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Cuando las barbas de Cameron veas…

Tacho Rufino | 25 de octubre de 2010 a las 9:37

”TheSundayTimes,

De nuevo las tijeras apuntan a los salarios del sector público. Ése y no otro es el anuncio velado que hizo Salgado nada más conseguir sacar adelante los presupuestos del Estado; cueste lo que cueste en términos de nuevas concesiones competenciales. La última huida hacia adelante de ZP. “No dudaremos en tomar ulteriores medidas de austeridad si fuese necesario”, dijo para después ser coreada por Rubalcaba, el primo de zumosol de un nuevo gabinete cuya remodelación no tiene más explicación que la de ser una vía para realizar otro tipo de repartos competenciales, en este caso del partido. Saldar deudas entre hermanos: “Lo tuyo, Leire”; “Vente del pueblo para Madrid, Rosa”; “Bibiana, ponte en tu sitio”, “Moratinos…, ¡sorpresa!”. El críptico Plan B que dice tener el Gobierno para apuntalar nuestra economía consigue dos cosas. Una, hacer increíbles los propios presupuestos desde el minuto cero. Dos, dar por hecho que el primer arreón a la estructura de personal y los salarios públicos ha sido eso, una primera entrega de una serie.

En el Reino Unido no se andan con tantos misterios ni cosméticos cambalaches. Cameron, según informaba Daily Telegraph ayer, está dispuesto a cargarse su popularidad y su futuro político con medidas de recorte presupuestario, que no guarda en un cajón “para unas malas”. Cameron, como Zapatero, ha sido forzado por al Unión Europea a acometer el ajuste entre los ingresos menguantes y los gastos públicos, y dice estar “furioso” porque, mientras a España o a ellos se les exige adelgazar, la UE planea incrementar su presupuesto un 6% el próximo año, lo que le supone al Reino Unido 900 millones de libras. El premier ha sido obediente, y gobernar en coalición no ha sido lastre para actuar con rapidez. Según The Sunday Times, el ministro de Economía, George Osbourne, planea eliminar 300.000 puestos de trabajo público. Conviene decir que la forma de contratación y el estatus laboral de los public servants nada tiene que ver con los que aquí estableció López Rodó en los años 60, y de hecho las plantillas del sector público engordan y adelgazan allí de una forma impensable en la autonómica España.

Algunas fuentes afirman que el plan contempla recortes progresivos hasta un total de 700.000 empelados públicos que irán al paro. El tijeretazo va a centrarse en el Sistema Nacional de Salud, de donde se eliminarán 120.000 puestos, en particular “directores” de servicios de salud, que los hay por decenas de miles. El ejército es el segundo objeto de los despidos. El plan contempla una reducción drástica de gastos de viajes, hoteles y dietas, que suponían una verdadera sangría de fondos, como aquí.

Si no se obra una recuperación milagrosa, el Gobierno pegará el tajo de nuevo donde más fácil es. Espero de todo corazón equivocarme.

Progresividad fiscal y gambas al ajillo

Tacho Rufino | 24 de septiembre de 2010 a las 11:45

Me envía Luis Rull un artículo excelentemente documentado que demuestra cómo la progresividad en el IRPF deja mucho que desear en nuestro país, y que realmente quienes mayor renta tienen pagan finalmente menos proporcionalmente que otros que tienen rentas inferiores. La causa de esta paradoja no es otra que las excepciones que se producen vía deducciones y bonificaciones a la hora de tributar y, sobre todo, el hecho de que las rentas que no son del trabajo (o sea, los rendimientos del ahorro, las ganancias patrimoniales por plusvalías y los rendimientos de capital mobiliario) tributan mayoritariamente a un tipo fijo del 18% (eso hasta 2007; hoy, algo más, al 19% y 21%). Es decir, un tipo mucho más bajo que el correspondería si nos atuviéramos a las tablas nominales del IRPF: una excepción. O sea y por ejemplo, rentas de 600.000 euros tributan efectivamente (no nominalmente, lo que en teoría les toca en las tablas, que sí son progresivas) a tipos modestísimos alrededor del 25 %, lejísimos del teórico cuarentaitantos por ciento establecido. Todo ello sin incurrir a priori en ilegalidad alguna.

El estudio en cuestión se basa en series temporales desde 2003 a 2007 y, a pesar de los cambios legislativos acaecidos desde entonces hasta el momento presente, las conclusiones son extrapolables al momento en que vivimos. A la vista de todo esto, la medida Salgado que se incluye en el proyecto de Presupuestos Generales de inminente aprobación parlamentaria (gravar algo más a las rentas mayores de 120.000 euros anuales, que van a estar encantadas, minsitra dixit, ver video Salgado Parlamento) va a castigar sobre todo a las rentas del trabajo: a los profesionales libres y directivos de alto nivel salarial. ¿Como siempre? Más bien. O sea, en vez de una medida progresiva, es una medida desincentivadora de la prosperidad por el trabajo. Claro, que si de verdad la progresividad se dirigiera a rentistas, inversores y compravendedores de inmuebles, surgirían las voces –a las que desde aquí alguna vez nos hemos sumado—que alertarían sobre el peligro de salida de capitales del país hacia otros sitios más munificentes con dichos capitales. Toca una reforma internacional consensuada, tantas veces anunciada, y una eliminación drástica de los paraísos fiscales cuanto antes. Eso… si de verdad nos creemos lo de la progresividad en los impuestos y la redistribución de las rentas de cualquier tipo, y no son meras gambas al ajillo constitucionales. (“Gambas al ajillo”: expresión coloquial de creciente difusión que ilustra situaciones de paripé. “Paripé”: Simulación, fingimiento)

Un ‘post’ largo

Tacho Rufino | 26 de mayo de 2010 a las 17:43

Tobalito de Guayé, hombre de mente lúcida y comprometida, a la par que sincero consejero mío de ocasión, me reprocha ciertas cosas publicadas en este blog. Básicamente, que asuma como inevitables y positivos los métodos y herramientas liberales –según él– para afrontar la crisis. Él tiene como liberales, casi los peores liberales, a los socialistas (al PSOE, queremos decir), que han hecho el mismo juego en política economómica que el PP, o que cualquier partido liberal-conservador. Es más, Guayé afirma, directamente, que ni uno ni otro han hecho política económica: se han limitado a ciertos maquillajes fiscales, normalmente a eliminar impuestos directos cuando el consumo y sus impuestos indirectos estaban en enorme auge. Y sobre todo, dice él, se han dedicado a desmembrar el sector público y los servicios públicos… faena que se ha intensificado en las útlimas semanas. Desmontar, y no deconstruir: eliminar partes, y no separar las piezas del lego para identificar las contrdicciones del sistema y volverlo a montar de una manera mejor.

Aquí en este blog se defendió que el Gobierno acometiera un plan drástico de recorte presupuestario, pero con matizaciones  (no a la congelación de las paupérrimas pensiones; no a la mutilación de la capacidad del Estado de dinamizar la economía mediante gasto público útil: obras públicas, sanidad -con copago, ok-, educación). También se criticó la reacción extemporánea que llevó al Gobierno a entonar un “¡Ah, se me olvidaba!, también vamos a gravar las rentas y los patrimonios de los ricos-ricos”. Un paquete de medidas de tal calibre –por muy inducidas por los mercados y por la dupla franco-alemana que fueran– no debe y no puede redefinirse en lo esencial de un día para otro. Y, además, mi confianza en que realmente se gravarán las fortunas de una de las colas de la distribución (los del taco riguroso) es nula a día de hoy: acabarán pagando los que más contribuyen a formar capital humano en el país, expresión esa de capital humano tan manoseada; pagarán las partes altas de la clase media, los profesionales.

Por otra parte, la deuda familiar española es una locura insostenible, superior a la de Grecia o el Reino Unido (por mucho que los tres déficits públicos sean similares), y eso obliga, por una parte, a los bancos acreedores de hipotecas que pagaron casas menguantes a conceder carencias y demoras en los pagos a quienes lo solicitan, para no convertirlos en fallidos y dinamitar los propios balances bancarios; por otra parte, dicha deuda familiar da mucho miedo fuera (que es de donde, originariamente, vinieron los dineros para los créditos: aquí agotamos los nacionales y seguíamos con sed de ladrillo), y es ése el motivo que en el fondo nos tiene en el centro de la diana, el motivo de que paguemos mucho por nuestras emisiones de deuda y que, como ayer, estuviéramos al borde del abismo al cubrirse de chiripa una emisión de bonos públicos, absolutamente necesaria para amortizar deudas que vencen ya. (Salgado, presa del pánico, anunciaba poco antes que se iba a prohibir a los ayuntamientos endeudarse… para que, debemos colegir, el crédito que hubiera por ahí disponible se lo llevara el propio Estado. Al borde literalmente del abismo. Que me perdonen los argentinos por la insistencia en la comparación: no estamos tan lejos de lo que allí pasó hace unos años, por mucho que los motivos sean distintos; allí monetario, aquí fiscal-presupuestario, público y familiar.)

Dicho esto, dicha otra cosa: la medida más inmediata es reducir las salidas de los propios salarios que pago: los de los funcionarios y asimilados. De acuerdo, los funcionarios pasan de privilegiados a víctimas… pero, sin tanto extremismo terminológico, lo que son en realidad es los primeros damnificados (los segundos, mejor dicho, la masa salarial privada se ha reducido mucho más que lo que se va a reducir la pública: y esos salarios privados de la gente que va al paro los tiene que pagar el Estado). Así debe ser, si ello se acompaña de otras medidas. Sacrificio, pero con compromiso de racionalidad y justicia social en las medidas ulteriores: ¿qué pasa con el gasto militar, nos preguntamos muchos? ¿Tiene que ver el silencio oficial sobre esta partida con los compromisos adquiridos con alemanes, franceses y estadounidenses de comprarles y seguirles comprando y actualizando nuestro armamento y todas las tecnologías asociadas? Pues claro que sí, y en este sentido cabe dudar de el hecho de que la improbable  ministra Chacón presumiera ayer de un soldado español cibernético (con ordenador, pda, gps y toda la leche entre la impedimenta), afirmando ufana que “toda la tecnología es española”. Ésa lo será, pero la inmensa mayoría del resto de la enorme inversión en Defensa, no.

En fin, que el cinturón debe apretárselo todo el mundo. Pero no es lo mismo desmontar autonomías inservibles que son derroche puro de un día para otro que reducir transitoriamente el salario a los empleados más seguros, los públicos. Es más fácil, más inmediato. Yo también lo haría, pero cabría exigírme contrapartidas serias, coherentes; abundar en los recortes de aquello que es superfluo. De lo importante, lo básico-público, no recortar: gestionar mejor.

De peso pesado a ‘welter’

Tacho Rufino | 15 de febrero de 2010 a las 18:13

(Artículo publicado el sábado 13/2/2010 en El Poliedro, Economía, diarios Grupo Joly)
DEMASIADAS cosas insospechadas han sucedido en estos días: Zapatero ha enviado a Salgado a Londres a calmar a esa bestia mediática llamada Financial Times (FT), que nos flagela sin piedad y nos llama “torpes”, para acabar dándonos la de cal con un “España no es Grecia“; las teorías conspiratorias contra el propio Zapatero han saltado al aire por boca de José Blanco -el caporegime del presidente-, a quien precisamente FT ha llamado sin empacho “paranoico” en uno de sus blogs; nos han señalado arteramente como los verdaderos culpables del batacazo del euro, haciendo caso omiso del altísimo componente especulador que está siempre tras estas debacles transitorias, como también lo ha sido la caída correlativa de la propia bolsa española en estos días: cuando el broker huele sangre, lo mismo le vale la realidad que un rumor. Esta semana, en fin, el Banco de España ha lanzado la primera estimación de cuánto se está recortando nuestra economía y, paralelamente, deberá contraerse nuestro nivel de vida: un 20%. No lo ha dicho directamente, es cierto.

En realidad, Fernández Ordóñez (gobernador del Banco de España y a la vez gran mosca cojonera del Gobierno que lo nombró) lo que ha hecho es exigir que mengüen los activos inmobiliarios que figuran en el activo de los balances de bancos y cajas, que crecieron por la compra de solares y pisos, y que no dejan de crecer por culpa de los impagos hipotecarios. Los bancos son los principales propietarios inmobiliarios del país (unas 100.000 casas) y lo que en sus balances figura como “Activos no corrientes a la venta” empiezan a ser activos corrientes que no se venden nada bien. Es decir, deben reducir su patrimonio inmobiliario -contable, sí, pero que no deja de ser el valor de referencia para casi todo- en una quinta parte. Como si usted debiera perder quince de sus ochenta kilos de hoy para mañana. O como a un púgil al que obligan a bajar de categoría, de pesados a welter, para poner su pegada y su encaje a la altura de sus verdaderas posibilidades. Un saneamiento que, eso sí, debe dar mayor garantías a sus cuentas… a la vez que mete las cabras en el corral a las mayores poseedoras de casas y suelo de entre las entidades financieras españolas: las cajas, a las que con esta medida Ordóñez fuerza, por un lado, a buscar socios fuertes mediante fusiones o ventas y, por otro, a poner a la postre casas en el mercado a precios realmente bajos. En realidad, dicho sea de paso, los pisos bajan de precio porque no tienen quien los compre, y no tanto porque la distancia entre el valor razonable de uso y el de venta (es decir, la burbuja) no se haya corregido suficientemente. De hecho, la recuperación del mercado de primera vivienda, siendo lenta, es un hecho, de manera pareja al repunte de las hipotecas. El suelo es la gran incógnita del sector, parado cual estatua de sal de Sodoma y Gomorra.

Si nuestra crisis es una crisis derivada de la dependencia del ladrillo y el crédito barato a mansalva, las enfermedades de los bancos son en buena medida equivalentes a los de las familias y las empresas, y también al agregado macroeconómico de éstas. Por ello, la estimación del peso que debe perder la banca que hace el Banco de España no deja de ser una medida válida de lo que nuestra economía y nuestro tren de vida debe contraerse para intentar renacer: cuando Paul Krugman y otros oráculos exteriores hablaron de reducciones parecidas en precios y otras magnitudes en España, nos quedamos a cuadros. Y lo de Krugman fue hace menos de un año, en la sede de la CEA. Muchos nos preguntamos a qué precios se refería cuando hablaba de un 15% de deflación: no dábamos crédito a una receta que suponía sangre, sudor y lágrimas. Se refería al nivel general de precios y de vida. Como indirectamente hace Fernández Ordóñez, cuyas recomendaciones ya suenan bien al Ejecutivo: a la fuerza ahorcan.