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La caída de nuestros dioses

Tacho Rufino | 3 de julio de 2011 a las 11:50

COMO una cuadrilla abandonada en el ruedo por su matador que no puede con el toro; como unos hijos que ven cómo su padre escapa despavorido por la ventana porque hay ladrones en casa; como los anestesiados ciudadanos que asisten a la muerte de quien fue su dictador; como los moradores de un pueblo en el que los miembros de la benemérita se dan de baja por depresión porque los acosan unos maleantes, así se siente uno cuando escucha al presidente de los EEUU decir que su país “puede estar en bancarrota el mes que viene”. “¿Qué va a ser de mí, que soy habitante de un país periférico… ¿Quién va a cuidar de mí?”.

Un amigo de exultante fe liberal me decía que poniendo de patitas en la calle a la mitad de los empleados públicos aflorarían los benéficos efectos “de la libertad”. Antes de ayer leímos a un articulista de esta casa, Rafael Rodríguez Prieto, aportar un dato incontestable: “La historia demuestra que el liberalismo [esencialmente, el financiero] resuelve sus crisis con el totalitarismo”.

Al descubrir, por boca del mismísimo Obama, la debilidad del tenido por gigante protector, uno siente, por un lado, el frommiano miedo a la libertad, tan ligado al autoritarismo, y, por otro, el viscontiano miedo a la emergencia del totalitarismo tras la caída de los dioses. La libertad, gran palabra, cuya dimensión mengua cuando se presenta como un derecho formal que uno no ejerce más que de manera arrastrada, dependiente de la libertad -esa sí- de quienes mantienen información decisiva y parcelas de poder cada vez mayores: las crisis, no nos cansaremos de repetirlo, acentúan las brechas de desigualdad. Y la desigualdad extrema unida a la desprotección y desesperación de mucha gente son el caldo de cultivo para la contestación; sea contestación a la griega, sea indignación a la francoespañola, sea la que sea: el agua siempre busca su salida. Y admitamos que el agua está creciendo a nuestro alrededor.

Cada vez que veo en la estantería El mundo de ayer, el testamento de Stefan Zweig, siento la tentación de releer algunos pasajes. Pero es tan descarnada la similitud entre la ceguera y tibieza política del periodo entreguerras en Europa y el que ahora vivimos peligrosamente, que uno prefiere a veces no seguir adelante. El cuadro sintomático -no nos hundamos, pero la toma de conciencia de los peligros es la única vía para afrontarlos con mínima preparación- se completa con un Obama que dice que, o le dejan endeudarse más, o deja de pagar sus facturas y otros compromisos (si esto lo dice Papandreu, le queda de lo más propio). Si el dueño del cortijo no puede pagar, no te digo qué va a pasarle a su conocedor, a su guardés y a sus braceros. ¿Pretenderá confiar su futuro EEUU al lema del billete de one dollar, el solemne y providencial “En Dios confiamos”?

Un mundo ya de ayer

Tacho Rufino | 7 de febrero de 2009 a las 16:39

HACE un par de años, tras la recomendación de Carlos Colón en una de sus columnas diarias, me hice con un ejemplar de El mundo de ayer, la autobiografía de Stefan Zweig, reeditada con esmero por El Acantilado. Este libro -cómo llamarlo- maravilloso, su último libro, vio la luz después del suicidio del escritor austriaco en 1942 en Brasil, adonde se había retirado y desde donde asistió, sin poder soportarlo, a una nueva escalada de crueldad humana, que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. Los dos convulsos periodos prebélicos que vivió Zweig fueron demasiado para su exquisito y clarividente espíritu, que ya había descontado una vida apasionante, ora distinguida y aburguesada, ora perseguida y humillada. Mi deuda -aún pendiente- con Zweig databa de una infancia en la que una costeada edición de sus biografías pasó año tras año en una estantería del salón familiar, sin demasiado éxito de público, segura y somnolienta en su firme anaquel. En cierto modo, una metáfora de cualesquiera tiempos felices. Recuperemos una frase de esta obra: “Las catástrofes que pudiesen ocurrir en el exterior no atravesaban las paredes bien revestidas de la vida asegurada. Descartando suicidios y aun muertes, y dudando sobre lo ajustado de trasladar la palabra “catástrofe” a la situación que atravesamos, sí parece justo afirmar que nuestro mundo está amenazado, amenaza descubierta de forma repentina y todavía no digerida.

Muchas cosas van a cambiar; no todas para bien. Las seguridades de desvanecen. Asistimos a una quiebra de certezas en lo económico que se trasladan a otros ámbitos. Catarsis y purificación, pero también desazonadora incertidumbre. Debemos creer que en este giro copernicano de pautas en las actividades y relaciones mundiales hay oportunidades de mejorar las cosas, o al menos de evitar las tendencias míster Hyde que están destrozando el medio y la convivencia de las personas. África y la pobreza extrema; la producción y el uso de la energía y el agua; las migraciones; la violencia creciente de alto y bajo perfil; la educación de nuestros niños; la búsqueda de un modelo de crecimiento posible y sostenible; la imposibilidad de ampliar la holgura material occidental a chinos, indios, brasileños u otros habitantes de países económicamente emergentes; la radicalización y el odio religioso.

Si cerramos el foco, la xenofobia crece en España de la mano del miedo al futuro. En real convergencia con Europa, más pronto que tarde surgirá una ultraderecha de corte populista en nuestro país -quizá con sus lugareñas versiones autonómicas-, que no sólo provendrá de la derecha radical que habita silente en el PP, sino en capas de votantes del PSOE y otra izquierda que se ven desposeídas de trabajo y de perspectivas. Los índices apuntarán al negro, al moro, al sudaca. Ligado a este atajo intelectual, tan peligroso como común, están hechos como los de esta semana: comandos de asalto rumanos (alternativamente, sicarios colombianos, mafias rusas o kosovares sin piedad) desvalijan por la fuerza casas por toda la geografía nacional. Importamos los mejores futbolistas, y también chorizos con palmarés de champions. Coartadas perfectas para el odio racial, ante el que es difícil mantenerse firmes dado lo fácil y natural que es odiar “al otro”.

Pero hay algunas luces, y no se trata de voluntarismo de buen cristiano o de profesional de la esperanza. Menciono un ejemplo bajando la pelota al suelo: la construcción en Andalucía sí parece haber tocado fondo. Ese ascensor en caída libre sí parece no correr riesgo de un nuevo arreón hacia abajo. Una necesaria depuración de un sector en el que abundaban médicos, abogados, entrenadores de fútbol o cantaores de bulerías, metidos a promotores y constructores al olor de la rica miel y del préstamo gratis. Las cosas vuelven a su ser, que ya es algo. Aun así, en lo económico y en todo lo demás, el mundo que conocemos es ya un mundo de ayer.