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Pedrera puede presumir de cura

fperez | 7 de mayo de 2018 a las 16:44

Reportaje en Pedrera Rumanos incidentes.

El pasado 8 de enero, el sacerdote Enrique Priego era un hombre roto de dolor. Dos días antes, había visto cómo una multitud enfervorecida quería linchar a los rumanos del pueblo, a los que destrozaron coches, amenazaron e intentaron asaltar sus casas. La chispa fue la agresión sufrida por un matrimonio de la localidad por parte de tres ciudadanos rumanos con los que habían tenido un accidente de tráfico. Aquello desató una oleada de xenofobia que no se conocía en la Sierra Sur de Sevilla. Y menos en un pueblo tradicionalmente jornalero, en el que los rumanos habían sustituido la mano de obra local en los años previos a la crisis, mientras los jóvenes de Pedrera se iban a trabajar en la construcción en la Costa del Sol, un sector mucho mejor pagado. Pero reventó la burbuja y los que regresaron vieron que sus puestos de trabajo estaban ocupados.

Se generó entonces un caldo de cultivo que se fue cociendo durante años, alimentado además por ciertos sectores políticos. Se decía en Pedrera que los rumanos robaban en el campo, como si antes de su llegada no se robara cosecha en España. Se decía también que se habían llevado cuantiosas ayudas municipales, mientras que a la población pedrereña no se les daba nada. Se decía que los rumanos no dejaban jugar a los niños locales en los parques y que vivían hacinados en sus casas, como si los que se las alquilaban, y cobraban por ello, fueran extraterrestres. Y muchos señalaban al cura.

Enrique Priego era, para las hordas xenófobas de Pedrera, el amigo de los rumanos, el que los ayudaba y daba cobijo. “¿Y usted qué haría?”, preguntó cuando este periodista fue a verle a su casa en el curso de un reportaje sobre los disturbios del pueblo. “Si usted ve a alguien que no tiene donde pasar la noche y no tiene qué comer, ¿no le daría cobijo? ¿no le daría comida?”, se cuestionaba, mirando fijamente a los ojos del periodista. Estaba muy afectado. Destrozado. En aquellos momentos, en su casa vivía una familia rumana.

“¿Por qué viene usted a buscarme?”, preguntaba, en una entrevista en la que parecían cambiarse las tornas. El entrevistado preguntaba y el periodista respondía. “¿Quizás le han dicho que yo soy el culpable?”. Don Enrique cabeceaba, negaba, se lamentaba, lloraba… mientras su pueblo aparecía en los informativos de toda España como ejemplo de una salvaje agresión xenófoba.

Priego llegó a Pedrera en 1969. Es uno de esos curas obreros que fueron enviados a la Sierra Sur a finales de los sesenta, como Diamantino García Acosta en Los Corrales. Juan Heredia en Gilena y Miguel Pérez en Martín de la Jara. Con ellos formó equipo pastoral. Luego, llegada la democracia, pidió autorización al Arzobispado para presentarse a las primeras elecciones municipales de la democracia. Iba de segundo en las listas de un partido obrero que fundó, la Candidatura Unida de los Trabajadores (CUT). Casi cincuenta años en los que siempre se ha situado del lado de los pobres y los marginados. Pero nunca se esperaba lo que ocurrió aquel fin de semana de enero. “¿Sabe usted lo que supone para mí que un hombre al que yo he visto crecer venga a mi casa a llamarme hijo de puta?”, volvía a preguntar, y admitía que estaba pasando los peores días de su vida.

En el curso de aquella entrevista, en el zaguán de su vivienda, al cura le sonó el teléfono varias veces. Le llamaban familiares, preocupados. Alguna persona que pasó por la puerta entró a darle mensajes de ánimo. Y también se enfrentó a un miembro de la junta de gobierno de la hermandad que apareció por allí. El cura había visto al cofrade en una de las manifestaciones contra los rumanos del pueblo. “No pienso permitir que vayáis con una vara delante de un santo después de lo que ha pasado. Eso por descontado”. El cofrade se quedó sin respuesta, se dio cuenta de que había dos periodistas delante y se marchó por donde vino.

A los diez días, los mismos periodistas fueron a hacer otro reportaje al pueblo, donde ya había vuelto la calma y todo parecía haber sido un mal sueño. El cura era otra persona. “Esto ya es otra cosa, esa reacción no tenía sentido. Si este pueblo siempre ha sido muy acogedor. El año pasado murió una rumana y conseguimos reunir más de 6.000 euros para pagar el traslado del cadáver. Venía la gente a traerme el dinero aquí a mi casa”. Estaba mucho más alegre. Le enseñó a los periodistas la iglesia de San Sebastián, un imponente templo del siglo XVI. Le acompañaba Bobby, un perro que vino con una familia rumana a la que acogió en su casa. La familia se fue pero el perro se quedó. Y no dejaba al cura solo ni para dar misa.

Ya mucho más relajado, contó una anécdota entre risas. Cuando repartía la comunión, el perro se pegaba al sacerdote y no había manera de que se alejara de él. A algunas mujeres del pueblo les daba miedo la presencia del animal. El presbítero se acercó a las feligresas una vez acabada la misa. “Miren, no tengan tanto miedo, que ese que está ahí lleva cientos de años y nadie se ha quejado”, les dijo, señalando una imagen de San Benito, con un perro a los pies, que hay en uno de los retablos del templo.

Así es Enrique Priego, al que la Diputación Provincial de Sevilla entregará la medalla de oro de la provincia el próximo 23 de mayo. Cuando se despidió, deseó a los periodistas que la próxima vez que tengan que cubrir alguna noticia en Pedrera sea porque tocó la lotería. “Y ojalá les toque a los rumanos, no por rumanos, sino por necesitados”. Quizás haya que volver antes. Pedrera puede hoy presumir de cura.