Archivos para el tag ‘Los Enemigos’

“Ahora es el músico quien tiene que invertir en su propio arte y su futuro”

Blas Fernández | 28 de mayo de 2018 a las 6:00

Fino Oyonarte, en una imagen promocional. / Ricardo Roncero

Fino Oyonarte, en una imagen promocional. / Ricardo Roncero

“Sin saberlo, me estaban dando infartos desde hacía dos meses. Un día fui al médico y me mandó directamente a urgencias. Allí me dijeron que había un problema y que me tenían que intervenir –recuerda de aquel susto vivido hace tres años y evocado en la canción Cien pasos–. Esa misma noche decidí tomar todas las medidas necesarias para tener buena salud y me propuse hacer algo que deseaba y estaba pendiente. Siempre he andado muy implicado en los grupos de los que he formado parte y muy liado produciendo a otras bandas. Quizás no había tenido tiempo para hacer este disco o quizás lo estaba evitando. Pero había llegado el momento. Ése fue el detonante”.

Pieza insustituible de Los Enemigos desde el segundo álbum de la banda madrileña, Un tío cabal (1988), artífice de enjundiosos proyectos posteriores como Clovis y Los Eterno, productor de bandas de culto como Los Planetas, Lagartija Nick o Los Del Tonos y hasta efímero editor con Libros del Ruido de volúmenes de temática musical, Fino Oyonarte (Almería, 1964) acaba de poner en circulación Sueños y tormentas (Buenaventura Records), el primer disco que firma con su propio nombre tras tres décadas de carrera. Y la sorpresa es tan grande como el propio álbum: aquí no hay rastro ni de sacudidas eléctricas ni de ensoñaciones psicodélicas; impera la introspección al piano o guitarra acústica en mano, pero arropada con majestuosos arreglos de cuerda de esos que ensanchan la escucha hasta la conmoción.

“Hay grupos que me han marcado, como The Velvet Underground y muchos de los que siguieron esa estela, The Feelies, Luna, Yo La Tengo… –enumera–. Pero también lo han hecho otros más tranquilos y reposados. Siempre he sido una persona inquieta y pendiente de la música que va saliendo, pero llegó un momento en el que intentar estar al tanto de todo lo nuevo me produjo cierto estrés. Hay tanto que al final te resulta imposible emocionarte con lo que escuchas, así que lo que hice fue rodearme de unos pocos discos de finales de los 60 y principios de los 70. Volví la vista atrás para mirar hacia el futuro y me cobijé en gente como Nick Drake o Leonard Cohen, al que con 14 años escuchaba gracias a mi hermano. También la parte menos psicodélica de Syd Barret, el primer disco de Nico, Dylan, Kevin Ayers o incluso gente actual tipo M. Ward, Sufjan Stevens o Bonnie Prince Billy. Además, soy muy fan de Elliott Smith y pienso que ha influido de manera decisiva en lo que hago. De hecho, es de los pocos músicos que cuando fallecieron consiguieron que se me saltara la lagrimita. Y no lo conocía personalmente, pero sabía que en el futuro me iba a faltar. Siempre me ha gustado la música melancólica, creo que de ahí pueden salir canciones preciosas”.

Crónica autobiográfica de la persecución de deseos e inventario de temporales capeados, por Sueños y tormentas, grabado en hasta tres estudios diferentes –el principal, el Estudio Uno de Colmenar Viejo, heredero de la maquinaria analógica del desaparecido Cinearte–, desfilan múltiples músicos amigos, algunos de largo recorrido, como César Verdú (Schwarz, León Benavente), a quien Fino, experimentado productor, encargó una segunda opinión. “Lo necesitaba –afirma–. Con Clovis o con Los Eterno, bueno, intenté hacerlo todo yo. En Los Eterno al menos estaba el resto de compañeros, pero con Clovis sufrí bastante. Estar en los dos lados, el de la creación y el de la técnica, me desgastó mucho y perdí la percepción. Llegó un momento en el que no disfrutaba. Y en este disco lo que quería era interpretar las canciones y que alguien estuviera pendiente de mí, que me sacara lo que llevo dentro, que es lo que yo he intentado hacer siempre a la hora de producir a un grupo, sacar la impronta del momento. Y ahí necesitaba a alguien que fuera de confianza, que me conociera, y esa persona era César, un amigo del alma”.

Otro nombre clave en la gestación del álbum, casi por pura carambola, acabaría siendo el del músico estadounidense Phillip Peterson, también al frente de los estudios House of Breaking Glass de Seattle, el responsable de esos ya mencionados hermosos arreglos de cuerda. “César se encontró a nuestro amigo Daniel Lorca [de la banda neoyorquina Nada Surf] en un concierto y le contó que me estaba ayudando con el disco y que tenía idea de meter cuerdas, pero que no sabía muy bien cómo porque no conocía a mucha gente que trabajara en ese campo –explica–. Así que Daniel me llamó al día siguiente y me dijo “necesitas a Phillip, vamos a mandarle una canción”. Tradujimos las letras al inglés y le envié algunas ideas cantadas por whatsapp o en maquetas, y le di mucha libertad para que hiciera los arreglos. La primera canción que me envió de vuelta fue Estos años, y fue como ¡Uau! Si parecía I’m The Walrus o Strawberry Fields Forever… Era un nivel de cuerdas que he visto poco por aquí. Me quedé impresionado y decidimos hacer algunas canciones más. Yo no sabía casi nada de él y después de acabar el disco descubrí en su web que no sólo había trabajado con grupos como The Posies, Nada Surf o Los Campesinos, sino también con gente bastante más comercial, como Lorde, St. Vincent y Ed Sheeran”.

Con estreno en directo previsto para el próximo 8 de junio en Almería –”mi tierra”, sigue diciendo Fino después de treinta años en Madrid–, no resulta difícil calibrar la complejidad logística de interpretar en vivo un trabajo de semejante exuberancia instrumental. Al fin y al cabo, recuerde, hablamos de un músico independiente que, en la estela de tantos otros durante los últimos años, ha optado por la autoedición. “Ahora mismo es el músico quien tiene que invertir en su arte y su futuro, en sus propias canciones –reflexiona–. Es mucho trabajo, desde luego. Por un lado tienes la ilusión de enfrentarte a un proyecto nuevo, pero también sufres el cansancio que provoca encargarte de tantas cosas que te desorientan del camino que te apetece: componer, grabar, tocar… No tengo intención de hacerlo igual en directo, pero ojalá se den las circunstancias. Aunque en realidad son canciones que puedo tocar con acústica y voz, estoy pensando en diferentes formatos, quizás uno sólo con guitarra y piano, otro con chelo y violín… También quiero preparar una banda con batería, contrabajo, fliscorno y cuerda. A ver cuántos conciertos me puedo permitir con cada uno. Bueno, es un disco que me he planteado a medio y largo plazo, no salgo con la gira hecha, como hacen tantos grupos. Voy despacio”.

Un mundo real (tan raro, tan extraño, tan difícil)

Blas Fernández | 16 de febrero de 2013 a las 5:00

Según explicó Antonio Arias años después, tanto el título de Hipnosis, primer álbum de Lagartija Nick, como el del posterior Inercia hacían referencia a estados fuera de control, ésos en los que el individuo o el colectivo siente cómo se evapora su capacidad de decisión y es arrastrado por la propia dinámica de las situaciones. Con la veterana banda granadina ocurrió algo similar en al menos dos ocasiones: la primera, cuando a comienzos de los 90 la descomunal onda expansiva del Nevermind de Nirvana sacudió el mercado mainstream, empujando a las multinacionales del disco al rápido fichaje de ruidosas bandas de rock y a la escena misma del entonces llamado rock alternativo hacia su inevitable implosión; la segunda, cuando la difícil deriva post-Omega, iniciada con Val del Omar (1998) y no metabolizada con propiedad hasta mucho después, condujo al grupo hacia un circuito y una escena -lo de su etiquetaje trash-metal comenzó como un desliz y se convirtió en camuflaje- que Arias terminaría reconociendo ajena.

El fichaje por parte de Sony-CBS se saldó con dos discos mayúsculos -el mencionado Inercia (1992) y Su (1995)- y con la manifiesta incapacidad de la compañía para rentabilizar semejante propuesta. Lo del desvío al trash-metal, o así, tuvo una digestión más pesada. Con Antonio como único componente original de una formación expuesta a continuos cambios, transcurriría casi una década antes de que Lo imprevisto (2004), de nuevo con Eric Jiménez sentado a la batería, recuperase una inventiva sónica -la lírica no flojeó nunca- equiparable a la de sus comienzos.

Pero eso, claro, sucedió años después. Lo que teníamos en 1991 era Hipnosis, un disco de parto difícil y prolongado. Tanto que había comenzado su gestación en la segunda mitad de la década anterior, cuando tras Más de cien lobos (1986) Arias abandonó 091 y dio forma a una primera versión de Lagartija Nick. Aún volvió a su antigua banda para registrar Doce canciones sin piedad (1989), pero nada más. Antonio, Eric -antes en KGB y más tarde, ya sabe, en Los Planetas- y el atómico guitarrista algecireño Juan Codorniú grabaron una maqueta del nuevo grupo; se levantaron el premio de un concurso de bandas noveles organizado por el programa de televisión Duduá -hoy cuesta creerlo, pero entonces en Canal Sur se escuchaba algo más que copla-; participaron en la compilación local Rock GRX 89; colaron una devota versión de I Had Too Much to Dream (Last Night), de Electric Prunes, en uno de aquellos iniciáticos recopilatorios de Munster Records y ficharon por Romilar-D, el sello independiente madrileño que cobijaba, entre otros, a Sex Museum y The Pleasure Fuckers.

No lo puedes ver, el sencillo publicado en 1990, avisó de lo que se avecinaba, aunque ni siquiera la majestuosa contundencia de su crescendo, condensada en poco menos de tres minutos, pronosticaba todavía el calibre del proyectil por llegar, con potencial explosivo incrementado tras la incorporación de un cuarto componente, el guitarrista Miguel Ángel Rodríguez Pareja.

Hipnosis fue un mazazo, sí, un deslumbrante destello para aquella generación que se distanciaba del pop español de los 80, amortizado entonces hasta la desintegración, aunque aún tardó lo suyo en ser reconocido como tal por quienes venían detrás. En los créditos de esta golosa reedición -¡por fin!-, Antonio Arias menciona la “existencia de una especie de movimiento preindi” como puerta de entrada de Lagartija Nick al estudio de grabación. Sin embargo, ésa fue al mismo tiempo la relativa maldición -el tiempo suele terminar poniendo las cosas en su sitio- que acompañó a parte de aquellos grupos-bisagra, demasiado rock para el incipiente indie y demasiado indies para los asimilados independientes de antaño.

Así las cosas, la elección como productor de Fino Oyonarte, de Los Enemigos -otra banda en la encrucijada- se antoja hoy una afortunada sincronía cósmica. Grupo y productor se entienden sin palabras, emiten sus señales en la misma frecuencia y captan la tensión del momento en una instantánea sobrecargada de energía -en esos mismos créditos, Fino todavía se entusiasma al evocar la incontenible potencia que el grupo despliega en las rápidas sesiones de grabación-.

Ése es el vigor que, incombustible, sigue transmitiendo Hipnosis, eléctrica conmoción sin pausa siquiera cuando recurre a la reconocida filiación psicodélica de Arias -El mundo desaparecido de los guantes y La gran depresión, cerrando y abriendo, respectivamente, las dos caras del vinilo original-. El nutrido y nutritivo resto es un golpe directo al estómago -post-punk en vertiente visceral- y al cerebro, por donde los textos de Arias -el mismo tipo que elige para la portada un collage del entonces todavía no muy reivindicado Josep Renau; el mismo que va a introducir a Val del Omar en el imaginario pop antes de su canonización oficial; el mismo que luego convertirá en canciones poemas científicos- se desplazarán incontrolables, haciendo rebotar en la cavidad craneal un sinfín de imágenes sugestivas y automáticas. Hipnosis, Sonic Crash, Tan raro, tan extraño, tan difícil, Napalm, Disneyworld, Un mundo real… No es que suene en cascada: es una cascada.

Material así, el que conforma uno de los discos capitales del rock en español, justifica por sí mismo esta tardía aunque agradecida reedición, última de la trilogía original tras los pertinentes rescates de Inercia y Su. No obstante, los extras hacen honor a su condición y enriquecen el conjunto final. Los cortes ya conocidos -amén de figurar en caras B de singles o recopilatorios, Gangsterville, Policía detrás, Algo cínico, I Had Too Much to Dream y el No Man’s Land de Syd Barret ya fueron reunidos en un minielepé en 1993- resultan ilocalizables hoy día en formato físico más allá del mercado coleccionista. Los demás -Una luz, Sedán, El placer de los gurús y la versión de Leave My Kitten Alone- saltan por primera vez desde las maquetas a ese mundo real, raro, extraño y difícil, en el que Lagartija Nick, superando errores, desbordando talento, volvió a recuperar el control.

Apéndice extra a los extras. Como es lógico, la reedición de Hipnosis no compila todo el material generado por la banda durante sus primeros años. Además de las maquetas y de las muchas ideas bosquejadas en un cuatro pistas, existen otros cortes que incluso llegaron a editarse, pero que hoy resultan de localización más o menos imposible. Es el caso de las dos pistas incluidas en el mencionado recopilatorio de bandas locales Rock GRX 89, con una corta tirada auspiciada por la Diputación Provincial de Granada. Compartido con Argantes Sagora, Recargables, Dementes y Correcaminos -¿adivina quién era la cantante de esta última formación?-, en él figuraban unos Lagartija Nick aún a distancia sideral de lo que nos ofrecerían en Hipnosis, pero apuntando maneras. Aquellas dos canciones eran El sentido de las palabras

…y ¿Qué harás por mí?, un corte con solo de guitarra final a cargo de otro viejo conocido, José Ignacio García Lapido.

Territorios 2012: Truco o trato

Blas Fernández | 19 de mayo de 2012 a las 15:26

Tricky, durante su actuación. / Foto: Juan Carlos Muñoz

¿Maxinquaye íntegro? Vamos, Tricky, por favor, no te quedes más con tu público… Fue que no: uno de los más sonados reclamos en la primera jornada de la XV edición del festival Territorios Sevilla, anoche en el Monasterio de La Cartuja –esto es: la revisión completa de aquel monumental álbum de 1995, uno de los tres pilares junto al Blue Lines de Massive Attack y el Dummy de Portishead de lo que luego se llamó trip-hop– quedó en eso, en mero reclamo, un truco del de Bristol para reorientar la atención de promotores y audiencias –fugaz, a tenor de lo visto– sobre una escueta silueta que en lo discográfico hace tiempo que no levanta cabeza.

No. Tricky, acompañado de una también escueta y solvente formación, en la que la bella Martina Topley-Bird (*) Franky Riley lo superaba en voz y sensatez, picó de aquel título como si fuera, porque lo es, inevitable hacerlo, pero lejos de cumplir lo prometido prefirió presentar un concierto abonado al efectismo –con subida al escenario incluida de fans incrédulos y extasiados; “momento Inhumanos”, dijo alguien a mi lado– que parecía fiar a su mera presencia sobre las tablas el peso de la atracción. Y otra vez no, porque aunque ejerciera de jefe, también ahí Martina (**) Franky se lo comió cada vez que abrió su hermosa boca.

La cosa tuvo sus instantes, sus ráfagas de brillo, pero se debieron antes a la compañía –a la altura de la mesa de mezclas, los bajos sacudían el estómago justo como uno esperaba que lo hicieran– que a una actitud en apariencia abonada a la inercia. Lástima.

Antes de eso ya habían pasado muchas cosas en una velada felizmente reseñable por la resolución del más criticado inconveniente de la edición anterior: la ubicación de los dos escenarios grandes en la explanada del monasterio descongestiona el interior y elimina los molestos (y algo más) colapsos. A falta de cifras oficiales, la muy notable afluencia de público no ocasionó tapones y el tráfico entre unas y otras tablas se realizó con absoluta fluidez.

Y para tablas, claro, las de Kiko Veneno. Mientras que en el escenario Territorios Love of Lesbian –penúltimo paradigma de ese pop de temporada con ínfula de independencia y hechuras reales propias de los 40 Principales–, el hombre de los cantecitos arrancaba en el Cruzcampo sumando instrumentistas poco a poco –en Memphis Blues Again, su más célebre apropiación dylaniana, apenas flanqueado por las siempre impecables guitarras de Raúl Rodríguez y Charlie Cepeda– hasta completar la formación y satisfacer con creces a la nutrida y rumbera parroquia.

Al mismo tiempo, un auténtico compromiso solapado, Tortoise prolongaba su extenuante minigira española en el escenario Ron Brugal –cuatro conciertos en cuatro días en cuatro ciudades distintas– iniciando una actuación que apuntaba al puro trámite pero que, sorpresa, fue creciendo en intensidad a medida que el quinteto de Chicago experimentaba el feedback con su audiencia. Y para cuando sonó In Sarah, Mencken, Christ And Beethoven There Were Women And Men –en directo, siempre reforzando su toque bossa con la contundencia de dos baterías simultáneas–, la comunión ya era completa. Hasta tuvieron que hacer bis, rara avis en festivales.

Zatu, primero por la izquierda, junto algunos invitados de la lista. / Foto: Juan Carlos Muñoz

En el Cruzcampo, SFDK pasaba lista a su Lista de invitados con absoluta entrega y sonido impecable. Jugaban en casa, pero en cualquier otro sitio su concienzudo espectáculo ad hoc hubiera cosechado el mismo resultado. Ovación y vuelta al ruedo.

Aplausos, y volumen total, se vivían también en el escenario Territorios con unos reivindicativos Amaral –guiño incluido a universitarios, con razón, indignados–, responsables de abrir ese grifo por el que hoy se derraman hacia las grandes audiencias grupos como los mencionados Love of Lesbian, Vetusta Morla y tantos otros: pop mainstream con fijación en el indie. Sin embargo, en ellos no hay treta ni necesidad de justificación; subieron, bajaron y volvieron a subir todos los peldaños necesarios, y fueron de los primeros en hacerlo, que ahora los aúpa a otra categoría. Algo incuestionable, al margen del gusto o disgusto frente a sus canciones.

Pasadas las 02:30 de la madrugada, el Cruzcampo recibía a Los Enemigos, reunidos para una gira en principio ocasional –veremos– diez años después de su disolución. La situación, salvando las muchas distancias estilísticas, se presta al símil con el concierto de Tricky, pero donde en uno se observa el truco, en el otro se revela el trato.

Los Enemigos, en efecto, mantienen un trato tanto con el público que los disfrutó en su día como con ese otro más joven que los descubrió en la década de ausencia. A estos les entrega, nos entrega, justo lo que esperamos: rock de raíces clásicas –con el añejo rhythm&blues como robusto armazón– pero siempre desprejuiciado; electricidad y energía como soporte de unos textos en los que el gran Josele Santiago alterna rabia, costumbrismo, confesiones y humor corrosivo.

Así las cosas, fue empezar a sonar John Wayne e iniciarse una ceremonia nada ceremoniosa en la que la nostalgia se confundía y mezclaba con la excitación de escuchar una vez más canciones tan enormes como An-Tonio, Desde el jergón, La otra orilla y tantas y tantas otras que hoy los convierten en absolutos clásicos del rock español, casi un espécimen único disfrutado y respetado desde flancos distante y hasta contrapuestos del género melómano.

¿Cómo sonarían unas hipotéticas nuevas canciones de Los Enemigos? Josele, así lo demuestran sus discos en solitario, ha crecido hacia su interior como compositor; Fino Oyonarte, por su parte, expande el campo de acción junto a Los Eterno explorando territorios cercanos al krautrock y el op-art a lo Stereolab. ¿Qué surgiría hoy de semejante choque? ¿Tendremos alguna vez la oportunidad de comprobarlo?

(*) (**) Juan Antonio Huertas me avisa en los comentarios de que no fue Martina Topley-Bird quien acompañó a Tricky, sino Franky Riley. Les pido disculpas por tan lamentable metedura de pata.

La máquina del tiempo

Blas Fernández | 16 de mayo de 2012 a las 7:11

“Buenas noches y bienvenidos a la máquina del tiempo de Los Enemigos”, saludaba la voz de Fino Oyonarte, bajista de la formación, al inicio de Obras escocidas (2001), el doble álbum grabado a lo largo de cuatro conciertos en Granada, Madrid, Valencia y Santiago de Compostela con el que la banda, uno de los más recordados exponentes del rock en español de finales del siglo XX, celebraba el largo repertorio de quince años en activo. Apenas uno después registraba su epílogo, Obras escondidas, y ya en 2002 anunciaba su separación. Josele Santiago (voz y guitarra) iniciaba una fructífera trayectoria con nombre propio que hoy alcanza cuatro discos (el último, Lecciones de vértigo); Fino alternó labores de producción con nuevos proyectos (Clovis, Los Eterno); Chema Animal Pérez, el baterista, se lanzó al teatro y Manolo Benítez prestó la electricidad de su guitarra a las aventuras de otros.

Pero la máquina del tiempo ha vuelto a activarse. A finales de 2011 Los Enemigos anunciaban una gira de reunión con apenas media docena de citas. En enero actuaron en el Actual de Logroño; el próximo viernes lo harán en Sevilla, como parte del cartel del festival Territorios Sevilla.

“Si digo la verdad, no sé muy bien cómo se nos ocurrió esto de reunirnos. Creo que fue en la fiesta de aniversario del Ágapo donde nos encontramos –recuerda Josele Santiago señalando al legendario antro madrileño–. Empezamos a hablar y la cosa fue cuajando poco a poco. Pero no hubo ningún detonante concreto”. ¿Motivaciones crematísticas? “Bueno, es trabajo, y trabajo digno –asume Josele–. Si puedes ofrecer un buen espectáculo… Lo que está claro es que si no hubiera trabajo no se juntaba ni Dios”.

Y trabajo, expectación por volver a ver a la banda sobre un escenario, sí que hay. De ello dan fe no sólo las sucesivas convocatorias del Desencuentro enemigo, un evento organizado por fans que alcanza ya once ediciones, sino también el propio recibimiento deparado a la banda tanto en el Actual como en el reciente Festival Do Norte de Vilagarcía de Arousa. “La verdad es que es muy emocionante, porque los conciertos se están llenando. La parroquia responde y hay hasta pancartas –bromea–. A Logroño fue gente hasta desde Canarias. Definitivamente, la parroquia fue uno de los motivos que nos impulsaron a juntarnos. Sabíamos de todo esto por los Desencuentros enemigos, que es algo que no sólo no organizamos nosotros, sino en lo que no tenemos nada que ver, pero creo que ya tenemos hasta la culpa del nacimiento de alguna que otra criatura. Es emocionante, sí”.

Y aún así, las citas son contadas. “Poca cosa, seis o siete bolos. Pero con la que está cayendo, ya parece bastante, ¿no? –comenta socarrón–. Tenemos que poner unos límites. Sólo estamos cogiendo sitios en los que sabemos que nos vamos a encontrar cómodos y en los que tenemos garantías de poder dar un espectáculo bueno y serio. ¡Que ahora vamos en en blu-ray! Llevamos luces y una parroquia tremenda detrás… Y esto no siempre se puede garantizar. Así que vamos a hacer esos cinco o seis festivales que han salido y quizás luego hagamos alguno más como empresa. Ya veremos, pero sin prisas”.

La reunión de la banda parece plantear una pregunta tan inevitable que Josele la contesta incluso antes de ser formulada. “Nos preguntan mucho si vamos a grabar, pero de momento… No sé, a ver cómo lo llevamos –comenta–. Lo cierto es que la cosa funciona, que suena estupendamente, que nos aguantamos los unos a los otros y que lo disfutamos. Qué nos deparará el tiempo, ya se verá”. O sea, que la puerta está abierta. “Abierto yo lo dejo todo. Está la cosa como para cerrar puertas –sopesa–. Pero nos lo estamos tomando con mucha calma”.

De momento, lo que sí se publica, el próximo 5 de junio es Desde el jergón, una caja que revisa la trayectoria del grupo. “Es un recopilatorio con temas de todos los discos remasterizados, rarezas, tomas alternativas, maquetas, canciones inéditas de todas las épocas… –explica Josele–. Y luego, un libro con un texto largo y muy bien currado de César Luquero y el DVD del último concierto que dimos, en el 2002. Aquello se nos ocurrió grabarlo con tres o cuatro cámaras digitales. Va bien montado, con sus extras y todo. Creo que lo que tiene de documento es, sobre todo, el DVD. Fue el último concierto y me parece algo muy especial y emotivo. Aparte de que sonó muy bie, hicimos versiones especiales y salió gente invitada. Es un documento serio”.

Invitados también hubo en el mencionado Obras escocidas. Y su mera variedad ya reflejaba la simpatía que Los Enemigos despertaban en diferentes escenas. “Sí, y viceversa, porque ellos también fueron una referencia para nosotros. Creo que eso habla mucho de nuestra falta de prejuicios: éramos esponjas en muchos sentidos y cogíamos de todos lados. Quizás muy poca gente podía llamar a Los Planetas y a Rosendo y que la cosa no quedara rara, sino coherente –piensa Josele–. Creo que somos muy abiertos. Ahora estoy escribiendo en Facebook sobre todas nuestras influencias. Lo voy contando poco a poco y me está resultando muy curioso, porque me está sirviendo para darme cuenta de que veníamos de una época muy llena de prejuicios, en la que parecía que si te gustaba fulanito no te podía gustar también menganito. Supongo que teníamos la suerte de ser cuatro músicos muy distintos y de muy distinta procedencia, y que eso influyó bastante a la hora de abrirnos. Fíjate, sale Ajo, de Mil Dolores Pequeños, y después Jorge Martínez, de Los Ilegales”.

¿Contará el concierto de Sevilla con algún invitado especial? “Lo dudo. En los festivales las pruebas de sonido son cortísimas y las posibilidades de hacer algo especial se ven muy reducidas por eso. Ya me hubiera gustado, ya, pero creo que lo dejaremos para cuando no dependamos de la organización de otros”.

Los Enemigos actuarán el próximo viernes 18, a las 02:30, en el Escenario Cruzcampo dentro del Festival Territorios, que se celebra en el Monasterio de La Cartuja.