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Las agencias de rating y sus primos los fondos

Tacho Rufino | 19 de junio de 2011 a las 11:53

SI uno conoció la Praga del poscomunismo más temprano, y después la ha vuelto a visitar más recientemente, convendrá en cuánta razón tienen los que afirman que, a día de hoy, para viajar lo mejor es un libro. No hace falta sufrir el estabulamiento aeroportuario, el embarque de ganado del low cost, las ubicuas tiendas de souvenir repletas de españoles, ni tampoco los improvisados tablaos de sevillanas en el Puente Carlos. Servidor, por ejemplo -y disculpen la digresión-, no ha estado en Estados Unidos más que haciendo escala. Pero, casi como cualquiera, creo conocer Estados Unidos bastante bien, por propio interés y también porque no puede uno sustraerse a las toneladas de información que provienen del todavía centro del planeta. Y muchas veces me parece un país de sombrerazo.

Ayer, sin ir más lejos, volvimos a tener noticias del pragmatismo y del sentido de la justicia yanqui, tantas veces descarnado y brutal a nuestros europeos ojos: “EEUU estudia denunciar por fraude a las agencias de calificación”, por medio de su comisión nacional de bolsa de valores, la llamada SEC. Por derecho: no es que no nos fiemos de sus ratings de países y empresas; ni siquiera que digamos con razón que son ustedes unas escopetas de feria financieras de primer orden… es que vamos a por ustedes por fraudulentas, por engañar a sabiendas, por tener ocultos intereses en manipular los niveles de confianza de las garantías de países enteros.

Lo de Moody’s o Standard&Poors es algo más que sorprendente. Son responsables, dice la SEC, de decir que era bueno lo que era un caja de bombas; de calificar como canela en rama lo que eran paquetes repletos de menos que nada. Son cómplices necesarios de la debacle financiera global que desencadenó una crisis que a su vez fue detonante de otras más locales, como la inmobiliaria made in Spain. Y sin embargo -abracadabra, más duro el rostro que la rodilla de una cabra-, siguen orientando las inversiones y desinversiones en valores y fondos a lo largo y ancho del inmaterial mundo del comercio financiero. Por ejemplo, el valor del pachucho fondo al que usted aporta mensualmente cincuenta euritos para su plan de pensiones. Por ejemplo, el errático y convulso diferencial que España tiene que pagar por colocar su deuda pública. Sucede, y ahí va la SEC, que las agencias no son independientes de esos fondos: varios fondos participan en ellas. Damos por cierto que, por ejemplo, las subidas y bajadas del interés al que se retribuye la deuda española son una fuente de ingresos rápidos y enormes para quien tiene información privilegiada. “Dale un palito más a España, prima agencia, que voy a hacer un mete y saca de varios millones de rendimiento”. Stop!

Un ‘blues’ triste y caprichoso

Tacho Rufino | 19 de diciembre de 2009 a las 13:10

majestyoftheblues
SENTIRSE miserable no es lo mismo para un inglés o un irlandés que para un español o un colombiano. Mientras que, al confesarlo, los angloparlantes se sienten tristes, los hispanohablantes nos sentimos mezquinos, o alternativamente puede que nos encontremos en la indigencia. A esta disparidad en el significado de un término, fonéticamente casi idéntico en dos idiomas, es a lo que se llama “falso amigo“. Si hablamos de empresa y economía, podemos citar otros judas lingüísticos: Economics no es económicos, sino Economía; advertise nada tiene que ver con advertir, sino con la publicidad; assessment es evaluación y no asesoramiento; un billet es más un cuartel que un billete; una quote es una cita y no una cuota; un billion inglés es mil veces menor que nuestro billón; una commodity, en fin, es una mercancía, sin importar si es cómoda o incómoda. Pues bien, cuando la agencia de calificación Moody’s nos coloca esta semana en lo más alto de su ránking del Misery Index, ello no quiere decir que estemos a punto de volver a la posguerra, a la tiña, al boniato y al estraperlo. Quiere decir que nuestros índices de paro y de déficit fiscal, sumados, dan la cifra más alta de entre otros países: nos siguen de cerca Grecia, Lituania, Letonia y el Reino Unido. Dicho sea de paso, moody, como se llama la agencia en cuestión, significa caprichoso, de humor variable. Qué nombres tan pintorescos tienen estas agencias. Otra de las más famosas, Standard&Poor’s, podría traducirse al español como Normal y Pobre: la semana pasada también lanzó un directo a nuestra credibilidad exterior al amenazar con rebajar nuestra calificación crediticia como país. Curioso resulta también el crédito y el reconocimiento que le damos aún a sus ratings y clasificaciones, a pesar de haberse pasado una década sin enterarse de que estábamos al borde del precipicio, mientras estos acreditadores calificaban como de máxima fiabilidad a Lehman Brothers o a los fondos de inversión que tanto han hecho llorar a muchos ricos hace nada.

Una traducción más atinada de Misery Index -una pena de índice, si su valor es alto- es complicada; mucho me temo que uno de sus creadores, Robert Barro, (en la edición en papel le cambié el nombre por el de Richard Barros, ustedes disculpen)  jugó a ser llamativo e impactante. Sea como sea, el así traducido Índice de Miseria no es un amigo verdadero, porque presupone problemas sociales inminentes si el paro y el déficit fiscal son altos. De hecho, si crece, se puede convertir en un enemigo de cualquier economía. En el caso de España, nuestro déficit público no es superlativo (el británico es mayor, por ejemplo), pero nuestro 20% de desempleo esperado nos hunde en un ránking en el que estar el primero es lo peor. Huelga decir que es sin duda éste -el paro- el problema político y económico más grave de nuestro país, y no digamos de nuestra región. El recién revisado Índice de la Miseria ha causado convulsión en nuestros medios esta semana, y ha obligado a Zapatero a calificar a Moody’s y demás de agencias de rating de entidades con “poca fiabilidad y credibilidad”. Y así deberían de ser consideradas a la vista de sus recientes pifias… Pero no lo son, porque a falta de otras mejores, sus calificaciones siguen siendo el referente global y el baremo para dar crédito o invertir en un país, por no hablar del impacto que tienen sobre ese sutil motor económico llamado “expectativas”. Atrás quedan sus estrepitosos errores de valoración, poco se recuerda que fueron auténticas escopetas de feria. La realidad es que España pierde crédito a marchas forzadas. No sólo el Estado, sino también -y mucho- las autonomías. El ingobernable poliedro político y competencial español se nos pone de frente como un dragón que arroja llamaradas de déficit público por la boca. Pero ése es otro cantar, un cantar triste, un miserable blues.

Seguimos en primera, ¡uff!

Tacho Rufino | 1 de agosto de 2009 a las 16:37

LA calificación crediticia que otorga la agencia Moody’s a España se mantiene, y ésta es una de las buenas noticias económicas de la semana. La combinación de letras que las agencias internacionales de calificación -básicamente, Moody’s y Standard&Poor’s- otorgan a países o a entidades financieras viene a ser como las estrellas de un hotel: se otorgan a partir de ciertos parámetros “objetivos”, y no por todas las características del hotel (país, banco). En cualquier caso, los mejores clientes sólo quieren cinco estrellas, y pagan por ello en busca de seguridad, buen servicio y exclusividad. La conveniencia de que estos oráculos de las finanzas te evalúen alto -o concedan un buen rating con el mayor número de letras A posible- es indudable: millones de inversores y miles de intermediarios basan sus inversiones en dichas calificaciones.

En los tiempos que corren, que un experto global de reconocido prestigio te ponga galones altos es sencillamente vital. Y ello a pesar de los petardazos y fraudes masivos que ciertas entidades estadounidenses con la máxima calificación han perpetrado en los últimos tiempos: esta renovación de nuestro país como un sitio digno de ser prestatario, prestamista o destino de inversiones es un respiro para nuestra consideración mundial como Estado. Zapatero y sus pretorianos económicos y fiscales habrán apretado los puños y proferido un “¡bien!” o quizá un “¡Uff!” al conocer la noticia: seguimos en primera división. Dado el encabronamiento vigente de la política española, no duden de que algunos habrán exclamado, por su parte, un decepcionado “¡Vaya por Dios!”, sobre todo tras el antecedente de Standard&Poor’s, que sí consideró hace seis meses que debíamos descender a Segunda. Más allá de nuestro circo político -dicho sea por los gladiadores contendientes-, Moddy’s nos dice “¡Cuidado!”, y desconfía de la actual forma de gestionar el presupuesto público, y de algunas patadas a seguir de nuestro Ejecutivo, sea en forma de financiación autonómica, sea por nuevas coberturas sociales para desempleados que tienden a crónicos: puro gasto.

Los pilares que Moody’s identifica para darnos un prórroga en nuestra estancia en el parnaso de los fiables son: la construcción de obras públicas -¿a alguien le extraña?-, la apuesta por las energías renovables -la sintonía del Gobierno con los programas de sostenibilidad de Obama son un activo nada desdeñable-, y la fortaleza de nuestra banca (de la privada, no las cajas de ahorro, que están inmersas en una drástica depuración histórica). En este sentido, la pletórica marcha del mascarón de proa de nuestras finanzas, el Banco Santander, ha sido un buen flotador para mantener nuestra consideración patria como probo acreedor y honrado deudor. El banco que Botín comparte con miles de inversores ha publicado datos realmente buenos, también esta semana: enhorabuena a los premiados. Sus márgenes sacan pecho en vez de acongojarse como los de todos. España necesita que la locomotora cántabro-universal no concentre sus negocios fuera, y que también tire del carro del crédito aquí.