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¿Bicicleta pública o privada?

fperez | 6 de enero de 2017 a las 5:00

 

BICI

 

DE nada sirve que las bicicletas de Sevici pesen más de 20 kilos porque están blindadas para que nadie las destroce o les robe las piezas. De nada sirven los sistemas de control, las medidas de seguridad e incluso las sentencias contra los que son sorprendidos robándolas, alguno de los cuales ha tenido que ir a prisión pese a que el robo fue ocho años atrás y en el periodo transcurrido desde entonces tuvo tiempo de reformarse, encontrar un oficio digno y fundar una familia. De nada sirve que la empresa concesionaria o el Ayuntamiento refuercen la vigilancia en las estaciones de Sevici si luego hay tipos que no sólo las mangan, sino que se las llevan a su casa y encima las exhiben de manera descarada, como se aprecia en el balcón que aparece en la fotografía, tomada en la calle Jorge Guillén, junto a la avenida de Felipe II.

Sevici tuvo un éxito que posiblemente ni sus propios ideólogos pensaron cuando se plantearon la idea de implantar un sistema de bicicletas públicas en Sevilla, por mucho que les hubieran contado acerca de la novelería de los sevillanos, unos señores que se pasan –nos pasamos– un año criticando la obra del carril bici porque quita plazas de aparcamiento pero que luego, cuando se inaugura, nos falta tiempo para ir a comprarnos máquinas que en nada envidian a la Espada de Induráin para lanzarnos en masa a recorrer los carriles.

El caso es que Sevici llegó a alcanzar en sus primeros años los 70.000 abonados. Es decir, más de un 10% de la población. Que luego lo utilizara tanta gente o no ya era otra cuestión. De hecho, el número de abonados anda aproximadamente por la mitad en la actualidad. Nunca fueron bicis ligeras, ni falta que les hacía. No eran bicis para salir los domingos por caminos o carreteras de la provincia, pero eran ideales para ir al trabajo, a la facultad o al instituto sin tener que preocuparse de que al volver alguien se hubiera llevado la bici propia. Incluso para regresar una noche de fiesta a casa sin necesidad de tener que pagar –y antes encontrar– un taxi. Todo por unos cuantos euros al año.

Los de JCDecaux, la empresa concesionaria, se esperaban un alto índice de robos y vandalismo. Al fin y al cabo Sevilla no es Amsterdam y si uno deja su bici sin amarrar puede estar seguro que no la va a encontrar en su sitio a la vuelta, aunque la haya dejado un par de minutos para hacer un recado. Por ello, idearon unos vehículos ultrarreforzados, con hierro por todas partes, blindados para que a los ladrones se les quitaran las ganas de llevárselas o de intentar sustraerlas pieza a pieza.

Pero a los mangantes sevillanos no les quita las ganas de robar nadie. Gratis cueste lo que cueste. ¿Quién quiere tener una bicicleta de Sevici en su casa? ¿Para qué? ¿Se imaginan al tipo que se ha llevado la bicicleta entrando con ella en el portal de su bloque, levantándola para que quepa en el ascensor o llevándola en peso por las escaleras, cual cirineo de San Isidoro? ¿Y luego, en casa, cruzando el salón con ella a cuestas para llevarla hasta la terraza? ¿De verdad que merece la pena tener una Sevici en un piso?