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Antonio Arias: “Decía Morente que hay que grabar discos para diez años después”

Blas Fernández | 6 de mayo de 2015 a las 5:00

Foto: Concha Laverán

Foto: Concha Laverán

La reedición ampliada en 2013 de Hipnosis, primer álbum de Lagartija Nick, publicado originalmente en 1991, no sólo cerró el ciclo de recuperación de la contundente trilogía discográfica con que la banda granadina irrumpió en la escena del rock español –la misma operación se había llevado previamente a cabo con Inercia (1992) y Su (1995)–; también propició el reencuentro sobre los escenarios del cuarteto original –Antonio Arias (bajo y voz), Éric Jiménez (batería), Juan Codorniú y Miguel Ángel Rodríguez Pareja (guitarras)– en lo que entonces se preveía una corta gira destinada a celebrar aquel rescate. Sin embargo, dos años después la máquina sigue en marcha. “Desde la reedición –dice Arias– hacemos una media de dos conciertos al mes. Y nos siguen llamando. Siempre nos hemos llevado bien y además vemos que la cosa sigue sonando real y expresiva. Así que decidimos continuar con la gira. Lo que se impone ahora es grabar algo nuevo este verano, aunque sea un epé. Por lo menos, para que no sea siempre el mismo concierto”.

Y, de hecho, no lo es. Lo que comenzó como una ceremonia centrada en la interpretación íntegra de aquel emblemático título ha terminado por expandir, generosamente, su repertorio. “Hay once discos de Lagartija para tocar, aunque principalmente llegamos hasta Omega“, apunta Arias citando aquel otro memorable trabajo junto al desaparecido cantaor Enrique Morente, el célebre disco que, entre otras tantas cosas, señaló el punto de disolución de la formación original. “Todo fue muy rápido –recuerda–, y quizás eso nos marcó y nos mató al mismo tiempo: éramos incapaces de parar la máquina. Pero la cosa iba volando y había que hacerlo en ese momento, aun a costa de que nuestra salud mental se deteriorara rápidamente”.

Arias siguió al frente de sucesivas reencarnaciones de Lagartija Nick hasta alcanzar esa plusmarca de once álbumes; Éric alternó su rol como baterista en Los Planetas con otras aventuras y, posteriormente, se reintegró en el proyecto; Codorniú se enroló en Matilda y, con algo más de calma, se lo tomó Pareja, colaborador hoy en Lullaby. “El contacto siempre se ha mantenido y la relación ha sido cordial –afirma–. Los músicos de Granada, de lo poco que tenemos, es nuestro corporativismo. Bueno, algunos músicos de los 80 siguen mostrando una ira irreconciliable, que era algo muy de la época. No te vuelvo a hablar en la vida… Y ahí siguen, sin hablarme por algo que pasaría algún día y de lo que yo, ya, ni me acuerdo”.

Sí recuerdan los seguidores de la época –y los de posteriores generaciones, sumados sin pausa con el paso de los años– el carácter gozosamente indómito de aquella reivindicada trilogía, tan rabiosa en su electrizante sonido como premeditada en la carga de profundidad de sus textos. “En el libro de Nando Cruz, que estoy leyendo ahora –dice Arias en referencia a Pequeño circo. Historia oral del indie en España–, está muy bien explicada esa génesis heterogénea de grupos que intentaban conocerse y crear una nueva escena independiente, con más motivación que poderío económico. Algo de eso sobrevive en el sonido, esa expresividad, esas ganas de acercarse a la gente, esa vitalidad, con casi todas las canciones en tonos mayores. Eso les da mucha alegría… Quizás las letras de Hipnosis no han envejecido tan bien. En las de Inercia y Su el collage ya no se define, así que sirven para cualquier época de la vida. Pero el sonido… El sonido me sigue gustando mucho. El germen de los discos de Lagartija fue ponerse en contra de algo que eran tan normal entonces: buscar la multi [multinacional] y Los 40 [Principales]. Y eso sigue vivo en aquellos discos, muy salvajes, que además fueron el origen del trabajo con Enrique Morente”.

Sin rastro aparente de acritud, Arias define la creación de Lagartija Nick como “un golpe de estado contra 091″. Así resume su marcha de aquella otra recordada formación granadina en busca no sólo de nuevos horizontes, también de otra manera de hacer en la que el cambio se convierte en requisito indispensable para mantener el movimiento. “Fue una lucha por defender un sonido –afirma–. En algunos conciertos casi que podíamos parecer los Ramones de Graná, pero al mismo tiempo éramos el germen de lo que vino después. Algo que hicimos bien fue alentar a otras generaciones. No era sólo por nosotros. Ahí también entra, por ejemplo, el hecho de producir el primer epé de Los Planetas. Era una manera de no enquistarse, de hacer de bisagra. Se creó un vínculo de por vida: algo veríamos entre nosotros que era real”.

Foto: Concha Laverán

Foto: Concha Laverán

El vínculo se mantiene. Aquella constelación granaína protagoniza todavía hoy una red de colaboraciones de sobra conocida, concretada en proyectos conjuntos como Los Evangelistas y proclive a la intervención de unos en los discos de otros. Sin ir más lejos, varios integrantes de Los Planetas participaron en la gestación de Multiverso (2009) y Multiverso II. De la soleá de la ciencia a la física de la inmortalidad (2013), los dos discos firmados hasta la fecha en solitario por Antonio Arias, esplendorosas colecciones de adaptaciones de poesía científica –el interés de Arias por la astronomía y el espacio viene de lejos– que acaban de ser reeditadas conjuntamente en un doble vinilo de edición limitada. Una nueva oportunidad de redescubrir sendos títulos, quizás lastrados en su proyección por la modestia de las ediciones originales; quizás también, al cabo de los años, tan celebrados como los de Lagartija Nick. “Hay proyectos que tienen que vivir al margen de todo eso -reflexiona Arias-. En primer lugar, por una cuestión temporal: si tienes la oportunidad de trabajar con un poeta como David Jou, como ocurrió en Multiverso II, es ahora, no luego, intentando convencer a alguna compañía. Con Los Evangelistas podemos trabajar con Sony, pues sin problemas. Pero hay otros proyectos que sabes que podrían tenerte paseando por pasillos eternamente. Hay discos que necesitan dar una vuelta muy grande para llegar a su público, piden vida y coger aliento. Tienen esa promoción retardada, pero también bastante eficaz, que da la convicción. Decía Enrique [Morente] que hay que grabar discos para diez años después”.

La golosa edición en vinilo incluye además la descarga digital de cuatro cortes inéditos, más que probable avance de un futuro Multiverso III. “En principio era sólo eso, un apoyo al doble vinilo, cuatro canciones nuevas, pero Multiverso fue muy pop y Multiverso II podía recordar más al sonido de Los Evangelistas producidos por Martin Glover… Así que el tercero podría ser una manera de unir esas dos corrientes, sin perder nunca esa expresividad pop ni siendo tan oscuro como el segundo. Además, hace poco ha llegado a mis manos un poema de ciencia-ficción de los años 50 que es fantástico… Multiverso supone para mí una manera de seguir explorando la nueva poesía”.

Lector constante de poemas, como su maestro Morente, saca Arias a colación el reciente Voces del extremo, de Niño de Elche, con textos de autores adscritos al encuentro homónimo. “Me ha gustado mucho lo que ha hecho, esa especie de trascendencia de la poesía de la experiencia que llaman poesía de la conciencia -explica-. Hay textos un poco chunguelas y echo de menos más cantaor, más voz, porque es un tío que canta tan bien, que tiene una voz tan vieja… Al final del disco incluso hay cosas que me recuerdan un poco a Omega, y eso hace que me guste todavía más. Es un disco que incluso me reconcilia con Pony Bravo, a los que creo que había trivializado un poco. Me gusta seguir ahondando en nuevas formas poéticas y en gente joven, gente como Rafael Espejo, al que no se nombra tanto pero que es genial. Hay por ahí unos talentos tremendos”.

Entre los talentos musicales locales señala Arias a Pájaro Jack. “Jaime Beltrán -recuerda del cantante y guitarrista de la banda granadina- fue asistente de ingeniero de sonido en Multiverso. Es un tipo técnicamente muy capaz. Es lo que tienen las nuevas generaciones, que vienen muy preparadas, y lo que les falta lo pillan en Internet. Quién lo hubiera pillado entonces, eh, cuando leías libros antiguos que te hablaban de aquella canción… Ahora lo tienes todo en Deezer o Spotify, y eso es maravilloso”.

Lagartija Nick actúa el próximo viernes 8 en la Sala X de Sevilla (c/José Díaz, 7).

La misa sónica de Los Evangelistas

Blas Fernández | 1 de octubre de 2012 a las 7:13

Foto: Juan Carlos Muñoz

Los Evangelistas. XVII Bienal de Flamenco de Sevilla. Formación: Antonio Arias (bajo, guitarra y voz); J (guitarra y voz); Florén (guitarra); Éric Jiménez (batería); J. Machuca (teclados); Carmen Linares y Soleá Morente (voces invitadas). Lugar: Teatro Central. Fecha: sábado 29. Aforo: algo más de media entrada.

1997: Carmen Linares actúa en el festival granadino Espárrago Rock; entre los damnificados de tan gloriosa colisión, una nutrida de legión de melómanos rock se deja tentar, una vez más, por esas sonoridades que permanecen ocultas e incrustadas en lo más hondo de su subconsciente. 1998: Enrique Morente, también en el Espárrago, sube al escenario con Lagartija Nick y muestra cómo de bien, cómo de sentido y hercúleo, suena ya el directo de Omega. La legión se multiplica.

Estos dos hechos puntuales se incardinan en una larga oración que juega lo suyo con las subordinadas: en lo referente a Lagartija Nick, se inicia con los tímidos contactos entre banda y cantaor para dar forma a una colaboración cuya revolucionaria naturaleza aún tardaríamos en descubrir; en lo referente a Morente, es un jalón más en esa incansable necesidad de satisfacer su curiosidad por tantas otras músicas al margen del flamenco, por dialogar y descubrir qué pasaría si…; en lo que respecta a la ocasional pero reiterada relación entre flamenco y rock, se revela como un capítulo nuevo: Omega, y lo que vendrá (incluido el descubrimiento de una nueva devoción que servirá a J para reinventar a Los Planetas en La leyenda del espacio), ha pasado página y destapa una dirección inédita, una lectura flamenca desde el rock contemporáneo que esquiva con acierto los tics convertidos en clichés.

Foto: Juan Carlos Muñoz

Flamenco y rock… Sólo quienes desconocen esta compleja cronología pueden todavía incomodarse, incluso después de otros acercamientos vistos en anteriores ediciones del festival, con la presencia de Los Evangelistas en la programación de la Bienal de Flamenco; sólo ellos pueden pensar que la evocación de Morente es en realidad un mero pretexto para buscar un bolo más.

Homenaje a Enrique Morente, editado a comienzos de este año, es fruto de la admiración y convierte el legado del cantaor en un rompehielos que sigue abriendo vía al feliz hallazgo. “El flamenco es tan potente que acaba haciendo de ti una persona mucho más purista de lo que pensabas” , confiesa Antonio Arias. “Él [Morente] se vestía de moderno para hacernos fundamentalistas; gente, a la que por cierto, odiaba”, reflexiona J. Ahí queda eso, para futuras disquisiciones en torno a esta historia.

Pero allá donde el disco desvela un glorioso equilibrio entre mimo y talento, entre laboriosa dedicación y habilidad creativa para llevar a terreno propio las enseñanzas recibidas, el directo revela patentes desequilibrios. Fuera de toda duda el cancionero elegido -no todo grabado o, en ocasiones, como en Ciudad sin sueño, extraído de Omega-, estas apropiaciones y reconversiones morentianas, o al menos así fue en el Central, sufren sus altibajos. Las interpretadas por Antonio Arias mantienen por lo general el tipo; las cantadas por J -letrista certero e inmisericorde, pero vocalista limitado más allá del universo propio y reconocible generado por Los Planetas; y ése es un mérito incontestable- pierden algo respecto a su registro fonográfico. Señalando lo obvio, se puede decir que Antonio entra afinado y con presencia, mientras que J lo hace tanteando el tono adecuado para sólo a partir de ahí crecerse.

¿Problemas en los monitores? No lo sé. Quizás: pese a lo limpio del sonido durante todo el concierto, servidor echó en falta más volumen y más peso en las guitarras, responsables de la particular textura de estas adaptaciones y pieza fundamental en una ambiciosa estructura sólidamente asentada sobre la fiera batería de Éric Jiménez y el bajo preciso y preciosista de Arias. Aun así, con sus defectos, la anunciada misa sónica en recuerdo del maestro contenta a los creyentes y, como cabe esperar, los llena de gozo. Por contra, me temo, los incrédulos seguirán ejerciendo como tales.

Donde probablemente unos y otros coincidan sea en la fascinación frente a Carmen Linares, quien ya en los bises borda Delante de mi madre con la misma hondura, sentimiento y dignidad que ha enseñoreado su larga carrera. Por su parte, Soleá Morente, pura hambre de escenario todavía en busca de identidad  propia, se entrega con pasión junto a Arias en Yo poeta decadente -qué texto, Dios, qué texto…- y pone la misma voluntad en La estrella.

Viniéndose arriba con cada canción, con cada minuto, el fin de fiesta es justo eso, celebración de lo vivido con Donde pones el alma: todos sobre el escenario evidenciando que, en efecto, han hecho justo eso.

Foto: Juan Carlos Muñoz

Boronía recuerda a Enrique Morente

Blas Fernández | 15 de mayo de 2012 a las 7:25

Gabriel Núñez Hervás, en una imagen reciente tomada en Córdoba. / José Martínez

El próximo jueves 24 de mayo el Teatro Central de Sevilla acoge la presentación de los dos números especiales que la revista Boronía ha dedicado a la figura del desaparecido Enrique Morente, nombre capital en la música española de las últimas décadas, artífice en buena medida de la acepción contemporánea del flamenco y puente siempre abierto entre este género y otros lenguajes sonoros. De su acercamiento al rock, o del acercamiento de ciertos rockeros a su magisterio, dejan gozosa prueba obras como el monumental Omega; de su herencia entre estos últimos, discos como La leyenda del espacio de Los Planetas o el inspirado y sentido tributo rendido a su obra por éstos y por sus viejos y leales amigos de Lagartija Nick, el Homenaje a Enrique Morente de Los Evangelistas.

El primer Libro de Morente, publicado en el verano de 2011, compiló un largo listado de recuerdos e impresiones evocados por allegados, compañeros y seguidores -entre otros, Pedro G. Romero, Diego A. Manrique, Gerardo Núñez, Jesús Arias, Ignacio Julià, José Ignacio Lapido, Balbino Gutiérres, Alberto Manzano, José Sánchez-Montes y Javier Liñán- con un resultado tan inesperado como deslumbrante: de la profunda conmoción causada por el cercano fallecimiento del cantaor brotaba una emoción que, en sucesivas lecturas, se revelaba como una fuente de información de primer orden.

Similar estructura guarda el Libro de Morente II, aparecido el pasado mes de febrero, que al plantel de firmas invitadas -esta vez, también entre otros, Aurora Carbonell, Santiago Auserón, Daniel Alonso, José Luis Ortiz Nuevo, Joaquín Pérez Azaustre, Lee Ranaldo y Guillermo Z. del Águila- suma densas y reveladoras entrevistas con Soleá Morente, Israel Galván, Los Evangelistas, Pepe Habichuela y el propio Morente.

Al frente de este proyecto editorial se encuentra el cordobés Gabriel Nuñez Hervás, activista fanzineroso en los últimos años 80, promotor discográfico, organizador de conciertos -él fue el responsable de la aparición de Los Evangelistas en La Noche Blanca del Flamenco de Córdoba en junio de 2011- y rendido admirador del cantaor. Para la presentación en Sevilla, la última tras sendos actos en Madrid y Córdoba, Núñez Hervás ha configurado un cartel en el que no sólo destaca la presencia del guitarrista Pepe Habichuela, fiel escudero de Enrique Morente, sino también la de la mitad de Los Evangelistas: Antonio Arias y Éric Jimémez, que realizarán un breve set acústico en lo que se antoja una ocasión única. De todo ellos, y de más, habla el hombre tras Boronía.

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Gloria a Enrique Morente

Blas Fernández | 1 de marzo de 2012 a las 8:07

Los Evangelistas, durante su actuación en ‘La noche blanca del Flamenco’ de Córdoba en junio de 2011. / Rafael A. Butelo

Homenaje a Enrique Morente. Los Evangelistas. El Ejército Rojo / Sony Music. Rock. 2 LP / CD / Libro-disco

Heredero natural de aquel canon post-Omega que ya dio pruebas de su largo alcance en La leyenda del espacio de Los Planetas, este sentido Homenaje a Enrique Morente vuelve a reunir en torno al legado del cantaor y maestro granadino a aquellos músicos que junto a él redefinieron las bases del acercamiento entre flamenco y rock, tendiendo un robusto puente entre las experiencias en el mismo sentido llevadas a cabo a finales de los 70 y comienzos de los 80 –Veneno, Pata Negra…– y certificando, de paso, la obsolescencia, en términos de rock contemporáneo, de aquellas añejas fusiones sustentadas en gastados arquetipos sonoros y otros clichés facilones.

Si Antonio Arias y Eric Jiménez (Lagartija Nick, Los Planetas) vivieron en primera persona el proceso de Omega (1996) y sus gozosas consecuencias, J y Florent (Los Planetas) disfrutaron en igual medida del magisterio y la amistad de Morente, colaborador ocasional y presencia capital en el mencionado La leyenda del espacio (2007) y en Una ópera egipcia (2010).

Esa cercanía marcó de partida una notable diferencia entre este penúltimo contagio flamenco con epicentro en Granada y su antecesor sevillano, el de los hermanos Amador y el incombustible, por muchos años, Kiko Veneno. Mientras que en Sevilla la simbólica figura del pastor-guía, encarnada en el gaditano Camarón, plegó velas quizás acuciada, sólo quizás, por las reticencias mostradas desde el entonces hermético ámbito jondo –dejando casi solos a los vástagos; ahí quedaba, al fin y al cabo, Ricardo Pachón–, en Granada, Morente, más que acostumbrado a los desplantes de una crítica miope y sorda, mostró con acierto su indiferencia ante los inmovilistas protagonizando una continua búsqueda que resultaría en algunos de los discos más hermosos e intensos de la música española del siglo XX.

Perseverante también en el permanente cultivo de su curiosidad, Morente trenzó alianzas, entre otros, con aquellos músicos de rock de su ciudad que hoy pueden reivindicarse, si hiciera falta, como auténticos discípulos, apóstoles consagrados a predicar la buena nueva cuando la oportunidad se presenta. Esos mismos músicos, al cabo, a los que bastó una idea lanzada por el siempre atento e incansable editor y agitador cordobés Gabriel Núñez Hervás –la organización de un homenaje al desaparecido cantaor en el festival La noche blanca del Flamenco– para poner en marcha este emotivo y nuevo proyecto de rastreo y adaptación del legado del cantaor al ámbito del rock.

De ahí, cómo no, extraen Los Evangelistas once de las doce canciones que, finalmente, conforman este tributo a Morente, un artefacto editado en diversos y golosos formatos –a la versión normal en CD se suma otra en doble vinilo de 180 gramos, con descarga en MP3, y una tercera especial y limitada en disco compacto con el añadido de los dos números especiales que le revista Boronía dedicó al cantaor: nada menos que 372 páginas morentianas–, que, como era previsible, sobrepasa de largo el terreno del reconocimiento al maestro para configurarse, a la postre, como ese heredero aludido al principio, inherente continuación del camino emprendido con Omega.

No es casual ni inocente la elección para abrir el álbum de esa adaptación que Morente hiciera de Fray Luis de León, con Antonio Arias entonando un dulce Gloria a Dios / Gloria a Dios, en contraste con un océano de saturación, que despeja dudas, si quedaban, sobre el papel que el cantaor desempeñó entre su rebaño.

Hilvanando los cortes –pespuntes sólo sueltos, por razones obvias, en la versión en vinilo–, crece la emoción y la intensidad atravesando un repertorio de alternancia vocal entre Arias y J –al último corresponde, ungido de gravedad, la hermosa relectura de la Serrana de Pepe de la Matrona, uno de los abundantes momentos sobrecogedores del álbum: pasa diciendo / pasa diciendo / donde yo no hago falta / no me entretengo–, sacudido con intensidad sísmica gracias a la irrupción de Carmen Linares en Delante de mi madre. El mínimo texto –Delante de mi madre / no me digas ná / porque me habla mu malamente / cuando tú no estás–, cantado con la hondura abisal habitual en ella, se desdobla en múltiples bucles dentro de un magma psicodélico de, ufff…, subyugante belleza.

Soleá Morente, hija del cantaor, y Aurora Carbonell, su viuda, suman también su recuerdo a este imponente homenaje. La primera, paradoja, interpretando La estrella y doblando a Arias en la espeluznante Yo poeta decadente; la segunda, aportando el óleo que sirve como portada al disco, un rojo fuerte manchado en negro. Tan directo, tan potente, como la presencia de Morente en la memoria de quienes, en persona o por su obra, lo conocieron y estimaron. Gloria pues.