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Vueltas de tuerca

Blas Fernández | 10 de enero de 2013 a las 7:02


Entre 2007 y 2009 publicaron tres epés autoeditados -Monja, Perro y Madre- que funcionaron como efectivo toque de atención para los degustadores de ese rock con cualidades evanescentes y el oído puesto en cierta etapa de los 90. La etiqueta shoegaze, otro de los sucesivos revivals de la espiral pop, aún cuadraba para el homónimo álbum Blacanova (2010, Foehn Records), pero aunque incluso hoy pueda mantener su vigencia, en ¿Cómo ve el mundo un caballo? (El Genio Equivocado, 2012) queda relativamente desbordada por una ambición mayor. Crecimiento, lo llaman algunos.

“Creo que ahora tocamos de un modo distinto”, dice Paco Arenas, guitarrista de una banda completada por Armando Jiménez (voz, melódica, trompeta y xilófono), Inés Olalla (voz y teclado), Manuel Begines (bajo), Pepe Fernández (batería) y Cristian Bohórquez (guitarra). “Antes éramos muy de hacer la bola desde el principio, pero ahora intentamos dejar respirar más a las canciones. Para este disco trabajamos mucho los juegos de voces, así que mientras Inés y Armando cantan, hacemos texturas más suaves, por detrás. Y jugamos más con las dinámicas, con las subidas y bajadas de intensidad. Definitivamente, necesitamos salas en las que se pueda tocar alto”, bromea en torno al volumen de sus descargas. “Es una evolución lógica -añade por su parte Armando-, porque al principio nuestra tendencia era al ruidismo. Pero eso hacía que los árboles no dejaran ver el bosque. Llega ese momento en el que te planteas que las canciones tienen que tener su propia dinámica. Es justo lo que hemos buscado”.

Varias cosas más han cambiado en la segunda entrega en largo del sexteto, incluida la propia formación, inalterada desde sus orígenes, que vio cómo el guitarrista José Antonio Pérez, Perepi, abandonaba el grupo para centrarse en otra aventura, I Am Dive. “Uf, somos amigos desde niños -recuerda Armando-. Perepi estaba desde el principio y ni siquiera nos habíamos planteado que alguien lo dejara. Pero entendimos su marcha. Estaba muy involucrado con I Am Dive y llegó un momento en que tenía tantos conciertos que ya no podía repartirse. Tuvimos suerte. Cristian había tocado con Sundae, Trisfe e Hiroshima Atomic Garden. Nos gustaba. Le propusimos que se viniera y aceptó”.

“A priori es un guitarrista muy rock, muy contundente -comenta Paco-, pero le encantan las guitarras con muchos efectos, y eso encaja con lo que nosotros hacemos. Se ha adaptado muy bien. Todas estas canciones han tenido con él su nueva vuelta de tuerca. Nos ha ayudado mucho a que crezcan en el directo”.

También cambia el sello editor -de Foehn a El Genio Equivocado, hogar de Las Ruinas, Odio París, Grushenka, Hans Laguna o Montevideo-, aunque siga imperando el modus operandi habitual en las independientes de un tiempo a esta parte. “Ya no quedan sellos que cojan a un grupo y le paguen la grabación. Casi todos los grupos, al menos parcialmente, se pagan la suya. A lo que te ayuda el sello es a editar y a distribuir, que es algo que nosotros solos no podemos hacer por falta de tiempo. Pero nos movemos en niveles en los que nunca sabes si a la hora de sacar un nuevo disco el sello tendrá posibles o no”, advierte Paco. “Tal como funcionan las cosas hoy, te tienes que replantear la forma en la que llegas al público y cambiar los esquemas tradicionales -abunda Armando-. Nosotros empezamos con la autoedición y así sacamos nuestros tres primeros epés, hasta que llegamos al elepé con Foehn. Y quién sabe si en un futuro tendremos que volver a hacerlo”.

Otra pequeña mutuación en ¿Cómo ve el mundo un caballo?: las letras, antaño a menudo ocultas bajo marañas de electricidad, ganan visibilidad. “Quedaban sepultadas hasta el punto de que si no tenías el texto delante resultaba difícil entenderlas -reconoce Armando-. Mucha gente nos escribía pidiéndonos las letras y tuvimos que hacer un PDF. En realidad yo no era partidario de incluirlas en este disco, porque no es lo mismo escuchar una canción que leer una canción. Pero al final las metimos: quedaba bien en el arte del disco”.

Letras, una vez más, en español. “Hacer letras en castellano es difícil, cuesta”, señala Paco abonándose a la teoría de la facilidad monosilábica del inglés. Pero ésa fue la opción desde el “minuto cero”, apunta Armando. “De ello tiene la culpa gente como Sr. Chinarro, Surfin’ Bichos, El Niño Gusano, Le Mans, que creo que a día de hoy sigue siendo mi grupo favorito… No sé hasta que punto hoy escribiríamos en español de no ser por esos grupos”.

Definidos siempre antes por su sonido que por su texto -las referencias a The Cure, al shoegaze, a Flying Saucer Attack…-, Blacanova desliza en sus letras guiños a los nativos, como en la revisitada Los Remedios, que ya apareció en un epé previo, o en A-92, uno de los mejores cortes del nuevo álbum. “Cuando empecé a escribir Chinarro aún no existía en nuestras vidas y poca gente utilizaba localismos -recuerda Armando-. De hecho, pensaba que jamás podría cantar algo que hiciera referencia Sevilla. Pero luego llegué a  Chinarro, ¡y a él le quedaban genial!”. “En todas las letras de Kiko Veneno, quizás menos barrocas que las de Chinarro, escuchas guiños que tiran a la tierra, pero que lo hacen de una manera ajena a los tópicos. Eso es muy bonito. Y muy difícil”, añade Paco.

Lo que no cambia es la mano tras la mesa de mezclas: Raúl Pérez, productor de Blacanova desde el primer epé hasta la fecha. “Cuando lo conocimos tocaba el bajo en The Baltic Sea. Sabíamos que grababa maquetas, pero aún no tenía estudio: iba con un equipo portátil por los locales de ensayo. Grabó a Pony Bravo y nuestro primer epé, Monja. A partir de ahí fue exponencial. No sólo es muy profesional, sino que, con independencia de los distintos estilos que graba, consigue sacarle partido a cualquier cosa que lleves preparada. Siempre le da una vuelta de tuerca”.

Blacanova presenta mañana, viernes 11, ¿Cómo ve el mundo un caballo? a las 21:00 en la Sala Luxuria de Sevilla (antigua Malandar).

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