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La copla liberada

Blas Fernández | 9 de marzo de 2014 a las 5:00

Foto: Jordi Musquera

Foto: Jordi Musquera

canta_copla_cover_blogMaría canta copla. María Rodés. Chesapick. Pop. CD / DD

Todavía a menudo emparedada entre el recuerdo de la burda apropiación que la dictadura hizo de ella y la absoluta vulgarización a la que aún hoy en día la condenan y reducen exitosos concursos televisivos, la copla, hurtada por uno u otro motivo a varias generaciones de españoles, emerge periódicamente del imaginario colectivo para evocar las imponentes cotas de inspiración alcanzadas por el género en su época dorada.

Sin parangón posible en el presente, me temo, sus clásicos resisten precisamente por ser tales, atravesando décadas sin acusar desgaste y manteniendo tanto la vigencia de sus cuitas y dramas glocales como la elegancia de sus ropajes melódicos y armónicos. Elegancia, por cierto, tan ajena al acompañamiento de orquestilla de feria con el que ahora, salvo honrosas excepciones, suele servirse.

Reivindicada por células aisladas del ámbito pop al menos desde los primeros 80, y dejando al margen las interpretaciones canónicas -vertiente que parece encabezar con ventaja sideral la gaditano-malagueña Pasión Vega-, con la onubense Martirio experimentó la copla un saludable y bienhumorado ejercicio de recontextualización que, no obstante, evolucionaría con los años desde una inicial e indisimulada lectura kitsch hacia posiciones bastante más consideradas con la tradición, incluso sancionadas en su contemporaneidad por la presunta respetabilidad del jazz -aquel compacto Acoplados (2004) junto al pianista Chano Domínguez y la orquesta de RTVE-, terreno además tanteado, entre otras, por la mallorquina Concha Buika.

También el flamenco, presente en el código genético del género -aunque no más que el cuplé, por ejemplo, que para eso comparten nombre y remota etimología-, ha rendido pleitesía a la copla en múltiples ocasiones, algunas tan sonadas -y tan irritantes para esa entelequia denominada los puristas, que ni quieren saber del tema- como la protagonizada por el cantaor Miguel Poveda con Coplas del querer (2009).

Sin embargo, en el actual espectro de la música popular española restaba por pronunciarse el hoy exultante sector, permítame la licencia, del rock independiente, particularmente vigoroso en el cultivo de una creatividad que, cada vez en mayor medida, le hace sacudirse los prejuicios para asimilar con perfecta naturalidad su propio sustrato.

Foto: Jordi Musquera

Foto: Jordi Musquera

Y si sorprendente resultó en su día -cosas de sevillanos- la reconversión a cargo de Pony Bravo de la Niña de fuego de Manolo Caracol en Ninja de fuego (Un gramo de fe, 2010), no de menor enjundia resulta la dulce sacudida propiciada ahora por María canta copla, el nuevo álbum de María Rodés.

Tras pasar por el grupo Oniric, Rodés (Barcelona, 1986) perfiló silueta de deliciosa cantautora contemporánea -esto es, atenta a su tiempo- con Una forma de hablar (2010), llevando aún más lejos su voluntad de jugar con el sonido en Sueño triangular (2012), otro de esos títulos que constatan que, en cuanto a talento, es cierto pop nacional el que hoy vive su época dorada.

Cuenta el músico granadino Manu Ferrón en un estupendo y raro texto promocional, de los que contadas veces se leen, que María Rodés se topó con la copla casi de casualidad, a la pesca de canciones que lograron su popularidad gracias al cine y con la vista puesta en armar un álbum de versiones. Y se enganchó en la red, claro, aunque con la habilidad suficiente para escurrirse y situar al género, apunta Ferrón, “en un contexto inédito, libre del histrionismo populachero que durante décadas lo ha estigmatizado, libre también de academicismo y regeneracionismo, libre de aspiraciones desmedidas”. A lo que cabría añadir: un contexto, en definitiva, libre.

En María canta copla Rodés transgrede las normas básicas desde lo básico. A la habitual exhibición de poderío vocal contrapone su tono frágil, quebradizo y, por ello, cristalino. El resultado es un efecto de cercanía capaz de desarmar a un indocumentado soldado ruso de excursión por Crimea.

Pero más allá de ese notable tanto, donde echa el resto es en los arreglos, precisos mecanismos sonoros de argamasa onírica que dotan a tan célebres canciones -Tengo miedo, de León y Solano; El día que nací yo, de Quintero, León y Quiroga-; Tres puñales, de Solano y León; Tatuaje, de León y Quiroga, con la colaboración de un Albert Pla que aquí tanto puede reconocerse… Y así hasta una decena- de una identidad nueva y, a la vez, perfectamente identificable aun en su alterada reinterpretación, tan original como rendida a la grandeza de los originales.

En esa dinámica, María canta copla va mutando en las sucesivas escuchas su condición de artefacto inesperado por la de artefacto único, tan desprovisto de la prescindible voluntad de epatar como asombroso en su personal lectura de una corriente, la de lírica popular española, que urge recuperar para seguir caminando hacia delante. De momento, eso indican las señales, vamos por buen camino.