Más bonitos que un San Luis

fperez | 10 de mayo de 2018 a las 18:44

Un muerto al ser sorprendido por la Guardia Civil en el robo de un ch

SEGURO que el lector ha oído alguna vez la expresión que da título a este artículo. Puede que incluso conozca su origen, pero no está de más recordarlo. Hace referencia a los soldados franceses que llegaron a España a restaurar la monarquía absolutista tras el trienio liberal, en 1823. Aquellos militares galos fueron conocidos entre los españoles como los Cien mil hijos de San Luis. Para ganarse el afecto de la población local, que con tanta ferocidad había combatido contra el Ejército invasor francés dos décadas atrás, los generales del país vecino ordenaron a sus tropas que fueran perfectamente uniformadas en todo momento y que se comportaran de la manera más elegante posible. Aquello derivó en un dicho popular que ha llegado hasta nuestros días cada vez que queremos destacar la buena presencia de alguien: “eres más bonito que un San Luis”.

Más o menos eso ha debido pensar el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, y su equipo, cuando se han puesto a redactar la nueva orden general de la Guardia Civil. El borrador prohíbe a los agentes de este cuerpo llevar tatuajes visibles, tener el pelo largo, colocarse algún pendiente o dejarse el bigote más allá de las comisuras de los labios. Hasta la longitud de las uñas especifica el documento, de once páginas, que ha generado cierto malestar entre los agentes de este cuerpo. Muchos guardias civiles se preguntan qué tendrá que ver que un tatuaje se vea o no para ser un buen profesional en lo suyo. Otros se lamentan de que, una vez más, se haya perdido una buena oportunidad de eliminar un régimen disciplinario militar que impide a los guardias civiles disfrutar de algunos de los derechos fundamentales de cualquier otro ciudadano español.

Claro que también habrá quien piense en cómo debe estar la situación para que la Guardia Civil llegue a sacar un borrador con once páginas de normas, algunas de ellas, todo hay que decirlo, muy elementales y de sentido común. Verbigracia, la que prohíbe el tuteo al ciudadano. Y es que poco ayudan algunas noticias, como la del capitán de la Guardia Civil de Cádiz que estaba completamente borracho, y de uniforme, y quería conducir su coche pese a que dio una tasa de 1,3 miligramos de alcohol por litro de aire espirado. Es decir, al borde del coma etílico.

Tampoco ayudan en nada los vídeos repetidos hasta la saciedad en determinados programas de televisión de los miembros de la Manada haciendo el tonto vestidos con el uniforme de la Guardia Civil de uno de ellos. Pero de ahí a establecer que las patillas “se cortarán horizontalmente y serán simétricas” o que los guardias civiles no puedan masticar chicle media un mundo. No faltan ejemplos en este borrador de normas que pueden considerarse un pelín arcaicas y un tanto absurdas. “La barba permitida será sólo la barba completa y ésta incluye la barba y el bigote”, “En caso de no llevar bigote, ni barba completa ni perilla, se encontrará perfectamente afeitado”, “El maquillaje será de uso potestativo y exclusivo para el personal femenino”…

Las normas regulan hasta el tamaño y color de las mochilas que los agentes pueden llevar consigo, prohíben el uso de llaveros que cuelguen de los bolsillos o establecen que las gafas han de ser discretas “tanto por la forma de su montura como por el color”. No es la primera vez que Zoido quiere imponer una serie de normas relacionadas con la uniformidad y la estética en un cuerpo que ha tenido bajo su mando. Ya lo quiso hacer con la Policía Local de Sevilla, donde su concejal Juan Bueno, a modo de general francés, anunció un catálogo de normas de vestir y comportamiento que jamás se llevó a la práctica. Ni siquiera se redactó. Aquí ya ha dado un paso más.

Pedrera puede presumir de cura

fperez | 7 de mayo de 2018 a las 16:44

Reportaje en Pedrera Rumanos incidentes.

El pasado 8 de enero, el sacerdote Enrique Priego era un hombre roto de dolor. Dos días antes, había visto cómo una multitud enfervorecida quería linchar a los rumanos del pueblo, a los que destrozaron coches, amenazaron e intentaron asaltar sus casas. La chispa fue la agresión sufrida por un matrimonio de la localidad por parte de tres ciudadanos rumanos con los que habían tenido un accidente de tráfico. Aquello desató una oleada de xenofobia que no se conocía en la Sierra Sur de Sevilla. Y menos en un pueblo tradicionalmente jornalero, en el que los rumanos habían sustituido la mano de obra local en los años previos a la crisis, mientras los jóvenes de Pedrera se iban a trabajar en la construcción en la Costa del Sol, un sector mucho mejor pagado. Pero reventó la burbuja y los que regresaron vieron que sus puestos de trabajo estaban ocupados.

Se generó entonces un caldo de cultivo que se fue cociendo durante años, alimentado además por ciertos sectores políticos. Se decía en Pedrera que los rumanos robaban en el campo, como si antes de su llegada no se robara cosecha en España. Se decía también que se habían llevado cuantiosas ayudas municipales, mientras que a la población pedrereña no se les daba nada. Se decía que los rumanos no dejaban jugar a los niños locales en los parques y que vivían hacinados en sus casas, como si los que se las alquilaban, y cobraban por ello, fueran extraterrestres. Y muchos señalaban al cura.

Enrique Priego era, para las hordas xenófobas de Pedrera, el amigo de los rumanos, el que los ayudaba y daba cobijo. “¿Y usted qué haría?”, preguntó cuando este periodista fue a verle a su casa en el curso de un reportaje sobre los disturbios del pueblo. “Si usted ve a alguien que no tiene donde pasar la noche y no tiene qué comer, ¿no le daría cobijo? ¿no le daría comida?”, se cuestionaba, mirando fijamente a los ojos del periodista. Estaba muy afectado. Destrozado. En aquellos momentos, en su casa vivía una familia rumana.

“¿Por qué viene usted a buscarme?”, preguntaba, en una entrevista en la que parecían cambiarse las tornas. El entrevistado preguntaba y el periodista respondía. “¿Quizás le han dicho que yo soy el culpable?”. Don Enrique cabeceaba, negaba, se lamentaba, lloraba… mientras su pueblo aparecía en los informativos de toda España como ejemplo de una salvaje agresión xenófoba.

Priego llegó a Pedrera en 1969. Es uno de esos curas obreros que fueron enviados a la Sierra Sur a finales de los sesenta, como Diamantino García Acosta en Los Corrales. Juan Heredia en Gilena y Miguel Pérez en Martín de la Jara. Con ellos formó equipo pastoral. Luego, llegada la democracia, pidió autorización al Arzobispado para presentarse a las primeras elecciones municipales de la democracia. Iba de segundo en las listas de un partido obrero que fundó, la Candidatura Unida de los Trabajadores (CUT). Casi cincuenta años en los que siempre se ha situado del lado de los pobres y los marginados. Pero nunca se esperaba lo que ocurrió aquel fin de semana de enero. “¿Sabe usted lo que supone para mí que un hombre al que yo he visto crecer venga a mi casa a llamarme hijo de puta?”, volvía a preguntar, y admitía que estaba pasando los peores días de su vida.

En el curso de aquella entrevista, en el zaguán de su vivienda, al cura le sonó el teléfono varias veces. Le llamaban familiares, preocupados. Alguna persona que pasó por la puerta entró a darle mensajes de ánimo. Y también se enfrentó a un miembro de la junta de gobierno de la hermandad que apareció por allí. El cura había visto al cofrade en una de las manifestaciones contra los rumanos del pueblo. “No pienso permitir que vayáis con una vara delante de un santo después de lo que ha pasado. Eso por descontado”. El cofrade se quedó sin respuesta, se dio cuenta de que había dos periodistas delante y se marchó por donde vino.

A los diez días, los mismos periodistas fueron a hacer otro reportaje al pueblo, donde ya había vuelto la calma y todo parecía haber sido un mal sueño. El cura era otra persona. “Esto ya es otra cosa, esa reacción no tenía sentido. Si este pueblo siempre ha sido muy acogedor. El año pasado murió una rumana y conseguimos reunir más de 6.000 euros para pagar el traslado del cadáver. Venía la gente a traerme el dinero aquí a mi casa”. Estaba mucho más alegre. Le enseñó a los periodistas la iglesia de San Sebastián, un imponente templo del siglo XVI. Le acompañaba Bobby, un perro que vino con una familia rumana a la que acogió en su casa. La familia se fue pero el perro se quedó. Y no dejaba al cura solo ni para dar misa.

Ya mucho más relajado, contó una anécdota entre risas. Cuando repartía la comunión, el perro se pegaba al sacerdote y no había manera de que se alejara de él. A algunas mujeres del pueblo les daba miedo la presencia del animal. El presbítero se acercó a las feligresas una vez acabada la misa. “Miren, no tengan tanto miedo, que ese que está ahí lleva cientos de años y nadie se ha quejado”, les dijo, señalando una imagen de San Benito, con un perro a los pies, que hay en uno de los retablos del templo.

Así es Enrique Priego, al que la Diputación Provincial de Sevilla entregará la medalla de oro de la provincia el próximo 23 de mayo. Cuando se despidió, deseó a los periodistas que la próxima vez que tengan que cubrir alguna noticia en Pedrera sea porque tocó la lotería. “Y ojalá les toque a los rumanos, no por rumanos, sino por necesitados”. Quizás haya que volver antes. Pedrera puede hoy presumir de cura.

Placa o Plomo

fperez | 25 de abril de 2018 a las 18:30

Hoy se ha registrado un nuevo tiroteo en Algeciras. La situación de tensión que viven los agentes de las Fuerzas de Seguridad en el Campo de Gibraltar es máxima. La zona se ha convertido en un territorio dominado por los narcos y los policías y guardias civiles luchan a duras penas contra el imperio de la droga. Lo que ocurre ahora en Algeciras, La Línea y otras localidades próximas ya ha ocurrido antes en Sevilla, ciudad en la que en los últimos años ha habido una decena de tiroteos con policías implicados.

Hace unos días publicamos este reportaje, que titulamos Placa o plomo, en el que recordamos estos casos. Uno de los agentes que resultó herido grave, y que estuvo a punto de perder la vida, sigue pendiente de recibir la medalla al mérito policial con distintivo rojo. Los demás sí han sido condecorados.

Una condena previa

fperez | 24 de abril de 2018 a las 6:00

CUANDO un policía se sienta en el banquillo de los acusados, parece que se invierte la carga de la prueba. Es decir, un agente acusado tiene que probar su inocencia y no que, como ocurre con cualquier otra persona, sea la Justicia quien demuestre su culpabilidad. Suspender durante casi tres años a seis policías nacionales por una denuncia de una pareja que vendía tabaco de contrabando en una tienda de alimentación parece no sólo una medida desproporcionada, sino toda una condena previa y una imposibilidad de defensa para los agentes.

Los policías investigados en esta causa llevan 32 meses cobrando sólo el mínimo que la Dirección General de la Policía no puede retirar de sus nóminas. Una cantidad que no da para vivir. Algunos de ellos han tenido que pedir dinero a sus familiares, otros han enlazado crédito tras crédito y otros se han visto inmersos en procesos de desahucios. En términos económicos se puede calcular el perjuicio de cada uno de ellos en 32.000 euros, a razón de 1.000 euros por mes. Pero el desgaste emocional es enorme.

La Policía no sólo no permite trabajar en el cuerpo a sus agentes suspendidos de empleo y sueldo. También les impide ganarse la vida en cualquier otra profesión. No es el caso de estos seis agentes, pero ha habido otros que han sufrido una experiencia parecida a los que Asuntos Internos persiguió hasta un chiringuito de playa en el que intentaban ganarse la vida como camareros un verano para poder llevar algo de dinero a casa. No sólo se les condena previamente, sino que también se les impide ganarse la vida.

Una suspensión por un procedimiento judicial debe plantearse como una medida cautelar para no interferir en el desarrollo de la investigación. No debe ser un castigo, al menos no hasta que se haya resuelto el caso judicialmente. Y tres años sin cobrar es un verdadero castigo. Hay otras fórmulas para garantizar que los acusados no destruyen pruebas o entorpecen la investigación, como mantenerlos en la oficina, cambiarlos de comisaría, mandarlos a un pueblo, a custodiar presos en los hospitales o a llevarlos de los calabozos al juzgado. Cualquiera hubiera sido válida. Más aún cuando el déficit de policías que padece Sevilla sigue siendo tan elevado.

Los robos de baterías siguen de moda

fperez | 22 de abril de 2018 a las 18:45

Hoy se ha registrado un nuevo robo de baterías de camiones en Alcalá de Guadaíra. Hace unos días publicamos un reportaje sobre este fenómeno, que no cesa en la provincia de Sevilla por el elevado precio del plomo contenido en estas piezas. Dejamos el enlace del reportaje:

http://www.diariodesevilla.es/sevilla/Bandas-ladrones-baterias-vehiculos-extraer_0_1237076876.html

Relacionado con esta modalidad delictiva está el robo de catalizadores. Han sido varias las bandas que han operado en Sevilla sustrayendo estas piezas de los tubos de escape de los vehículos. Los delincuentes buscan rodio, paladio y platino, metales preciados que luego pueden revender. El 19 de marzo tratamos sobre este asunto en profundidad:

http://www.diariodesevilla.es/sevilla/Ladrones-catalizadores_0_1228377608.html

Zoido no vio ‘El acorazado Potemkin’

fperez | 26 de diciembre de 2017 a las 19:46

EN el primero de los cinco episodios que componen El acorazado Potemkin, un grupo de marineros inician una revolución porque se niegan a comer la carne con gusanos que se sirve en el barco. No lo hacen por las duras condiciones de la vida militar, ni por la guerra ruso-japonesa en la que el buque estaba participando. No, los soldados se rebelan por la comida. Cierto es que es del año 1925, que es muda y que puede atragantarse más que la carne putrefacta que aparece en la pantalla, pero no hubiera estado de más que alguien en el Ministerio del Interior –¿por qué no el propio Juan Ignacio Zoido?– hubiera visto la película antes de elaborar el menú de Nochebuena que se les sirvió a los policías y guardias civiles destinados en Cataluña.

De nada sirve que el ministro anuncie una investigación interna cuando ha visto que el Twitter se llena de fotos de platos que no se servirían ni en un comedor social. Imágenes en las que aparecen unos espaguetis en los que se enreda un único mejillón, unas croquetas y un bacalao que parecen fritos hace semanas y unos dulces de Navidad que estaban anunciados pero nunca llegaron. Un menú mucho peor que el de los hospitales y el de las cárceles, que en estos días especiales sirven al menos consomé y crema de marisco. Ni los detenidos comen peor que los policías en Cataluña, de los que nadie parece haberse preocupado. Los que estaban en el Piolín descubrieron gusanos en la ensalada, como los marineros del Potemkin. Interior retiró el Piolín, pero mantiene otro barco, el Rhapsody, que no es ningún crucero de lujo.

El menú navideño de los agentes revela una auténtica despreocupación del Gobierno por una tropa que lleva meses lejos de casa y se ve obligada a pasar las fiestas sin la compañía de su familia. Nada explica que se les sirviera un rancho tan cutre. La indignación entre los agentes es máxima. Al menos, ya saben que la Nochevieja la pasarán en casa.

El momento del turno rotatorio

fperez | 11 de junio de 2017 a las 8:00

EL registro de la asociación Solidaridad del Taxi en el aeropuerto de San Pablo brinda al Ayuntamiento de Sevilla una oportunidad única para implantar el turno rotatorio en la parada de taxis de la terminal. Esta medida supondría un paso importante para intentar solucionar de una vez el conflicto en el que está inmerso el sector desde hace más de veinte años, que se ha agravado especialmente desde el invierno pasado.

Todos los problemas del taxi de Sevilla han tenido históricamente su origen en el aeropuerto. Muchos años antes de que existiera Cabify ya había peleas entre taxistas en la terminal, se pinchaban neumáticos con cierta regularidad, se impedía a los profesionales del sector que no pertenecían a la asociación mayoritaria poder recoger a sus clientes y se lanzaban huevos y piedras contra el autobús que conecta San Pablo con la ciudad. La llegada de Cabify a Sevilla, en septiembre del año pasado, ha variado el foco y ha unido a los taxistas en contra de lo que consideran un enemigo común.

Como siempre, los primeros sabotajes y ataques a los coches de Cabify y a otras empresas de alquiler de vehículos con conductor empezaron en el aeropuerto de San Pablo, allá por el mes de diciembre. De ahí surgió la primera fase de la investigación que la Policía Nacional mantiene abierta contra los taxistas, que suma ya 30 imputados (cinco de ellos fueron detenidos) por varios delitos, entre ellos el de pertenencia a organización criminal. Luego esos ataques seguirían el mismo patrón que otras crisis históricas en el sector, se trasladarían a Santa Justa y después al resto de la ciudad, para acabar en un periodo de calma.

En el caso de las VTC, el punto culminante fue la quema de nueve coches que reforzaban el servicio de Cabify durante la Feria de Abril, un hecho sin precedentes en España y que debería haber servido a las autoridades para comprobar hasta dónde puede llegar la violencia del sector si siguen sin tomar cartas en el asunto. Unos días antes había sido herido de una pedrada en la cabeza un conductor de Cabify. Luego llegó la quema de coches y ahora, siguiendo el patrón de conducta histórico en todas las crisis del sector, la situación se ha calmado. Los taxistas demostraron su unidad en la huelga general del sector convocada el 30 de mayo, que no se notó demasiado en Sevilla por ser un día festivo, pero que dejó a la ciudad prácticamente sin taxis.

El mero hecho de que la Policía registre la sede de una asociación de taxistas y se lleve discos duros y ordenadores ya debería servir al Ayuntamiento para tomar alguna medida. Claro que el hecho de que hubiera 27 imputados en una primera fase de esta investigación también. Sin embargo, el Consistorio ni siquiera se ha planteado suspender cautelarmente la actividad de los taxistas investigados, y mucho menos retirarles la licencia municipal de la que son titulares. Ni la imputación de pertenencia a organización criminal ha hecho al Consistorio mover ficha. Es decir, la Policía considera que hay una banda de delincuentes entre los taxistas del aeropuerto, una mafia si se quiere llamar así (valga la expresión utilizada por el ex Defensor del Ciudadano, José Barranca), pero contra la que la Administración ha decidido no hacer nada de momento.

El gobierno local se ha dedicado en todo este tiempo a tratar de contemporizar y dejar pasar las semanas en busca del periodo de calma que sabía que llegaría. El delegado de Movilidad y Seguridad, Juan Carlos Cabrera, fue director del Instituto del Taxi y conoce perfectamente cómo funciona el sector, y también a los principales actores implicados. Prueba de ello es que el presidente de Solidaridad, Enrique Filgueras, lo llama públicamente compadre con asiduidad. La ansiada calma ya ha llegado al aeropuerto, donde no hay ataques desde hace más de dos meses. En un intento de limpiar su imagen, la asociación mayoritaria ha fichado al conductor que ayudó a una mujer que estaba siendo agredida por su pareja en la Alameda. Pero la operación de la Policía Nacional lo trastoca todo.

Parece que el Ayuntamiento pretende esperar a que haya alguna condena firme en los tribunales para actuar. Merece la pena recordar que ya hay una sentencia del TSJA, y por tanto más que firme, que aconseja la implantación del turno rotatorio en el aeropuerto y el Ayuntamiento. Merece también la pena recordar algunos párrafos de aquella resolución: “El Ayuntamiento tiene plena potestad para implantar ese sistema de turnos para mejorar y perfeccionar el servicio y su control”, “la medida está suficientemente motivada porque mejora la calidad del servicio en beneficio de sus usuarios, estableciendo un sistema más justo por equitativo respecto de los profesionales y favorece una distribución más equitativa respecto de paradas que resultan atractivas para éstos”, “los turnos regulan las relaciones de convivencia, indispensables para el desarrollo de la libertad de empresa y de mercado”…

Los jueces, además, añadían que si existía un conflicto era “por la deficiente organización de las paradas del taxi del aeropuerto”. La sentencia está fechada el 5 de septiembre de 2002, es decir, quince años antes de que empezara a operar en Sevilla una empresa llamada Cabify. ¿Es realmente la actividad de esta compañía, y de las que vengan después, el origen de todos los problemas de un sector que lleva más de dos décadas en pie de guerra en esta ciudad? La respuesta es obvia.

No deja de ser llamativo que esta semana, unos días después del registro de la sede de Solidaridad, el Instituto del Taxi enviara un correo electrónico a todos los taxistas de Sevilla dando cuenta de los acuerdos adoptados en una sesión plenaria del pasado mes de febrero. En aquella sesión, Ciudadanos había presentado una moción para solicitar la puesta en marcha de un sistema de turnos en el aeropuerto. La propuesta fue rechazada por todos los demás organismos, sindicatos y grupos políticos, incluido el PP, que ahora aprovecha el registro de la Policía para acusar al gobierno de Espadas de ser incapaz de acabar con los problemas del taxi. No deja de ser cierto, pero tiene guasa que lo diga un partido que estuvo cuatro años en el poder y no tomó ni una sola decisión para solucionar el conflicto.

¿Qué sentido tenía el envío de ese correo, cuatro meses después del pleno? Nadie lo ha explicado. Quizás era una manera de informar directamente a los taxistas de que ya se debatió la posibilidad de implantar el turno rotatorio y la moción fue rechazada, en una especie de excusatio non petita por parte de las autoridades municipales. El Ayuntamiento no parece dispuesto a cambiar nada, por mucho que diga que el modelo del aeropuerto de Málaga es el bueno y allí funcione un sistema de turnos.

Cualquier gobierno local que quiera tomar una decisión de este tipo debe estar dispuesto a tener problemas. Siempre los hay cuando alguien intenta acabar con un monopolio. El alcalde ha de saber que la implantación de un turno rotatorio en el aeropuerto provocará huelgas, protestas y actos de sabotaje, que posiblemente ocurran cuando más duele, es decir, en Semana Santa y Feria. Ya así lo vaticinó el presidente de Solidaridad durante un encuentro en el Ayuntamiento a principios de febrero. “El conflicto en Semana Santa será inevitable”, le dijo Filgueras al delegado Cabrera en aquella reunión. Y el Consistorio envió a un grupo de policías al aeropuerto, que se dedicaron más a comprobar si los coches con licencia VTC tenían hojas de ruta que a investigar los cobros abusivos de los taxistas y si éstos permitían trabajar a sus compañeros de abajo (como llaman en el argot a los que rinden en la ciudad y no pueden subir al aeropuerto). Sólo cuando ardieron los coches de Cabify, el Ayuntamiento reaccionó multando a cinco taxistas de San Pablo por cobros abusivos. Pero de ahí no ha pasado. Ni retirada de licencias ni medidas cautelares, ni oír hablar del turno rotatorio.

La tibieza del gobierno local contrasta con la investigación que tiene en marcha la Policía Nacional, que suma ya treinta imputados, cinco de los cuales han sido detenidos. La Policía mantiene abierta una segunda fase de la investigación, que se inició con el registro de Solidaridad. Unos días antes, la patronal de las VTC, Unauto, había enviado una carta al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, pidiéndole amparo ante los continuos episodios violentos que sufren en toda España, y especialmente en Sevilla, donde suman ya más de cincuenta denuncias por agresiones, vandalismo, amenazas y daños. Esto sí que es una novedad, puesto que cuando los ataques eran entre taxistas apenas había denuncias.

Tras conocerse esta operación policial, el alcalde, Juan Espadas, aseguró públicamente que esperaba que esta investigación sirviera para “depurar responsabilidades”. Él precisamente es quien tiene la posibilidad de hacerlo.

Agresión ultra en Bilbao

fperez | 27 de abril de 2017 a las 14:06

Agresión en Bilbao from Joly Digital on Vimeo.

Una persona está tomando algo tranquilamente en una terraza de un bar de Bilbao. Junto a él está sentado su perro. Un joven se le acerca y le dice algo así como “tú, Javilondo”, lo que probablemente sea una alteración de Gabilondo, uno de los apellidos vascos más comunes. Le pregunta directamente si es proetarra, le tira el contenido de un vaso a la cara, le arrea un guantazo con la mano abierta y se lía a patadas con él. Lo persigue hasta que el agredido encuentra refugio en el interior del bar. El agresor se marcha al grito de Arriba España y profiriendo amenazas a su víctima, mientras sus acompañantes le ríen la gracia.

El vídeo ha sido grabado esta mañana en Bilbao, donde el Betis se enfrenta esta noche al Athletic. Lo protagoniza el que fuera líder de los Supporters, que estuvo en prisión recientemente por otra agresión en la calle Trastamara, que la Policía calificó de homófoba aunque él lo niega. Fue puesto en libertad pero con una orden de alejamiento de Sevilla. Alguien lo localizó en la capital andaluza el 2 de marzo y llamó a la Policía. Consiguió escapar huyendo a toda velocidad por la A-49 hasta acabar en un camino rural de Benacazón, donde estuvo a punto de atropellar a un guardia civil.

Permaneció fugado tres semanas. Fue entonces cuando trascendió un vídeo suyo en el que aparecía extrayéndose una bala. Su entorno asegura que el disparo fue hecho por un guardia civil a quemarropa. El instituto armado lo volvió a detener en un bar de Matalascañas cuando veía el partido del Betis contra el Osasuna, el 17 de marzo. El juez de La Palma del Condado lo dejó de nuevo en libertad.

La Ertzaintza ha identificado por la tarde a este ultra, así como a los otros dos que aparecen en el vídeo. La víctima de la misma no ha querido presentar denuncia, según ha informado el Departamento vasco de Seguridad a Europa Press.

Anatomía de una psicosis

fperez | 23 de abril de 2017 a las 4:30

LA MADRUGÁ DE SEVILLA SE SOBREPONE A DESÓRDENES POR CARRERAS SIMULTÁNEAS

Tras más de una semana de trabajo, la investigación de la Policía Nacional sobre los sucesos de la Madrugada descarta que hubiera un complot o una confabulación contra las cofradías por parte de cualquier grupo de personas que actuaran por motivos religiosos, políticos, ideológicos o terroristas. Los agentes de la Brigada de Información han revisado una veintena de vídeos, tanto de medios de comunicación como de particulares que los subieron a las redes sociales, se han entrevistado con más de medio centenar de testigos directos, tanto los heridos como los que llamaron a la Policía, y han interrogado a los ocho detenidos, algunos de los cuales se acogieron a su derecho constitucional a no declarar. Incluso han solicitado la colaboración ciudadana, pidiendo a todos los que pudieran aportar alguna información relevante que les escribieran a la dirección de correo electrónico sevilla.bpi@policia.es o llamaran al teléfono gratuito 900101091.

Los investigadores no han hallado ni un solo indicio que apunte a que fuera algo orquestado. Sitúan el foco de los disturbios en una pelea ocurrida en un bar de la calle Arfe mientras pasaba la cofradía del Gran Poder. Cuentan quienes lo vieron que fue una pelea como las de las películas del Oeste, que sacaron a rastras a un tipo del bar y lo arrojaron en medio de la fila de nazarenos de ruan. La pregunta es obligada: ¿pudo una pelea de borrachos en la calle Arfe provocar que hubiera gente corriendo despavorida en el Salvador? ¿O en Santa Ángela, que está más lejos? ¿O en la Magdalena, en el Duque, en el Museo y prácticamente en todo el centro del Sevilla?

En condiciones normales, no. La pelea ocurre en un contexto y es éste el que sí permite que la ola de pánico se expanda a la velocidad del sonido. Si la pelea ocurriera una noche de un fin de semana cualquiera, su eco no llegaría ni al Arco del Postigo. No tendría ningún efecto, más allá del que pudieran sufrir los implicados en la misma. Pero sucedió una noche en la que había miles de personas en la calle, en un espacio más o menos reducido como es el centro de la ciudad, con la mayoría de las vías que podían servir de evacuación taponadas, bien porque por ellas pasaban cofradías o bien porque estaban llenas de un público que ha adquirido la maldita costumbre de esperar la llegada de las cofradías sentado en sillas plegables o directamente acampado y tumbado en el suelo. Y, sobre todo, en una situación mundial de alerta antiterrorista que hace que se tenga muy interiorizado el miedo a un atentado.

Nada hacía presagiar esa noche que pudiera haber una acción terrorista en Sevilla, como de hecho no la hubo. Prueba de ello es que había tres ministros del Gobierno en la ciudad y que las cofradías salieron con total normalidad. Pero el miedo es libre y sale a relucir en el momento en que la situación se descontrola, o hay alguna circunstancia imprevista que genera inestabilidad. Muchas de las personas que corrieron, o que buscaron refugio, durante la Madrugada, aseguran que lo hicieron porque oyeron un sonido fuerte, que algunos describen como el de un vuelo rasante y otros como el de un camión a gran velocidad. Las afirmaciones no son gratuitas. Para el atentado del 11-S en Nueva York se utilizaron aviones y el más reciente de Niza fue obra de un lobo solitario que se lanzó en un camión contra la multitud que celebraba el día nacional de Francia. Nadie vio un avión ni un camión en la Madrugada sevillana, pero muchos sí lo imaginaron.

También hay quien describe el estruendo como el que provoca una manada de ñus, búfalos o bisontes a toda velocidad. Muy pocos en Sevilla han visto u oído una estampida de este tipo más allá de lo que hayan podido contemplar en algún documental, ni a ningún grupo terrorista se le ha ocurrido todavía emplear esta técnica para cometer un atentado. Pero tampoco eran afirmaciones gratuitas. Fueron términos muy parecidos a los que se utilizaron para describir lo sucedido en el año 2000, en unos incidentes que nunca quedaron esclarecidos y que, por tanto, siguen estando presentes, aunque sea de manera subconciente, en la mente de muchos sevillanos.

La psicosis por los atentados existe en la ciudad. Lo demuestran las frecuentes llamadas a la Policía alertando de maletas o bultos sospechosos, que cada vez que se producen obligan a realizar un llamativo despliegue policial y que la mayoría de las veces los medios de comunicación, en un ejercicio de responsabilidad, no contamos porque siempre, hasta el momento, resultaron siendo objetos olvidados por sus propietarios. Pero generan alarma. Este es un fenómeno mundial. El mismo Viernes Santo hubo escenas de pánico similares a las registradas en Sevilla en la estación de Pensilvania, en Nueva York, donde un policía sacó una pistola eléctrica para reducir a un sospechoso y alguien lo confundió con un terrorista.

A este contexto hay que añadir el diferente tipo de público que viene a la Madrugada. No es algo nuevo en absoluto. Al centro de Sevilla no sólo llegan en la noche más grande del año quienes quieren ver cofradías, sino también muchas pandillas de chicos que quieren únicamente divertirse, y raros son los jóvenes del siglo XXI que entienden la diversión sin alcohol. A ellos hay que añadirles un buen número de delincuentes que intentan aprovechar algún descuido del público que pretende ver cofradías para robar lo que puedan, o simplemente liarla. Y, claro está, la noche. Muy pocos se plantearían correr a las cinco de la tarde del Domingo de Ramos, salvo que de verdad hubiera una amenaza real.

¿Puede entonces una pelea en Arfe provocar que la gente corra en la plaza del Duque? Por supuesto que sí. Todas las calles del centro están llenas de público, hay seis cofradías que pasan por vías muy próximas, ubicadas a escasos minutos entre sí. La pelea se produce cuando pasa el Gran Poder. Su eco se magnifica precisamente por el silencio que el público guarda ante los nazarenos de esta hermandad. Si hay gente que sale corriendo, la ola crecerá en cuestión de segundos. Otros correrán al ver que viene gente corriendo hacia ellos. No sabrán de qué, ni por qué, ni de quién, ni hacia dónde, porque la reacción humana es huir del peligro, o de lo que parece serlo. Si encima hay familias que llevan niños pequeños, y si éstos han dejado de estar a la vista de sus progenitores durante unos segundos, la situación puede derivar en una crisis por histeria o ansiedad.

Uno de los argumentos que esgrimen quienes defienden la teoría de la conspiración es que hubo varias avalanchas simultáneas en diferentes puntos de la ciudad. Es cierto que las hubo. La Policía tiene contabilizadas hasta veinte. ¿Pero fueron simultáneas? ¿O fue la misma que se expandió y propagó por todas partes a una velocidad relámpago? Es bastante significativo el vídeo grabado por el secretario de coordinación del PP andaluz, Toni Martín, que estaba en un balcón de la calle Cuna viendo la cofradía del Silencio. Están pasando los nazarenos de la Virgen, se oye incluso la música de capilla de fondo, y de buenas a primeras se escucha un cierto alboroto y los nazarenos se abren como las aguas del Mar Rojo en Los Diez Mandamientos. Los cofrades se pegan a la pared para dejar paso a la avalancha, al camión o a lo que sea que venga. Apenas corren un par de personas, pero el murmullo recorre la calle Cuna en menos de cinco segundos, como si fuera una ola de las que hacen los aficionados en los estadios de fútbol.

En cinco segundos, siendo generosos, el pánico se ha propagado desde la plaza del Salvador hasta la de Villasís. Si allí alguien lo alimenta, porque ve a otras personas correr hacia él, porque ha recibido una llamada telefónica o un mensaje de WhatsApp de un familiar pidiéndole que se ponga a salvo, o porque ha visto en Twitter o en Facebook una foto de unos músicos o unos nazarenos arrollados, la ola seguirá su camino y se expandirá en todas las direcciones posibles. Es decir, recorrerá Orfila hacia Lasso de la Vega remontando la cofradía y desembocará en el Duque, donde se verá de nuevo alimentada por quienes allí estén viendo la Macarena. Y habrá gente que trate de huir buscando refugio hacia las Setas, donde se encontrará con la cruz de guía de Los Gitanos y volverá a alimentarse con quienes allí aguarden la llegada de esta hermandad. Es el llamado efecto dominó.

Los investigadores tienen constatado que todo ocurrió entre las 4:10 y las 4:13. Si la ola recorrió Cuna en cinco segundos, como se ve en el vídeo, perfectamente pudo llegar en tres minutos desde el Arenal hasta el resto de zonas del centro por las que pasaban cofradías. Antes, habría partido de Arfe-Adriano y afectado de lleno al Gran Poder en la Plaza del Triunfo y a la Esperanza de Triana en Reyes Católicos. Y la sensación para todo el que estuviera aquella noche en la calle es la de que eran avalanchas simultáneas y, por tanto, que tenían que estar por fuerza organizadas y coordinadas por un grupo que hubiera estado planeando cómo reventar la Madrugada.

Pero organizadas por quién y para qué. ¿Un grupo de cristianófobos que pretendían destrozar una fiesta religiosa? ¿Una protesta laboral de algún colectivo? ¿Un partido político ateo? ¿Una organización terrorista? Ninguna de las opciones parece encajar. ¿Un grupo de gamberros, quizás? La diferencia de esta Madrugada con la del año 2000 es que en esta ocasión ha habido detenidos, y esto permite a la Policía trazar un perfil de las personas que alimentaron o se aprovecharon del pánico colectivo. Ninguno de los ocho arrestados estuvo en la pelea de Arfe, pero sí colaboraron a propagar el miedo con más rapidez.

El primer detenido fue un senegalés que gritaba “¡Alá es grande!” al paso del Cristo de las Tres Caídas por Reyes Católicos. Fue acallado por la propia multitud y arrestado inmediatamente. Los investigadores lo desvinculan de los disturbios porque ocurrió una media hora antes, pero no puede negarse que esta actitud ya genera una cierta tensión en una zona que se vería de lleno afectada por las carreras.

A las cuatro y veinte fueron arrestados en Marqués de Paradas, esquina Julio César, tres delincuentes comunes que iban golpeando lo que se encontraban a su paso con unas barras metálicas de las sillas plegables que se venden en las tiendas de chinos. Gritaban consignas a favor de ETA y amenazaban a la multitud con poner una bomba. Cierto es que la banda terrorista quiso volar la comisaría de la Gavidia en Semana Santa, pero en el año 1991. No es precisamente la amenaza de ETA, si es que existe ya, la que genera más alarma entre la población. Estos tipos eran simplemente tres mangantes que se habían hartado de beber y que aprovechaban el jaleo generalizado para provocar más caos y, de paso, apropiarse de cualquier cartera o bolso que los que corrían se dejaran olvidados o perdieran en la estampida. Alimentaron el pánico, pero no llevaban nada organizado. Ni tampoco estaban a sueldo de nadie, como alguien ha planteado. En ese caso, no habrían utilizado piezas de sillas plegables, sino otro tipo de material.

Los otros cuatro detenidos fueron apresados en la siguiente oleada, una réplica de menor intensidad que se dio sobre las seis de la mañana. Son jóvenes veinteañeros que se divertían viendo las caras de pánico de los que corrían despavoridos. Dos fueron interceptados por los policías nacionales que escoltaban el paso del Señor de la Sentencia en el Salvador y otros dos por la Policía Local en Argote de Molina. Estos dos también gritaban “¡Alá es grande!”, sin que tengan relación alguna con el islam, y menos aún con el precepto de esta religión que prohíbe el consumo de alcohol. Estos cuatro grupos de detenidos no tienen relación alguna entre sí, lo que resta credibilidad a la teoría del complot.

Tampoco contribuyó la actitud de algunos nazarenos. Humano es quitarse el capirote y soltar el cirio, aunque sólo sea para ver mejor, pero al final esto termina generando más pánico entre los que ya están atemorizados y ven que la normalidad se altera tanto como para descomponer las filas de nazarenos. Más aún si se podían ver a decenas de cofrades retirándose y llorando a cara descubierta. En ese sentido, hay dos vídeos que muestran cómo dos cofradías minimizaron los efectos de las avalanchas. Uno es el citado del Silencio, en el que ningún nazareno se descubre y la fila se recompone en menos de un minuto. El otro es el del Calvario, a la salida de la Virgen de la Presentación. El público se abre para dejar paso a una supuesta estampida, pero luego realmente apenas corren un par de personas. Pese al alboroto, la cofradía sigue su curso sin alterarse más.

Al restablecimiento de la normalidad también contribuyó la gestión de la crisis por parte del Ayuntamiento de Sevilla. Mientras el servicio de prensa informaba puntualmente a todos los medios de comunicación de lo que ocurría, el perfil público en redes sociales de Emergencias Sevilla iba aportando toda la información para que los ciudadanos la tuvieran casi en tiempo real. Tampoco se queda atrás la Delegación del Gobierno en Andalucía, que el lunes, tres días después de los hechos y con la investigación policial ya avanzada, convocó a los medios de comunicación para que pudieran conocer de primera mano las hipótesis en las que estaba trabajando la Policía Nacional, ofreciendo todas las respuestas que la sociedad demandaba. Eso sí, quizás fue un pelín arriesgado decir, como hizo el concejal de Movilidad, Seguridad y Fiestas Mayores, Juan Carlos Cabrera, que la Semana Santa había sido pletórica salvo por el “lunar negro” de la Madrugada.

¿Bicicleta pública o privada?

fperez | 6 de enero de 2017 a las 5:00

 

BICI

 

DE nada sirve que las bicicletas de Sevici pesen más de 20 kilos porque están blindadas para que nadie las destroce o les robe las piezas. De nada sirven los sistemas de control, las medidas de seguridad e incluso las sentencias contra los que son sorprendidos robándolas, alguno de los cuales ha tenido que ir a prisión pese a que el robo fue ocho años atrás y en el periodo transcurrido desde entonces tuvo tiempo de reformarse, encontrar un oficio digno y fundar una familia. De nada sirve que la empresa concesionaria o el Ayuntamiento refuercen la vigilancia en las estaciones de Sevici si luego hay tipos que no sólo las mangan, sino que se las llevan a su casa y encima las exhiben de manera descarada, como se aprecia en el balcón que aparece en la fotografía, tomada en la calle Jorge Guillén, junto a la avenida de Felipe II.

Sevici tuvo un éxito que posiblemente ni sus propios ideólogos pensaron cuando se plantearon la idea de implantar un sistema de bicicletas públicas en Sevilla, por mucho que les hubieran contado acerca de la novelería de los sevillanos, unos señores que se pasan –nos pasamos– un año criticando la obra del carril bici porque quita plazas de aparcamiento pero que luego, cuando se inaugura, nos falta tiempo para ir a comprarnos máquinas que en nada envidian a la Espada de Induráin para lanzarnos en masa a recorrer los carriles.

El caso es que Sevici llegó a alcanzar en sus primeros años los 70.000 abonados. Es decir, más de un 10% de la población. Que luego lo utilizara tanta gente o no ya era otra cuestión. De hecho, el número de abonados anda aproximadamente por la mitad en la actualidad. Nunca fueron bicis ligeras, ni falta que les hacía. No eran bicis para salir los domingos por caminos o carreteras de la provincia, pero eran ideales para ir al trabajo, a la facultad o al instituto sin tener que preocuparse de que al volver alguien se hubiera llevado la bici propia. Incluso para regresar una noche de fiesta a casa sin necesidad de tener que pagar –y antes encontrar– un taxi. Todo por unos cuantos euros al año.

Los de JCDecaux, la empresa concesionaria, se esperaban un alto índice de robos y vandalismo. Al fin y al cabo Sevilla no es Amsterdam y si uno deja su bici sin amarrar puede estar seguro que no la va a encontrar en su sitio a la vuelta, aunque la haya dejado un par de minutos para hacer un recado. Por ello, idearon unos vehículos ultrarreforzados, con hierro por todas partes, blindados para que a los ladrones se les quitaran las ganas de llevárselas o de intentar sustraerlas pieza a pieza.

Pero a los mangantes sevillanos no les quita las ganas de robar nadie. Gratis cueste lo que cueste. ¿Quién quiere tener una bicicleta de Sevici en su casa? ¿Para qué? ¿Se imaginan al tipo que se ha llevado la bicicleta entrando con ella en el portal de su bloque, levantándola para que quepa en el ascensor o llevándola en peso por las escaleras, cual cirineo de San Isidoro? ¿Y luego, en casa, cruzando el salón con ella a cuestas para llevarla hasta la terraza? ¿De verdad que merece la pena tener una Sevici en un piso?