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El nada ordinario trí­o de José González

Blas Fernández | 30 de septiembre de 2010 a las 7:09

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Fields. Junip. City Slang. Rock. 2LP / CD / 3CD

Con alguna excepción, como aquella deliciosa versión de Cello Song de Nick Drake grabada junto a The Books para el imponente recopilatorio Dark Was The Night, hasta el momento hemos acostumbrado a escuchar al sueco José González, singular folk-singer de ascendencia argentina, en la cercanía acústica que proporcionan ese par de hermosos y desnudos discos titulados Veneer (2005) e In Our Nature (2007), armónicamente armados ambos en torno a su pericia con la guitarra española.

Bien es cierto que quizás el epé de remezclas de ese último título aportara pistas sobre cómo resultaría un González con mayor trasfondo instrumental, pero serían, en cualquier caso, pistas de un trasfondo ajeno, pistas falsas. Y para tener la certeza, ha habido que aguardar hasta ahora.

A la espera de poder echarle el guante encima a ese prometedor documental sobre la figura del emergente músico -The extraordinary ordinary life of José González, de Fredrik Egerstrand y Mikel Cee Karisson, acaso otra prueba más del comprensible interés despertado por su figura y obra-, el debut en largo de Junip, Fields, podría entenderse como un atractivo complemento con que entretener la prórroga hasta la llegada de un nuevo capítulo propio, pero, agotadas con gusto las rápidas y sucesivas escuchas, se revela pronto como un algo más que recomendable artefacto autónomo, por más que la voz de González, su identificativa guitarra y la estructura de las canciones, remita al sello distintivo de su carrera en solitario.

Junip es, en resumen, el grupo con el que el de Gotemburgo inició en 2000 su trayectoria discográfica; la firma de un epé, Straight Lines, compartida en su día con el teclista Tobias Winterkorn y el percusionista Elias Araya. El primero acabaría dedicándose a la enseñanza y construyendo su propio estudio de grabación, mientras que el segundo pasaría la primera mitad de la década estudiando fuera de Suecia.

Durante ese tiempo se fraguó la considerable repercusión internacional de José González, lo que en apariencia pospuso una y otra vez el proyectado debut en largo del trío. En 2006 un nuevo epé, Black Refuge, avisó de su discontinua supervivencia, pero, con la agenda del cantante repleta de compromisos, no ha sido hasta este 2010 cuando la banda ha conseguido, por fin, dar forma a su anhelado primer álbum.

Fields aparece en dos versiones diferentes. La estándar, en CD simple o doble vinilo, cuenta con once canciones, mientras que la Deluxe -en triple CD- aporta algunas convincente razones, once más, para hacer el esfuerzo y rascarse el bolsilo: añade, entre otros, los cortes del mencionado epé Black Refuge -incluida una preciosa versión del The Ghost of Tom Joad de Bruce Springsteen- y los del epé de avance del álbum, Rope and Summit.

Ilustrativo muestrario ampliado de las tempranas filias e influencias que, quizás por exposición directa al contagio, acabaron conformando el personal estilo de González -del folk-rock británico al krautrock, pasando por esos, ya alguna vez citados, ecos africanos de su guitarra: “Mi madre es etíope, y crecí escuchando la música etíope que ella ponía, muy repetitiva”, apunta clarificador Elias Araya-, Fields funciona hoy a la perfección en su doble condición de trabajo apto para neófitos desconocedores de la carrera del sueco-argentino, que descubrirán aquí a un subyugante grupo, y de ineludible escucha para seguidores de larga trayectoria. Ésos que, probablemente con una mueca de satisfacción, confirmen impresiones antaño sólo intuidas.

El alto vuelo del águila

Blas Fernández | 28 de abril de 2009 a las 11:26

Foto: Aubrey Edwards

Bill Callahan. Sometimes I Wish We Were an Eagle. Drag City. Rock. LP / CD

Permanecen la voz grave y esa métrica telegráfica, de entonación narrativa, que enmarca la habitual y cercana misantropía de su discurso vital, pero, casi veinte años y trece discos después de su debut como Smog, algo ha cambiado en la música de Bill Callahan.

Pudiera parecer que la mudanza se inició, precisamente, con el abandono del alias con que firmó aquella discografía que hoy le sirve para figurar como abanderado del lo-fi y, más allá, pionero en la reivindicación y reinvención del folk-rock norteamericano -en esa empresa su trayectoria va pareja a la de ese otro gigante, Bonnie Prince Billy-, justo cuando en 2007, también en abril, editó Woke on a Whaleheart. Algo hay, claro, aunque rastreando entre su fértil listado de títulos no cuesta identificar trabajos con decidida vocación de regatear las previsiones -los arreglos camerísticos o las inmersiones ruidistas de algunos de los cortes Knock Knock (1999), uno de sus discos más celebrados-.

No obstante, es a partir de la asunción del nombre propio -o quizás a la inversa: lo asume por ello-, cuando el personaje se sacude el corsé -maldito corsé o corsé de maldito- y se lanza sin miedo al vasto vacío. Así, Woke on a Whaleheart podía escucharse en clave de acercamiento pop con referentes gospel, mientras que el presente Sometimes I Wish We Were an Eagle retoma el camino de un folk orquestado que trae a la memoria, ¡ay!, a Nick Drake -decía Silvia Grijalba en Palabra de Rock que si los familiares de Drake recibieran una moneda cada vez que la crítica lo citara como referente sin duda se harían de oro; tal es su descomunal influencia-.

Desde la inicial Jim Cain hasta la postrera Faith / Void, la nueva entrega de Callahan se llena así de canciones tan delicadas como simples en su concepción inicial, a las que una comedida exuberancia en los arreglos de cuerdas, y hasta metales, dotan de una corporeidad, de una carnalidad definitivamente alejada ya de los comienzos de aquel tipo que grababa cintas de cassette en su dormitorio. Éste es el nuevo Bill Callahan, volando tan alto, como el águila que añora en el título, que casi todo el humo queda ya por debajo.

La destilería de Kurt Wagner

Blas Fernández | 8 de octubre de 2008 a las 12:18

OH (OHIO). Lambchop. City Slang. Rock. CD

Que Kurt Wagner sigue en estado de gracia es una evidencia. Lo constata esa maravilla que abre la última entrega en la ya larga, muy larga, trayectoria de Lambchop, Ohio, una canción queda, de delicadeza extrema, que acaba adquiriendo consistencia en su propia evanescencia (parece un trabalenguas contradictorio, pero haga la prueba).

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Dos cadáveres exquisitos

Blas Fernández | 20 de mayo de 2008 a las 10:14

Nick Drake segundo intento

Que la edición de literatura musical en España vive uno de los mejores momentos de su historia, si no el mejor, parece un hecho evidente atendiendo a las publicaciones de sellos como Robinbook, Global Rhythm Press o Ediciones Lenoir, entre otros. A esa constelación de editoriales especializadas se ha sumado recientemente Metropolitan Ediciones, nacida al amparo de la discográfica independiente Mushroom Pillow –casa de grupos como Sr. Chinarro, Tarik y La Fábrica de Colores, Travolta y Triángulo de Amor Bizarro– y estrenada con sendas biografías de dos personajes de hechuras monumentales, al menos si reparamos en la fundamental influencia que su legado ha dejado en el tiempo, Nick Drake e Ian Curtis.

Más allá de sus respectivas herencias –cortas en cuanto al número de referencias discográficas, enormes en su repercusión–, ambos comparten además destino trágico: muerte prematura y autoinducida, aunque en el caso de Drake, Trevor Dann, autor de Más oscuro que el más profundo mar, vuelva a dejar en el aire las dudas razonables sobre si su fallecimiento fue consecuencia o no del suicidio.

Sólo los hechos
Bio Nick Drake

Pese a llevar en activo desde 1974, empleando buena parte de esos años como director de programas de la BBC, y de haber trabajado para diversos medios impresos –The Times, The Guardian, Mojo…–, Más oscuro que el profundo mar. En busca de Nick Drake, publicado originalmente en Gran Bretaña el pasado 2006 y bien traducido al español por Miguel Serrano Larraz, es el primer libro de Trevor Dann, quien parece haber encontrado en una más que evidente pasión por la figura y obra de Drake (Rangún, Birmania, 1948-Tanworth-in-Arden, Inglaterra, 1974) el vehículo idóneo para armar su ópera prima.

Dann no se anda por las ramas y, lejos de trazar el recorrido cronológico habitual, arranca su obra con la llegada del biografiado a Cambridge en 1967 –de hecho, no comenzará a explorar los antecedentes familiares y la infancia del personaje hasta pasadas más de cincuenta páginas–, punto de partida de la extraña y en su día ignorada carrera discográfica de Drake.

Voluntariamente ajeno a la intrepretación de unos hechos no siempre comprobados o divergentes según qué versión de la historia, el periodista prefiere reunir una vastísima documentación, procedente tanto de incontables entrevistas directas con allegados al músico como de otras fuentes solventes –programas de radio, publicaciones, documentales televisivos y radiofónicos…–, para montar un relato de encomiable pulcritud quizás sólo sutilmente personalizado en un aspecto discutible, la percepción, reiteradamente insinuada, que Trevor Dann tiene del productor Joe Boyd, elemento esencial en el devenir de Drake, como un personaje cuanto menos oscuro. Para equilibrar esa visión resulta muy recomendable conocer la versión del propio Boyd, recogida en el ineludible volumen Blancas bicicletas (Global Rhythm Press, 2007). Completa la obra, que se interroga a fondo sobre la influencia que el músico ha tenido en generaciones posteriores, una pormenorizada revisión de la discografía de Nick Drake.

PD: Ésta es una buena web sobre Nick Drake en español.

La mujer dolida

Bio Ian Curtis

Prescindible en cuanto a su errático estilo, su mala traducción y hasta lo descuidado de su edición, pero altamente recomendable como documento de primera mano, Touching from a distance. La vida de Ian Curtis y Joy Division, libro publicado por primera vez en Gran Bretaña en 1995, es el descarnado retrato que Deborah Curtis, viuda del líder de la célebre banda, hace de su marido (1956-1980), personaje, qué duda cabe, de compleja y atormentada psicología.

Sin embargo, parece inevitable reseñar que sobre ese relato gravita por momentos la sensación de asistir a un cierto ajuste de cuentas por parte de una esposa despechada, dolida no sólo por la infidelidad de su pareja, sino también por su carácter caprichoso, desdeñoso y cruel. En este sentido, y haciendo un inciso, hay que apuntar que ése es precisamente el matiz que el realizador Anton Corbijn ha sabido filtrar con acierto en su algo más que correcta película Control, todavía inédita en nuestras pantallas, que toma precisamente el libro de Deborah Curtis como base de su guión.

Acompaña a la narración un amplio repaso a la discografía, las letras de todas las canciones grabadas y algunas inéditas –desgraciadamente, sólo traducidas al español– y diversos escritos inconclusos.

Ahí les dejo de postre el enigmático e inolvidable vídeo de Atmosphere, dirigido en su día por el propio Corbijn…

South Pop Día 1: Conciertos y desconcierto

Blas Fernández | 2 de mayo de 2008 a las 19:14

José González

La primera de las tres jornadas de la IV edición del sevillano South Pop Festival tras su traslado al Centro Andaluz de Arte Contemporáneo arrancó con una mala noticia: Pauline en la Playa se caía del cartel porque, literalmente, una de las hermanas Álvarez, Mar, se caía del escenario, justo tras acabar su prueba de sonido, mientras bajaba la escalera. Traslado inmediato al Virgen Macarena y diagnóstico en urgencias: fractura doble de tobillo requerida de intervención quirúrgica. Tanto la paciente como su hermana, Alicia, decidieron que lo mejor era que la operación se llevase a cabo en su ciudad, Gijón. Ambas abandonaban el centro hospitalario sobre las once de la noche y hoy partían, a las cuatro de la tarde, en vuelo directo hacia casa.

En eso quedó el susto -pudo ser peor-, en eso y en el desconcierto y la pesadumbre que pareció adueñarse de la organización durante las primeras horas del festival. El accidente no sólo provocó un retraso de cuarenta y cinco minutos respecto a la hora de inicio anunciada, las 19.30, sino también un cierto nerviosismo traducido, quizás, en la deficiente sonorización sufrida por la banda encargada de abrir el South Pop.

No. No debe de resultar nada fácil sonorizar a una formación tan numerosa y ambiciosa en sus planteamientos como Limousine, que acabó, en cualquier caso, pagando el pato: su flamante rock psicodélico quedó reducido durante buena parte del concierto a esa temible bola de sonido en la que uno, por más que se esfuerce, apenas distingue los muchos instrumentos sobre el escenario. Sólo en la última y contundente canción consiguieron desde la mesa de mezclas poner un poco de orden, sirviéndonos una imagen tardía de lo que pudo ser y no fue. Lástima, porque el grupo cordobés merecía, sin duda, mejor suerte.

Los siguientes en subir al escenario fueron A Hawk and A Hacksaw, propuesta procedente de Albuquerque, Nuevo México, y encuadrable, como la de sus paisanos Beirut, en ese singular proceso de reivindicación desde el universo pop de la música balcánica. Pero si tanto la peculiar oferta de Zach Condon como los propios discos de A Hawk and A Hacksaw mantienen ese nexo con el pop, en directo Jeremy Barnes y Heather Trost optan por prescindir de él y transcribir su repertorio para el acordeón, el violín y unas mínimas percusiones. En ese proceso, me temo, se pierde buena parte del interés que tiene su música, los muchos matices desplegados por unos metales y cuerdas aquí tan inexistentes como las hermosas melodías vocales, también borradas del mapa.

Si pintoresco resulta que un grupo de Albuquerque haga música zíngara, más paradójica le parece a quien firma esta crónica esa corriente testimonial que atraviesa el pop español cantando en francés (¿?). Más resolutivos y potentes en directo de lo que cabía esperar, uno no puede sin embargo dejar de preguntarse qué hace una banda de Pamplona como Souvenir traduciendo a ese idioma un clásico del rock nuevaolero en inglés como Hangin’ On The Telephone, de Blondie. ¿Rizar el rizo?

Así las cosas, tuvimos que esperar hasta cerca de la medianoche para sentir justificada la asistencia al festival, que encontró en el sueco-argentino José González a su redentor. Cantante y guitarrista de extraordinaria sensibilidad, como atestiguan sus dos imponentes discos, Veneer (2003) y In Our Nature (2007), González aglutina un brillante catálogo de referencias folk y pop manejadas con extraordinaria solvencia. Bebe de Nick Drake, sí, pero también de Víctor Jara -el toque percutivo, rítmico de las seis cuerdas y sus hermosos tejidos armónicos-, del primer Caetano Veloso, de la música africana y de Crosby, Stills & Nash -los juegos a dos y tres voces-. No hay trampa ni cartón, sólo los elementos tan sabiamente manejados en esos discos enormes. En solitario con la guitarra española, primero, o flanqueado luego por los coros y los detalles de percusión y teclado, José González impuso un respeto proyectado desde la fascinación que sus canciones infunden. Las suyas y, claro, también las ajenas. La magistral revisión de Teardrop de Massive Attack cayó justo al final, pero mayor aún fue la sorpresa del bis, el Love Will Tear Us Apart de Joy Division. Ovación cerrada, sentida y merecida.

Me disculparán, pero tras semejante despliegue de talento, lo de Friska Viljor, rock juerguista de alta graduación alcohólica, sonaba a broma.

PD: La foto de José González no corresponde al concierto del South Pop, es de recurso. Estos vídeos que vienen a continuación, tampoco. Pero qué bonitos son…

Teardrop

Down The Line

Hearbeats

Love Will Tear Us Apart