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Paisaje entre tinieblas

Blas Fernández | 24 de marzo de 2011 a las 8:39

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Ravedeath, 1972. Tim Hecker. Kranky. Electrónica experimental. 2LP / CD

Aun en la portada del doble álbum en vinilo, imagínese en la del CD, cuesta distinguir qué es lo que lanzan esos tipos desde una azotea. Al desplegar la carpeta la cosa queda algo más clara: es un piano. Eso y tirar del hilo es todo uno, y bien fácil…

The Piano Drop es una simbólica tradición de los alumnos del celebérrimo MIT iniciada, vaya, en 1972; una significativa gamberrada, en apariencia hoy institucionalizada, destinada a materializar el punto final a la etapa de éstos como tales.

La sugestiva y abierta carga simbólica del acto conecta con esa otra idea apuntada por Joe Colly en su reseña para Pitchfork de este disco disco que nos ocupa. En ella, se evoca la imagen de un Tim Hecker obsesionado de uno u otro modo por la futilidad del hecho sonoro, ya sea éste oníricamente invocado mediante el shock de un piano lanzado al vacío o por la instantánea de diez millones de discos piratas destruidos con bulldozers por el remoto gobierno de Kazajistán (en todas partes cuecen habas).

¿Por qué purgatorios vagan las almas de esas músicas? ¿A dónde van a parar? Son cuestiones que invitan a cerrar los ojos e imaginar. Eso, ni más ni menos, es la música de Tim Hecker.

El prolífico músico canadiense, un puntal del paisajismo electrónico, sigue en cierta medida las mismas pautas que definen desde hace tiempo su estilo. A saber, el uso de drones atmosféricos estratégicamente atravesados por ráfagas de ruido, auténticos agentes disruptivos (escúchese aquel anterior y magnífico álbum: An Imaginary Country, 2009).

Sin embargo, Ravedeath, 1972 va algunos pasos más allá. En concreto, hasta Islandia. Escrito en Montreal y grabado en una iglesia de Reikiavik -echando mano, por cierto, de su órgano-, el décimo álbum de Hecker cuenta con Ben Frost como ingeniero de sonido e intérprete de algunas de las líneas adicionales de piano. Y como también apunta Colly en su reseña, decir hoy Ben Frost es citar la piedra de toque de esa otra música contemporánea que no renuncia a apelar a las emociones sin desistir por ello del riesgo (escúchese, claro, su monumental álbum By The Throat, 2009).

En qué medida pesa su participación en este brillante resultado final es una cuestión que invita a la especulación. Pero más vale concentrarse en los hechos. Esto es, de nuevo, cerrar los ojos y dejarse llevar a los infiernos, purgatorios y paraísos por donde vagan las almas de las músicas que no fueron.

Pueden escuchar el disco en la página de Kranky.

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  • Mejor te lo digo luego

    Al hilo de contemporaneidades, este párrafo entresacado de una reciente entrada del blog (chorrodeluz. net) de un colega de profesión es bastante heavy. ¡Glups!

    “El abordaje musical de Favory, esto es, su posicionamiento estético, arranca con la miniatura que da título al cedé. Big Endings (2007) no es otra cosa que una coda puesta al comienzo, una traca que despide un universo sonoro gastado y debilitado por las leyes del marketing como es el rock y sirve de entrada a otro; el que abraza el músico francés, la propuesta de escucha reflexiva pero no exenta de placer auditivo que deriva de la música experimental. En este primer track se contraen múltiples estallidos de caos y violencia tomados de la conclusión de diversos temas de rock. Hilvanadas en miniatura estas bombas de frenetismo catártico simbolizan, bajo la perspectiva del músico, “el punto final de un género” que nació como una expresión artística bajo los presupuestos de la innovación y la rebeldía pero cuyo desarrollo se ha empeñado en no hacer caso a tales premisas. Añadiremos nosotros que el oyente atento hallará en la ‘música contemporánea’ (de Nono a Lachenmann, de Berio a Cristóbal Halffter…) infinitas muestras de auténtico y radical compromiso con la historia y sus avatares, de mucho mayor calado que las que derivan de la esfera del pop-rock”

    ¡¡Mamma mia! Comparar a Cristóbal Halffter con los Sex Pistols y quedarse tan ancho.