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Anatomía de una psicosis

fperez | 23 de abril de 2017 a las 4:30

LA MADRUGÁ DE SEVILLA SE SOBREPONE A DESÓRDENES POR CARRERAS SIMULTÁNEAS

Tras más de una semana de trabajo, la investigación de la Policía Nacional sobre los sucesos de la Madrugada descarta que hubiera un complot o una confabulación contra las cofradías por parte de cualquier grupo de personas que actuaran por motivos religiosos, políticos, ideológicos o terroristas. Los agentes de la Brigada de Información han revisado una veintena de vídeos, tanto de medios de comunicación como de particulares que los subieron a las redes sociales, se han entrevistado con más de medio centenar de testigos directos, tanto los heridos como los que llamaron a la Policía, y han interrogado a los ocho detenidos, algunos de los cuales se acogieron a su derecho constitucional a no declarar. Incluso han solicitado la colaboración ciudadana, pidiendo a todos los que pudieran aportar alguna información relevante que les escribieran a la dirección de correo electrónico sevilla.bpi@policia.es o llamaran al teléfono gratuito 900101091.

Los investigadores no han hallado ni un solo indicio que apunte a que fuera algo orquestado. Sitúan el foco de los disturbios en una pelea ocurrida en un bar de la calle Arfe mientras pasaba la cofradía del Gran Poder. Cuentan quienes lo vieron que fue una pelea como las de las películas del Oeste, que sacaron a rastras a un tipo del bar y lo arrojaron en medio de la fila de nazarenos de ruan. La pregunta es obligada: ¿pudo una pelea de borrachos en la calle Arfe provocar que hubiera gente corriendo despavorida en el Salvador? ¿O en Santa Ángela, que está más lejos? ¿O en la Magdalena, en el Duque, en el Museo y prácticamente en todo el centro del Sevilla?

En condiciones normales, no. La pelea ocurre en un contexto y es éste el que sí permite que la ola de pánico se expanda a la velocidad del sonido. Si la pelea ocurriera una noche de un fin de semana cualquiera, su eco no llegaría ni al Arco del Postigo. No tendría ningún efecto, más allá del que pudieran sufrir los implicados en la misma. Pero sucedió una noche en la que había miles de personas en la calle, en un espacio más o menos reducido como es el centro de la ciudad, con la mayoría de las vías que podían servir de evacuación taponadas, bien porque por ellas pasaban cofradías o bien porque estaban llenas de un público que ha adquirido la maldita costumbre de esperar la llegada de las cofradías sentado en sillas plegables o directamente acampado y tumbado en el suelo. Y, sobre todo, en una situación mundial de alerta antiterrorista que hace que se tenga muy interiorizado el miedo a un atentado.

Nada hacía presagiar esa noche que pudiera haber una acción terrorista en Sevilla, como de hecho no la hubo. Prueba de ello es que había tres ministros del Gobierno en la ciudad y que las cofradías salieron con total normalidad. Pero el miedo es libre y sale a relucir en el momento en que la situación se descontrola, o hay alguna circunstancia imprevista que genera inestabilidad. Muchas de las personas que corrieron, o que buscaron refugio, durante la Madrugada, aseguran que lo hicieron porque oyeron un sonido fuerte, que algunos describen como el de un vuelo rasante y otros como el de un camión a gran velocidad. Las afirmaciones no son gratuitas. Para el atentado del 11-S en Nueva York se utilizaron aviones y el más reciente de Niza fue obra de un lobo solitario que se lanzó en un camión contra la multitud que celebraba el día nacional de Francia. Nadie vio un avión ni un camión en la Madrugada sevillana, pero muchos sí lo imaginaron.

También hay quien describe el estruendo como el que provoca una manada de ñus, búfalos o bisontes a toda velocidad. Muy pocos en Sevilla han visto u oído una estampida de este tipo más allá de lo que hayan podido contemplar en algún documental, ni a ningún grupo terrorista se le ha ocurrido todavía emplear esta técnica para cometer un atentado. Pero tampoco eran afirmaciones gratuitas. Fueron términos muy parecidos a los que se utilizaron para describir lo sucedido en el año 2000, en unos incidentes que nunca quedaron esclarecidos y que, por tanto, siguen estando presentes, aunque sea de manera subconciente, en la mente de muchos sevillanos.

La psicosis por los atentados existe en la ciudad. Lo demuestran las frecuentes llamadas a la Policía alertando de maletas o bultos sospechosos, que cada vez que se producen obligan a realizar un llamativo despliegue policial y que la mayoría de las veces los medios de comunicación, en un ejercicio de responsabilidad, no contamos porque siempre, hasta el momento, resultaron siendo objetos olvidados por sus propietarios. Pero generan alarma. Este es un fenómeno mundial. El mismo Viernes Santo hubo escenas de pánico similares a las registradas en Sevilla en la estación de Pensilvania, en Nueva York, donde un policía sacó una pistola eléctrica para reducir a un sospechoso y alguien lo confundió con un terrorista.

A este contexto hay que añadir el diferente tipo de público que viene a la Madrugada. No es algo nuevo en absoluto. Al centro de Sevilla no sólo llegan en la noche más grande del año quienes quieren ver cofradías, sino también muchas pandillas de chicos que quieren únicamente divertirse, y raros son los jóvenes del siglo XXI que entienden la diversión sin alcohol. A ellos hay que añadirles un buen número de delincuentes que intentan aprovechar algún descuido del público que pretende ver cofradías para robar lo que puedan, o simplemente liarla. Y, claro está, la noche. Muy pocos se plantearían correr a las cinco de la tarde del Domingo de Ramos, salvo que de verdad hubiera una amenaza real.

¿Puede entonces una pelea en Arfe provocar que la gente corra en la plaza del Duque? Por supuesto que sí. Todas las calles del centro están llenas de público, hay seis cofradías que pasan por vías muy próximas, ubicadas a escasos minutos entre sí. La pelea se produce cuando pasa el Gran Poder. Su eco se magnifica precisamente por el silencio que el público guarda ante los nazarenos de esta hermandad. Si hay gente que sale corriendo, la ola crecerá en cuestión de segundos. Otros correrán al ver que viene gente corriendo hacia ellos. No sabrán de qué, ni por qué, ni de quién, ni hacia dónde, porque la reacción humana es huir del peligro, o de lo que parece serlo. Si encima hay familias que llevan niños pequeños, y si éstos han dejado de estar a la vista de sus progenitores durante unos segundos, la situación puede derivar en una crisis por histeria o ansiedad.

Uno de los argumentos que esgrimen quienes defienden la teoría de la conspiración es que hubo varias avalanchas simultáneas en diferentes puntos de la ciudad. Es cierto que las hubo. La Policía tiene contabilizadas hasta veinte. ¿Pero fueron simultáneas? ¿O fue la misma que se expandió y propagó por todas partes a una velocidad relámpago? Es bastante significativo el vídeo grabado por el secretario de coordinación del PP andaluz, Toni Martín, que estaba en un balcón de la calle Cuna viendo la cofradía del Silencio. Están pasando los nazarenos de la Virgen, se oye incluso la música de capilla de fondo, y de buenas a primeras se escucha un cierto alboroto y los nazarenos se abren como las aguas del Mar Rojo en Los Diez Mandamientos. Los cofrades se pegan a la pared para dejar paso a la avalancha, al camión o a lo que sea que venga. Apenas corren un par de personas, pero el murmullo recorre la calle Cuna en menos de cinco segundos, como si fuera una ola de las que hacen los aficionados en los estadios de fútbol.

En cinco segundos, siendo generosos, el pánico se ha propagado desde la plaza del Salvador hasta la de Villasís. Si allí alguien lo alimenta, porque ve a otras personas correr hacia él, porque ha recibido una llamada telefónica o un mensaje de WhatsApp de un familiar pidiéndole que se ponga a salvo, o porque ha visto en Twitter o en Facebook una foto de unos músicos o unos nazarenos arrollados, la ola seguirá su camino y se expandirá en todas las direcciones posibles. Es decir, recorrerá Orfila hacia Lasso de la Vega remontando la cofradía y desembocará en el Duque, donde se verá de nuevo alimentada por quienes allí estén viendo la Macarena. Y habrá gente que trate de huir buscando refugio hacia las Setas, donde se encontrará con la cruz de guía de Los Gitanos y volverá a alimentarse con quienes allí aguarden la llegada de esta hermandad. Es el llamado efecto dominó.

Los investigadores tienen constatado que todo ocurrió entre las 4:10 y las 4:13. Si la ola recorrió Cuna en cinco segundos, como se ve en el vídeo, perfectamente pudo llegar en tres minutos desde el Arenal hasta el resto de zonas del centro por las que pasaban cofradías. Antes, habría partido de Arfe-Adriano y afectado de lleno al Gran Poder en la Plaza del Triunfo y a la Esperanza de Triana en Reyes Católicos. Y la sensación para todo el que estuviera aquella noche en la calle es la de que eran avalanchas simultáneas y, por tanto, que tenían que estar por fuerza organizadas y coordinadas por un grupo que hubiera estado planeando cómo reventar la Madrugada.

Pero organizadas por quién y para qué. ¿Un grupo de cristianófobos que pretendían destrozar una fiesta religiosa? ¿Una protesta laboral de algún colectivo? ¿Un partido político ateo? ¿Una organización terrorista? Ninguna de las opciones parece encajar. ¿Un grupo de gamberros, quizás? La diferencia de esta Madrugada con la del año 2000 es que en esta ocasión ha habido detenidos, y esto permite a la Policía trazar un perfil de las personas que alimentaron o se aprovecharon del pánico colectivo. Ninguno de los ocho arrestados estuvo en la pelea de Arfe, pero sí colaboraron a propagar el miedo con más rapidez.

El primer detenido fue un senegalés que gritaba “¡Alá es grande!” al paso del Cristo de las Tres Caídas por Reyes Católicos. Fue acallado por la propia multitud y arrestado inmediatamente. Los investigadores lo desvinculan de los disturbios porque ocurrió una media hora antes, pero no puede negarse que esta actitud ya genera una cierta tensión en una zona que se vería de lleno afectada por las carreras.

A las cuatro y veinte fueron arrestados en Marqués de Paradas, esquina Julio César, tres delincuentes comunes que iban golpeando lo que se encontraban a su paso con unas barras metálicas de las sillas plegables que se venden en las tiendas de chinos. Gritaban consignas a favor de ETA y amenazaban a la multitud con poner una bomba. Cierto es que la banda terrorista quiso volar la comisaría de la Gavidia en Semana Santa, pero en el año 1991. No es precisamente la amenaza de ETA, si es que existe ya, la que genera más alarma entre la población. Estos tipos eran simplemente tres mangantes que se habían hartado de beber y que aprovechaban el jaleo generalizado para provocar más caos y, de paso, apropiarse de cualquier cartera o bolso que los que corrían se dejaran olvidados o perdieran en la estampida. Alimentaron el pánico, pero no llevaban nada organizado. Ni tampoco estaban a sueldo de nadie, como alguien ha planteado. En ese caso, no habrían utilizado piezas de sillas plegables, sino otro tipo de material.

Los otros cuatro detenidos fueron apresados en la siguiente oleada, una réplica de menor intensidad que se dio sobre las seis de la mañana. Son jóvenes veinteañeros que se divertían viendo las caras de pánico de los que corrían despavoridos. Dos fueron interceptados por los policías nacionales que escoltaban el paso del Señor de la Sentencia en el Salvador y otros dos por la Policía Local en Argote de Molina. Estos dos también gritaban “¡Alá es grande!”, sin que tengan relación alguna con el islam, y menos aún con el precepto de esta religión que prohíbe el consumo de alcohol. Estos cuatro grupos de detenidos no tienen relación alguna entre sí, lo que resta credibilidad a la teoría del complot.

Tampoco contribuyó la actitud de algunos nazarenos. Humano es quitarse el capirote y soltar el cirio, aunque sólo sea para ver mejor, pero al final esto termina generando más pánico entre los que ya están atemorizados y ven que la normalidad se altera tanto como para descomponer las filas de nazarenos. Más aún si se podían ver a decenas de cofrades retirándose y llorando a cara descubierta. En ese sentido, hay dos vídeos que muestran cómo dos cofradías minimizaron los efectos de las avalanchas. Uno es el citado del Silencio, en el que ningún nazareno se descubre y la fila se recompone en menos de un minuto. El otro es el del Calvario, a la salida de la Virgen de la Presentación. El público se abre para dejar paso a una supuesta estampida, pero luego realmente apenas corren un par de personas. Pese al alboroto, la cofradía sigue su curso sin alterarse más.

Al restablecimiento de la normalidad también contribuyó la gestión de la crisis por parte del Ayuntamiento de Sevilla. Mientras el servicio de prensa informaba puntualmente a todos los medios de comunicación de lo que ocurría, el perfil público en redes sociales de Emergencias Sevilla iba aportando toda la información para que los ciudadanos la tuvieran casi en tiempo real. Tampoco se queda atrás la Delegación del Gobierno en Andalucía, que el lunes, tres días después de los hechos y con la investigación policial ya avanzada, convocó a los medios de comunicación para que pudieran conocer de primera mano las hipótesis en las que estaba trabajando la Policía Nacional, ofreciendo todas las respuestas que la sociedad demandaba. Eso sí, quizás fue un pelín arriesgado decir, como hizo el concejal de Movilidad, Seguridad y Fiestas Mayores, Juan Carlos Cabrera, que la Semana Santa había sido pletórica salvo por el “lunar negro” de la Madrugada.

La caótica Semana Santa de la Policía Local

fperez | 7 de abril de 2015 a las 12:53

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Foto: Carolina García

 

El dispositivo de seguridad de la Semana Santa de Sevilla, en la parte que afecta a la Policía Local, ha sido un absoluto caos. Sólo hay que mirar las dos fotografías que se adjuntan a esta entrada para darse cuenta de que algo ha fallado si dos contenedores de basura y una valla son los que se encargan de cortar el tráfico en una calle. Donde no había policías, el Ayuntamiento recurrió a los chicos de Protección Civil, voluntariosos pero nada expertos en estas lides (por no sacar un debate sobre la legalidad del asunto), y si no, directamente al mobiliario urbano. Esa carencia de agentes obligó también a desmontar el dispositivo de seguridad previsto para la Madrugada en la zona de la Encarnación. Y, si queda alguien en el mundo que aún no lo sepa, fue allí donde se originó una pelea que derivó en hasta cuatro estampidas que destrozaron el cortejo del Silencio en las calles Cuna, Orfila y Javier Lasso de la Vega.

La clave del asunto pasa por el déficit de plantilla que sufre la Policía Local desde hace ya muchos años. Zoido se encargó de prometer que incrementaría la plantilla en 300 nuevos agentes (primero dijo 500 pero luego rebajó la cifra), pero el mandato se pasa y de momento el número de plazas que ha convocado en estos cuatro años ha sido cero. En años anteriores, para paliar la carencia de personal, el Ayuntamiento sacaba a toda la plantilla de la Policía Local a la calle en Semana Santa a base de productividades. Esto, evidentemente, tiene un coste bastante elevado, pero si no hay agentes, hay que recurrir a las horas extra de los que están disponibles. Porque dejar la ciudad con pocos efectivos es un riesgo, como este año ha vuelto a quedar demostrado.

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¿Por qué la Semana Santa de 2015 ha sido diferente a la de otros años anteriores, si el número de policías era similar? Básicamente porque el Ayuntamiento lleva tiempo racaneando (dicen los policías, claro) el dinero de las productividades de la Policía Local y muchos de los agentes no han estado dispuestos a ‘vender’ sus días de descanso. A ello se le ha sumado el problema que existe desde hace año y medio en la unidad de Tráfico-Motoristas, la más numerosa del cuerpo. Estos agentes mantienen, desde la muerte en accidente de uno de ellos, un conflicto con el Consistorio, al que le reclaman una serie de complementos por el riesgo que implica el trabajo en moto. Al no encontrar respuesta por parte del Ayuntamiento, estos policías se han negado a hacer horas extraordinarias.

Esta decisión ha provocado que las labores de acompañamiento de cofradías que venían desde fuera del centro (que siempre eran traídas al casco histórico por agentes de Motoristas) las hayan tenido que hacer este año otras unidades, o directamente los de Protección Civil. Estos voluntarios iban a estar destinados en los pasillos de la carrera oficial, pero al ser enviados al extrarradio a acompañar a las hermandades, el Ayuntamiento tuvo que recurrir de nuevo a los policías locales para los pasillos. ¿Cómo lo hizo? Obviamente no podía fabricarse policías de la nada, así que tenía que quitarlos de un servicio previsto para poder llevarlos a la carrera oficial. La Jefatura decidió desmontar uno de los llamados niveles, concretamente el nivel 2. Estos niveles son un dispositivo preventivo compuesto por varios policías locales que recorren una zona del centro y comprueban que no hay coches mal aparcados en el itinerario de las cofradías, que no hay gente celebrando una botellona en estas calles o que no hay venta ambulante ilegal, entre otros asuntos.

El centro se divide en varias zonas (niveles) y cada una de ellas tiene un número. El nivel 2 es la Encarnación y su entorno. La tarde del Jueves Santo, el Ayuntamiento decidió desmontar el nivel 2. Así lo ha denunciado en rueda de prensa el presidente del Sindicato Profesional de Policías Municipales de España (Sppme) en Sevilla, Manuel Bustelo. Nadie impedía, por tanto, a decenas de jóvenes cargados con lotes reunirse a beber en la plaza mayor de las Setas. La versión municipal es bien distinta. El Ayuntamiento sostiene que había siete policías sólo para esta zona del centro, y que fueron precisamente éstos los que acudieron a la reyerta que originó las carreras. También niega que se desactivara ninguno de los servicios previstos, asegura que el nivel 2 al que se refiere el sindicato recoge todas las vías de evacuación del centro y no sólo el entorno de la Encarnación, y afirma que sólo hubo cuatro voluntarios de Protección Civil regulando el tráfico los primeros días de la semana.

En cualquier caso, los incidentes desbordaron a la Policía Local porque, además, todo ocurrió en menos de una hora. Entre las 3:49 y las 4:45 hubo una pelea en Gallos con avalancha hacia Matahacas, por donde pasaba los Gitanos; otra en el Capote, con dos personas arrojadas al río; la reyerta de las Setas, que causó cuatro estampidas y arrolló al Silencio, donde dos niños resultaron heridos y otros dos se perdieron; y un escape de gas en la calle Feria, con un trabajador herido que obligó a cambiar el recorrido de la Macarena.

A alguien le debió parecer que esto no era nada, puesto que el Sábado Santo se volvió a desmontar el nivel 2. Afortunadamente, el balance de la Madrugada (al que hay que sumar un nazareno del Silencio con la clavícula rota) es escaso para lo que podía haber ocurrido. Que el alcalde, Juan Ignacio Zoido, admita que hubo falta de prevención no deja de ser reconocer una evidencia pero al menos está bien que lo haga. Que el delegado de Fiestas Mayores, Gregorio Serrano, anuncie que habrá más vigilancia el año que viene, si los ciudadanos revalidan su confianza en el gobierno actual en las urnas… Quizás también debería explicar cómo tiene pensado hacerlo, porque con los policías que hay es difícil.