Archivos para el tag ‘Seguridad Social’

Si no paga, cierro el cráneo

Tacho Rufino | 11 de mayo de 2011 a las 15:26

Un lector amigo me recrimina que me quede en la anécdota con frecuencia, y que no abunde más en cuestiones no ya técnicas, sino ideológicas. En la charla, ponemos como ejemplo de “asunto ideológico” al sistema de salud pública español, esa joya poco ponderada, adonde las posturas más liberales apuntan sus rifles de cañones recortados (nunca mejor dicho lo de recortados; más bien recortantes). No sabemos lo que tenemos. Contaré, a pesar de todo, dos anécdotas, y digo “anécdotas” porque no se dan los datos de los pacientes:

– Una persona muy querida está siendo sometida a diversas pruebas tras un dolor extraño. Durante varios días que ha estado ingresado, le han practicado una prueba de esfuerzo, una ecografia cardiaca, varios análisis. Inmediatamente le practicarán un cateterismo preventivo y un tac abdominal. Está en un hospital del SAS, o sea, del sistema público de salud.

– Esta misma mañana me relatan lo siguiente. Un chaval sale a pasear con un amigo, y un coche en contramano atropella a uno de ellos. El compañero llama a la ambulancia. Al llegar, antes de hacer nada, los sanitarios preguntan si el atropellado tiene seguro médico (¿han visto la película “Carancho”, con Ricardo Darín? No se la pierdan si pueden; también viene al caso una de Scorsese con Nicholas Cage, “Al límite”). El interlocutor –su amigo yace inconsciente en el suelo con la cabeza sangrando– le dice que desconoce tales extremos. Insisten: teléfono de los padres, alguien a quien preguntar. Sin saber eso, dejan claro, no hay transporte. Finalmente consiguen el dato: “Sí, tiene seguro médico” constatan los aterrorizados padres por teléfono. Se lo llevan. Entra en quirófano, en aparente coma (de hecho, el chico salió del coma tras varias semanas), y comienza la intervención. Tras un cierto tiempo, el doctor dice que comuniquen urgentemente a la familia que la cosa es grave, y que si quieren que siga operando, y dado que la cobertura del seguro es limitada y la intervención requiere más dinero que la que ofrece la póliza… deben comprometerse los padres por escrito a pagar el resto hasta la totalidad del coste. Si no, parará, coserá, y a otra cosa.

Da miedo, ¿no es cierto? Esto sucedió en Lima, Perú. Pero hay quienes defienden aquí modelos de salud pública que sin remedio llevarían a situaciones tan repelentes como la descrita. Lo curioso es que muchos –conocerán a alguno, seguramente– de los que apoyan tal bestialidad por mor de una supuesta eficiencia y racionalidad en la gestión hacen uso continuo de las coberturas médicas, ambulatorias y hospitalarias de lo que antes era la Seguridad Social, y hoy está descentralizado. ¿Recuerdan el chiste de la moto y el comunista, aquel de “moto, no, que moto tengo“? Pues igual, pero en fe liberalísima.

Ahora, a por los gordos

Tacho Rufino | 23 de enero de 2011 a las 20:57

obesidadESTAR gordo resulta intolerable para muchos que no lo están, y cada día es mayor la presión sobre quienes tienen kilos de más, de forma que lo que antes era estar fuertote se fue convirtiendo en sobrepeso, y esta categoría ha ido mutando su denominación a la de obesidad, en sus distintos niveles, hasta cinco: desde la preobesidad a la obesidad extrema. El cerco a los gordos corre en paralelo al de los fumadores, aunque mientras el tabaco afecta a quien fuma y también a propios y a extraños cercanos, la obesidad no hace daño más que a quien carga con ella… y al sistema público de salud, a quienes ambas situaciones afecta. De hecho, tanto el tabaco -que, en efecto, es un hábito muy lucrativo para el fisco- como la obesidad están en el punto de mira de informes que valoran los gastos que el hábito fumador y los kilos en exceso provocan al erario público. Recordarán el intento del Reino Unido de condicionar la atención médica a pacientes de cáncer de pulmón: “si has sido fumador, esto no te lo paga la Seguridad Social”. A las muertes derivadas del tabaco y la grasa excesiva las llaman los anglos PPD (“premature preventable deaths“; death es muerte). Son terminológicamente tremendos.

En esa misma línea, la revista Mckinsey Quarterly, de la consultora global del mismo nombre, ha publicado un estudio en el que clasifica el impacto económico que la obesidad -una pandemia, la llaman sin apuro- tiene no sólo para el sistema público de salud estadounidense, sino para el obeso y el contribuyente. Leña desde todos los flancos, una leña que llegará aquí pronto y seguro; aquí, además, somos unos neoconversos furibundos para lo que sea. Hay cosas lógicas en las conclusiones del informe. En primer lugar, aumentan a gran ritmo los gastos por el tratamiento de enfermedades relacionadas con la obesidad, que crece de manera alarmante en el mundo: empieza a haber chinos y árabes obesos y diabéticos, mientras hasta ahora eso sólo se lo podían permitir allí unos pocos privilegiados. El absentismo crece y la productividad laboral desciende con la obesidad, y eso tampoco es deseable. Otra cosa es que el informe acabe perdiendo el norte y aduciendo como consecuencia negativa el mayor gasto en ropa supertalla y comida. El desatino totalizador y algo totalitario llega a valorar un apartado titulado “fuel, funeral, electricity”: he evitado entrar en ese detalle (ver gráfico del estudio abajo), cifrado en 20 millones de dólares anuales. Las consultoras tienden a abarcar más de lo que es justo, quizá para justificar la encomienda y la factura, dando una necesaria visión global y exhaustiva de cualquier cosa. Va a resultar que estar gordo es un pecado de insolidaridad. Y hasta un delito. Al tiempo. ¿Negaremos, pongamos, asistencia a quienes contraigan cáncer de piel por tomar demasiado el sol, desoyendo los consejos de médicos y responsables de salud pública desde junio año tras año?

mckinsey obesity

Tres visiones de ‘Lasadamus’

Tacho Rufino | 19 de mayo de 2010 a las 18:14

Desde que tomamos conciencia de la crisis, no pocos economistas y otros analistas en prensa de la actualidad económica han sucumbido a la tentación de citarse a sí mismos recordando a los lectores cómo dieron en la clave con antelación, cómo anticiparon los acontecimientos, cómo previeron clarividentemente el desastre y adviriteron de él sin ser atendidas las alarmas que, preclaros, nos encendían. Lo cual, siendo poco humilde y menos pudoroso, es humano y hasta lícito… si no fuera porque, también en no pocos casos, recordaban sus dardos en la diana y no sus tiros errados. Tengo a algún viejo y venerado profesor de Economía entre quienes acertaron tanto a prever el futuro inmediato… como fallaron en otras predicciones cual escopetas de feria (cosas, estas últimas, que callaron al sacar pecho). La evolución de los precios del petróleo, por ejemplo, fue objeto de patinazo de la mayoría de los que se atrevieron a prever su trayectoria, quien suscribe incluido.

Sin embargo, hay quien ha acertado con mucha antelación sobre cosas importantes, sobre tendencias sociales y sobre los riesgos de ciertos excesos en la época en que estuvimos (casi) todos cegados por la exuberancia y el ardor. Suelen no ser economistas de profesión, paradójicamente. Es el caso de León Lasa (abogado y escritor, su última obra es “En Noruega”, Almuzara), compañero articulista que no tiene web ni blog -“ni falta que me hace”, como si lo oyera- y quien, tras insisitirle yo, me permite colgar aquí tres artículos suyos realmente lúcidos y amenos, que barruntan con fundamento cosas que han sucedido de pronto, están sucediendo… o tienen todas las trazas de acabar haciéndose realidad. Aquí van. (Disculpen que no los pueda vincular para que ustedes cliqueen y abran el archivo; mientra que soluciono esa cuestión, los vuelco enteros.)

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1. Ikea en la Seguridad Social

(escrito en abril de 2007)

Casi todo el mundo alaba el fenómeno Ikea: muebles funcionales, con cierta estética desenfadada a unos precios muy asequibles. Las tiendas de Ikea están permanentemente abarrotadas de personas que buscan más por menos y que no persiguen accesorios inútiles o que no aporten nada al producto: eso sí, diseño escandinavo pero manufacturación asiática. El experimento nórdico se está introduciendo en casi todos los segmentos del mercado, desde los vuelos de bajo coste a los ordenadores portátiles, pasando por los utilitarios urbanos o la comida envasada. El prodigio, por llamarlo de alguna manera, “low cost” es tan reciente como gratificante para todos los consumidores occidentales que ven de qué forma se multiplican las oportunidades de conseguir la chatarrería más variada y de acudir a lugares que hasta hace poco sólo conocían, en el mejor de los casos, por los documentales de la televisión. La fiesta permanente está servida. Sin embargo, emulemos a Casandra por unos instantes.

             El fin de las seguridades. Es posible que, y así lo apuntábamos hace algún tiempo, estemos trocando de manera un tanto insensata el paraíso por baratijas. La creciente competitividad, la eficiencia oriental o la implementación de los circuitos productivos nos están, literalmente, inundando con todo tipo de posibilidades de adquisición hasta el punto de que, en ocasiones, nos vemos abrumados ante cualquier elección, por nimia que ésta sea: ¿qué tipo de yogur preferimos ante una gama casi infinita de opciones, qué LCD? (En este sentido, Por qué más es menos, la tiranía de la abundancia, de Barry Schwartz). Constituye un plus añadido por el que las generaciones europeas nacidas en los años cuarenta, cincuenta o primeros sesenta, blindadas en gran parte, apenas pagan peaje alguno. La mayoría ha conseguido un puesto de trabajo razonablemente estable y ha accedido a una (o más) viviendas antes de que la burbuja inmobiliaria comenzara a inflarse. No obstante, esos miembros conspicuos de la clase media, difícilmente —salvo en casos muy puntuales de acumulación exponencial de capital— conseguirán facilitar a sus hijos una vida con certezas semejantes: casas a precios inaccesibles; colocaciones precarias a pesar de mil y una titulaciones.  Es probable que en un mundo globalizado para lo bueno y para lo menos bueno únicamente nos quede abrirnos y competir con chinos, vietnamitas o malayos. Pero estos ya no sólo producen bienes tecnológicos básicos o con poco valor añadido, sino, cada vez más, productos tan sofisticados como los fabricados en Berlín o Helsinki. La teoría de David  Ricardo de las ventajas comparativas del comercio puede dejar de tener validez en el momento  en que los doscientos mil ingenieros indios que cada año se licencian en el Manipal Institute of Technology consigan anular el desfase tecnológico con Occidente. Si descartamos el proteccionismo como solución (aunque un debate pausado no estaría de más), ¿qué salida queda?

             Tiempos difíciles.- Según algunos va ser poco probable que Europa emerja airosa de los retos que se avecinan arrastrando algo tan preciado pero a la vez tan oneroso como el sistema de beneficios implantado por Beveridge en 1944, y que se basaba en el nacimiento de una clase media y un sistema fiscal cuyos cimientos se tambalean. Y, desgraciadamente, mientras antes nos preparemos para ello, en todos los sentidos, mejor. Alemania, el país pionero en la seguridad social, se ha atrevido a afrontar la reforma más ambiciosa de los últimos decenios. Una reforma que, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, es restrictiva de derechos: la marea de ventajas y conquistas parece haber alcanzado a su bajamar. La edad de jubilación se retrasa a los sesenta y siete años de forma progresiva, las pensiones se recortan y otros beneficios sociales quedan también tocados. El modelo Ikea llega a la seguridad social: asistencias simples, elementales, de bajo coste, corregidas según el capital preexistente del beneficiario, que puedan ser asumidas por una sociedad que en 1960 tenía ocho activos por pensionista y ahora tiene sólo tiene tres, y en la cual la esperanza de vida ha hecho que las pensiones se perciban durante casi veinte años en lugar de diez. La Ley ha sido aprobada por los dos partidos mayoritarios de la nación germana: los democratacristianos  y los socialdemócratas.  Y algo similar ocurrirá en otros ámbitos del espectro social (sanidad, educación…). Vienen tiempos difíciles, especialmente para quienes observamos como, casi tocando, el sueño, éste comienza a desvanecerse progresivamente. Ahorren, mientras ello sea posible.

2. ¿Gratis total o…?

(escrito en noviembre de 2008)

         Llegar a una fiesta cuando los camareros comienzan a recoger las botellas y la orquesta ha puesto ya el play back suele ser descorazonador. Los amigos nos arrepentíamos, en esas ocasiones, de no habernos dado más prisa, de habernos distraído con esto o con lo otro, de no haber sido más diligentes. Pero ocurría que, a veces, por circunstancias de diversa índole, sencillamente no podíamos acudir antes, en pleno apogeo, en el momento en el que el éxtasis de música y baile alcanzaba su punto culminante. Así es la vida, nos consolábamos con las manos en los bolsillos mientras rumiábamos el fin de una noche que se prometía feliz. Y tengo la sensación, en estos meses de zozobra,  de que algo de eso nos puede pasar a los españoles del baby boom en relación con los logros más significativos del Sistema del Bienestar Social, sobre todo en materia de sanidad y pensiones.

Algunos defienden que se avecinan tiempos en los que el concepto de universalidad de las prestaciones tenderá a replantearse tal y como lo hemos conocido hasta ahora (sociedad del low cost, la han bautizado). Pero es que hay ciertas medidas que son, cuando menos, discutibles desde el punto de vista de la equidad e, incluso, de la solidaridad intergeneracional.

¿Gratis total…?.- Hace poco, la empresa municipal de transportes de una capital andaluza propuso que el llamado bonobús gratuito de la tercera edad únicamente pudiera ser utilizado por los pensionistas con una renta inferior a 1.500 euros. No alcanzo a comprender las razones, pero semejante iniciativa –que se me antoja de puro sentido común— desató las invectivas de tirios y troyanos. Sin embargo, dejemos el juicio apriorístico y cuestionémonos un instante, ¿por el mero hecho de entrar en la categoría dorada de jubilado se debe hacer uno acreedor a todo tipo de canonjías sin importar situación, patrimonio o renta preexistente?  No voy a decir, como defienden algunos sociólogos, que el sistema de pensiones sea un fraude generacional de la manera en que está articulado actualmente (se han planteado en algunas empresas prejubilaciones con 48 años de edad). Pero debería dar que pensar el que un pensionista pueda viajar gratis total, sea cual sea, como decimos, su renta o patrimonio, y que, en cambio, un trabajador mileurista tenga que pagar el transporte para acudir al tajo. Y cabría extender esa pregunta a otros servicios y productos. ¿Por qué ha de ser gratis total el medicamento –salvo los que combaten enfermedades crónicas— para cualquier persona mayor de 65 años sin tener en cuenta cual es su situación económica, y, en cambio, ha de ser pagado, siquiera sea en un porcentaje, por familias que apenas llegan a fin de mes o que, sencillamente no llegan? Además de creer en el copago como instrumento que ayude a racionalizar el uso de cualquier asistencia prestada por el Estado, estimo que aquel no lo debería determinar únicamente la edad del usuario, sino, sobre todo, su estado financiero. Algunos países están dando pasos en ese sentido. Incluido el nuestro.

¿…o coparticipación en el coste?.- No hace mucho se aprobó por las Cortes la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia. Sin duda un avance más en una sociedad que aspira a cubrir las necesidades más perentorias de sus ciudadanos. En la Exposición de Motivos se indica entre otras cosas: “En España, los cambios demográficos y sociales están produciendo un incremento progresivo de la población en situación de dependencia…la atención a ese colectivo de población se convierte, pues, en un reto ineludible para los poderes públicos”. Y continúa indicando que las modificaciones en el modelo de familia y la incorporación de la mujer al mercado laboral han hecho que la atención de esas personas quede cuestionada tal y como se la conocía hasta ahora. Pero es el art 33, al regular la participación de los beneficiarios en el coste de las prestaciones, el que nos llama la atención por su valentía: “Los beneficiarios de las prestaciones de dependencia participarán en la financiación de las mismas, según el tipo y coste del servicio y su capacidad económica personal”. Ésta se tendrá en cuenta, además, para la determinación de las prestaciones económicas.

 Que a la hora de decidir sobre el cómo y el cuánto de las prestaciones de dependencia se considere  la “economía personal” del beneficiario, y no sólo la edad del mismo, parece una decisión acertada en un Estado cada vez más sujeto a compromisos crecientes y con una población en progresivo envejecimiento. A buen seguro no será  la última Ley que, codificando asistencias de cualquier clase, tenga en cuenta ese elemento. 

3. Pelé, Brasil 1970 y el Estado del Bienestar

(escrito en junio de 2008, en plena primera Eurocopa que ganó España)

Estoy, como la gran mayoría de mis conocidos y amigos (el género es a propósito), abducido por la Eurocopa. Lo reconozco. Y en días como hoy, en que la selección de fútbol –ese reducto de cosmovisión ibérica, una vez diluida la mili— se juega el pase de los malditos cuartos, pocas alternativas se me antojan tan seductoras como tomar un par de cañas al mediodía y dejarme arrastrar el resto de la tarde hasta la hora de las conexiones previas, que espero no se demoren demasiado. Como quiera que todos llevamos un primate dentro, sin duda lo que más nos satisface de esas retransmisiones es el trasunto bélico y guerrero que, en estos tiempos decididamente melifluos, acarrean. Las tribus se visten con sus colores de guerra, ondean las banderas al viento y se disponen a la batalla. Incluso con mercenarios de más allá de las limes. El primer torneo del que tengo recuerdos es el Mundial de México 1970, donde jugó la mejor selección de todos los tiempos. Y, cosas de la memoria, aunque lo vi en blanco y negro, lo tengo imantado en technicolor: ay esas camisetas amarillas o azules sin marca deportiva alguna, sin mácula que las ensuciara…El Brasil de 1970, con Pelé, Gerson, Tostao, Rivelinho, Jair etc, era un conjunto técnicamente estratosférico. Y ese Mundial dejó en la retina de millones de aficionados escenas legendarias para la historia del fútbol como la parada de Banks a la picada de cabeza de Pelé; el amago con el cuerpo de éste al portero uruguayo Mazurkiewicz; Beckenbauer jugando la prórroga contra Italia con el brazo en cabestrillo, el gol agónico del alemán Schnellinger etc. Creo que nunca ha vuelto a haber un campeonato con tanta calidad. Sin embargo, la eterna pregunta. ¿Qué haría aquel equipo brasileño jugando contra cualquier selección europea de la actualidad?Casi con toda seguridad perdería por goleada tantos partidos como disputara. Aquel era un fútbol mucho menos exigente en lo físico, de un juego infinitamente más lento, con muchos más espacios en el campo, donde los jugadores disponían de un tiempo, que hoy nos parece infinito, para recibir, controlar y decidir. Era un fútbol mucho más hermoso; más bello. Pero por suerte o  por desgracia, el de hoy es mucho más eficaz.

 También, paseando por otros pagos, es mucho más hermosa una vida en la que la jornada laboral se vaya reduciendo progresivamente de forma que se concilie con la vida familiar –sea esto hoy en día lo que sea–, el ocio, el descanso, y todo lo demás. Ahora bien, en un mundo globalizado, en esta especie de Campeonato Mundial de la Economía que acometemos a diario, ¿es posible jugar, permítame la imagen, con maneras y formas parecidas a las de Brasil 1970 si los equipos con los que competimos se machacan en el gimnasio, hacen pesas, corren como gamos, dan tarascadas a diestro y siniestro y no dan un balón por perdido? ¿Se puede ganar un partido a ritmo de samba, apelando a nuestros regates y gambetas, a nuestro disparo con la zurda o a una  jugada aislada? Confieso mi ignorancia en materia económica, pero cada vez me pregunto más insistentemente si es posible mantener un sistema de garantías sociales en un orbe globalizado donde la gran mayoría de los países las ignora. La reciente ampliación potencial de la jornada laboral a 65 horas parece sugerir que los tiempos dorados del capitalismo de corte renano empiezan a quedar atrás en Europa, y que si hemos de competir con chinos, indios, coreanos y demás, desgraciadamente no nos va a quedar otra que seguir sus pautas. Porque ellos no se muestran muy convencidos de seguir las nuestras. Sí, ya sé, nuestra mayor productividad, el mayor valor añadido de nuestros productos etc…pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Se imaginan –los más viejos– a Pelé o a Rivelinho encimando a sus defensas, bajando a defender constantemente, corriendo como locos los noventa minutos, batallando en el centro del campo, etc? Yo tampoco. Pero hoy no ganarían un partido. Aunque el tiempo y la belleza, ya lo decían los Rollings, estaban de su lado.

Pensiones: ¿el cobrar se va a acabar?

Tacho Rufino | 18 de abril de 2009 a las 16:46

EL Banco de España no es lo que era y, quizá por eso mismo, tiene mayor presencia mediática que nunca. Concretamente, la tiene su vigente gobernador, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, más conocido, hasta ahora, por el acrónimo MAFO (convengamos que no todos podemos presumir de tener un acrónimo público). La metamorfosis de un hombre que, a los ojos de su partido, ha pasado de “MAFO, nuestro tecnócrata de cabecera”, a “Ordóñez, pertinaz neoliberal converso”. El banco central español, decimos, no es lo que era. Hace tiempo que no pinta nada en la política monetaria, función comunitaria que está centralizada en Fráncfort y que rige el equipo de Trichet. 

”Ilustración

Maliciosamente, por eso, podríamos llamarlo el Manco de España, y dispensen la ocurrencia. Dicha pérdida de peso ejecutivo de la institución, paradójicamente, ha supuesto una mayor presencia del gobernador de turno, que se agarra a una de las funciones accesorias para decir lo que piensa delante de micrófonos y cámaras y así “ejercer” más allá de la elaboración de sesudos informes y estudios. Aunque sea estrujando la mano que le dio el cargo, que no es otro que el presidente del Gobierno, el aturdido ZP. Tal función, en principio secundaria, es la de “asesorar al Gobierno”, de quien MAFO es formalmente independiente, a pesar de lo cual un ministro -esta semana, en concreto, Corbacho, titular de Trabajo- puede desautorizarlo públicamente y advertirle que espera “que sea la última vez” que tienen que discrepar. Hablamos, evidentemente, de la sosteniblidad del sistema de pensiones español. No de cualquier cosa: ayer, en una televisión, un hombre de 59 años se mostraba sumamente acongojado, y contaba cómo no ha dejado de cotizar ni un día desde que, a los catorce años, comenzó a trabajar. “Estoy loco por retirarme, y dos años más allá de los 65 serían para mí un calvario; que me discutan la paguita me parece una ofensa y una estafa” (¿piramidal?), dijo este hombre, de perfil tan común. No hay dinero para aguantar mucho tiempo el sistema tal como está concebido, puede ser…, ni tampoco hay derecho, en cualquiera de los sentidos de esta palabra, a decir que el cobrar se va a acabar: los derechos adquiridos deben ser respetados, sobre todo cuando se llega a la llamada edad dorada y el descanso es de ley.

MAFO dice que el sistema “no es sostenible”: nuestra pirámide de población ha echado gran panza, y si hace un tiempo cada pensión la pagaban cinco cotizantes, hoy se calculan en dos, y no hay grandes perspectivas de mejorar ese ratio. Primero, porque no hay suficientes personas en edad de trabajar; segundo, porque el trabajo está en cuarto menguante y el déficit público en cuarto creciente (ojo, no siempre ha sido así ni tampoco lo será siempre); tercero, porque cada vez duramos más, y por tanto el horizonte de pagos a cada “pasivo” se alarga, drenando la caja de la Seguridad Social. La Sostenibilidad -o sea, el equilibrio de los recursos- es cada vez más el nuevo nombre de la Economía del siglo XXI, y así tiene que ser. Dicho lo cual, una cosa es ejercer de pepitogrillo y conciencia del Ejecutivo y otra tirar con pólvora del rey, máxime cuando los demiurgos políticos -Ordóñez, también- predican desde una atalaya bien sustentada por pensiones y planes de pensiones privados de primerísimo orden. Y que no son ajenos a los puestos públicos -públicos- ocupados, y a la maleabilidad de las cajas de ahorro en estos colchones de vejez ventajistas.

A Ordóñez se le ha tildado esta semana de vanidoso, de fanático ideologizado, de apóstol de la catástrofe, de prima donna ávida de presencia pública (paralelamente, y con rictus de responsabilidad, muchos han confesado sottovoce que no dice más que el evangelio). Se ve que se la tienen guardada, particularmente los sindicatos, que están a partir un piñón con el ministro de Trabajo. Más allá de rencores y rencillas, vayamos al corazón de la controversia: el déficit de la Seguridad Social. Descartados los inmigrantes como salvadores de nuestras pensiones futuras, descartado también un boom demográfico que haga que nuestra pirámide poblacional vuelva a ser tal poliedro, y descartado, en suma, un próximo renacimiento económico y del empleo, dudo antes de escribir lo siguiente: ¿por qué la sosteniblidad de las pensiones se basa en que no sale más de lo que entra, mientras hay cargas públicas que suponen una sangría para las arcas públicas con gastos que, además, no son tan justos y necesarios? En tanto que revisamos el sistema de pensiones y el Pacto de Toledo, e ideamos y maduramos incentivos para que la vida laboral se alargue, no hagamos del déficit un tabú. Y menos, un tabú selectivo.

Las pirámides de Madoff y la de las pensiones

Tacho Rufino | 16 de marzo de 2009 a las 18:40

Circula bastante una opinión que identifica al presente y futuro de las pensiones públicas con una estafa piramidal perpetrada por el propio Estado. No podemos negar la pegada de tal argumento: los activos pagamos las pensiones de hoy, pero cuando seamos pasivos receptores de la paguita de jubilación no quedará para tanto mayor jubilado. La forma de nuestra pirámide de población así lo vaticina. En esta hipótesis terrible no suelen aportarse consideraciones de reasignación presupuestaria. Por ejemplo, a bote pronto: reducir el mamotreto público-político, revisar el poliedro autonómico “bola de nieve” o reducir drásticamente el presupuesto de defensa… para poder pagar a quien ha cumplido, a la espera de que la pirámide de población patria pierda barriga. O retrasar la jubliación de acuerdo con la mayor “vida útil laboral” de las personas hoy. Si aduces cosas como éstas, te dirán demagogo. Pero en fin, aparte de las demográficas o de población, las estafas piramidales como la de Madoff -mediante las cuales pagas mucho a los primeros y los segundos, atrayendo a terceros y cuartos y quintos, entre quienes, al final, alguno se quedará con la escoba en la mano o sin silla. Y crack- son delito, mientras que lo otro, quiero pensar, no se hace con afán de lucrarse engañando. Hay quien espera que la crisis mueva a los políticos a una reedición de los Pactos de Toledo, y que este asunto se plantee con visión estatal y compartida. Ojalá.

Si me permiten, aporto un chiste que me ha llegado hoy sobre este asunto. Riámonos mientras podamos…

 

TEXTO:

– Bien Madoff, ¿de dónde sacaste la idea de pagar a los inversores más antiguos con el dinero de los inversores nuevos?

– De la Seguridad Social.