Los veinte años del ‘cantecito’

Blas Fernández | 22 de mayo de 2012 a las 13:10

La anunciada reedición en versión especial de Échate un cantecito, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la aparición original de tan señalado título en la discografía de Kiko Veneno (y de la música española en general), me da pie al rescate de la entrevista que con tal motivo le hice en su momento, publicada en noviembre de 1992.

Por cierto, que esta entrevista me dio el nombre para el programa de radio que comencé poco después. En fin… Rebobinando… Dos décadas atrás…

“Sevilla es la reserva de guitarras de Europa”

Después de tres años de silencio discográfico regresa Kiko Veneno, protagonista antaño de uno de los proyectos más insólitos y enriquecedores del rock español. De aquella aventura recibió en herencia el apellido, pero también la pesada carga que conlleva haber rozado la genialidad. Tras discos de mediano interés vuelve dando en la diana con un elepé atinado, recibo de inspiración asumida con naturalidad. Todo lo que se esperaba de él se encuentra en Échate un cantecito, y lo que parecía marchito renace con fuerza. Kiko alcanza la madurez, como decía la canción, “con una pequeña ayuda de mis amigos”.

Seguridad, confianza, apoyo y fe son las palabras que más se repiten en la conversación con el músico. Parece encontrarse Kiko Veneno en un momento dulce, de felicidad no disimulada, resultado de la conciencia del trabajo bien hecho y del análisis relajado sobre su trayectoria. Hace balance, clarifica conceptos, asume errores y reivindica aciertos. Se reconoce a sí mismo y se lanza por un cauce de ideas que caen en cascada.

-¿Cómo te sientes con las buenas críticas, unánimes, que está recibiendo Échate un cantecito?

-Bien, muy bien, aunque no sean lo más importante, porque después es el público quien da o no el favor a un trabajo. En discos anteriores, por ejemplo, Pequeño salvaje, tuve algunas críticas muy buenas, poniéndolo mejor de lo que en realidad era, y también otras frías, que le ponían muchas pegas. Pero es que con este disco no ha puesto pegas nadie. Todos resaltan los valores positivos, y creo que eso está muy bien, que es real. Este trabajo significa evolución, un paso adelante. Me alegro de que tenga buenas críticas, pero porque creo que las merece.

-Se nota que estás a gusto con el resultado…

-Me siento totalmente a gusto. No había disfrutado nunca haciendo un disco, excepto el de Veneno. Aquello fue un placer, grabado todo en directo, sin comerte el coco sobre las mezclas ni nada. Estábamos tan fuerte y tan seguros de lo que hacíamos… Era vibrante. Desde entonces no había vuelto a disfrutar como con éste, durante la preparación, la grabación… Y luego, cuando lo escuché, me sentí satisfecho. No es que crea haber encontrado la fórmula ideal, es que el disco está bien, hay buen rollo. Siempre que haya buen rollo, control y trabajo, si hay talento, tienes que hacer buenos discos.

Kiko lo sabe ahora, pero parece haberle costado encontrar el camino. Tras la disolución de Veneno encaró los 80 en solitario. Llegaron Seré mecánico por ti (82), Pequeño salvaje (87) y El pueblo guapeao (89), pero aunque en todos brillaran buenas canciones ninguno reflejaba ese aire único conseguido en el encuentro con los hermanos Amador. Con Raimundo volvió a trabajar en los dos últimos títulos, pero la mecha no prendía. Una etapa dura, de la que ha tardado diez años en salir.

-Veneno era un tour cultural, étnico. Llegó un Pachón (Ricardo) cualquiera y destruyó todo el trabajo, me lo tiró. Era un un grupo predestinado a ser, y aunque sólo testimonialmente, lo fue, vanguardia de toda la movida de los años 80. Cualquiera lo podía ver. Y aquí, en Sevilla, la gente decía que yo era un mangante, un catalán fino que estaba aprovechándose de los gitanos. Y lo decía gente que formaba opinión. Se llevaron dos años dándole vueltas al coco con Rafael y Raimundo, hasta que los convencieron de que yo los engañaba. Me vi sin mi fuente original, que había sido conocer a Raimundo, experimentar el rollo de estar sentados con nuestra guitarras y que el mundo se muera. Me quedé desasistido de procedimientos y con una enorme falta de fe en mí mismo. Totalmente hecho polvo. Tenía una fe extraordinaria en Veneno, estaba seguro de que aquel era un disco genial, irrepetible, y sufrí cuando destrozaron el proyecto cuatro mentecatos. No éramos los Chanclas, sin desmerecer a nadie, pero no estábamos haciendo un chiste, sino abriendo una puerta al canto en español, a la fusión de formas musicales populares, del rock, del blues, del flamenco… La desaparición de Veneno fue muy difícil de asimilar.

-Has estado huyendo de ese fantasma durante tres discos y ahora, en cierto modo, retornas a él.

-Claro, ya he madurado. Tengo 40 años, sé que le debo a mi infancia y a mi juventud. Sé que para la música nací por un asunto de intuición genial, un encuentro genial con Raimundo. Sé que estaba allí, me reconozco; sé que mi música es callejera, es poesía… Hay muchas cosas que ahora tengo claras y a las que vuelvo. Ya no me hace falta Raimundo, y con eso me refiero a que puedo hacerlo sin él, algo que antes no podía imaginar y que ahora sé. Con él podría hacerlo igual de bien o mejor, me encanta trabajar con Raimundo, pero ahora tengo la confianza de que puedo hacerlo sin él, y eso me da mucha vida para actuar por mi cuenta. Me ha costado trabajo encontrar la confianza en mi talento, pero llegó un punto, después de grabar Pequeño salvaje, en el que me dije ¡Hasta aquí! ¡No volveré a grabar un disco hasta que no tenga el apoyo necesario! Así que me puse a trabajar en la composición hasta que llegara un buen momento.

Ese buen momento llegó con un viejo amigo, Santiago Auserón, y con Animal Tour, la oficina de producción de los ex-Radio Futura, el apoyo fundamental capaz de catalizar la inspiración de Kiko hacia resultados concretos.

-Durante un par de años intercambié ideas con Santiago, y tengo que agradecerle el apoyo que me dio para que fuera estricto y siguiera mi propio camino. Un apoyo de amistad que significaba: depura y sigue por ahí, tranquilo, despacio. Me ofreció Animal Tour como vehículo. Ordenó el trabajo mientras yo tenía la seguridad de que tendría un buen acabado y saldría con una buena compañía.

-Propusiste la producción del disco a Auserón, pero al final fue Jo Dworniak, productor de los últimos discos de Radio Futura, quien se encargo del trabajo…

-Santiago me contestó que podía ayudarme, pero que él no era productor. La oficina me señaló a Dworniak, conocía sus trabajos y me gustaban. Vino a España, nos conocimos, intercambiamos información y cogimos una confianza muy grande. Le pasé una maquetas con las líneas maestras, pero luego él tomó también decisiones importantes. Cuando llgué a Londres a grabar me encontré con un batería y un percusionista africano, algo que influye claramente en el sonido del disco. Su participación ha sido grande: vio nuestra movida y la tradujo bien a sonido. Confié en él porque mi intuición me lo decía y, efectivamente, todo fue bien.

-Dos percusionistas africanos y músicos británicos, excepto los dos guitarristas, ambos sevillanos: Lolo Ortega, ex Caledonia Blues Band, y Andrés Herrera El Pájaro

-Eso fue decisión mía, por supuesto. Tenemos una ciudad que es la reserva de guitarras de Europa. Otras cosas no tiene, pero guitarras, por un tubo. Y nuestra música es callejera, de guitarras, inspirada en la guitarra popular. En Londres, cuando me preguntaban por Lolo, no podían creer que fuera peluquero, que no viviera de la música.

Kiko no se ríe, pero sonríe mentalmente mientras las ideas corren más rápidas que sus palabras. En Échate un cantecito cuenta diez historias sacadas de una fructífera cotidianidad, a la que sabe arrancar personajes como Joselito, el marinero que paraba en su bar de Conil, o el Lobo López que todos llevamos dentro. Letrista brillante, de sintética habilidad poética, Kiko escribe en este disco algunos de sus mejores textos. Le cito varios, entre ellos, el de Reír y llorar: Lloran las ramas / Azotadas por el viento / Las raíces se están riendo / En la oscuridad…

-Cuando estás satisfecho es cuando estás amarrado a algo que tiene raíz, bien sea familiar, cultural, religiosa o artística. Yo me siento feliz con mis canciones. Mi guitarra me comunica con Lorca, con Falla, con la música. La música son ondas en el aire, a veces con más sentido que la propia sangre.

  • Bizcochino

    “Olas en el aire”, qué tiempos y qué gran programa :)

  • […] se dispersó dejando a uno de sus reactores, Kiko, en una situación personalmente incómoda. Él mismo lo contó en más de una ocasión: necesitaba tiempo para recuperar la confianza y demostrarse que podía hacerlo (más o menos) […]