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Hace diez años hacía treinta años…

Blas Fernández | 17 de septiembre de 2010 a las 7:31

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A comienzos de octubre de 2000, coincidiendo con el XXX aniversario de la muerte de Jimi Hendrix y con la edición de la caja The Jimi Hendrix Experience, el amigo Salvador Catalán y un servidor abrimos el ya extinto suplemento Culturas con un artículo sobre la figura del genial guitarrista y un repaso a su obra. A mí me tocó el primero, y ahora, diez años después y a punto de cumplirse la cuarta década sin Hendrix, justo mañana, me apetecía rescatarlo. Aquí lo dejo…

Jimi Hendrix, la experiencia inagotable

Toda experiencia varía en función del sujeto que la vive. Sin embargo, en el caso de Jimi Hendrix, resulta difícil escapar a una constante que atrapa a la casi totalidad de quienes en algún momento le han prestado atención: la fascinación. Ésta puede llegar al escuchar The Wind Cries Mary con cascos y a un volumen considerable, al perderse por los imprevisibles recovecos de Hey Joe, visitando esos Castles Made of Sand o al comprobar, de nuevo, la incombustibilidad de Fire. Es una experiencia total, inagotable: se puede volver a Hendrix cuantas veces se quiera, sin que el tiempo, y todo lo que su paso conlleva, haga mella en la emoción que recorre cualquier espina dorsal, mínimamente sensibilizada, cuando su música suena. Es presumible que se trate de la misma sensación que llevó, y sigue llevando, a millones de oídos de varias generaciones –vírgenes o curtidos– a un proceso de redescubrimiento permanente que, a la vista está, la industria discográfica –y los herederos legales del artista– seguirá rentabilizando durante largo tiempo.

Si bien es cierto, inequívocamente cierto, que el músico cumplimentó a lo largo de su corta existencia todos los campos del antiguo formulario de inscripción en el club de iconos del pop (en el que, junto a las casillas sexo, drogas y rock’n’roll, puntuaba extra la de muere joven y harás un bonito cadáver), resultaría lamentable, y erróneo, ligar la perdurabilidad de su figura a semejantes tópicos. La música de Jimi Hendrix estaba (está) por encima de todo eso, de la misma manera que el genio de su admirado Charlie Parker sobrevolaba la adicción a los opiáceos o el talento de Miles Davis no dependía del consumo de cocaína.

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Más allá de esa función icónica que el mercado absorbe con voracidad y potencia con fruición, generando una imagen distorsionada, la perdurabilidad de Hendrix, al menos para el melómano, reside exclusivamente en el inmenso, monumental interés de su música; en su capacidad para dotar a la guitarra eléctrica, su instrumento indisociable, de unas facultades expresivas, emocionales, no sólo inéditas hasta entonces, sino incluso apenas superadas hoy (quizás lo peor que nos legó Hendrix fue una torpe legión de imitadores, más preocupados por la digitación que por el sentimiento); en su disposición a la hora de utilizar las enormes posibilidades del estudio de grabación como un instrumento más (lo que, de paso, al grabarlo todo de manera sistemática, dio pie a ese enorme caudal de material unreleased que, treinta años después, sigue brotando); y en su brillante talento como compositor, así como en su impecable habilidad para adaptar, enriquecer y terminar por hacer propias las composiciones de otros.

Resulta tan tentador teorizar sobre las posibles direcciones que hubiera tomado su música de sobrevivir a aquella fatídica noche del 18 de septiembre de 1970, poco más de dos meses antes de su 28 cumpleaños, que el tema, por sí mismo, se ha convertido ya en un clásico del articulismo hendrixiano. Se admiten todo tipo de apuestas, al fin y al cabo, ninguna va a ganar: ni las que hablan de su acercamiento al jazz ni las que predican su voluntad de retornar a las raíces del blues. Ni siquiera cuentan con mayor credibilidad quienes apuntan que su estado de confusión mental era tal que Hendrix hubiera sido incapaz de seguir adelante sin un largo periodo de descanso y un serio replanteamiento vital. Al margen de una esperada colaboración con Miles Davis, poco más se puede afirmar del truncado futuro cercano, así que mucho menos del lejano.

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En peores parámetros se mueven las hipótesis sobre las causas de su muerte. Y es que a estas altura resulta bien sabido que la defunción de cualquier estrella del rock que no sea consecuencia directa de un accidente de aviación, un disparo paterno u otro motivo tan tajante e indiscutible como éstos es pasto sabroso para especuladores, conspiracionistas y morbosos en general. Del suicidio al asesinato hay un enorme trecho, recorrido en su integridad no sólo por los biógrafos del músico.

Más escenarios comunes del circo pop: muerto el héroe, el pueblo reclama la cabeza del culpable, por lo general, la de esa novia malvada o la de aquel mánager avaricioso e inhumano. Como en este caso no hay constancia de la existencia de la primera –Monika Daneman, su última compañera y también la última persona que lo vio con vida, no tuvo tiempo de asumir ese status– todas las miradas se vuelven hacia la figura del segundo. Y puede que hasta acierten: aunque ni Mike Jeffery, primero, ni Alan Douglas, después, puedan ser considerados ni de lejos responsables directos de la muerte de Hendrix, parece probado que tampoco le hicieron fácil la existencia.

Lo único que queda, lo realmente importante, y no es poco ni en cantidad ni en calidad, es ese impresionante reguero de discos que, en función del grado de obsesión de cada cual, puede superar holgadamente las cincuenta referencias (piratas incluidos). Que la industria exprima su legado –entre la certeza y la leyenda, aún se habla de grabaciones con Eric Burdon, Stephen Stills, Arthur Lee, Eric Clapton, Steve Winwood, Jack Bruce, Little Richard…– es lógico, pero cabe preguntarse qué de nuevo vamos a descubrir a estas alturas, si esas cajas que a cada nuevo aniversario señalado (el XX, el XXV, el XXX…) nos asaltan van de verdad más allá del mero (y caro) afán del coleccionista completista.

Hasta aquí mi artículo. El reportaje completo en .pdf, aquí (hendrix_1) y aquí (hendrix_2).

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  • Luis Rull

    Bravo Blas, bravo. Descubro que a los dos nos emocinan las mismas canciones.

    Una pregunta: ¿No crees que Little Wing es una canción inclasificable, tanto para el repertorio de Hendrix como para el rock en general?

  • Mistake?

    “formulario de inscripción en el club de iconos del pop”
    Blas, no te parece que no hay mezclar a Jimi con palabras tipo “pop”?, creo que es hacerle una gran injusticia.
    Es que esucho Pop y se me viene a la mente los miles de jóvenes que ahora son Pop porque escuchan “Indie y Pop” sin saber quién es Jimmy Page o Steve Ray Vaughan…

  • Blas Fernández

    Hombre, Don Luis. Cuánto tiempo sin leerle por aquí. Disculpe que haya tardado en contestarle, pero es que como la deficiente actualización de este blog delata, ando bastante ocupado con la multitarea.

    Así que aprovecho esta, por fin, fresca mañana de sábado, una vez cumplidas otras acuciantes obligaciones, para responder a su pregunta.

    ‘Little Wing’, incluida la letra, me parece una maravillosa canción en la que Hendrix usa esa técnica de guitarra arpegiada, heredada de su formación como músico de blues, para aplicarla a un contexto pop. Es la misma fórmula que utiliza, por ejemplo, en otra pieza memorable, también con un lejano eco de tempo blues, ‘The Wind Cries Mary’, sin duda entre sus favoritas, ¿verdad?

    No creo, en este sentido, que resulte inclasificable, sino al contrario, perfectamente encuadrable en ese repertorio que hizo del de Seattle, y ni mucho menos sólo por su técnica, un punto y aparte. Eso por no hablar ahora de otro componente en su obra que me parece crucial: la experimentación.

    En fin, que me reitero: lo peor de Hendrix, como en el caso de otros innovadores, fue, es, la “torpe legión de seguidores”.

    Un placer charlar de música con usted, amigo. Vuelva cuando quiera.

    Sr. Mistake, para mí no hay ‘mistake’. Y mucho menos “gran injusticia”. Aunque, claro, eso depende de lo que usted entienda por “pop”. Vale que es un concepto denigrado en determinadas escenas, del heavy al rap, que tienden a considerar, y en exclusiva, como tal a esa música poco exigente facturada en serie por bien engrasados equipos de producción. Ésa, ya sabe usted, que copa las radiofórmulas, y no se entiende lo uno sin lo otro, incluso con variantes geopolíticas concretas (Canal Fiesta Radio y su estomagante “flamenquito-¿pop?”).

    Pero no, Sr. Mistake, en este blog, que se llama La Ventana Pop, por pop se entiende otra cosa, y no sólo por dedicar con la misma naturalidad entradas a Nick Cave, Motorpsycho, Portishead, DJ Spooky, Neil Young, Orthodox, Jóhann Jóhannsson, José González, Herbert, Nick Drake, Tote King, The Cinematic Orchestra, Kid Koala, Dungen, Bruce Springsteen, Silvio, De La Soul, Veneno, The New York Dolls, Matmos, Lou Reed o Camarón que a Beach House, REM, Los Punsetes, Rufus Wainwright, Scarlett Johansson, Mala Rodríguez, Belle and Sebastian, M. Ward, Ladytron, Los Planetas, Antony and The Johnsons, Vainica Doble o La Bien Querida, pongamos por caso.

    Quien hace este blog, yo, entiende por “pop” otra cosa, me temo que también alejada de ese lugar común que usted parece imaginar colonizado por grupúsculos de jóvenes con gafas de pasta, quizás ignorantes de las hazañas de Page o Vaughan, pero no por ello, créame, incapacitados para crear buenas canciones.

    Yo entiendo “pop” como apócope de cultura popular, como concepto antaño inmerso en la dialéctica, para mí definitivamente superada, entre “alta” y “baja” cultura y hoy asentado como una suerte de denominación de origen o incluso de modus operandi.

    Me resulta curioso que esta interesante cuestión aparezca al hilo del rescate de un artículo publicado originalmente en ‘Culturas’, el fenecido suplemento cultural de los diarios del Grupo Joly, una revista, bajo la sabia dirección de Alberto Marina (padre), caracterizada de hecho por disolver esas supuestas fronteras a contracorriente y a la vanguardia de otras publicaciones similares de la época.

    Creo que ya he contado esta anécdota en otra ocasión, pero merece la pena recordarla. Hace años, en una entrevista, el compositor y director Cristóbal Halffter se me quejaba del escaso o nulo aprecio del público por lo que él consideraba ‘música contemporánea’. “El hombre de hoy -venía a decir- viaja en avión de París a Madrid, allí coge un AVE a Sevilla mientras lee la novela de un autor contemporáneo. Llega a su casa y allí cuelga el cuadro de un pintor contemporáneo. Pone el televisor y ve una película de un director contemporáneo. Pero cuando llega la hora de escuchar música, zas, ¡Pone a Mozart!”. Le espeté que no. Que el hombre que el describía, cuando ponía música, quizás escuchaba a Björk.

    ¿Es pop Björk? Entendido en el sentido amplio, cultural, que concedo al concepto, para mí lo es, incluso cuando se dedica a investigar las posibilidades de la voz humana, sin concesión alguna a la comodidad del oyente. Para mí es pop Miles Davis y Atomic. Uno versionó a Cindy Lauper con gusto exquisito y los otros lo hacen hoy con Radiohead. ¿Es pop Radiohead? ¿Es pop ‘Kid A’?

    Hendrix, en su tiempo, no sólo era pop, sino que el tiempo, además, lo convirtió en icono (pop).

    Confío en haberme explicado. Un saludo y vuelva por aquí cuando quiera.

  • Pop Art

    Desafortunadamente el pop, hoy día, está asociado y es sinónimo de mala música,de bodrios comerciales que inunda las ondas las radioformulas; con sus dj a gritos pelado que obedecen un guion de un patrón reenumerados a su vez por insaciables compañías discográficas a las que no les importa nada la buena música.
    El POP, con mayusculas, va más allá: es toda una corriente (…) una corriente POPular y contemporánea que simboliza las artes de final del siglo XX y el comienzo del XXI, unas artes asequibles para todos y no para unos pocos. Por favor, respetemos el POP, eso sí, pero con mayúsculas.

  • juan (mistake)

    Gracias por sus palabras Blas, me ha encantado su respuesta.
    Me alegra que haya gente que tengo esta perspectiva sobre estas cuestiones musicales, y me alegra que supiera por dónde iban mis palabras.
    A partir de hoy consultaré su blog, que encontré por casualidad al hilo del aniversario de este genio inalcanzable.

    Saludos.

    Nos veremos por aqui.

  • Vidal

    (para PopArt) Hace unos años, durante una entrevista con Prefuse73, me confesó que él no consideraba que su música fuese experimental. “¿Has escuchado las producciones de Timbaland y The Neptunes para las estrellas pop de la MTV? Eso sí que está lleno de ritmos rotos y arreglos marcianos. Lo mío, a su lado, son juegos de niños”. Menospreciar el pop de radiofórmula, en fin, es algo que cualquier buen aficionado a la música no se puede permitir, porque muchas veces es ahí donde se producen las cosas más rompedoras.

    (y, al hilo de este hilo, para Blas) El otro día, tras el concierto de Atomic, una de las violinistas de la Sinfónica me comentaba, asombrada, que lo que había visto le parecía “demasiado experimental”. Que no le entraba en la cabeza que ante una cosa “tan rara” hubiera un público tan numeroso, y que encima se lo pasara tan bien. Que ya quisiera ella, en fin, que pasara lo mismo con los conciertos de música contemporánea. Sería interesante preguntarle al señor Cristóbal (y de paso al otro Halffter, Pedro) lo que opina de la cuestión…

  • Blas Fernández

    Vidal, por experiencia directa sé que para el hijo el término rock evoca, si acaso, a Bill Haley and His Comets. Así que ya te puedes ir haciendo una idea de qué será lo que opine el padre.

    Es muy legítimo no interesarse por algo. El problema llega cuando lo desdeñas sin conocerlo. Y en ésas estamos…

    Lo de la violinista tiene, si cabe, mayor delito. Pero qué le vamos a hacer: no-se-enteran. Y a mí a estas alturas, francamente, me trae al pairo.

    Eso sí, me río tela, como cuando a cierto crítico clásico se le ocurrió la brillante idea de poner a parir a un prestigioso cuarteto presente en un ciclo de música de cámara por haberse atrevido, en un momento concreto, a utilizar… ¡una guitarra eléctrica!

    And the rest is noise, que dijo el otro.

  • J.Solis

    Vaya; precisamente el otro día estuve leyendo algunos artículos del sociólogo y crítico Simon Frith, en los que exponía la falsa dicotomía entre música “culta” y música “popular” como algo opuesto, la “alta cultura” frente a la “cultura propular”; en ese momento, y dado de lo antiguo de esos artículos pensé que esta cuestión ya estaba superada, especialmente por aquellos agentes musicales de la música “culta”, pero por lo que veo, y para mi sorpresa, Halffter no lo tiene tan claro… no me lo esperaba… muy curioso.