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‘Deutschland über alles’, sí, pero dentro de un orden

Tacho Rufino | 13 de septiembre de 2011 a las 19:02

El magnífico himno alemán, cuya melodía es de Haydn, en algún verso de su penúltima versión proclamaba a “Alemania sobre todo” lo demás (“Deutschland über alles”). Una frase patriótica más, típica de cualquier himno (que tenga letra), aunque en alemán inquieta un poco. Pero no pretende afirmar que Alemania debe estar “sobre todos” los demás. Los alemanes, es cierto, son superiores en estos momentos. Han exportado de forma sobresaliente con el euro caro. También lo han sido en otros, y en no pocas cosas. Y sin duda no carecen de razones para pedir el puesto de manijero de la actual pandilla comunitaria. Pero no se aclaran. Ni parecen querer ver el partido al completo.

Merkel da la de cal ante sus huestes ensoberbecidas por la idea de que Alemania está siendo frenada y abusada por buena parte de Europa, y la de arena cuando debe tratar con sentido común los asuntos comunitarios en las cumbres gubernativas, ya sin necesidad política de inocular el populismo simplificador en vena. Alemania no quiere eurobonos, pero Alemania no quiere perder el euro con que ha ganado más poder económico que nadie. Alemania no quiere reestructurar deudas, a pesar de que la deuda griega, por ejemplo, la asumieron masivamente bancos y fondos de inversión privados alemanes y franceses cuando ya Grecia mostraba señales de reventón inminente: ¿por qué no se comen el impago esas empresas privadas? Porque eso afectaría a toda la Unión muy seriamente, con Alemania a la cabeza. Alemania no quiere adelantar el pago del rescate griego ahora, pero tampoco quiere que Grecia entre definitivamente en bancarrota. Alemania quiere ser líder indiscutible, e incluso con derecho de veto de su Bundestag en los asuntos comunitarios, pero Alemania sería menos Alemania sin la Unión Europea, que tiene unos tratados en vigor que no pueden ser remendados a instancias de una sola parte. En Alemania hablan de crear los Estados Unidos de Europa, pero la Alemania oficial no quiere discutir la renegociación de los tratados de la UE. Merkel debe mandar a callar a sus ministros, que dicen lo que el alemán medio quiere oír porque se ha acostumbrado a una verdad más que discutible, aquélla que dice ellos dan mucho a cambio de casi nada. Pone mucho la pila y la vena del cuello el sentirse superior. Pero la superioridad lo es en lo que lo es, y no da derecho a hacer y deshacer al antojo del tenido por superior en cualquier asunto.

Alemania exige una serie de sacrificios presupuestarios a países como el nuestro, en forma de límites del déficit y la deuda pública, pero Alemania ha sido la campeona del incumplimiento cuando la economía iba aparentemente muy bien (hasta hace tres o cuatro años): hicieron los deberes antes, pero en contra de los criterios establecidos por todos. Mientras, aquí, país europeriférico donde los haya, sí se cumplieron las normas. O sea, que sí, Alemania es el motor de Europa, podemos convenir que sí. Pero sobre cualquier otra consideración –über alles– es el motor de Alemania. Decir que es lo que es a costa de su saldo comercial tremendamente favorable con el resto de la Unión es tan parcial y tendencioso como afirmar lo que muchos dan por verdad de fe en el país del Gran Germano: que Alemania tiene una rémora en Europa, y que esto le da derecho a imponer políticas destinadas únicamente a reducir el peso y la capacidad de acción pública, generando unas masas de desempleados que están por venir a la vuelta de la esquina con estas políticas convertidas en dogmas.

Alemania es cada día más euroescéptica, pero también Grecia, Portugal, Irlanda, España e Italia. Y también, por otros motivos, Finlandia. Y también lo es desde siempre Gran Bretaña, en su nueva forma de la tradicional splendid isolation. El euroescepticismo crece a ritmo acelerado en la propia Europa. La amalgama de estados diversos con el ligante llamado euro funcionó mejor que bien a favor de corriente. Pero funciona nada bien en contra de la corriente. Y el daño de una ruptura o una parálisis negociadora sin fin haría tanto daño a Alemania como a Grecia. Los eurobonos (la materialización de la solidaridad europea, un debate que cada día se parece más al interregional en España centrado en las balanzas fiscales) y una armonización fiscal urgen. Hagan caso a Almunia cuando advierte –sin mencionar a Alemania, pero mencionándola—de que “algunos no se dan cuenta” de que el daño es para todos y no hay ningún culpable exclusivo (desde luego, la golfería presupuestaria griega –que, repetimos, pasó inadvertida a grandes inversores alemanes—es dolosa). Y a Roubini: “Alemania tiene que ayudar, invertir y estimular a la eurozona. No puede quedarse en la profesora que cumple y exige, porque mientras ella exporta y resiste a un euro tan fuerte, las economías más débiles tal vez no vayan a sobrevivir”. Y la arrastrarán de una u otra forma. España, por ejemplo, ha hecho y hace sacrificios que no se traducirán en absoluto en generación de empleo. España hace sacrificios para restaurar la confianza de los mercados. Ayudaría a restaurar tal confianza de dichos mercados financieros la anuencia comunitaria a emitir eurobonos más pronto que tarde. Y eso es cosa de Alemania. No se puede apretar hasta ahogar como la institutriz de la pobre Clara de Heidi, que no recuerdo cómo se llamaba.

Los que más tienen

Tacho Rufino | 22 de agosto de 2009 a las 19:32

(Foto de El País)

 

“El ministro de las carreteras marca el terriotorio de la ministra de Economía nominal”

DIRIGIDA por una cigarra o por una hormiga, la economía de cualquier casa o familia es teóricamente fácil de gestionar. Cuidado, no hablamos de una economía insostenible, en la que los gastos y pagos superan  continuamente a los ingresos y cobros, y que además no tiene acceso al crédito, sea porque uno ya ha consumido su capacidad de endeudarse, sea porque los bancos no prestan ya dinero ni a los antiguos usuarios de la alfombra roja camino del mostrador: “¿Qué tal, Paco? Mira, me vendrían bien cuatro mil eurillos, a ver si podemos hacerlo para el viernes…”. Hoy sonarían las trompetillas y las risas nasales ante tal propuesta, que sólo antes de ayer era de lo más habitual. La economía y la contabilidad del cajón no tienen secreto, decimos: sale lo que entra. Saldrá más de lo que entra si en el cajón hay un contrato de préstamo; saldrá menos de lo que entra si la familia es miradita y su financial management es postguerra style, cuyo lema es “a gastar, poquito”.
 A nivel macro, o sea, de presupuestos del Estado, la cosa no varía mucho, por muchas partidas y rubros que tenga el plan financiero-fiscal de España. Si tenemos menos ingresos que gastos, financiamos los gastos: emitiendo deuda pública, aumentando el déficit presupuestario, o pagando tardísimo. El Gobierno puede y debe acudir a estos recursos, aunque eso suponga echar por tierra años de equilibrio presupuestario: no hay muchas alternativas. Eso sí, debe hacerlo con cuidado de no insuflar demasiado aire a la emergente burbuja de la deuda pública, que viene a ser como una patada a seguir en rugby; a seguir por las generaciones futuras de activos y pensionistas. José Rasputín Blanco, el astuto ministro de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga: España gasta lo mismo que el año pasado y el anterior -o más, teniendo en cuenta las intervenciones públicas en cualquiera de sus formas, incluidos los 420 euros para según qué parado-, pero ingresa menos: menos por impuestos indirectos (se consume menos, y se ingresa mucho menos por ejemplo por IVA), menos por directos (se gana y se intercambia menos). Menos. Las vías para gobernar este caballo loco de la crisis son recortar gastos -que de momento va a ser que no, por mucho canto al sol que se entone con la palabra “austeridad”-… o elevar ingresos por impuestos, ¿de dónde saldrá el dinero si no? Y Pepiño Blanco se ha metido con su naturalidad habitual en los huertos ajenos, en este caso en el de la etérea Elena Salgado, ministra de Economía nominal: “Los que tienen más tendrán que apretarse el cinturón para apoyar las medidas sociales”. No especifica cuánto más hay que tener para ser solidario. El ministro de las carreteras abre la caja de Pandora fiscal, que contiene todos los males y los bienes del mundo presupuestario. Las respuestas no se han hecho esperar. El PP y CiU han desenfundado inemdiatamente, y advierten que tal propuesta no se refrendará en el Parlamento. Javier Arenas, en concreto, ha estado en andaluz exagerado: “Toda subida de impuestos es una agresión brutal al empleo”. Quizá mete en el mismo saco impuestos personales y societarios, no sé. Arenas enunció ayer su plan, que quizá coincida con las recetas del libro de Aznar, que no he tenido tiempo de leer: “Tres grandes recetas: austeridad en las administraciones públicas, reformas profundas  (aquí hizo Arenas una inflexión de voz, también profunda, pero no aclaró eso qué es lo que es) y bajar los impuestos”. De acuerdo sin duda en lo primero -quién le pone el cascabel al gato-; por explicar lo segundo. Lo de la bajada de impuestos, sin embargo, es sencillamente un suicidio. Para quien gobierna, claro está…