La misa sónica de Los Evangelistas

Blas Fernández | 1 de octubre de 2012 a las 7:13

Foto: Juan Carlos Muñoz

Los Evangelistas. XVII Bienal de Flamenco de Sevilla. Formación: Antonio Arias (bajo, guitarra y voz); J (guitarra y voz); Florén (guitarra); Éric Jiménez (batería); J. Machuca (teclados); Carmen Linares y Soleá Morente (voces invitadas). Lugar: Teatro Central. Fecha: sábado 29. Aforo: algo más de media entrada.

1997: Carmen Linares actúa en el festival granadino Espárrago Rock; entre los damnificados de tan gloriosa colisión, una nutrida de legión de melómanos rock se deja tentar, una vez más, por esas sonoridades que permanecen ocultas e incrustadas en lo más hondo de su subconsciente. 1998: Enrique Morente, también en el Espárrago, sube al escenario con Lagartija Nick y muestra cómo de bien, cómo de sentido y hercúleo, suena ya el directo de Omega. La legión se multiplica.

Estos dos hechos puntuales se incardinan en una larga oración que juega lo suyo con las subordinadas: en lo referente a Lagartija Nick, se inicia con los tímidos contactos entre banda y cantaor para dar forma a una colaboración cuya revolucionaria naturaleza aún tardaríamos en descubrir; en lo referente a Morente, es un jalón más en esa incansable necesidad de satisfacer su curiosidad por tantas otras músicas al margen del flamenco, por dialogar y descubrir qué pasaría si…; en lo que respecta a la ocasional pero reiterada relación entre flamenco y rock, se revela como un capítulo nuevo: Omega, y lo que vendrá (incluido el descubrimiento de una nueva devoción que servirá a J para reinventar a Los Planetas en La leyenda del espacio), ha pasado página y destapa una dirección inédita, una lectura flamenca desde el rock contemporáneo que esquiva con acierto los tics convertidos en clichés.

Foto: Juan Carlos Muñoz

Flamenco y rock… Sólo quienes desconocen esta compleja cronología pueden todavía incomodarse, incluso después de otros acercamientos vistos en anteriores ediciones del festival, con la presencia de Los Evangelistas en la programación de la Bienal de Flamenco; sólo ellos pueden pensar que la evocación de Morente es en realidad un mero pretexto para buscar un bolo más.

Homenaje a Enrique Morente, editado a comienzos de este año, es fruto de la admiración y convierte el legado del cantaor en un rompehielos que sigue abriendo vía al feliz hallazgo. “El flamenco es tan potente que acaba haciendo de ti una persona mucho más purista de lo que pensabas” , confiesa Antonio Arias. “Él [Morente] se vestía de moderno para hacernos fundamentalistas; gente, a la que por cierto, odiaba”, reflexiona J. Ahí queda eso, para futuras disquisiciones en torno a esta historia.

Pero allá donde el disco desvela un glorioso equilibrio entre mimo y talento, entre laboriosa dedicación y habilidad creativa para llevar a terreno propio las enseñanzas recibidas, el directo revela patentes desequilibrios. Fuera de toda duda el cancionero elegido -no todo grabado o, en ocasiones, como en Ciudad sin sueño, extraído de Omega-, estas apropiaciones y reconversiones morentianas, o al menos así fue en el Central, sufren sus altibajos. Las interpretadas por Antonio Arias mantienen por lo general el tipo; las cantadas por J -letrista certero e inmisericorde, pero vocalista limitado más allá del universo propio y reconocible generado por Los Planetas; y ése es un mérito incontestable- pierden algo respecto a su registro fonográfico. Señalando lo obvio, se puede decir que Antonio entra afinado y con presencia, mientras que J lo hace tanteando el tono adecuado para sólo a partir de ahí crecerse.

¿Problemas en los monitores? No lo sé. Quizás: pese a lo limpio del sonido durante todo el concierto, servidor echó en falta más volumen y más peso en las guitarras, responsables de la particular textura de estas adaptaciones y pieza fundamental en una ambiciosa estructura sólidamente asentada sobre la fiera batería de Éric Jiménez y el bajo preciso y preciosista de Arias. Aun así, con sus defectos, la anunciada misa sónica en recuerdo del maestro contenta a los creyentes y, como cabe esperar, los llena de gozo. Por contra, me temo, los incrédulos seguirán ejerciendo como tales.

Donde probablemente unos y otros coincidan sea en la fascinación frente a Carmen Linares, quien ya en los bises borda Delante de mi madre con la misma hondura, sentimiento y dignidad que ha enseñoreado su larga carrera. Por su parte, Soleá Morente, pura hambre de escenario todavía en busca de identidad  propia, se entrega con pasión junto a Arias en Yo poeta decadente -qué texto, Dios, qué texto…- y pone la misma voluntad en La estrella.

Viniéndose arriba con cada canción, con cada minuto, el fin de fiesta es justo eso, celebración de lo vivido con Donde pones el alma: todos sobre el escenario evidenciando que, en efecto, han hecho justo eso.

Foto: Juan Carlos Muñoz

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