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Las películas de la crisis

Tacho Rufino | 9 de enero de 2012 a las 16:08

Yo suelo ir a un cine relativamente poco frecuentado de mi ciudad, tan es así que me he vuelto maniático y me desagrada sobremanera ir a otro, cosa que hago de vez en cuando en razón de mi condición de padre (aunque creo que esa obligación de acompañante se me ha acabado. Tras habérmelo hecho saber con más o menos delicadeza mis hijas, ya sé que sobro). Las instalaciones de mi Cinema Paradiso están algo desvencijadas. Me resisto a llamarlas obsoletas, porque obsoleto es lo que ya no da buen uso, y este cine lo da, y mucho. No se encuentra en un centro comercial donde hay cervecerías, hamburgueserías, tiendas de moda y escaleras mecánicas (tampoco suele haber colas para sacar entradas, ni pandillas de adolescentes), pero da cine del mejor, de cualquier procedencia y a veces completamente ajeno a ningún verdadero sentido comercial… lo cual implica el riesgo de engullir de vez en cuando pestiños francamente intragables, eso sí.

Es seguramente en una sala semidesierta ante una enorme pantalla y muchos vatios de sonido donde me siento más aislado y –por así decirlo– protegido, una sensación comparable a la de nadar en una piscina solitaria, acompañado sólo por el color azul y tu propia respiración. Ir solo a un cine donde hay pocas butacas ocupadas puede estimular tu perspicacia y restaurarte la serenidad perdida. En estos días de Navidad –unos, entrañables; otros, espantosos–, he visto varias películas. Advirtiendo de antemano que suelo ser muy indulgente con las películas que veo en las condiciones descritas, todas ellas me han parecido como mínimo muy buenas. The Artist es quizá lo mejor que vi en 2011; Drive, no apta para espíritus incompatibles con la brutalidad realista del asesinato, me la imagino como película de culto en pocos años; Le Havre –tan sencilla– se ve como quien bebe un excelente vino con sorbos espaciados, y te reconcilia con el mundo hasta nueva orden; El topo me devolvió a un John Hurt magistral, me requeteconfirmó a un Gary Oldman a quien pocos adjetivos harían justicia y me deleitó con la tremenda música de Alberto Iglesias, aunque yo me lío mucho con las pelis de espionaje; Un método peligroso debe de ser un gran film, y algo de eso me pareció atisbar entre la supina modorra que me invadió en la sala tras un copioso aperitivo y una decisión insensata y voluntarista de meterme en el cine. En fin, estas Navidades he invertido, que no gastado, un dinerito en ver eplículas… nada comparado con cualquier tarjetazo perpetrado con el agua de los plazos de regalo al cuello y los stocks tecnológicos de las tiendas por los suelos (me explico: comprar un iPad2 por 600 del ala ha sido posible sólo a cambio de una promesa de suministro por parte de un comercio asombrosamente desabastecido. Los dispositivos tecnológicos no están en crisis, sino al contrario).

Aunque soy un crítico muy blandengue –quizá porque, como digo, suelo ir a un sitio especializado en canela en rama del celuloide— y un entendidillo aunque sólo sea por la cantidad de películas vistas, me he reservado un tema para un artículo del próximo Anuario de Andalucía que publica el Grupo Joly desde hace unos diez años: la crisis en el cine. No sólo Inside Job o Margin Call son las obras que deberé repasar para inspirarme, porque hay bastantes más que han surgido del desastre económico al que asistimos. Es un trabajo que me gusta porque me reportará beneficios múltiples en forma de placer y conocimiento. Bastante placer y algo de conocimiento, espero. Además, voy a solicitar al director del Anuario, Curro Ferraro, que mi artículo suba de Primera a División de Honor, y se coloque en la sección de Cultura del Anuario y no en la de Economía. A qué negarlo, eso me hace muchísima ilusión también. Y que no se molesten los economistas ni me llamen intruso los culturetas o críticos de cine. Salvo quizá para la verdadera investigación, los compartimentos estancos en el conocimiento son espacios de vicio y vanidad y, tantas veces de plúmbeo castigo al lector curioso pero no experto.

The End. Por ahora.

Busquemos el claqué

Tacho Rufino | 23 de diciembre de 2011 a las 12:15

Nutrir a un blog es una actividad de mantenimiento neuronal que acaba por condicionar tu forma de conocer las cosas, de forma que, cuando uno le coge el gusto, casi cualquier cosa que sucede a tu alrededor puede ser filtrada en las claves del blog. En este caso, la economía razonable y para todos los públicos. Hace unos días vi The Artist, una película maravillosa de la cual Carlos Colón hizo una de sus habituales críticas impagables. No osaré penetrar en esos terrenos de especialista, por mucho que cualquier cinéfilo con cierta experiencia –o sea, años viendo pelis— tiene su criterio. Pero sí contaré qué esqueleto vi yo en la película, qué otra película creí descubrir tras la más evidente, probablemente como producto de mi empecinamiento en ponerme las gafas de comentarista económico (suena feo el oficio, pero tras un rato de duda no he encontrado mejor ni más cierta denominación). La sinopsis de la historia es: chico estrella del cine mudo se topa con chica que se busca la vida, y de esa misma forma azarosa le da la oportunidad de entrar en el mundo del celuloide. El destino quiere que la chica (Peppy Miller: para caer rendido a sus pies todas las mañanas) triunfe de forma fulgurante, ya en el cine sonoro –que desbanca traumáticamente y condena al olvido al cine mudo–, mientras el declive y la caída personal de él (George Valentine, rutilante y solar hasta en los malos momentos) están servidos. La cosa es que yo desconocía que todo el proceso de cambio de paradigma en la industria se produce paralelamente al hinchazón económico y caída que se da en los felices años 20 y el crash económico de 1929. ¿Les suena?

Una industria y una forma de vida que, del éxtasis y la exuberancia, mutó en un nuevo estado de las cosas, tras un bombazo económico que dinamitó no sólo la fortuna de muchos (como George Valentine o Europa), sino que también cambió la forma de hacer las cosas y la de relacionarse entre las personas, y aupó al mando económico a antiguos pobres (como Peppy Miller o China e India). Un alud sobrevenido que obligó a las personas, a las empresas y a los países a reciclarse para evita morir en vida. Con la ayuda secreta de Peppy, George sortea la muerte tras intentar suicidarse, y acaba entrando en la vereda nueva de la que él se mofaba y después renegaba. Para ello, tuvo que reinventarse como bailarín de claqué. ¿Cuál será nuestro claqué, la fórmula de vida que nos permita adaptarnos al nuevo mundo que ha venido para quedarse? Ojalá una gran Peppy Miller solidaria y fraternal –un espíritu de muchos que no sólo se miren el ombligo– nos ayude a encontrar un equilibrio nuevo, distinto pero no peor. Ustedes sean indulgentes con la probable ingenuidad, pero es Navidad y toca soñar y desear, aunque uno no sea muy soñador que digamos.