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Cuando el productor era la estrella

Blas Fernández | 13 de octubre de 2009 a las 17:01

Un rico anecdotario y una serie específica de cuestiones candentes convirtieron el pasado sábado 10 la mesa redonda De las grandes producciones a la revolución del home studio en una de las más interesantes y divertidas de las muchas que el Monkey Week, Escaparate Internacional de la Música Independiente, convocó en El Puerto de Santa María.

Moderados por el crítico musical y técnico cultural Salvador Catalán, un productor fin de raza, Ricardo Pachón; un icono del indie-rock nacional, Paco Loco, y un productor aséptico volcado en el ámbito publicitario, Antonio Escobar, revisaron con algo de vehemencia el trayecto entre las grandes producciones de antaño, cuando la industria del disco aún podía permitirse inversiones millonarias en la grabación de sus productos, y el actual estado de cosas, en el que el registro digital propicia la elaboración íntegra de un disco prácticamente sin salir de casa.

Práctica, por cierto, que algunos denuncian como causante de una cierta estandarización estilística. “La mejor razón para grabar en analógico ahora que todo el mundo sabe de ordenadores -bromeaba Paco Loco-, es que no tienes al músico detrás diciéndote pulsa control más función más 127 para lograr el efecto“.

Pachón, histórico productor de Camarón de la Isla, Veneno y Pata Negra, entre otros, evocó en medio de delirantes recuerdos -los Amador cortando una sandía sobre la tapa de un piano; el ya fallecido Juan El Camas disolviendo en té un par de ácidos para calmar los ánimos de Kiko Veneno y los hermanos…- la transformación del oficio desde el absoluto control artístico del pasado a la funcionalidad del presente.

En ese perfil encaja Escobar, quien, pragmático, es consciente no sólo de trabajar para quien le paga, sino de cómo va a escucharse su producto. “Sé que el 90% de lo que grabo va a ser escuchado en mp3, así que siempre testeo con unos auriculares de iPod”, afirmó, abriendo un curioso debate que llevó al músico Remate, presente entre el público, a declarar tajante: “Celebro que mis discos no suenen bien en un iPod”.

Conclusión asumida por todos, o casi: hay que primar la genuina transmisión de sensaciones, de emociones, por encima de la perfección técnica.

Entre el romanticismo y la funcionalidad, la mesa abrió una jornada particularmente cargada de citas de interés, como la entrevista en vivo que el periodista Ignacio Juliá le hizo al productor John Agnello o el encuentro entre diversos representantes de sellos independientes para hablar sobre las posibilidades de negocio en un mercado “alterado” (ya saben, las descargas y todo eso…).

En el apartado de conciertos, la noche del sábado se intuía como la más atractiva del festival, aunque lo visto y oído demostrara luego que los pronósticos siempre pueden errar. Con el escenario principal instalado en Puerto Sherry, Ledatres, jugando en casa, firmó una cumplidora actuación de power-pop psicodélico ante un todavía escaso público, mientras que la de los también locales Dinki Timone Combo, puro revivalismo de rock’n’roll cincuentero, no pasó de perfilar un simpático mimetismo.

Howe Gelb apareció, en efecto, con John Parish a la batería -ésa era toda la banda-, pero no consiguió romper el hielo ni sobrepasar el límite de la mera corrección en una faena de aliño. Con mejores intenciones se veía al también norteamericano Josh Rouse, quien, instalado en Valencia desde hace años, ha optado por montar una banda española e incluso mediterraneizar parte de su repertorio. La pega a tan loable iniciativa está en la falta de pegada que el grupo parece haber desarrollado hasta el momento, y que dejó su concierto, éste también, en el limbo de lo correcto.

Otros revivalistas de los 50 con más chispa y descaro, Kitty, Daisy & Lewis, podrían pasar por ser los triunfadores de la velada, si no fuera por unos problemas de sonido que luego pusieron a los Heavy Trash de Jon Spencer al borde de la estampida. Lo más divertido, al final, es que la culpa era de uno de sus técnicos.