¿Quién da la vez? » Trichet

Archivos para el tag ‘Trichet’

Un dragón pulcro y jesuítico

Tacho Rufino | 6 de noviembre de 2011 a las 15:07

SU apellido puede traducirse como “dragones” y, aunque algunas decisiones suyas han despedido efluvios pestilentes y sulfurosos, él ha conseguido no despeinarse y labrarse una imagen de tecnócrata algo curil. Podría pasar por el hermano esbelto de Florentino Pérez, no en balde fue jugador de baloncesto -también bastante invisible- y conoce el Mont Blanc como la palma de la mano. Lo suyo, de hecho, es escalar: ascender sin prisa pero sin pausa. Fue un discreto número uno en la Universidad La Sapienza, de donde partió para doctorarse con Solow y con su compatriota y también nobel Franco Modigliani en el MITde Boston. Antes, estudió en el Instituto Massimo de los jesuitas, también en Roma, donde pasaba la solución de los exámenes a Luca Cordero di Montezzemolo (con ese nombre hay que ser alguien, por ejemplo presidente de la Ferrari). Según el ex presidente de la República Scalfaro, el hasta ahora gobernador del banco central italiano, y ya nuevo presidente del Banco Central Europeo (BCE) en sustitución de Trichet, “no tiene el aire de un funcionario de la administración pública sino de un yuppie, sólo que los yuppies tienen como objetivo la riqueza, mientras que Draghi mide el éxito en función del poder que él administra”. No sé si se puede ser yuppie y sacerdotal al mismo tiempo pero, sin duda, Scalfaro tenía razón: Mario Draghi ha conseguido escalar a sus improbables 64 años hasta la cumbre estratégica que -junto con otras pocas- más poder público administra en el mundo. Él es el manijero del euro y los tipos de interés, el albacea de la política monetaria de la hoy histérica y empanicada Unión Europea.

Un italiano en Fráncfort, un jefe periférico en la residencia del inestable hijo del marco, el euro (pronúnciese “oijo”, como lo pronuncia su maternal defensora Angela Merkel). A no pocos alemanes les ha temblado el labio de soberbia al conocer el nombramiento -que estaba cantado, por otra parte-; Salgado dice estar encantadita. Ahora, a él le toca encontrar el equilibrio entre contener la inflación que corroería el poder adquisitivo de 600 millones de europeos si los tipos son altos o, alternativamente, bajarlos para que la carga de los créditos de esos europeos no se coma su salario, y además alentar así el flujo del crédito y reverdecer el consumo. Nada más llegar, Draghi ha optado por lo segundo en contra del núcleo duro de los expertos: le encanta caer bien, aunque sea contradiciendo a los brujos monetarios.

[caption id=”attachment_4750″ align=”alignnone” width=”150″ caption=”Giacomo. El hijo

”Mario

 

Todos tenemos un pasado, y Draghi también. Marcando el paso a su hijo, actualmente ejecutivo de Morgan Stanley en Londres (qué buena suerte, junior, y qué listo quien te fichó), Draghi fue máximo ejecutivo de Goldman Sachs en Europa. Giacomo, que así se llama el hijo, tendrá que soportar que todo el mundo piense que un chivatacillo de papá en una cena familiar cualquiera -“en un mes subo un cuartillo, hijo”- puede ocasionarle pelotazos rigurosos a sus inversores, y de paso pingües comisiones a él mismo. El joven, por cierto, ostenta el cargo de vicepresidente trader en tipos de interés… Esto es ser mal pensado, desde luego, pero no lo es tanto recordar que el nuevo presidente del BCE, cuando estuvo en Goldman Sachs, asesoró directamente al gobierno conservador de Karamanlis, ruinoso antecesor de Papandreu. Draghi trabajó como consultor -galáctico, pero consultor- para Grecia, la Grecia que falseó fatalmente sus cuentas para poder entrar en el euro, y puede que así llevarlo a su destrucción. Draghi tiene un borrón importante en su expediente. No se puede uno fiar ni de un cura. Ni del propio padre siquiera. Bueno, Giacomo quizá sí pueda.

‘Trichetatops’ embiste en la periferia

Tacho Rufino | 9 de julio de 2011 a las 14:55

NO puede uno dejar de recordar de nuevo una máxima de la gestión de tesorería cubana, que hoy -quién lo iba a decir- es de aplicación en las empresas privadas y públicas de nuestro país, por no hablar de un creciente número de familias: “Por el dinero no te preocupes, que dinero no hay”. El desfase de caja, algo natural en el devenir de las organizaciones porque pagan y cobran a ritmos distintos, se cubría de forma generalizada con pólizas de crédito tan ricamente hace cuatro o más años (O tempora, o mores: hubo un tiempo no muy lejano en que las empresas invertían puntas de caja superavitarias en letras y pagarés del Tesoro la mar de bien remunerados). Pero el crédito que deben dar los bancos -por ser consustancial a su negocio y por ser su función social- está parado cual caballo de retratista. Los bancos juegan hoy a captar depósitos y, paralelamente, a no dar crédito. Es decir, juegan con una sola mano. Tienen sus razones -la vigente crisis de la deuda; el susto del mundo con España, inducido en parte por las calificadoras de riesgo, y la reorganización del sector bancario nacional-, pero no deja de ser dejación de funciones. Lo mala queestá La Cosa -ese monstruo de película cotidiano-, en fin, es la coartada perfecta para que no sólo quienes pasan dificultades, sino también quienes no las pasan tanto, alarguen sus periodos de pago, creando problemas no ya de liquidez, sino de supervivencia, sobre todo a los más pequeños.

También los ayuntamientos lloran: “No tenemos un puto duro”, le dice Esperanza Aguirre a Gallardón, confiada de nuevo en que está off the record. Se la entiende bien. Puede que a la aguerrida Aguirre le guste decir tacos, y hasta los profiera con fundamento, y parece que no se lleva bien con los traicioneros micrófonos, pero el mensaje es claro: no hay dinero en la caja. Como todos se retrasan en pagar, nadie tiene la liquidez asegurada más allá de tres palmos financieros. Gallardón le responde entre sonrisas de plástico para flash: “Nosotros tampoco”. La estrategia del alcalde -él, que puede todavía- es seguir endeudándose y haciendo obras y grandes proyectos: convertirse en un “demasiado grande para dejar que se derrumbe”. De hecho, sigue dando vueltas de tuerca a la solvencia y a la liquidez de su muy central municipio, Espe dixit: “He visto que te vas a gastar 25 ó 35 millones de euros… Viene en el periódico. Menos mal que tenéis dinero, qué suerte tenéis”. Pelusillas entre hermanos que saben uno del otro por medio del tendero. Gallardón no tiene un puto duro, dice, pero se lo fían: como hacían todos hasta hace unos años. Si hasta Obama contribuye a que no nos llegue la camisa al cuello, cuando menciona la posibilidad de bancarrota del imperio. No se puede uno fiar ni de su padre.

La subida de tipos anunciada por Trichet esta semana tampoco nos ayuda. Las asimetrías o brechas comunitarias son cada día más palpables, eso que se llamaba “la Europa de las dos velocidades” (probablemente son cuatro o cinco). A Alemania, Francia y otros más pequeños, pero incluso más prósperos, les conviene justo lo contrario que a nosotros. Subir los tipos combate su inflación y da serenidad a sus buenas perspectivas de crecimiento. En los suburbios, los efectos son los contrarios: lastra la salida del marasmo, y compromete las finanzas públicas y privadas, dificulta el flujo del crédito y encarece las amortizaciones de deuda pública, empresarial o privada. Cierto es que la subida del tipo del BCE no se traslada inmediatamente al Euríbor (que ya tenía descontada esa subida), pero la inercia es claramente a subir. Aunque en el fondo subyace un “bastante con que al final te rescato”, Trichetatops dice que su trabajo es dar estabilidad a los precios… y los endeudados y los paralizados, que se busquen la vida. Puede que si los grandes pactos de Estado necesarios hasta ahora eran los del terrorismo o la corrupción, ahora lo sea el pacto contra la morosidad.

Lustros de reciedumbre y sobriedad

Tacho Rufino | 9 de abril de 2011 a las 20:36

LA palabra lustro suena a gracia de tebeo antiguo, a carca de Mingote. Pega que sea pronunciada por un señor de aspecto decimonónico, con bigote recortado y atuendo severo. El vigente ministro de Trabajo -vaya papelón- tiene bigote y además se llama Valeriano, un nombre también algo en desuso. Ni él ni su bigote parecen pasados de moda, pero sí ha tirado de lustros para advertirnos de que el actualizar se va a acabar. “España encara un largo periodo de contención y sensatez salarial, porque no estamos en condiciones de financiar una espiral salarial en los próximos lustros”. De cuántos periodos de cinco años hablará el ministro Gómez. Cuando el presidente en vías de extinción decidió darse cuenta de la situación y se puso churchilliano (“sangre, sudor y lágrimas” por delante), dejó pendiente el cronograma de nuestra travesía del desierto a Valeriano Gómez, que ya avisa de que la cosa va para largo. Que la competitividad de nuestros productos y servicios va en ello, en olvidarse de indiciar la subida de salarios a la inflación. No en hacer las cosas mejor, sino en hacerlo igual por menos dinero. No paramos de recordar aquella profecía técnica de Paul Krugman, hace tres años en la sede de la CEA: “El camino de la salida de la crisis para España será extremadamente doloroso (…) los salarios y los precios en España son insostenibles, y no son compatibles con su realidad económica (…) asistiremos a una deflación del 15%”. De momento, la deflación de los salarios va en camino, a buen ritmo. Y hay lustros por delante.

En su oráculo, el ministro de Trabajo menciona la incapacidad de financiar periódicas subidas de salarios, y seguramente está pensando en la gran masa salarial pública, en ese “Capítulo 1″ que tanto pesa ante la contracción de los impuestos que merma los ingresos públicos. Habla de espiral y de inflación, y en esas estamos. Pero en esto también lo tenemos peor que la Europa más próspera, la que crece al tres y pico anual. Para ese envidiable ritmo de crecimiento, por ejemplo alemán, la inflación es más dañina que para la atonía española, que crece imperceptiblemente y sin repercusión alguna en el empleo. Por eso, Trichet nos ha tenido jueves tras jueves en vilo con la cantada (y descontada desde hace tiempo por el Euríbor) subida del tipo de interés oficial del BCE. Y este jueves ha apretado el cinturón un cuartillo, 0,25%. Spain is different, y va a contracorriente. O quizá arrastrada por la corriente. Mientras que la subida es higiénica para los sanos, es perjudicial para los renqueantes, para quienes tenemos en la deuda privada de familias y empresas el gran talón de Aquiles, para quienes verán aumentar la carga hipotecaria en varios cientos de euros anuales, para quienes necesitamos que el consumo no siga languideciendo. Para España, vaya.

El jueves escuché a una representante del PSOE andaluz atribuir a su partido el Estado del Bienestar, sin más matiz. De nuevo nos toca acostumbrarnos unas semanas a la prosopopeya incontinente, lo asumimos democráticamente, pero hay mucha ignorancia en esa afirmación, porque no hace falta llevar las flechas de mi haz bordadas para recordar cuándo nace la Seguridad Social (¿han pensado alguna vez en este nombre?). Y la Seguridad Social es el pilar indiscutible del Estado del bienestar. También es herencia laboral del pasado franquista -ocho lustros de pasado- una buena dosis del espíritu hiperprotector del Estatuto de los Trabajadores. Ahora no queda más remedio que consensuar la contención salarial, de acuerdo. Y para ello, las cláusulas de revisión automáticas deben ser revisadas. También toca pagar más intereses por la misma deuda para una inflación que no es nuestra guerra, porque la subida del interés oficial de esta semana va unida al consabido “no descartamos ulteriores incrementos”. No queda sino subir los impuestos, y una forma indirecta de practicar tal propósito: penalizar a quienes funcionan en la economía sumergida y a la vez trincan (eso es trincar, no cobrar) prestaciones públicas. Ah, hay una alternativa: no subir los impuestos… y desmontar definitivamente el lego -para los castizos, Exin castillos- del Estado no ya del bienestar, sino de la protección social.

PD: La expresión “reciedumbre y sobriedad” la tomo prestada de mi memoria escolar. En mi colegio, una expresión moralizante o aleccionadora figuraba durante al menos toda una semana en la pizarra. A esta frase simbólica la llamábamos “la consigna”. La primera consigna que recuerdo, tendría yo siete años, era precisamente esa: reciedumbre y sobriedad. No hace lustros ni nada… Pero ahí está, en mi memoria, perenne (más que en mi comportamiento, la verdad…).