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El Podcast de La Ventana Pop (Programa 27)

Blas Fernández | 26 de marzo de 2015 a las 5:00

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Arranca la nueva entrega de El Podcast de La Ventana Pop con un repaso al recomendable libro firmado por el periodista Nando Cruz en torno al indie español de los 90, Pequeño circo, un extenso volumen publicado por Editorial Contra que también repara en algunos precedentes de aquella escena. A propósito, suenan Cancer Moon, Lagartija Nick, Strange Fruit y El Grupo de Expertos Solynieve.

Desde Almería llegan Proyecto Solaz -con un invitado ciertamente peculiar…-; desde Huelva, The Strangers. Seguimos escuchando los nuevos trabajos de Santacruz, Guadalupe Plata y Pájaro Jack, estos últimos con presentación inminente de Vuelve el bien (partes I y II) en su Granada natal.

Más conciertos: Suomo en la Sala X de Sevilla, Lost Twin en el Lapsus Festival de Barcelona, The Jayhawks en Sevilla y Granada… Y aún queda tiempo para revisar el sorprendente nuevo álbum del tinerfeño Diego Hdez, Autotrophic Music.

Como siempre, puede escuchar El Podcast de La Ventana Pop en el reproductor bajo estas líneas o, también, en la web de ScannerFM.

 

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Tracklist

1.-Cancer Moon: Tell Me The Secret

2.-Lagartija Nick: Déjalos sangrar

3.-Strange Fruit: Eternal

4.-Grupo de Expertos Solynieve: Colinas bermejas

5.-Proyecto Solaz: Sí a los chiringuitos

6.-The Strangers: Red

7.-Santacruz: Planta noble

8.-Guadalupe Plata: Hueso de gato negro

9.-Pájaro Jack: Ángeles

10.-Suomo: Pheromone

11.-Lost Twin: Coda

12.-Diego Hdez: Come The Summer

13.-Diego Hdez: Heisenberg

14.-The Hayhawks: Hey Mr. Man

Pequeño (y ruidoso) circo

Blas Fernández | 22 de marzo de 2015 a las 5:00

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circo. Historia oral del indie en España. Nando Cruz. Editorial Contra. 944 páginas. 26,90 euros.

¿Cuándo sustituye el término indie al más cercano independiente en la escena pop nacional? No sucede de la noche a la mañana: el proceso se alarga desde los últimos años 80 hasta bien entrados los 90 y, en su progresiva implantación, arrastra una carga de contraposición a lo anterior que no sólo parece hacer del indie un género musical en sí mismo –nada más lejos de la realidad–, sino que además distancia el propio significado del término de aquél que pudiera tener en origen. Y no sólo muta la acepción, claro, con ella también toda su carga simbólica y práctica.

La adulteración semántica continuará y llegará incluso hasta estos días, en los que con similar entusiasmo unos se cuelgan una etiqueta que hace ya tiempo dejó de decir algo –¿qué tienen hoy de indies los grupos, sellos, publicaciones y festivales que se definen como tales?– y otros se embarcan en un ejercicio de revisionismo tan lastrado por la mala conciencia –la de haber dado en su momento bola acrítica a todo aquello– que, aparentemente, les impide un análisis riguroso y con intención objetiva.

A Pequeño circo. Historia oral del indie en España, el monumental trabajo que ahora firma Nando Cruz (Barcelona, 1968), se le puede objetar en ocasiones una molesta ausencia de contextualización que dejará al lector interesado, pero no iniciado, con la sensación de no entender demasiado bien qué ocurre aquí. Aunque, al mismo tiempo, es precisamente esa naturaleza de relato oral y coral de los propios protagonistas –son incontables las voces que desfilan por las más de 900 páginas– la que esquiva con acierto el riesgo de demolición indiscriminada, tan injusta como innecesaria (al menos, claro, para quienes no pretendan construir hoy un nuevo discurso a la medida y a la contra).

Curtido en la prensa generalista y especializada desde comienzos de los 90, Cruz, a quien ya debíamos otro libro modélico –Una semana en el motor de un autobús (La historia del disco que casi acaba con Los Planetas), Lengua de Trapo, 2011–, no oculta un posicionamiento crítico sobrevenido –implícito en los temas tratados, en las invisibles preguntas lanzadas, en las miserias resaltadas y las carencias observadas, en la estructura misma de la obra–, pero no carga las tintas, deja hablar –de eso se trata– y retratarse a cada cual tal cual se exponga.

El circo, no podía ser de otra manera, planta su pequeña carpa sobre el terreno que otros han allanado. Son ésos quizás los grandes damnificados de esta historia, enormes bandas de rock en tierra de nadie –Los Bichos, Cancer Moon, Surfin’ Bichos, Lagartija Nick…– a los que la sobrevaloración crítica (o, insisto, acrítica) posterior y el soberbio sectarismo, cuando no arrogante ignorancia, pretenderá arrojar a un limbo excluyente. No lo conseguirá del todo. Y no sólo porque las más tenaces de aquellas formacione logren repercusión y continuidad, sino porque su influencia –cuando no estética, ética– permanecerá y será reivindicada, más pronto o más tarde, por los jóvenes airados. ¿Serían hoy Los Planetas quienes son sin el concurso inicial de Antonio Arias, referente capital para el pensamiento artístico de J? ¿Qué afinidad intelectual enlazaba al fallecido Josetxo Anitua, de Cancer Moon, con Ibon Errazkin y Teresa Iturrioz, entonces en Le Mans y más tarde en Single? En Pequeño circo hay muchas respuestas, y muchas instructivas lecciones, al respecto.

Estructurado en una doble vertiente cronológica y geográfica, el relato servido por Cruz se explaya en el carácter periférico de aquella explosión sorda, amplificada en tiempo real por canales como Radio 3 y Rockdelux: los grandes polos de creación no están ni en Madrid ni en Barcelona, de donde apenas surgen nombres relevantes, sino en Gijón, Zaragoza, Albacete, Pamplona, San Sebastián, Palma, Granada o Sevilla. En Madrid están gran parte de los sellos indies –muchos de los cuales no tardarán en entrar en estrategias de colaboración con las multinacionales, la mayoría fallidas en términos comerciales–; en Barcelona, salvando la excepción de la militante y efímera revista madrileña Spiral, está el altavoz de la prensa especializada, el escaparate. Más o menos, vaya, como ahora.

Cada escena local se codifica en claves estilísticas diferentes, aunque más allá del deseo de pertenencia a algo nuevo, más distintivo que distinto, las identifican y reúnen una reconocible serie de elementos comunes. Surgen al amparo de una emisora de radio, de un bar, de una tienda de discos o ropa o de un fanzine. Son células destinadas a conectarse entre sí con el objetivo de desarrollar un organismo, pero algo falla en ese proceso…

En tiempos particularmente convulsos –los que vivimos hoy– resulta tan fácil como inevitable recriminarle al indie español su desconexión de la política, su alegre despreocupación por la realidad social. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ésta no era entonces, ni de lejos, la que ahora padecemos, y que en la medida en que cambia, a peor, la música cambia con ella y refleja el actual estado de cosas. No caben pues demasiadas lamentaciones en este sentido. Quizás tampoco sobre el escaso espíritu colectivo de aquellos grupos, que en el fondo reiteran los mismos patrones de comportamiento –colaboran, sí, hasta que arrancan las rencillas y celos– de sus antecesores en los 80. Aparecen, desde luego, felices excepciones a esa regla –el caso del sevillano Colectivo Karma–, pero no van a más, precisamente, por esos proverbiales motivos.

Aunque no son los únicos, los grupos andaluces marcan otra pauta a tener en cuenta: apuestan mayoritariamente por cantar en español frente a la que se presume otra seña de identidad del movimiento: el inglés (bueno, o casi inglés). ¿Sería posible afirmar que ello permite que dos de las carreras más extensas y reconocidas con origen en el indie español de los 90 sean las de Los Planetas y Sr. Chinarro? Bueno, sería, como mínimo, aventurado: paradójicamente es Dover, cantando en inglés, el grupo de aquel ámbito que logra un éxito comercial sin parangón en una escena ajena a las grandes audiencias.

Al menos, claro, hasta que el entramado de pequeños festivales diseminados por la geografía del país da paso a los eventos multitudinarios –con Benicàssim y Primavera Sound a la cabeza–, catalizadores últimos de la desnaturalización del indie, de su definitiva conversión en ruidoso circo mediático en el que la música, al fin, apenas es el ornamento, cuando no la excusa, que permite mantener en pie el negocio.

¿Y aparte, qué queda de todo aquello? Malas prácticas, buenos recuerdos, la misma endeble infraestructura… Pero, sobre todo, un puñado de discos ajenos al paso del tiempo, prestos a ser redescubiertos una y otra vez.

Un impulso planetario

Blas Fernández | 12 de mayo de 2011 a las 7:27

Florent, a la izquierda, Banin y J, durante la grabación del disco en Nueva York. / Foto: María Ángeles Bermúdez Sáez

Una semana en el motor de un autobús (La historia del disco que casi acaba con Los Planetas). Nando Cruz. Lengua de Trapo / Colección Cara B. Madrid, 2011. 185 pág.

Paradoja: invertir el subtítulo de este recomendable volumen quizás resultase menos atractivo de cara al lector indeciso (el factor morbo, ya se sabe), pero aun así seguiría siendo una acotación igualmente ajustada. Una semana en el motor de un autobús, de la propia lectura del libro se desprende, no es pues tanto el disco que casi acaba con Los Planetas como el artefacto que, superadas las no pocas dificultades atravesadas durante su gestación y grabación, salva la trayectoria del grupo granadino proyectándolo hacia otra dimensión.

Ése es el proceso que Nando Cruz, veterano compañero, expone de forma amena, lúcida y brillante en su texto, primorosamente editado en la recién inaugurada colección Cara B de la editorial Lengua de Trapo, destinada a revisar títulos clave de la discografía nacional (ya ha aparecido también el dedicado al Omega morentiano, firmado por Bruno Galindo, y se anuncian otros, entre ellos los centrados en Mala Rodríguez y su Lujo ibérico y Cajas de música difíciles de parar de Nacho Vegas).

El periplo documentado por Cruz arranca en 1996, tras la edición del segundo disco del grupo, Pop, y con la banda situada al borde de la debacle. El sobrenombre de orquesta química que surgirá después no es gratuito y también juega su crucial papel en este estado de cosas, pero hay más, ante todo, la paradigmática cuestión en torno a la ¿inevitable? profesionalización; la medida de la concesión que ese paso conlleva.

El autor cuenta con la complicidad de múltiples voces, pero realiza un encomiable esfuerzo por narrar los hechos –los entrecomillados son mínimos– con la suya propia. Canción a canción, Cruz rastrea el a menudo sorprendente origen de cada uno de los cortes que conformarán el álbum y se instala con Los Planetas en el local de ensayo, el estudio de grabación de Kurt Ralske en Nueva York o los despachos de la RCA, entre otros tantos escenarios.

Prologado por una sorprendida y entusiasta Julieta Venegas, y epilogado en clave generacional por Julián Rodríguez, La historia del disco que casi acaba con Los Planetas nos deja la certeza de los hechos –aun cuando ésta dependa de quién los cuente– y una buena tanda de pertinentes preguntas sin respuesta. Entre ellas, ¿quien se atreverá a algo similar con La leyenda del espacio?