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Los salarios menguan, los precios suben

Tacho Rufino | 27 de junio de 2012 a las 12:15

De nuevo traemos a colación aquí el estupor –e incluso el desprecio o recochineo de los economistas más ‘ortodoxos’– que creó Paul Krugman en una conferencia que pronunció en la sede de la CEA hace algo más de tres años, unos tiempos intermedios en los que todavía se llamaba agoreros, indocumentados e incluso antipatriotas a quienes afirmaban que España estaba ya caída y que se veía abocada a revolcarse por el fango. Entonces, Krugman afirmó que España, en el mejor de los escenarios, iba a sufrir una profunda crisis de actividad económica, crisis fiscal y alto desempleo entre 5 y 7 años. Y además dijo que ello iría aparejado a una necesaria contracción de los salarios y los precios de un orden mínimo del 15%. Yo no sé usted, pero lo de los salarios ya se ha producido para muchísimos españoles. Y –sin disponer de datos precisos– es seguro que la renta salarial media del país ha se ha contraído más incluso de ese 15%. Si hablo por mí, en efecto, sí. Lo que no se ha producido paralelamente es el descenso de los precios. Dejemos de lado la vivienda, puesto que el de la vivienda se ha convertido en un “no mercado”, es decir, una gran oferta y una demanda casi nula. Los precios teóricos y los que se ofrecen sí han bajado muchísimo –un 40%, dependiendo del tipo de inmueble–, pero nadie compra casas, o casi. El resto de precios no baja en paralelo a los salarios. Con la inminente subida del IVA, subirán. Aquellos que puedan subirlos sin desplomarse la demanda del bien o servicio del que se trate. Por ejemplo, los bienes y servicios más necesarios sí subirán, ayudando al empobrecimiento relativo de los consumidores y usuarios. La inminente subida del precio de la luz es un ejemplo. El precio de los carburantes, otro. El recortazo de los medicamentos, otro. En general, los impuestos suben. Si los precios se ajustaran al descenso de los salarios, la caída del poder adquisitivo de las familias se vería limitada a aquellos bienes que provienen del exterior. Pero no es así. Los bienes interiores tendrán mayor gravamen y subisidios de precios políticos. A contraerse tocan. A seguir haciéndolo, queremos decir. La ecuación “menor salario + mayores impuestos” arroja el resultado de menor renta disponible, mayor pobreza. Sobre todo si las políticas de estímulo público comunitarias –España sola no puede– se quedan en meras declaraciones.

Hechos a cualquier cosa

Tacho Rufino | 31 de octubre de 2011 a las 14:26

(Publicado el sábado pasado en El poliedro en los periódicos de Joly)

ESTAMOS curados de espanto, y la semana ha sido espantosa aunque ya no nos afecten mucho las noticias de economía-ficción. Veamos algunos ejemplos. Al día siguiente del acuerdo comunitario sobre la quita del 50% de la deuda soberana de Grecia y el doloroso palo a la banca -a la pata negra, además-, la periodista del telediario habitual en la bolsa de Madrid no cabía en sí de gozo, y exclamaba cual Sara Carbonero al terminar la final de Sudáfrica: “¡Esto es una fiesta; las acciones de Santander han subido un 8% en un momento, la gente está exultante!”. Faltaba ver a los brokers abriendo botellas de champaña rosé: “¡Merkel ha abierto el Mar Rojo! ¡Pasemos los bolsistas a la tierra prometida!”. Es posible, vaya usted a saber, que este acuerdo y estas medidas adoptadas por el Eurogrupo marquen un camino de estabilidad. Pero, ¿a qué viene tanta euforia, cuando en unos días habrá rebotes técnicos -cualquiera se llama técnico hoy- y altibajos jugosos para unos invisibles pocos? Este descreimiento, dicho sea de paso, no es cosa de irredentos antisistema: es cada día más habitual, incluido en gente acaudalada a quien han abierto los ojos sus propios gestores y el adelgazamiento de su patrimonio.

Otro ejemplo de noticia lisérgica -que, sin embargo, no ha puesto a nadie los ojos como si viera a Lucy in the sky with diamonds- es el acuerdo que se ha producido entre el Estado italiano y sus evasores fiscales de postín para que éstos, bajo la promesa de no ser enchironados ni perderlo todo, repatríen sus capitales desde sus paraísos fiscales y dejen una mordidita legal para el país que los vio nacer y les permitió labrarse su huidiza fortuna. Éstas son buenas noticias: en vez de subir impuestos a los de siempre -o alos de nunca, de forma testimonial y politicona-, se recuperan impuestos evaporados. Una forma hasta hoy muy ignorada de equilibrar en algo los presupuestos públicos. ¡Se podía, sí, se podía!

Un tercer suceso acaecido esta semana que hubiera hecho que las redacciones de periódicos económicos hubieran enfebrecido sólo hace tres años es el anuncio de Merkel de que “los impuestos van a subir en Alemania, y muchos otros países deberían hacer lo mismo”. Mientras aquí hacemos política fiscal de plástico y promesa electoral, la canciller alemana aplica la lógica: danke, Angela. Por estos pagos, unos hablan de gravar “a los ricos”, sin que nunca antes y pudiendo lo hayan hecho, ni decir cómo se mata esa rata; otros hablan de rebajar el muy puenteado y de por sí devaluado Impuesto de Sociedades. Pero el círculo no lo cuadra nadie. La presión fiscal -no este impuesto o aquel otro- subirá en todos los países de la Eurozona. Particularmente, España está bastante por debajo en presión fiscal (porcentaje de impuestos y cotizaciones sociales con respecto al PIB) de la media europea. Será el IVA, será el IBI, serán las multas, será una escala plana de IRPF, o serán de nuevo los asalariados quienes pagarán más… será lo que será, pero los impuestos subirán. Nadie -ni los ganaturi que ya te saludan- se va a tirar a la piscina y va a dejar de ingresar en la Hacienda pública lo que todavía entra, con la esperanza de que la economía se dinamice y el dinero más libre se vuelva productivo y empleador. Merkel, una liberal conservadora de un país económicamente sano y rey exportador dice que los impuestos se suben porque la situación lo exige. Únicamente podando no se arregla todo por mucho que el desconcierto propicie y justifique todo tijeretazo: al contrario.

No queda espacio [esto se publicó en papel] para comentar el gran varapalo del que pasaba por ser el más sólido sistema financiero bajo el sol, o casi. Nuestro gozo en un pozo. Sólo un detalle: la naturalidad y hasta mansedumbre con que González y Botín han aceptado ser señalados entre los más necesitados del universo bancario comunitario. “Bueno, no tendremos problemas, en junio de 2012 hemos cumplido con el core capital y con lo que haga falta. Con el tacón”, han venido a decir el propio gran jefe del BBVA y el inhabilitado Sáenz. Se queda uno mucho más tranquilo.

Lustros de reciedumbre y sobriedad

Tacho Rufino | 9 de abril de 2011 a las 20:36

LA palabra lustro suena a gracia de tebeo antiguo, a carca de Mingote. Pega que sea pronunciada por un señor de aspecto decimonónico, con bigote recortado y atuendo severo. El vigente ministro de Trabajo -vaya papelón- tiene bigote y además se llama Valeriano, un nombre también algo en desuso. Ni él ni su bigote parecen pasados de moda, pero sí ha tirado de lustros para advertirnos de que el actualizar se va a acabar. “España encara un largo periodo de contención y sensatez salarial, porque no estamos en condiciones de financiar una espiral salarial en los próximos lustros”. De cuántos periodos de cinco años hablará el ministro Gómez. Cuando el presidente en vías de extinción decidió darse cuenta de la situación y se puso churchilliano (“sangre, sudor y lágrimas” por delante), dejó pendiente el cronograma de nuestra travesía del desierto a Valeriano Gómez, que ya avisa de que la cosa va para largo. Que la competitividad de nuestros productos y servicios va en ello, en olvidarse de indiciar la subida de salarios a la inflación. No en hacer las cosas mejor, sino en hacerlo igual por menos dinero. No paramos de recordar aquella profecía técnica de Paul Krugman, hace tres años en la sede de la CEA: “El camino de la salida de la crisis para España será extremadamente doloroso (…) los salarios y los precios en España son insostenibles, y no son compatibles con su realidad económica (…) asistiremos a una deflación del 15%”. De momento, la deflación de los salarios va en camino, a buen ritmo. Y hay lustros por delante.

En su oráculo, el ministro de Trabajo menciona la incapacidad de financiar periódicas subidas de salarios, y seguramente está pensando en la gran masa salarial pública, en ese “Capítulo 1″ que tanto pesa ante la contracción de los impuestos que merma los ingresos públicos. Habla de espiral y de inflación, y en esas estamos. Pero en esto también lo tenemos peor que la Europa más próspera, la que crece al tres y pico anual. Para ese envidiable ritmo de crecimiento, por ejemplo alemán, la inflación es más dañina que para la atonía española, que crece imperceptiblemente y sin repercusión alguna en el empleo. Por eso, Trichet nos ha tenido jueves tras jueves en vilo con la cantada (y descontada desde hace tiempo por el Euríbor) subida del tipo de interés oficial del BCE. Y este jueves ha apretado el cinturón un cuartillo, 0,25%. Spain is different, y va a contracorriente. O quizá arrastrada por la corriente. Mientras que la subida es higiénica para los sanos, es perjudicial para los renqueantes, para quienes tenemos en la deuda privada de familias y empresas el gran talón de Aquiles, para quienes verán aumentar la carga hipotecaria en varios cientos de euros anuales, para quienes necesitamos que el consumo no siga languideciendo. Para España, vaya.

El jueves escuché a una representante del PSOE andaluz atribuir a su partido el Estado del Bienestar, sin más matiz. De nuevo nos toca acostumbrarnos unas semanas a la prosopopeya incontinente, lo asumimos democráticamente, pero hay mucha ignorancia en esa afirmación, porque no hace falta llevar las flechas de mi haz bordadas para recordar cuándo nace la Seguridad Social (¿han pensado alguna vez en este nombre?). Y la Seguridad Social es el pilar indiscutible del Estado del bienestar. También es herencia laboral del pasado franquista -ocho lustros de pasado- una buena dosis del espíritu hiperprotector del Estatuto de los Trabajadores. Ahora no queda más remedio que consensuar la contención salarial, de acuerdo. Y para ello, las cláusulas de revisión automáticas deben ser revisadas. También toca pagar más intereses por la misma deuda para una inflación que no es nuestra guerra, porque la subida del interés oficial de esta semana va unida al consabido “no descartamos ulteriores incrementos”. No queda sino subir los impuestos, y una forma indirecta de practicar tal propósito: penalizar a quienes funcionan en la economía sumergida y a la vez trincan (eso es trincar, no cobrar) prestaciones públicas. Ah, hay una alternativa: no subir los impuestos… y desmontar definitivamente el lego -para los castizos, Exin castillos- del Estado no ya del bienestar, sino de la protección social.

PD: La expresión “reciedumbre y sobriedad” la tomo prestada de mi memoria escolar. En mi colegio, una expresión moralizante o aleccionadora figuraba durante al menos toda una semana en la pizarra. A esta frase simbólica la llamábamos “la consigna”. La primera consigna que recuerdo, tendría yo siete años, era precisamente esa: reciedumbre y sobriedad. No hace lustros ni nada… Pero ahí está, en mi memoria, perenne (más que en mi comportamiento, la verdad…).

Que paguen más quienes más pagan: era de prever

Tacho Rufino | 3 de junio de 2010 a las 11:35

El apretón de mala conciencia y la necesidad de darse una manita de maquillaje “de izquierdas”, tras el repentino plan de ajuste, llevó al Gobierno a prometer que iban a gravar más las rentas  y/o patrimonios de los ricos-ricos: no sólo tocaremos el gasto (recortando salarios públicos, congelando pensiones, dinamitando la inversión pública de Fomento…), sino  también tocaremos los ingresos, subiendo los impuestos a quienes más ganan. Al final, como era previsible, se subirán los impuestos a quienes más impuestos ya pagan, que no son los mismos que los más ricos, cuyas estructuras patrimoniales y fiscales resisten carros y carretas, borran los rastros como no lo haría ni un avezado sioux y son demasiado difíciles de detectar y pillar para nuestra Agencia Tributaria. El truco ha estado en que no ha sido Zapatero (el Gobierno central) el malo en esta película, sino que ha transferido el marrón a sus comunidades autónomas afectas, Cataluña por delante. Se veía venir. Un Ejecutivo que siempre ha ido a lo fácil a favor de corriente no se va a complicar la vida precisamente ahora.

Los que más tienen

Tacho Rufino | 22 de agosto de 2009 a las 19:32

(Foto de El País)

 

“El ministro de las carreteras marca el terriotorio de la ministra de Economía nominal”

DIRIGIDA por una cigarra o por una hormiga, la economía de cualquier casa o familia es teóricamente fácil de gestionar. Cuidado, no hablamos de una economía insostenible, en la que los gastos y pagos superan  continuamente a los ingresos y cobros, y que además no tiene acceso al crédito, sea porque uno ya ha consumido su capacidad de endeudarse, sea porque los bancos no prestan ya dinero ni a los antiguos usuarios de la alfombra roja camino del mostrador: “¿Qué tal, Paco? Mira, me vendrían bien cuatro mil eurillos, a ver si podemos hacerlo para el viernes…”. Hoy sonarían las trompetillas y las risas nasales ante tal propuesta, que sólo antes de ayer era de lo más habitual. La economía y la contabilidad del cajón no tienen secreto, decimos: sale lo que entra. Saldrá más de lo que entra si en el cajón hay un contrato de préstamo; saldrá menos de lo que entra si la familia es miradita y su financial management es postguerra style, cuyo lema es “a gastar, poquito”.
 A nivel macro, o sea, de presupuestos del Estado, la cosa no varía mucho, por muchas partidas y rubros que tenga el plan financiero-fiscal de España. Si tenemos menos ingresos que gastos, financiamos los gastos: emitiendo deuda pública, aumentando el déficit presupuestario, o pagando tardísimo. El Gobierno puede y debe acudir a estos recursos, aunque eso suponga echar por tierra años de equilibrio presupuestario: no hay muchas alternativas. Eso sí, debe hacerlo con cuidado de no insuflar demasiado aire a la emergente burbuja de la deuda pública, que viene a ser como una patada a seguir en rugby; a seguir por las generaciones futuras de activos y pensionistas. José Rasputín Blanco, el astuto ministro de Fomento, ha puesto el dedo en la llaga: España gasta lo mismo que el año pasado y el anterior -o más, teniendo en cuenta las intervenciones públicas en cualquiera de sus formas, incluidos los 420 euros para según qué parado-, pero ingresa menos: menos por impuestos indirectos (se consume menos, y se ingresa mucho menos por ejemplo por IVA), menos por directos (se gana y se intercambia menos). Menos. Las vías para gobernar este caballo loco de la crisis son recortar gastos -que de momento va a ser que no, por mucho canto al sol que se entone con la palabra “austeridad”-… o elevar ingresos por impuestos, ¿de dónde saldrá el dinero si no? Y Pepiño Blanco se ha metido con su naturalidad habitual en los huertos ajenos, en este caso en el de la etérea Elena Salgado, ministra de Economía nominal: “Los que tienen más tendrán que apretarse el cinturón para apoyar las medidas sociales”. No especifica cuánto más hay que tener para ser solidario. El ministro de las carreteras abre la caja de Pandora fiscal, que contiene todos los males y los bienes del mundo presupuestario. Las respuestas no se han hecho esperar. El PP y CiU han desenfundado inemdiatamente, y advierten que tal propuesta no se refrendará en el Parlamento. Javier Arenas, en concreto, ha estado en andaluz exagerado: “Toda subida de impuestos es una agresión brutal al empleo”. Quizá mete en el mismo saco impuestos personales y societarios, no sé. Arenas enunció ayer su plan, que quizá coincida con las recetas del libro de Aznar, que no he tenido tiempo de leer: “Tres grandes recetas: austeridad en las administraciones públicas, reformas profundas  (aquí hizo Arenas una inflexión de voz, también profunda, pero no aclaró eso qué es lo que es) y bajar los impuestos”. De acuerdo sin duda en lo primero -quién le pone el cascabel al gato-; por explicar lo segundo. Lo de la bajada de impuestos, sin embargo, es sencillamente un suicidio. Para quien gobierna, claro está…