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Dios guarde a Malcolm McLaren

Blas Fernández | 9 de abril de 2010 a las 11:51

Malcolm McLaren (1946-2010), en Madrid en 2007. / Bernardo Rodríguez (Efe)

Malcolm McLaren (1946-2010), en Madrid en 2007. / Bernardo Rodríguez (Efe)

¿Fue Malcolm Mclaren uno de los artistas más influyentes del siglo XX? La respuesta puede resultar tan aventurada como la propia pregunta, aunque repasando el peso del punk en la estética posterior a la década de los 60 -no sólo en la música, desde luego- la balanza se decanta, de manera más o menos visible, hacia el lado de la afirmación.

Mclaren, en buena medida, inventó el punk, aquel movimiento que, en su estadío original, abofeteó tanto al pacato establishment británico de la época como a las adormecidas generaciones que un día se habían sentido vanguardia. Y el punk, pese a la rapidez de su asimilación por parte del engranaje industrial, lo cambió todo.

Nacido en Londres en 1946 y formado en el semillero de las escuelas de arte inglesas, que tantas figuras de renombre aportaron a la cultura pop, McLaren se empeñó en aplicar a la escena musical las ideas extraídas de su fascinación por los situacionistas franceses, una aventura felizmente documentada en volúmenes ineludibles como Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX (Greil Marcus) y England’s Dreaming (Jon Savage) o en películas como el espléndido documental La mugre y la furia (Julien Temple). En ellos se deja constancia, entre otros tantos sabrosos y significativos detalles, de cómo tras su primer periplo neoyorquino, que le serviría para poner en práctica sus fórmulas promocionales con The New York Dolls, volvió a Inglaterra y convirtió una pequeña tienda de moda y artilugios sadomasoquistas -Sex, regentada junto a su entonces pareja, la diseñadora Vivienne Westwood- en epicentro de la revolución por venir.

En aquel local gastaban sus horas muertas, todas, quienes luego se transformarían en The Sex Pistols, heterodoxo grupo en el que convivieron energúmenos desnortados y provocadores con fondo. McLaren jugó con magisterio la carta de la provocación -ayudado, claro, por la descomunal rabia encerrada en aquellas canciones de la banda- y convirtió a los Pistols, de la noche a la mañana, en el enemigo público número 1. Millones de adolescentes de la época nunca le estaremos lo suficientemente agradecidos.

Los Pistols acabaron mal -alguno acabó del todo- y McLaren quedó marcado con el habitual estigma de manager explotador, ése que inclina a desdeñar interpelaciones: ¿Hasta dónde habría llegado el grupo sin él? ¿Acaso habría llegado a existir? Pero derrotado en los tribunales, incluso vencido en su nuevo intento de volver a la carga con otra banda teledirigida -Bow Wow Wow-, el inefable manager iniciaría una carrera musical con nombre propio en la que abundan las pruebas de su talento, de su condición de visionario.

Entre ellas servidor se queda con Duck Rock (1983), inclasificable muestrario de referencias adelantadas a su tiempo, fruto de una nueva y más dilatada estancia neoyorquina, en el que irrumpen el rap y las músicas locales -eso que poco después empezaría a llamarse world music- y se asume el uso de la electrónica aplicada al pop con completa naturalidad.

Aún legó luego otras obras notables, aunque en sus últimos años pareciera más propenso a vivir de los réditos de logros pretéritos que a emprender nuevas aventuras. En fin, nadie es eternamente joven. Eso sí: él ha muerto, a los 64 años, sin ser viejo.