11 de 2011

Blas Fernández | 30 de diciembre de 2011 a las 9:26

Ah, las listas… Parecen tan devaluadas que este año que termina apenas encuentro ninguna que no contenga una especie de disculpa previa del tipo sólo se trata de una elección personal. Me temo que resulta ya una acotación tan inevitable como las lógicas y previsibles divergencias entre los potenciales lectores.

La evidente dificultad, si no imposibilidad, de condensar en un escueto índice lo mejor de la producción del año crece ante una oferta tan inabarcable como definitivamente accesible. Ese tsunami, además, arrolla a su paso cualquier parcelación estilística o autolimitación genérica. Esto es, los practicantes del monocultivo sonoro están en su perfecto derecho, pero se pierden, otra vez, buena parte de la asombrosa cosecha.

¿Lo mejor? No, La Ventana Pop huyó hace tiempo de ese empeño, así que lo que sigue es sólo una propuesta, a modo de recordatorio, de algunos de esos discos de 2011 que se antojan inagotables en sus escuchas. Propuesta, ni que decir tiene, que aspira a verse enriquecida con su participación.


Kaputt.
Destroyer


James Blake.
James Blake


Let England Shake.
PJ Harvey


Space is Only Noise.
Nicolas Jaar


Ravedeath, 1972.
Tim Hecker


Smoke Ring for My Halo.
Kurt Vile


Presidente.
Sr. Chinarro


Days.
Real Estate


Nine Types of Light
. TV on The Radio


CoCo Beware.
Caveman


The English Riviera.
Metronomy

Esa dulce agitación

Blas Fernández | 22 de diciembre de 2011 a las 8:27

Coco Beware. Caveman. Magic Man! / ORG Music. Rock. LP / CD

TV On The Radio –por supuesto–, Grizzly Bear, Yeasayer, The Shins, Arcade Fire, Animal Collective, Talking Heads… Los referentes, algunos obvios y otros más sutiles, se amontonan en la sorprendida atención del oyente durante la gozosa escucha de CoCo Beware, el largo relativo –poco más de media hora– que de golpe y porrazo pone a Caveman en un punto destacado del abigarrado mapa de Brooklyn. Y todo ello sin que el desfile de influencias reste crédito o un ápice de emoción a aquello que suena por los altavoces. Al contrario: es esa cara alquimia que consigue evocar sin llegar a identificar plenamente; ésa que concentra esencias reconocibles en un nuevo y embriagante destilado, la que sacude el entusiasmo y convierte el disco del quinteto neoyorquino en uno de los más descatados debuts del año que expira.

Con los Dirty Projectors de Bitte Orca comparte Caveman el gusto por las guitarras de inspiración africanista y las percusiones de corte tribal –ya vengan éstas de África o de la propia América–; con Fleet Foxes, entre tantos otros nombres de las últimas hornadas del indie rock norteamericano, la inclinación por las melodías angelicales a varias voces, siempre comandadas por la de Matthew Iwanusa, guitarrista y cantante principal.

Como buena parte de esa escena, Caveman también participa del inacabable ritual de invocación de espíritus del pasado –queda claro, igual que en el caso de Animal Collective, desde dónde llegan esas aludidas melodías, ¿no?–, pero sus resultados, filtrados por la óptica del presente, por sus modos y formas, debieran bastar para cerrar la boca a los cíclicos agoreros del todo está inventado ya –bastaría, claro, si tuvieran abiertos los oídos–.

http://vimeo.com/28809215

Desterrado de la fórmula aquel componente rarista que antaño parecía antojarse imprescindible, CoCo Beware –extraño guiño a la estrella de la lucha libre Koko B. Ware; vaya usted a saber el motivo– se despliega accesible y directo incluso al oyente situado más allá del impenitente círculo de rastreadores. Atención pues, porque canciones como Decide o My Time –las únicas que se permiten pisar algo el acelerador, con resultados conmovedores, en un terreno por lo general abonado a la atmósfera y el medio tiempo–; A Country’s King Of Dreams o Great LifeGreat life to live / Great life to live / It’s all you have to give / It’s all you have to give… Poco texto más requiere– bien pudieran pasar por ser el sonoro aviso de una gran aventura aún por contar. Mientras el tiempo lo decide, nos queda la dulce agitación ante el descubrimiento de un disco maravilloso.

http://vimeo.com/32613189

Sin rastro del tesoro

Blas Fernández | 15 de diciembre de 2011 a las 7:43

Amy Winehouse, en el 'Rock in Rio' de Lisboa en mayo de 2008. / Nacho Doce (Reuters)

Lioness: Hidden Treasures. Amy Winehouse. Universal. Pop / Soul. LP / CD

En el tramo final de su pormenorizado y, desde luego, discutible análisis contextual del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The BeatlesThe act you’ve known for all these years (2007), con atropellada traducción al español a cargo de Global Rhythm: Vida y milagro de Sgt. Pepper’s. Un disco para una época–, el prolífico Clinton Heylin ejemplificaba a propósito de la edición de los sucesivos volúmenes de Anthology, presunto compendio de lo nunca visto en torno a los fab four, el despropósito de una industria que escarba mucho más allá de lo sensatamente pertinente a la búsqueda de material inédito con el que inyectar combustible a la maquinaria de explotación comercial del mito.

Por supuesto, se pretendía que lo de menos a efectos mercantiles fuera que dichos ejercicios de arqueología quedaran incluso muy por debajo, en términos de conocimiento de causa y hasta de calidad de sonido, de otros llevados a cabo por cauces no oficialesaquellos bootlegs, ¿recuerda?–. En Anthology se arrojaba el anzuelo, aun desprovisto de verdadero cebo, quizás con el convencimiento de que bastaría el nombre del grupo de Liverpool para llamar la atención; o de que no serían pocos los clientes que picasen antes de descubrir que el contenido de aquellos artefactos –en ocasiones, falseado uniendo extractos de tomas diferentes para llegar a construir canciones que nunca había existido con tales formas– en poco o nada se relacionaba con la imagen de producto acabado al que el subconsciente colectivo asocia la obra de The Beatles. Y si el resultado final se hacía indigesto incluso para el beatlemano, no digamos ya para el consumidor ocasional, que no tardó en cambiar sus preferencias a la hora de pasar por caja. Así que la pretensión de la discográfica EMI –vender, claro está– quedó lejos de verse colmada, al menos en sus boyantes planteamientos iniciales.

Sin llegar a esos extremos –de momento: aunque una mera lógica proporcional induzca a pensar así, nunca se sabe–, la cantada aparición de Lioness: Hidden Treasures, el nuevo álbum de Amy Winehouse, responde justo a la misma práctica industrial. Tenemos el mito y el plan de promoción pagado –el informe forense llegó hace menos de dos meses, manteniendo la presencia de la desaparecida cantante británica en los periódicos de medio mundo desde su muerte a finales de julio–; tenemos, además, la campaña de Navidad a la vuelta de la esquina. Ah… Sí… Y tenemos también algunas grabaciones –descartes, versiones, dúos…– que, con el maquillaje apropiado, pueden empaquetarse y despacharse, jugando al despiste con premeditada ambigüedad, como el último disco de… ¿Cabe pedir más?

En Glastonbury, en junio del mismo año. / Steffen Schmidt (EFE)

Evidente trabajo de laboratorio –dicho sea, por cierto, sin connotación negativa alguna; lo contrario implicaría desconocimiento de la historia de la música pop–, el principal problema de Lioness es que, pese a su enunciado, no esconde ningún tesoro. Exceptuando la vibrante revisión del hiperversionado clásico Our Day Will Come de Ruby and The Romantics –aquí, y tampoco esto resulta novedoso, en esa clave que ya desde los 60 tendía un puente jamaicano hacia el soul–, muy poco en este patchwork recuerda a la incontestable fiera desafiante que, desde las tripas, entonaba aquello de They tried to make me go to rehab / I said no, no, no.

Por eso el problema no es de laboratorio. Tampoco de los aplicados cirujanos tras la mesa de mezclas –entre ellos, viejos conocidos como Mark Ronson y Salaam Remi–, que hacen lo imposible con el material del que disponen. El problema es, en gran medida, el material mismo, ajeno por exceso o por defecto al estado de gracia –o desgracia, según se mire– en el que Winehouse se encontraba al registrar la obra cumbre de su escuetísima discografía, Back To Black, a efectos prácticos, su único testamento fiable, su canto de cisne real.

Así, si una primeriza y ralentizada versión de Tears Dry On Her Own queda descartada del máster final de Back To Black no es por capricho, sino porque la lectura definitiva y originalmente editada la supera sin contemplaciones.

Otro problema: el maquillaje embellece, pero desnaturaliza, borrando en el proceso cualquier apetecible aspecto documental que este rescate pudiera en principio tener –aunque eso, evidentemente, traiga al pairo a Universal–. En este sentido, el material extra añadido en forma de segundo CD a la reedición de Frank en su Deluxe Edition, descontando aquellas remezclas un tanto burdas, resultaba mucho más ilustrativo. Aunque también, probablemente, menos comercial.

Relleno con versiones, escasamente destacables en su mayoría –celebrar el leve toque drum’n’bass en The Girl From Ipanema implica ignorar la música brasileña de los últimos 20 años–, y rozando la broma con los dúos –se vende como nueva canción Like Smoke, en la que el rapero Nas estira el minutaje sobre la estrofa incial cantada por Amy; aunque peor es lo de Body & Soul con Tony Bennett–, Lioness: Hidden Treasures reduce pues su publicitada condición a la de un simple producto diseñado para época de regalos. Pero poco más.

Alrededor de la misma cosa

Blas Fernández | 24 de noviembre de 2011 a las 8:11

Humor Risk. Cass McCombs. Domino. Rock. LP / CD

Si el todavía reciente Wit’s End, apenas publicado la pasada primavera, nos mostraba a Cass McCombs sumergido en una apacible balsa de aceite donde las baladas de corte lennonfilo saldaban esas cuentas con The Beatles que cierto rock contemporáneo norteamericano parece reconocer y mantener, Humor Risk, por contra, busca otros patrones –igualmente clásicos, pero diversos– para construir una propuesta menos homogénea en su tempo y definitivamente más atractiva en su alternancia de placidez y agitación.

Editado poco más de seis meses después de la aparición de Wit’s End, Humor Risk mantiene en cualquier caso las constantes vitales de una discografía iniciada en corto en el ya lejano 2002, reforzada en largo con la aparición de A un año más tarde –primera llamada seria a la atención del rastreador– y al alza tras la publicación el pasado 2009 de Catacombs.

Es quizás en estos tres últimos capítulos donde el estadounidense nómada –como lo define Wikipedia: ahora California, luego Baltimore, después New York…– encadena con mayor acierto esas claves adscritas a un bienhumorado cinismo que ni evita una notoria propensión a la ternura ni deja que ésta ahogue su lucidez. Una dualidad entre el amor y el dolor que McCombs resuelve con espíritu mitad salomónico mitad resignado, como canta en The Same Thing (The same street, the same address / The same white hair, the same black dress / The same sameness from opposites cling / Pain and Love, oh yeah, are The Same Thing, are The Same Thing…).

The Same Thing, deliciosa en su planteamiento de melodía planeadora sobre robusta base rítmica; sin estribillo fijo, pero con envidiable capacidad para adherirse al hemisferio cerebral derecho –ahí dicen los científicos que procesamos la escucha–, resulta amén de una inagotable fuente de dopamina uno de los varios puntales de este álbum vibrante.

Puede encontrar al menos otros dos más en Mystery Mail –¿seré yo el único que intuya agazapado el espíritu de Gerry Rafferty tras esta rabia felizmente domeñada?– y en la también enorme y principal Love Thine Enemy, por la que pasea una indisimulada sombra velvetiana que, al final, deja ver la silueta de Lou Reed. ¿Demasiados referentes obvios? Quizás, pero tan bien manejados…

Ahí le dejo el clip de The Same Thing

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Monkey Week 2011: por encima de mi cadáver

Blas Fernández | 31 de octubre de 2011 a las 19:29

De izquierda a derecha, Barnaby Harrod, Álvaro Rebollo, Rafa López y Ventura Barba.

La noticia pasa en principio desapercibida -queda al margen de la programación oficial de la tercera edición del Monkey Week-, pero quizás sea uno de los proyectos más relevantes y con mayores posibilidades de desarrollo de cuantos se cuecen, o simplemente se comentan, durante estos días en El Puerto de Santa María. Y no es poca cosa: la inmensa mayoría de representantes de salas privadas de conciertos de Andalucía mantuvo ayer una reunión en la localidad gaditana, la segunda en pocos meses, con el objetivo de constituir una asociación que vele de manera colegiada por sus intereses y permita la elaboración de estrategia conjuntas.

¿Cuáles? Pues más allá de las obvias -el aprovechamiento de sinergias que posibiliten nuevos circuitos de giras, con el consiguiente ahorro de costes-, cuestiones tan prácticas como la negociación colectiva con empresas de ticketing -con la intención de rebajar de manera sustancial los porcentajes que éstas les cargan ahora- o aseguradoras -no es lo mismo asegurar una sala que asegurar veinte, no-.

Dentro del Monkey, por supuesto, hay también cientos de historias que reseñar. Me quedo hoy con la de José María Sagrista, veterano del rock sevillano tanto por su adscripción a Círculo Vicioso como por la puesta en marcha a mediados de los 80 de un estudio de grabación, Sonotone, del que salió gran parte de las maquetas que dinamizaron la escena local de la época. Después, además, creó Estudios Central, y de ahí ya no surgieron maquetas, sino discos.

José María se instaló hace ya muchos años en la costa gaditana, y aquí inauguró Punta Paloma Estudios. De éste han salido, otra vez, muchos títulos discográficos y producciones audiovisuales de variado pelaje.

Pregunto a Sagrista cómo capea la crisis y él me da toda una lección de aprovechamiento del entorno digital. Ofrece grabaciones on line bajo demanda. Pero olvide la imagen de un músico grabando aquí y otro, de manera simultánea y sincronizada, haciendo lo propio con la misma canción en Roma, Lisboa o Tokio. No es eso, es más simple. Si un músico sueco, pongamos por caso, necesita una pista de batería, manda vía digital a Punta Paloma el resto de tracks y Sagrista graba, por un precio ajustado, el instrumento requerido. “Y cuando escuchan la batería, suelen pedirme después las pista de bajo, de teclados o hasta las mezclas”, me cuenta, asegurando que desde que puso en marcha la idea sus encargos han subido un 70%.

La constitución de una asociación de salas o las nuevas fórmulas de Punta Paloma Estudios ejemplifican actuaciones positivas frente a una situación de cambio en la industria musical, demasiado inclinada, sobre todo en su vertiente discográfica, a achacar sus males a determinados fantasmas sin reparar en cuestiones tan evidentes como los cinco millones de españoles parados o los otros tantos millones sobreviviendo con infrasueldos.

Seamos optimistas, positivos. Es lo que en resumen Ventura Barba le pide a los participantes, esta misma mañana, en la mesa redonda El cambio de paradigma en la industria musical. El consultor de Tenzing Media realiza una sesión introductoria no exenta de puntos cuestionables -hay informes para todos los gustos, y mientras que los de entidades interesadas sitúan a España a la cabeza de la piratería digital (¿?), otros, procedentes del ámbito académico, equiparan nuestra situación a la de cualquiera de los países del entorno occidental-, pero, aleluya, rehuye el llanto, la queja, la pena, la recriminación y la criminalización. Reconoce la realidad y anima a rentabilizarla explorando (y explotando) sus posibilidades.

Y los integrantes de la mesa -con matices-, coinciden. Barnaby Harrod, de la promotora Mercury Wheels, asume que nadie en su buen juicio rechaza ya ese cambio y cita un artículo de Damian Kulash , cantante de OK Go -paradigma de explotación en la red-, al recordar que el modelo discográfico, ése que se veía como inamovible, no tiene más de 50 años.

Rafa López, de Green Ufos, dice no haber conocido otro momento tan “desalentador”, pero al tiempo cuenta cómo los servicios de su empresa se centran cada vez más en los artistas, vendiendo a éstos opciones de comercialización en lugar de comercializar directamente el producto físico de su trabajo: el disco. Por su parte, Álvaro Rebollo, de la multinacional Sony, incide en la necesidad de un uso responsable de la promoción a través de redes sociales. Ya no vale el “te lo cuento todo pero no te escucho nada”.

Nada nuevo, en efecto. Esta mesa, o acaso esta actitud, llega tarde, pero aun así provoca un cierto estímulo. Lástima que sea con una pequeña reserva.

Fundación Autor, dependiente de la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE), colabora con Monkey Week desde la pasada edición. La feria deja en sus manos la organización de una de sus jornadas de mesas redondas y ésta programa el tema que le parece oportuno con los invitados de su elección.

No se trataría ya de pedir, aunque hubiera estado bien, una sesión informativa sobre el estado y futuro de la entidad gestión de derechos de autor tras la sonada intervención judicial por apropiación indebida y fraude electoral. Pero una mesa redonda sobre el cambio de paradigma industrial está hoy a todas luces incompleta si no cuenta con un representante de ese otro modelo que, con todas sus variantes, representan el copyleft y las licencias Creative Commons. Me consta que a Fundación Autor se le ofreció esa opción, y que ésta, desaprovechando una vez más oportunidades de conciliación, la rechazó de manera categórica.

Lo peor de esa postura tan evocadora del por encima de mi cadáver puede ser, en efecto, que todo y todos pasan ya por encima de ti y tú ni te das cuenta.

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Monkey Week 2011: ¿dónde están los comensales?

Blas Fernández | 30 de octubre de 2011 a las 18:50

Cristian Vogel: instruir deleitando.

¿Por qué hay este año tan escaso público en las mesas redondas del Monkey Week? En las dos ediciones anteriores, las charlas protagonizadas por profesionales de diversos sectores de la industria de la música en el teatro Pedro Muñoz Seca pasaron por ser uno de los mayores atractivos de la cita en El Puerto de Santa María; espacios, quizás, en los que de manera recurrente se acudía al impenitente lamento, cuando no berrinche, por aquello que se escapa entre los dedos como arena de la playa, pero en los que aún parecía quedar tiempo para cuestiones más apegadas a la realidad -esto es lo que hay, ¿cómo podemos adaptarnos y sacar provecho?-.

No puede descontarse el factor hastío. El respetable anda ya muy quemado con todos estos asuntos y prefiere evitarse la llantina. Y sólo acierta a medias: aunque algunos de los encuentros convocados en la edición 2011 carecen de interés excepto para perfiles muy concretos -caso esta misma mañana de la presentación de la cooperativa de músicos Mus 21-, otros abordan cuestiones más imaginativas y necesarias, como ocurrió ayer con Estrategias para motivar al público (Conciertos gratuita vs. conciertos de pago) o Festivales y sostenibilidad (Música, desarrollo e innovación ecológica).

Insisto: por desgracia no ha sido el caso de hoy, donde la idea más reseñable ha salido de labios de Eva Velasco, portavoz de una discográfica tan poco monkey como Blanco y Negro, ante no más de diez oyentes. “Todo es monetizable”, ha dicho trasladando tal cual el vocablo inglés al castellano en un intento por explicar que lo digital está aquí para quedarse, y que más vale ponerse las pilas y “atender a cualquiera que venga a proponerte un nuevo modelo de explotación, aunque te suene a chino” que andar quejándose por las esquinas.

Uno puede aborrecer el catálogo de Blanco y Negro y recelar de esa tendencia a la monetización del todo, pero prefiere los discursos claros a las maniobras en la oscuridad. Por cierto, la mesa Distribución digital de la música la organizaba Promusicae, esa asociación de discográficas que tan activo papel pareció jugar en la redacción de la Ley Sinde. ¿Le suena?

Suena bien, muy bien, lo contado por Cristian Vogel en uno de los talleres matutinos. El músico y antaño también DJ ha realizado un particular y entretenido recorrido por la evolución de la composición electrónica durante los últimos 25 años atendiendo a un criterio inapelable: su propia experiencia como autor.

Mezclando a Gilles Deleuze con aquel prehistórico secuenciador para el computador Amiga (el Protracker, pura arqueología software); a Xenakis con la construcción física de sintetizadores modulares; o a Stanislaw Lem con la interpolación sonora, el chilenobritánico, residente en Barcelona, ha viajado del apropiacionismo artístico de las innovaciones tecnológicas industriales en los 80 -con los hackers creativos como detonantes- hasta su propio presente, en el que desdeña la grabación de nuevos trabajos por su absoluta inmersión en la generación de música en tiempo real. Un gustazo, aun más de agradecer por su voluntarioso castellano.

En cuanto a los conciertos, ya sabe que en el Monkey cuesta decidirse. Es tal la abundancia de nombres en el circuito de showcases que no quedan más opciones que abonarse al trekking urbano o, por contra, clavarse en un escenario concreto. Servido ayer optó por lo último, primero en la Bodega del Club de Rugby, donde disfrutó del clasicismo de Los Marañones -gente que hace justo lo que quiere hacer, y que además lo hace estupendamente- y de la andanada de Disco Las Palmeras-, y posteriormente en la Plaza de Alfonso X el Sabio, saboreando los impecables conciertos de los dos grupos de la jornada en el Concurso Desencaja, Blusa y Trisfe.

De ahí al merecido reposo evitando el Monasterio de La VIctoria, que aún queda mucha feria. Entre los asistentes, eso sí, división de opiniones respecto a los dos polos de atracción, Hawkwind y Nene Cherry: del triunfo al pegote. Es cuestión de gustos.

Monkey Week 2011: guía rápida

Blas Fernández | 28 de octubre de 2011 a las 8:48

Herman Düne, fotografiados por Estelle Hanania.

Por tercer año consecutivo, El Puerto de Santa María acoge desde hoy y hasta el próximo lunes una nueva edición del Monkey Week, punto de encuentro de la industria española de la música con complementaria vertiente festivalera.

Junto a conferencias, mesas redondas, talleres y expositores –la parte más profesional de la cita, ésa que sirve para realizar nuevos contactos y afianzar los ya existentes–, se hace visible una abigarrada propuesta de conciertos: más de un centenar de grupos y solistas toman al asalto la localidad gaditana a través de una abultada red de escenarios diseminados por plazas, teatros y bares.

Si en éstos se prodiga la oferta nacional, alternando bandas ya bien conocidas con otras de previsible proyección futura, en el escenario principal, el ubicado en el centenario Monasterio de la Victoria, podrá contemplarse desde mañana una variopinta programación quizás desprovista este año de potentes ganchos con anclaje en la actualidad, pero con algunos nombres que, cuanto menos, despiertan la curiosidad.

Puede ser el caso de Hawkwind, veterana y popular formación del space rock británico de los 70 que prolonga su discografía (bastante) más allá de sus celebrados logros iniciales. O el de Neneh Cherry, desde luego: la hija del trompetista de jazz Don Cherry, ex integrante de Rip Rig + Panic, sorprendió a medio mundo en 1989 con la frescura del fantástico Raw Like Sushi –vigoroso combinado de hip hop desprejuiciado y pop bailable–; mantuvo el tipo con el más oscuro Homebrew (1992) y alcanzó el éxito mainstream al lado de Youssou N’Dour (7 Seconds) justo antes de despeñarse por la pendiente de la vulgaridad AOR con Woman (1996). ¿Qué nos ofrecerá ahora en su retorno? Quién sabe… Bueno, algo se sabe. Por una vez desconfíen del programa de mano y de la web de la cantante: en origen, y pese a escarceos, sus similitudes estilísticas con el trip-hop, no digamos ya con con su sacrosanta trinidad –Massive Attack, Portishead y Tricky–, fueron nulas.

Si ambos ocuparán el monasterio el sábado –junto a Cápsula, Meneo y los gallegos Novedades Carminha–, el domingo lo harán los neoyorquinos Oneida –pesos pesados de la neopsicodelia con deriva progresiva–, los iconoclastas Chrome Hoof, el nacional Bigott –con nuevo disco bajo el brazo, The Orinal Soundtrack–, Holloys y Mugstar.

Por último, el lunes presenta otra velada de oferta diversa en la que conviven el ex integrante de The Posies Ken Stringfellow –que revisará junto a los locales Ledatres la banda sonora del musical, y posterior película, Hedwig & The Angry Inch–, el trío finlandés K-X-P, Zombie Zombie, los nacionales Sidonie –con disco recién publicado, El fluido García– y ese inefable, y siempre efectivo, grupo comandado por André y David-Ivar. O sea, Herman Düne y su pirueta sin red entre la iconoclastia y el clasicismo rock, como este mismo año volvía a demostrar su último y recomendable álbum, Strange Moosic.

Pero, como ya se ha apuntado, el listado de conciertos del Monkey Week dista de agotarse en el escenario del Monasterio de la Victoria. De hecho, son los numerosos showcases programados en bares y teatros los que, junto a las jornadas profesionales, confieren al encuentro su sello de identidad particular.

Entre los muchos grupos convocados se encuentran, por ejemplo, Mansilla y Los Espías –banda con la que el escritor y dramaturgo Fernando Mansilla da rienda suelta a su pasión por la literatura de baile; lunes 31 a las 19:00 en El niño perdío–; los veteranos y contundentes Los Marañones –sábado 29 a las 17:00 en la Bodega del Club de Rugby–; el barcelonés Guillamino –también el sábado, a las 19:00 en El cielo de la Cayetana–; los muy crudos Discos Las Palmeras! –con citas el sábado, a las 18:00 en la Bodega del Club de Rugby, y el domingo 30, a las 17:00 en el Teatro Pedro Muñoz Seca–; y Cuzo, actual proyecto del ex 12Twelve Jaume L. Pantaleón –el lunes a las 13:00 en el Pedro Muñoz Seca–.

En el mismo apartado se incluye esa inicialmente anunciada actuación sorpresa “de un grupo nacional con mucho tirón”, programada para el domingo a las 20:00 en La Pontona, y que en pocas jornadas pasó del secreto a voces a la confirmación oficial: será Amaral en acústico, aunque dadas las reducidas dimesiones del espacio elegido, avisa la organización, tendrán preferencia en el acceso los profesionale acreditados. Que no se enfaden los seguidores del dúo zaragozano: al fin y al cabo, bajo la punta del iceberg público se oculta la auténtica envergadura del Monkey Week, que no es otra que esa ya aludida actividad profesional.

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Lucky man

Blas Fernández | 26 de octubre de 2011 a las 14:43

Antonio Ibáñez Pielfort, ganador del concurso en torno al vigésimo aniversario de la publicación original del Nevermind de Nirvana que hicimos en La Ventana Pop, feliz y contento con su Superdeluxe Edition. ¡Que lo disfrutes! Y, de nuevo, gracias a todos los participantes.

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Hippaly (rewind)

Blas Fernández | 26 de octubre de 2011 a las 7:40

Foto: Antonio Pizarro.

La mera mención a Hippaly en la recientemente publicada entrevista con Shotta provocó un curioso efecto en las estadísticas del blog: un significativo número de lectores hizo click sobre el enlace que llevaba a la breve reseña del grupo en Wikipedia. Supongo que a la curiosidad se une la escasa información disponible sobre aquel cuarteto sevillano de hip-hop instrumental, autor de dos discos tan notables como El SURco responde al silencio (1997) y H2000: Una odisea en el surco (2000).

Con motivo de la edición del segundo les hice la entrevista que sigue, publicada hace hoy exactamente once años, ya es casualidad, en el desaparecido, y añorado, suplemento Culturas de los periódicos del Grupo Joly (.pdf). Confío en que sirva tanto para aportar algunos datos como para despertar nuevas curiosidades sobre tan singular formación. Que las merece de sobra.

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Va de versiones

Blas Fernández | 25 de octubre de 2011 a las 13:49

Serán dos citas con repertorios ajenos como argumentario. Eso sí, con la promesa de aportar lecturas personales que distancien el resultado final de la interpretación mecánica.

Por un lado tenemos a Geoff Farina & Chris Brokaw. Uno y otro son fundamentalmente conocidos gracias a su militancia en bandas de grato recuerdo: Karate, en el caso del primero, y los fantásticos Come, donde el segundo compartió protagonismo de tú a tú con Thalia Zedek.

Ambos, también, disponen de notables títulos firmados con nombre propio. Y ambos, tras actuar juntos en numerosas ocasiones, volvieron a  reunirse el pasado 2010 para proponer en The Angel’s Message To Me una docena de deliciosas revisiones de viejos clásicos folk y aún más añejas canciones tradicionales norteamericanas.

Aquí los tiene tocando Trouble in Mind. Y recuerde, si le gusta, que tiene la oportunidad de verlos mañana en vivo en Sevilla. Será en el Teatro Central a las 21:00 con las entradas a 11 euros en venta anticipada y a 14 euros en taquilla.

La otra cita cuenta con tres fechas: hoy en Algeciras dentro del ciclo Campus Rock, en la Escuela Politécnica Superior; mañana en Huelva, en el salón de actos de la Facultad de Derecho; y el jueves 27 en Sevilla, en la Sala Fanatic. A diferencia de Brokaw y Farina, su protagonista se centra en un sólo repertorio, el de Bob Dylan. Más concretamente: el repertorio de las dos primera décadas de Dylan en activo.

“No se trata de un simple grupo de tributo (algo hacia lo que todos sentimos una bien fundamentada alergia), sino de la reinterpretación tanto de sus clásicos como de sus canciones de culto con un tamiz de folk irlandés, puro rock’n’roll y raíces tradicionales”, cuenta Jesús Llorente de Simply Dylan, la banda comandada por el inglés John O’Connell -un enamorado a su vez del folk británico, devoto del recientemente fallecido Bert Jansch, John Renbourn y Nike Drake- e integrada por músicos de Liverpool y Dublín.  Si le pone, ya sabe…