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Cuando el reggae era el rey

Blas Fernández | 22 de junio de 2014 a las 5:00

 

Lee Scratch Perry, músico y productor, todavía hoy en activo, al que se le atribuye la creación del que pudiera ser el primer tema reggae, ‘People Funny Boy’.

En la imagen, el músico y productor Lee Scratch Perry.

Bass_Culture_portada_blogBass Culture. La historia del Reggae. Lloyd Bradley. Traducción de Tomás Cobos. Acuarela Libros / Antonio Machado Libros.

Para comenzar, desmontemos, o casi, un lugar común: el reggae fue al punk lo que el añejo blues al rock de los 60 y primeros 70, el nutriente que aportó las calorías necesarias para poner el organismo en movimiento. Vale, sí… Pero esa tajante afirmación, teoría habitualmente aceptada sin mayores reparos, queda como mínimo en entredicho al rastrear la dieta de aquellos pioneros sound systems que, a partir de la década de los 40, articularían el desarrollo de la moderna música jamaicana. ¿Y sabe qué? Junto a expresiones autóctonas como el mento o geográficamente afines como el merengue y el latin-jazz, el rhythm&blues norteamericano, como más tarde el soul, formaría parte insustituible del menú. Así que el blues, o al menos alguno de sus vástagos, quedaría también registrado en el frondoso árbol genealógico del género.

La pronta exposición de esta conexión sirve como ejemplo de lo mucho que revela Bass Culture. La historia del reggae, célebre título del periodista musical y discjockey Lloyd Bradley, londinense de ascendencia jamaicana, por primera vez editado en español trece años después de su publicación original (entonces, bajo el título Bass Culture. When Reggae Was King). Con excelente traducción y divertido prólogo a cargo de Tomás Cobos, Bass Culture certifica ahora pues en castellano su condición de texto canónico, imprescindible a la hora de abordar la historia de ese otro semillero caribeño (un afectuoso saludo a Cuba) con importancia capital en el devenir de la música pop.

Resultado de una concienzuda labor de documentación, que incluye en primera persona las voces de los protagonistas del relato, el libro de Bradley –afortunadamente esforzado, además, en la contextualización histórica de cada periodo tratado– nos traslada en primer lugar hasta aquellos originarios dancehalls de los barrios populares de Kingston, imponentes en presencia y volumen, en los que el selector comprueba de primera mano qué funciona y qué no a la hora mantener en marcha al respetable. Sound systems que harán, como en tantas otras ocasiones, de la necesidad virtud: la música que pinchan está al margen del único canal convencional de la época, completamente proscrita de la radio colonial británica.

Duke Reid, con parte de su celebrado ‘sound system’.

Duke Reid, con parte de su celebrado ‘sound system’.

“Toda la música jamaicana moderna se remonta a aquellos sound systems, y no hay que perder de vista que era una escena que se estableció incluso antes de que existiera una música jamaicana como tal”, apunta Bradley evocando aquellas discotecas callejeras dirigidas por hombres como Duke Reid, ex policía curtido en el gueto, o Prince Buster, al frente de un sound system de nombre particularmente significativo, Voice of The People. Serán esos hombres, entre otros, los que tras batallar en el sentido más literal del término por mantener las exclusivas de tal o cual sencillo traído de Estados Unidos –un joven Bob Marley también ejerce de ojeador de singles, a los que se les borran los créditos de las galletas para que la competencia no averigüe qué es eso que tanto gusta– caerán en la cuenta de que pueden (y deben) producir su propia música para mantener la hegemonía, poniendo con ello en acción una maquinaría de efectos insospechados.

El primero con auténtica relevancia en perfilar su festiva silueta, a finales de la década de los 50, será el ska, convertido tras 1962 en “el sonido de la euforia de la independencia”. Pero la banda sonora del país, cómo no, discurrirá en paralelo a su estado de ánimo social, un desarrollo que Bradley –ya se ha apuntado– hilvana con pulso y maestría: la decepción provocada por la ausencia de cambio real encontrará su reflejo en el rocksteady –más lento pero no menos contundente–, rápidamente asociado a la violencia de los rudeboys, las pandillas de delincuentes manipuladas sin escrúpulo alguno por los dos partidos políticos en alternancia, el conservador Jamaica Labour Party y el izquierdista People’s National Party. Una asociación que el autor, claro está, también desmonta de un plumazo: la inmensa mayoría de habitantes del gueto es gente honrada y trabajadora, y su exigencia de que la dejen bailar en paz también encontrará eco en el sound system

La masiva inmigración jamaicana a la metrópoli británica a partir de la mitad de la década de los 50 abre una segunda vía de desarrollo que Bradley, hijo él mismo de aquella diáspora, documenta de manera acorde a su singular importancia –sin ahorrarse sabrosas anécdotas: los sound systems tendrán que adaptar allí su vocación callejera a la semiclandestinidad de un Londres que aún rotula en la entrada de muchos de sus locales comerciales la vergonzante leyenda No irish, no blacks, no dogs–. Lo hace al tiempo que detalla la creciente importancia que la singular filosofía rastafari va adquiriendo en la isla originaria, dotando con argumentos de carácter nativo a ese movimiento universal de orgullo negro que, en el caso concreto de Jamaica, se enfrenta a un sistema tan clasista como racista, y que, una vez más, encontrará en la música el perfecto altavoz de sus demandas.

“Es imposible exagerar la importancia de Bob Marley como parte de esta historia. El que más discos vendió, el que más giras hizo, el de los conciertos más multitudinarios, el más internacional, el más comentado… Hay tantos superlativos que al final resultan superfluos”, comenta Bradley, quizás el primer autor en matizar con esmero el perfil de la estrella en este mare magnum que, todavía tras el reggae, seguirá deparando hasta la fecha subgéneros clave para la comprensión histórica de la música pop. “Años antes de que la música electrónica inundara las pista de baile, el dub había desestructurado la música pop en la mesa de mezclas”, dice Tomás Cobos en su prólogo. Y, en efecto, no hay nada más que añadir.

El Podcast de La Ventana Pop (Programa 11)

Blas Fernández | 12 de junio de 2014 a las 5:00

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En nuestro nuevo programa revisamos los primeros nombres y novedades anunciados para la VI edición del Monkey Week, que se celebrará en El Puerto de Santa María del 10 al 12 del próximo mes de octubre. Escuchamos al costarricense Umbra Sum y hablamos de Bass Culture, el imponente y ya clásico libro de Lloyd Bradley en torno a la historia de la música jamaicana, recientemente publicado en España.

Apuntamos conciertos de Las Buenas Noches, León Benavente -partícipes del largo cartel del Anfi-Rock de Isla Cristina-, Grupo de Expertos Solynieve -anunciados para el festival Sierra Nevada por Todo lo Alto- y Tarik y La Fábrica de Colores -celebrando el 25 aniversario de su primer álbum-.

Seguimos, cómo no, Recordando a Triana a través de ese álbum homenaje con edición prevista para el próximo día 24 y, finalmente, reparamos en las reediciones de algunos de sus discos más señalados que Los Marañones proponen vía bandcamp.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o en la web de ScannerFM.

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Tracklist

1.-Perro: La reina de Inglaterra

2.-Maria Rodés: Tengo miedo

3.-Forest Swords: Irby Tremor

4.-Dorian Wood: La cara infinita

5.-Umbra Sum: Años como flores

6.-Niney The Observer: Blood and Fire

7.-Desmond Dekker: Israelites

8.-Las Buenas Noches: La red eléctrica

9.-León Benavente: Estado provisional

10.-Tarik y La Fábrica de Colores: Entonces por qué

11.-Grupo de Expertos Solynieve: Ola de calor

12.-J: Recuerdos de una noche

13.-Noni y Ale: Una noche de amor desesperada

14.-Los Marañones: El final