuarentaitantos por ciento establecido. Todo ello sin incurrir a priori en ilegalidad alguna.

El estudio en cuestión se basa en series temporales desde 2003 a 2007 y, a pesar de los cambios legislativos acaecidos desde entonces hasta el momento presente, las conclusiones son extrapolables al momento en que vivimos. A la vista de todo esto, la medida Salgado que se incluye en el proyecto de Presupuestos Generales de inminente aprobación parlamentaria (gravar algo más a las rentas mayores de 120.000 euros anuales, que van a estar encantadas, minsitra dixit, ver video Salgado Parlamento) va a castigar sobre todo a las rentas del trabajo: a los profesionales libres y directivos de alto nivel salarial. ¿Como siempre? Más bien. O sea, en vez de una medida progresiva, es una medida desincentivadora de la prosperidad por el trabajo. Claro, que si de verdad la progresividad se dirigiera a rentistas, inversores y compravendedores de inmuebles, surgirían las voces –a las que desde aquí alguna vez nos hemos sumado—que alertarían sobre el peligro de salida de capitales del país hacia otros sitios más munificentes con dichos capitales. Toca una reforma internacional consensuada, tantas veces anunciada, y una eliminación drástica de los paraísos fiscales cuanto antes. Eso… si de verdad nos creemos lo de la progresividad en los impuestos y la redistribución de las rentas de cualquier tipo, y no son meras gambas al ajillo constitucionales. (“Gambas al ajillo”: expresión coloquial de creciente difusión que ilustra situaciones de paripé. “Paripé”: Simulación, fingimiento)

Víctimas propicias del ciclo

Tacho Rufino | 2 de marzo de 2010 a las 15:54

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(Publicado en El Poliedro, Economía, Grupo Joly, el sábado 27/2/2010)

TODOS tenemos rachas, y la economía también las tiene puesto que, al fin y al cabo, trata sobre la satisfacción eficaz de las necesidades humanas, una ambición algo desmedida a tenor de la realidad de las cosas. Las etapas de vigor, crecimiento y plenitud se encajan entre una anterior y otra posterior en las que el marasmo, la atonía y hasta la penuria son “anaqueles carcomidos que encierran grandes libros”, según decía un escritor cuyo nombre se me escapa. Las travesías del desierto, las personales y las colectivas, merecen varias consideraciones. Primera, no responden en su duración a pauta alguna que la haga extrapolable entre lapsos históricos: pueden ser más largas o más cortas que las fases de bonanza. Segunda, su intensidad es también variable: hay tiempos de gran creación y progreso material que suceden a crisis de menor intensidad, y también sucede al contrario, por lo que el saldo de creación de valor entre los ciclos altos y bajos no responde tampoco a patrón fijo alguno, ni mucho menos predecible con exactitud.

Dicho esto, cabe también decir que es cierto que el saldo general ha sido positivo en el último siglo, de forma que el mayor bienestar de un porcentaje creciente de la población es un hecho. Como también es cierto que los ciclos críticos -como el vivimos ahora- son destructores netos de riqueza… Pero no igual de destructivos para todos los individuos, ni todas las regiones, ni todas las profesiones o colectivos laborales: quienes más ganan en los ciclos altos no son los que más pierden en los bajos, y de nuevo viceversa. Si bien los ricos, salvo casos excepcionales bien tipificados y frecuentemente delictivos o inmorales, también sufren y no se hacen más ricos en tiempos de crisis, sí suelen mantener y aumentar su riqueza relativa con respecto a los que son más pobres. La realidad constatada por Vilfredo Pareto (economista italiano del XIX, que observó que el 20% de la población ostentaba el 80% del poder económico y político, realidad que no ha hecho sino acentuarse con el crecimiento económico planetario, ¿paradójicamente?) se extrema en las malas rachas. A los hechos nos remitimos.

Esta semana hemos sabido que las rentas salariales vuelven a perder peso con respecto a las empresariales y a las del capital en general. Algo indeseable según las constituciones democráticas en vigor por estos pagos europeos, que consagran el principio de redistribución de rentas, compatible con la libre empresa y la lícita prosperidad individual. El problema del desequilibrio entre las ganancias de trabajadores y empresarios no es ético, que quizá también, sino de mercado, de funcionamiento de la economía, de seguridad mercantil y social. De sostenibilidad del sistema, por decirlo a la moda. Los países más pobres tienen los máximos niveles de desigualdad de Pareto: muy pocos lo tienen casi todo. Que las rentas del trabajo, o sea, los salarios por cuenta ajena, perdieran peso en el extinto ciclo alto -que lo perdieron-, y vuelvan a perder peso ahora, son malas noticias. Porque el peso lo pierden con respecto a unas ganancias empresariales de por sí muy depauperadas: las empresas, que ganaron más antes, pierden menos que otros ahora, pero pierden mucho. Todo se adelgaza y encoge.

¿Quién se come el queso de quién? O, para no bordear la demagogia al uso, ¿quiénes están perdiendo de verdad en esta travesía de incierta duración? Las noticias y estadísticas más recientes son tozudas: no sólo las rentas del trabajo cercenadas por el paro, sino los otros colectivos más expuestos a los bofetones. Es decir, autónomos (que, en su conjunto, fueron grandes ganadores en Eldorado del Ladrillo), jóvenes, mujeres e inmigrantes. Y, de entre todos ellos, quienes tienen baja cualificación. El largo y tortuoso camino al que cantaba McCartney, que también tuvo buenos tiempos, es un camino depurativo; puede, pero es un viaje que azota sobre todo a los más débiles. Por eso escuchar la reclamación recortes sociales resulta doloroso. ¿No hay otras partidas adonde mirar?

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