Hablando de negocios con el poeta

Blas Fernández | 6 de febrero de 2015 a las 5:00

José Aurelio Pérez Piñas y Esteban Ruiz fotografiados en Islandia por Elo Vázquez.

José Aurelio Pérez Piñas y Esteban Ruiz fotografiados en Islandia por Elo Vázquez.

“Aunque no salió hasta el pasado mes de noviembre, comenzamos con la promoción del disco en junio. Y empezamos a darnos cuenta de que la reacción de la prensa era muy buena. Aun así, no nos esperábamos tanto, la verdad. Ha sido bastante abrumador. En el fondo, creo que es lo que ocurre cuando se hacen las cosas con criterio. Pero tienes que tener un disco que le guste a la gente. Eso es evidente”, explica Esteban Ruiz, mitad del dúo sevillano I Am Dive junto a José Aurelio Pérez Piñas, sobre el trato dispensado a Wolves (Foehn Records, 2014), segundo álbum de la formación, un título abonado a las listas de lo mejor de 2014 en publicaciones de muy diverso pelaje. Y ojo, porque aun moviéndose en ese terreno donde el éxito es siempre un concepto relativo -sí, justo ése por el que campan especímenes tan extraños como compradores de discos y espectadores de conciertos-, el de I Am Dive no es fruto del siempre sospechoso capricho de la crítica. Tiene base real: la pasada semana la banda agotaba las entradas para la presentación del disco en el madrileño Teatro del Arte. Un espacio pequeño, sí. ¿Pero cuántos pueden presumir de hacerlo?

I Am Dive repetirá probablemente la jugada este fin de semana en Sevilla -hoy en la Sala X con varios grupos y DJ’s invitados- y Málaga -mañana sábado en Velvet Club junto a White Deer-. Una buena ocasión para comprobar lo engrasado de un directo que el grupo paseó durante un par de semanas, a finales de 2014, por… ¡Japón! “Lo de Japón fue una maravilla -comenta Esteban-. Supongo que nadie se imagina que ha sido una gira para grandes multitudes de japoneses enloquecidos por nuestra música, pero la media de entrada por concierto fue alta para lo que esperábamos. El hecho de irte a tocar al otro extremo del mundo civilizado y que vaya gente a los conciertos ya es fantástico. Y luego está el choque radical que supone en cuanto a tipo de salas, de público, su reacción durante y después de los conciertos… Lo que más me sorprendió fue el nivel de profesionalidad. Íbamos a salas de tamaño medio y en todas, indefectiblemente, había técnico de escenario, técnico de sonido, de luces, producción… Se sabían de memoria las canciones hasta el punto en que te preguntaban en la canción tal suena tal efecto, ¿lo haces tú con el pedal o te lo pongo desde la mesa? No es que se hubieran escuchado el disco para saber de qué ibas… ¡Es que se lo habían estudiado!”.

El periplo nipón dio pie a incontables anécdotas. Por ejemplo: descubrir que tu banda telonera ha preparado un cover de una de tus canciones. “Es un grupo llamado Hanahore, un trío de jazz -cuenta Esteban-. Unos días antes nos mandaron el audio de la versión pidiéndonos permiso para tocarla. Hemos hecho esto con mucho respeto… Nos encantó y por supuesto les dijimos que adelante. ¡Si la tocaban mejor que nosotros!”.

Pero planear y llevar a cabo una gira por Japón es un detalle que en absoluto desentona en el modo de operar de esta singular pareja artística. Ghostwoods (Foehn Records, 2012), su primer álbum, tuvo edición norteamericana. Y les faltó tiempo para plantarse allí y realizar una gira estadounidense. De hecho, antes de actuar en Japón, a mediado del pasado mes de julio, viajaban hasta Islandia. “Tenemos un grupo amigo allí, Asonat -explica Esteban-. Nos propusieron buscar un concierto en Reykjavík. Y salió. Y en muy buenas condiciones, en una sala estupenda, Húrra, y junto a Stafrænn Hákon, que es uno de mis grupos islandeses favoritos. Siempre que salimos nos ocurre igual: la gente nos recibe dándonos muchas facilidades. Y mira que los islandeses son muy endogámicos, con una sensación de identidad muy fuerte. Realmente son pocos y viven en un sitio muy especial. Aunque luego te llame la atención la enorme influencia cultural que tienen allí los Estados Unidos. Al fin y al cabo, están a tres horas de vuelo de Boston”.

Tras todas estas idas y venidas se entrelazan factores múltiples que I Am Dive está sabiendo manejar con tanta humildad como maestría. Su música -corramos el riesgo de definirla como ambient-folk con alto componente emotivo- conecta con una sensibilidad universal que cosecha fans a lo largo y ancho del globo -quizás pocos, pero entregados-. Luego está la plena asunción de un hecho que a otros tantos músicos les provoca una comprensible urticaria, pero que ellos asumen, con algo de serena naturalidad, como una realidad asentada: la del músico convertido en empresario de sí mismo. “La verdad es que no sé por qué a los grupos de aquí les cuesta tanto intentar salir fuera -reflexiona-, porque me parece lo más divertido que puedes hacer. No se me ocurre nada mejor que coger la guitarra e irte a tocar a otro país. Es verdad que implica mucho trabajo. O tienes un éxito que provoca que alguien de allí te lo organice y vayas o eres tú el que pica piedra durante meses para que las cosas salgan. Quizás no haya mucha gente dispuesta a invertir tantas horas de trabajo para que luego, al final, no salga. Creo que en el fondo es consecuencia de nuestra actitud frente a todo este asunto. Nosotros nos lo planteamos desde un punto de vista profesional. Quizás no ganamos tanto dinero como para vivir de manera holgada, pero la música es mi única ocupación desde hace un par de años y yo vivo de ella. Me dedico al grupo y a la empresa de management que montamos, We Are Wolves. Al final es como todo. Tener una empresa, de lo que sea, supone una curva de inserción en el mundo profesional que puede ir de los dos a los cinco años. Quien monta una promotora o una discográfica e intenta hacer carrera va a perder dinero al principio. Nos encantaría ser cinco músicos en directo, pero sabemos que eso requiere una estructura financiera que hoy por hoy resultaría insostenible. Y dentro de esos planes está también el hecho de funcionar fuera de España. Creemos que la música que hacemos puede funcionar fuera. De hecho, lo hace. Los discos se editan fuera, se venden, y la gente responde bien. Así que, ¿por qué no vamos a salir? Nos gusta viajar, tenemos salud y tiempo… Me resultaría irresponsable no intentarlo”.

Otro detalle significativo: el mencionado Ghostwoods fue, al menos, un disco tan notable como este Wolves que hoy cosecha parabienes generalizados. Sin embargo, no obtuvo ni un cuarto de su repercusión mediática. “Pues pensamos igual -coincide Esteban-, no vemos ese salto de gigante que algunos apuntan. Es verdad que en el disco anterior había guitarras acústicas en todas las canciones y en éste sólo en una. O que la producción es algo diferente. Tenemos dos o tres años más y quizás eso aporta otros matices, pero no sentimos ningún gran cambio. Creo que responde a que hemos trabajado con más intensidad y seriedad. La personalidad del público español es diferente a la de otros sitios. En otros sitios mola ser el primero que descubre a un grupo y aquí parece que lo que mola es no sacar la cabeza demasiado con tus gustos y esperar a que haya un cierto número de personas hablando bien de lo que te gusta para sentirte cómodo dentro de una relativa mayoría. Eso lo hemos notado. Considero muy bueno nuestro primer disco, pero había mucha gente que no hablaba de nosotros sólo porque acabábamos de llegar. Y porque somos de Sevilla, claro. Si fuéramos de Barcelona seguramente sería diferente. Recuerdo que durante la gira por Estados Unidos dimos un concierto en Cincinnati que fue un fracaso absoluto de público: vinieron cinco personas. Pero un tío nos compró varios vinilos. Y estaba emocionado porque era el primero de sus amigos que conocía al grupo. En Estados Unidos somos unos don nadies absolutos, pero este tío sentía la emoción de descubrir a un grupo que le gustaba, de ser el primero y de poder contárselo a sus amigos. Eso aquí no pasa. Es al revés. Y no pasa sólo con el público, también con la crítica”.

¿Qué cambió entonces con Wolves? La consideración de Esteban da pie a una peliaguda reflexión. “En este disco decidimos asumir el control de todo el proceso desde el principio -apunta-. Asumimos que con el anterior se habían cometido un montón de fallos de promoción. Intentando aplicar todo lo aprendido durante años de salir fuera, de leer mucho y de ir a conferencias de gente que sabe de esto, nos dimos cuenta que se fallaba en lo que se entiende como el abc de la promoción de un disco. Se estaba haciendo mal, así que nos planteamos hacerlo todo nosotros: vamos a grabarlo nosotros, vamos a mezclarlo nosotros, vamos a marcar nosotros los tiempos de promo… Lo hicimos un poco como experimento, para comprobar si éramos capaces de hacerlo bien con nuestro propio disco y exportar luego ese método de trabajo a otros grupos. Nuestra idea, a no muy largo plazo, es sacar a otras bandas con We Are Wolves, haciendo las cosas como creemos que hay que hacerlas”.

A esa intención no son ajenos los grupos invitados a la fiesta de presentación de Wolves en Sevilla. Tras Combray está Raúl Burrueco, antaño guitarrista en Tannhäuser, ahora residente en Barcelona y a punto de debutar vía Foehn Records con un delicioso álbum titulado Ullapool. Atención también a Vlad Nedhelcu, “un proyecto paralelo de gente de Blusa, que es un grupo que nos gusta muchísimo- dice Esteban-. Un día me mandó José un enlace… Escucha esto. ¿Qué es? ¿De dónde son? Pues son de Sevilla… Se nos ocurrió que cuando presentáramos el disco aquí deberíamos hacer algo que sirviera para presentar la línea que queremos llevar en We Are Wolves”.

I Am Dive presenta hoy Wolves a las 22:00 en la Sala X de Sevilla (José Díaz 7) junto a Combray y Vlad Nedhelcu. Sesiones a cargo de Vidal Romero y Eyjafjallajökull DJ. La banda actúa mañana en el Velvet Club de Málaga (Comedias, 15) junto a White Deer.


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