Archivos para el tag ‘Rescate Irlanda’

O’Berlanga: un ministro irlandés pide rezos

Tacho Rufino | 23 de noviembre de 2010 a las 13:02

Para que digan que Spain is different. La edición digital de The Irish Times da una noticia que aquí –recuerden la visita de Benedicto– es impensable: el ministro de Protección Social irlandés y un sacerdote del Condado de Wexford, al alimón, piden una oración para ayudar a arreglar la debacle económica que se cierne sobre Eire.

Éamon Ó Cuív, el ministro, afirmó que se necesitan plegarias porque “no todo lo puede controlar el Gobierno”. Dijo también a una emisora de radio de Donegal que la oración es “muy poderosa (…) creo que en las proximas tres semanas hay tres cosas importantes que tenemos que hacer: reformar el presupuesto, un plan de estabilidad fiscal a cuatro años… y rezar para que esta situación se acabe”. Continuó: “Sí, el rezo es muy poderoso porque al final del día debemos aferrarnos a él hasta que las aguas se remansen”. Ante la perplejidad del entrevistador, Ó Cuív continuó su versión político-económica del Say a little prayer (“diré una pequeña oración por ti”) de Aretha Franklin: “Sí, he dicho rezar. Creo que la gente entiende qué quiero decir”.

Menos sorprendente, el padre John Carroll, párroco de Barntown, Wexford, tomó el testigo del ministro un día después: “Dios y Padre nuestro, sigue haciéndote presente entre nosotros en este momento histórico, templa nuestros nervios y muéstranos las debilidades del pánico y el temor”.

Aquí va canción de Aretha (abajo video, para animar un poco) adaptada e Irlanda, con la esperanza de que esto también ayude a combatir la bancarrota, el default y el rescate:

“Cuando me levanto, antes de maquillarme las pecas, digo una pequeña oración por ti. Cuando me estoy peinando mi melena roja, mientras pienso qué me voy a poner, digo una pequeña oración por ti…”

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La pesadilla del celta

Tacho Rufino | 13 de noviembre de 2010 a las 13:48

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COMO la autocita viene al caso para ilustrar un error, no causa empacho decir que aquí mismo, hace unos cuatro años, se publicó un artículo titulado El tigre que abrazó la fe del conocimiento. En él se atribuía, elogiosamente, buena parte del llamado milagro celta a la alta inversión pública en educación en Irlanda, a la alta exigencia y nivel de sus profesores y, como consecuencia de esto, al alto nivel de formación de los jóvenes formados en la isla Esmeralda. También contribuían a su fenomenal salto económico otros factores: grandes empresas estadounidenses -tecnológicas, químicas, farmacéuticas- establecieron allí sus sedes europeas; el inglés como verdadero idioma en la práctica, toda una ventaja competitiva nacional; una especie de dumping fiscal que, con tipos del impuesto de sociedades dos y tres veces inferiores a los del resto de Europa, atraía a muchas empresas extranjeras. Y, claro, a un boom inmobiliario que no sólo llenó de segundas viviendas las costas y colinas irlandesas, sino que acabó por explotarle en las manos a particulares, empresas, ayuntamientos y bancos. Todo ello tras años de ausencia de paro y de crecimiento del PIB sin precedentes, en los que Irlanda era uno de los países más ricos de Europa… en apariencia. Ahora, las arcas públicas están tiritando, los mercados financieros están perpetrando continuas razzias en la credibilidad del país, y el riesgo de bancarrota es máximo a día de hoy (viernes). El conocimiento no lo es todo. Pudieron más las fuerzas de la gran mentira: “Esta fiesta no tiene fin, beban y bailen”.

Es en parte una cuestión de tamaño. Se suele atribuir una mayor sensibilidad de las economías pequeñas a los ciclos altos de la economía, y una mayor vulnerabilidad ante los bajos. En Irlanda, como en Islandia, se ha cumplido el principio (España sería la excepción que confirma la regla). Como dice su Doctor Fatalidad autóctono, Morgan Kelly, “las deudas de Irlanda exceden con mucho su capacidad de devolverlas”. Irlanda es, al contrario de lo que suele suceder, líquida pero insolvente. Ha acumulado dinero en efectivo tras verle las orejas al lobo, como quien llena la despensa del sótano con conservas y agua ante la inminencia de una catástrofe. Pero el lobo está ahí, y ha venido para quedarse, y las provisiones acabarán agotándose. Entonces, según el cenizo de guardia, vendrá la insolvencia-muerte y la bancarrota-funeral. Ahora le queda a Irlanda una cruel subida de impuestos y un plan de recortes públicos a imagen del español. Prácticamente cada euro de ingresos públicos irá a amortizar deuda: la deuda privada impagada, la de los bancos que se comen buena parte de dicho impago, la del propio Estado irlandés que se las ve y se las desea para conseguir que alguien le compre su deuda pública… y eso que promete pagarla bien, con altas primas de riesgo. A Irlanda le esperan años de severa austeridad. ¿Nos debe mover el ver sus barbas trasquiladas para poner las nuestras en remojo? No demasiado. Primero, porque España lleva más tiempo haciendo los deberes de adelgazamiento que nos imponen quienes, a unas malas, nos salvarían. Segundo, porque la deuda de empresas y particulares de Irlanda, en relación a su PIB, es muy superior a la española (cierto es que, en términos absolutos, la nuestra es incomparablemente superior). Tercero, Irlanda es rescatable, como lo ha sido Grecia. Hay otros países que no lo son, y señalar está feo. A nuestros acreedores y a nuestros socios comunitarios les da más miedo España.

Podemos decir que el celta de a pie, el de Dublín y el de Kerry, afronta la versión financiera -y menos trágica, por supuesto- de la Hambruna de la Patata de 1845, que obligó a tantos irlandeses a abandonar su país en precarias condiciones. Ahora son los jóvenes sobradamente preparados de las universidades irlandesas los que se ven obligados a alquilar su alto valor intelectual y profesional a otros países. Una agridulce oferta. Una pesadilla solapada a un bonito sueño.

(Otros post de este blog sobre Irlanda: El tigre y el toro renquean al unísono (Marzo 2009), A todo tigre (y toro) le llega su San Martín (Julio 2008).)