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Las canciones del porvenir

Blas Fernández | 30 de junio de 2013 a las 10:48


La canción de Juan Perro.
Radio Futura.
Reedición. Sony Music. 3CD / 3LP.

Un buen día, allá comienzos de 1987, las calles de las principales ciudades españolas amanecieron empapeladas con unos carteles sin leyenda. Era una misteriosa foto en blanco y negro que mostraba a cinco tipos mal encarados. Ni una pista más.

Por lo general, uno pasaba junto a aquellos grandes pósters y seguía camino sin caer en la cuenta. Pero si paraba, a poco que estuviera al tanto de lo que sonaba en la radio de la época, entonces reparaba. Tal era el grado de penetración que Radio Futura, un grupo independiente felizmente asimilado por el ámbito mainstream, había logrado en el mercado de la música popular española. Un caso singular con improbables paralelismos contemporáneos.

En efecto, ése del centro era Santiago Auserón. A su derecha se ubicaban su hermano Luis y el ya desaparecido Enrique Sierra; a su izquierda, dos nuevas incorporaciones cuyos nombres no tardaríamos en conocer: el teclista Pedro Navarrete y el baterista Carlos Torero.

Aquella foto sin leyenda no sólo certificaba el notable grado de popularidad alcanzado por la banda tras sus dos últimos discos –el segundo cronológicamente, La ley del desierto / La Ley del mar (1984), y el tercero, De un país en llamas (1985)–, una circunstancia explotada con acierto y originalidad en la campaña de promoción, sino que también servía como carta de presentación de la nueva formación y hasta como avance de la declaración de intenciones que nos aguardaba: ésta es la nueva Radio Futura.

Con el aperitivo de la calurosa 37 grados en forma de sencillo, La canción de Juan Perro convirtió en canciones –gran parte de ellas, memorables– algunas de las ideas que el paso del tiempo sedimentó como sana y fructífera obsesión en la cabeza y obra de Santiago Auserón –junto a sus discos en solitario, su ensayo El ritmo perdido (Península, 2013), en torno a la invisibilizada huella de la negritud en la música española, es la mejor prueba de ello–.

Convencidos ya durante la grabación de De un país en llamas de la necesidad de “convertir a Radio Futura en un grupo que pudiera ofrecer algún color de nuestra tradición”, los Auserón y Sierra –el grupo, más allá de las idas y venidas– se esforzaban con ahínco teórico y trabajo de campo en la fuga desde territorios comunes hacia terrenos que, sin renunciar a su tiempo, resultaran reconocibles por su acento propio. No había ruptura con esos dos mayúsculos discos previos antes citados, sino exploración, expansión y conquista.

Y funcionó. Comercialmente, al comienzo, lo hizo en términos similares a sus entregas previas –el despegue de cifras aguardaría a la publicación de Escueladecalor. El directo de Radio Futura (1989)–, aunque luego los años terminarían por convertirlo en el disco más popular de la banda. Pero, además, como detonante artístico provocó un seísmo equiparable: no fue, ni mucho menos, un disco pionero del rock latino –una indocumentada boutade repetida estos días con la ligereza habitual–, aunque sí la perfecta aplicación de muchos de los presupuestos éticos y estéticos de la nueva ola en la construcción de un rock hispano capaz de casar con profundidad literaria métrica castellana y ritmos negros –principalmente, norteamericanos y jamaicanos; lo de Cuba, ya sabe, vino luego–.


El 25 aniversario de aquella gesta –“La intuición de que se podía trenzar un rock de sonido global con mimbres propios”, apunta con tino Diego A. Manrique en un texto introductorio– bien merecía ser celebrado, y en Sony Music España, propietaria hoy de los derechos de aquel disco para RCA, no sólo parecen convencidos de ello, sino también del potencial comercial de la operación. Sobre todo si se hace con el mimo, el mismo aplicado en su día al Cantecito de Kiko Veneno, que revela esta edición especial, compuesta por tres discos –tanto en versión CD como vinilo– y libreto ad hoc.

El primero de ellos es La canción de Juan Perro casi como lo conocimos en su día. Al álbum original grabado en Nueva York durante cinco semanas –con el británico Jo Dworniak convertido ya en productor de cabecera y colaboraciones del fallecido percusionista cubano Daniel Ponce y los metales de The Uptown Horns– se añade como propina la versión extendida y rapeada de La negra flor, Paseo con la negra flor, cara B del maxi homónimo del 87 y aún mayor éxito con la lectura en vivo de Escueladecalor.

Sobre la vigencia de su corpus, ése que encarnaban y encarnan canciones como En un baile de perros, A cara o cruz, la mencionada 37 grados o la fantástica adaptación de Edgar Allan Poe en Annabel Lee, quizás no quepa decir nada mejor que lo obvio: quienes las grabaron, y quienes entonces las escuchamos entusiastas, hemos envejecido; ellas no. Ahí siguen, lozanas y zalameras, tan tersas y vibrantes un cuarto de siglo después.

Es más, como escribía Jesús Ordovás en 1989, en el prólogo a un libro-álbum dedicado al grupo publicado por Ediciones Cúbicas, “el éxito de Radio Futura se debe a haber sabido crear unas canciones que, además de lograr un impacto inmediato en la gente, van cobrando más sentido y fuerza con el paso del tiempo”. Y el tiempo, desde luego, le ha dado la razón.

El segundo disco es un auténtico regalo para completistas, pues rescata las tantas veces citadas maquetas preparatorias del álbum, grabadas ya junto a Dworniak en Madrid en un pequeño estudio propiedad de RCA. Con un orden diferente al que finalmente figuraría en La canción de Juan Perro, son las mismas canciones esbozadas por el grupo tocando al unísono, “con muy pocos retoques”, como explica Santiago Auserón en una entrevista genérica difundida por Sony Music España, al igual que otra a su hermano Luis, con motivo del lanzamiento. Aquellos bocetos funcionan hoy en un doble plano: por un lado, documentan la concienzuda elaboración del trabajo –todas las líneas maestras están ahí–; por otro, ponen en su justo valor los brillantes arreglos de metal de las versiones definitivas, firmados por Jim Biondolillo, y el soporte rítmico de Ponce.

Valor documental aporta también el tercer disco, un directo grabado en Alcalá de Henares en 1988, justo tras la reincorporación de Enrique Sierra tras otro de sus ingresos hospitalarios a consecuencia de la enfermedad renal que, finalmente, provocaría su fallecimiento el pasado año –a él va dedicada esta edición especial–. Grabado unos meses antes de Escueladecalor, muestra al mismo grupo imparable, lanzando con puntería un repertorio que también rescata canciones de La ley del desierto / La ley del marEscuela de calor y Semilla negra– y De un país en llamasEn el chino y No tocarte–. Una guinda que sumar, pero con bastante mejor sonido, al pastel de directos que circulan por internet.

Por su parte, el cuidado libreto recopila dos piezas ya conocidas, el célebre manifiesto Por qué lo hemos hecho, firmado por Santiago Auserón en el 87, y la preciosa adaptación al cómic que Max hizo de El canto del gallo.

En resumen, y más allá del valor sentimental para quienes asistimos a su edición original, estamos ante el rescate ampliado de uno de los discos más significativos de la historia del rock en español, una apabullante colección de canciones ajenas al calendario.

Los veinte años del ‘cantecito’

Blas Fernández | 22 de mayo de 2012 a las 13:10

La anunciada reedición en versión especial de Échate un cantecito, coincidiendo con el vigésimo aniversario de la aparición original de tan señalado título en la discografía de Kiko Veneno (y de la música española en general), me da pie al rescate de la entrevista que con tal motivo le hice en su momento, publicada en noviembre de 1992.

Por cierto, que esta entrevista me dio el nombre para el programa de radio que comencé poco después. En fin… Rebobinando… Dos décadas atrás…

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Pony Bravo, autorí­a responsable

Blas Fernández | 26 de abril de 2008 a las 9:53

Pony Bravo

Foto: Celia Macías

“Intentamos trabajar con un enfoque diferente. En la artesanía de la composición hay mucho cliché en el que puedes caer. Incluso haciendo algo accesible, que en principio no es experimental, ni vanguardia ni nada por el estilo, tienes que comerte la cabeza y buscar”, afirma Daniel Alonso, cantante y teclista de Pony Bravo, la banda que mañana, con un concierto especial, pondrá punto final a la tercera edición del Festival Internacional de Teatro y Artes Escénicas de Sevilla (Fest).

La invitación para clausurar el certamen le llega al grupo -integrado además por Pablo Peña (guitarras), Darío del Moral (bajos y guitarras) y Javier Rivera (batería), los tres procedentes de otra formación local ya desaparecida, Renochild- en el momento idóneo. En activo desde hace poco más de dos años y tras haber puesto en circulación dos maquetas y un CD-single, su primer álbum, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias), está a punto para ser editado por el sello local Discos Monterrey. Será el punto de partida de un nuevo tramo en el camino, hasta la fecha recorrido con notable polvareda gracias a internet, el boca a boca y los directos. “Creímos que íbamos a ser un grupo denso de los que les gustan a cuatro colegas, pero resulta que todo funciona mejor de lo que pensábamos”, dice Alonso.

Ese pequeño revuelo tiene su explicación: la originalidad, la voz propia que Pony Bravo ha conseguido desarrollar en tan corto espacio de tiempo. Su repertorio mezcla el español y el inglés con la misma naturalidad con que luego cuadra las referencias al kraut-rock, el rock sevillano de los 70 o Radio Futura. “A veces, cuando intentas hacer algo original es precisamente cuando no te sale -avisa-. Pero meterte en el jaleo de montar un grupo, de dar conciertos, no te compensa si no es para hacer lo que te gustaría oír. Además, somos de la generación eMule. Cualquier chaval de 20 años con interés ha escuchado hoy casi toda la historia del rock. Así que lo que nos preguntábamos es ¿por qué no se hacen otras cosas?”.

Esquivar el cliché; crear algo propio sin miedo a reconocer las influencias, ya vengan éstas de la música etíope de los 60 y 70, la electrónica de Kraftwerk o el flamenco. Pony Bravo, la canción, suena a western metafórico -con el pequeño animal escapando de la rueda del feriante y recuperando la libertad-; Lolita difumina perfiles de tango; Trinchera es un ardoroso blues y El guarda forestal, un imprevisible reggae… ¿Se pierde la coherencia? No, y eso también forma parte de la sorpresa. “Si te centras en un subgénero pensando que tienes el sonido lo único que consigues es un soniquete”, comenta.

A diferencia de su música, el discurso de Pony Bravo está aún en construcción. Escuchando a Alonso, cuyas ideas van a menudo más rápido que sus palabras, uno tiene la sensación de que el armazón teórico que sin duda sustenta su trabajo apenas está empezando a levantarse a golpe de escuchas e intuición, pero aún así revela ya una sólida estructura. “Hay un montón de gente que escucha un montón de música, que sabe, y lo que eso nos provoca es la responsabilidad de no hacer más de lo mismo”, insiste.

Escuchando el resultado, su álbum, pocos aventurarían lo accidentado del registro. “Nos lo grabó Raúl Pérez con Nacho García como ayudante técnico. Un tío de Nacho tiene un cortijo en el Palmar de Troya, y nos pareció un sitio perfecto porque tiene dos grandes salas, una de control y otra para tocar -recuerda Alonso divertido-. Teníamos bastante claro qué producción queríamos, sin clichés, sin fórmulas y con tiempo. Decidimos arriesgarnos y probar. Nos gastamos todo lo que teníamos alquilando equipos analógicos. Luego la realidad es que en el cortijo hacía muchísimo calor, olía a cochino, todo estaba lleno de moscas y a las tres semanas llegaron los dueños, que al ver a cuatro tíos en calzonas no tardaron mucho en decirle a Nacho que nos buscáramos otro sitio”.

Tras un rosario de estancias en casas de amigos y estudios de grabación, Si bajo de espalda no me da miedo (y otras historias) es ya hoy una gozosa realidad, acaso de las más notables que ha dado el rock sevillano en los últimos años.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, aún no lo sabemos”, comenta Daniel Alonso sobre la postura adoptada por Pony Bravo a la hora de editar su primer álbum, disponible en CD con un llamativo diseño obra de él mismo -amén de músico diseñador gráfico-, próximamente también en una edición limitada en vinilo y, en breve, en descarga copyleft a través de la web de la banda. Quien se decida a comprar el CD se encontrará con un precio ajustado, 10 euros en sus conciertos y 12 en las tiendas. “Muchos grupos apoyan públicamente a Creative Commons, pero luego registran sus obras en SGAE -apunta-. Si no conseguimos que un grupo con licencias CC funcione comercialmente aplicando nuevos modelos de negocio lo único que vamos a hacer es llenar entrevistas hablando de lo guays que somos, en lugar de hablar sobre música, que sería más interesante”. Alonso se muestra convencido de la necesidad de romper la rueda, “de acabar con lo que en la práctica es un monopolio de la SGAE, que a través de un control férreo y duro influye a la hora de cambiar las leyes y hasta consigue que tengas que pagarles aunque no estés con ellos. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades”, añade.

Pony Bravo y Monterrey DJ’s actúan mañana a las 20:30 en el Centro de la Artes de Sevilla (c/Torneo). Invitaciones desde una hora antes en el mismo espacio. Aforo limitado.

Hasta aquí la entrevista publicada hoy en Diario de Sevilla. A continuación, las notas que por cuestión de espacio se han quedado fuera.

Pony Bravo B

Foto: Celia Macías

“Yo empecé un poco como todo el mundo, componiendo con la guitarra. Después de un par de años comencé a hacer música para la compañía de danza Mota. Empezamos a montar piezas de quince minutos. Yo hacía la música y Juan las coreografías y la dirección del proyecto. Era electrónica con voces y un componente folk. Podía parecerse a Four Tet, pero mucho peor, claro. Y además, yo tenía ganas de trabajar en el rock. Había ahí unas influencias clásicas, de los 70, que pedían instrumentos. Estuve casi un año buscando músicos y pensando en ponerme a tocar solo por bares, pero justo cuando iba a empezar a hacerlo, Renochild, con los que ya había trabajado en cuestiones de diseño, se ofrecieron a ayudarme a montar las canciones. Grabamos una maqueta, empezamos a ensayar, Darío estaba libre… A los dos meses ya tenía claro lo que quería hacer, y ellos querían lo mismo. Así que decidimos montar el grupo en serio. Eso fue hace un par de años y medio”.

“Si no es para hacer algo distinto, no montamos el grupo. Hay músicos que lo son de oficio y tienen esa perspectiva, pero la mía es otra, desde fuera. Pablo, Darío y Javi tienen el oficio, mientras que yo vengo de las artes plásticas, del diseño. Empecé a tratar la composición como si fuera un cartel. Toco el piano y la guitarra lo justo para poder componer. Si hago arreglos, los toco como puedo y se los doy a Darío o a Pablo y ellos lo sacan”.

“Uno de los huecos que no se han llenado es el del rock andaluz, que no del flamenco-rock. El flamenco ha seguido su evolución mezclándose con el jazz y con otras músicas. Pero nosotros no podemos acceder a trabajar con eso porque no sabemos tocar ni jazz ni flamenco. Lo que sí podemos hacer es rock andaluz, trabajar con una iconografía y fusionarla con lo que hemos mamado desde chicos, la cultura anglosajona. Para nosotros es igual de natural escuchar a Triana que ver una película de Jim Jarmusch”.

“Todo aquello del rock andaluz parece que se corta a finales de los 70. La propuestas rock que han salido desde entonces, y hay cosas buenas, por supuesto, las aproximaciones de Sr. Chinarro, de Los Planetas, buscan el envoltorio estético, el hecho de que suene a fusión, y se genera una moda folclórica, localista, pero hacerlo de verdad es más difícil. Tienes que controlar tu género, que es el rock anglosajón, y fusionarlo a todos los niveles”.

“Para entrar en el flamenco desde el rock hay que viajar primero por la canción andaluza, por la copla, por Radio Futura, por Sr. Chinarro. Creo que a nivel local es un camino”.

“Para mí Triana es el único que, siendo un grupo de rock sin especial maestría técnica, desarrolla una autoría, una narrativa, una iconografía”.

“Que el rock sea un arte popular es muy importante para nosotros. ¿Qué es lo que pasa con el arte contemporáneo? ¿Que se enteran cuatro?”.

“Nos gustaría picar un poco de todo, hacer algo accesible. En sus comienzos Radio Futura decía que quería hacer pop-art, música de vanguardia que llegara a los 40 Principales. Nosotros no queremos llegar tan lejos, lo que sí sabemos es es que no queremos caer ni en lo fácil ni en la experimentación por la experimentación”.

“Nunca me gustó mucho la copla. Cuando era más joven lo que me gustaba era Radiohead y un montón de grupos mainstream, Pearl Jam y todo eso, y por entonces la copla no era para mí más que un vestigio de la posguerra. Pero ya con Pony Bravo, gracias a amigos que escuchan muy distintos tipos de música, descubrimos que en la copla hay cosas increíbles”.

“Con la excusa de Intervenciones en Jueves, en el Deshomenaje a Estrellita Castro, preparamos dos canciones y flipamos. Se pueden hacer montones de cosas. El folclore andaluz es tan rico en matices… Es como cuando vas al mercado y compras buena comida. Con nada que hagas tienes montones de matices”.

“Hemos montado La falsa moneda en la versión de Imperio Argentina y La niña de fuego basada en la de Caracol, la que cantaba Lola Flores”.

“La decisión de optar por una licencia Creative Commons es totalmente ideológica; práctica, no se sabe. Toda la industria está cambiando y lo único claro es que hay nuevas posibilidades. Las sociedades de gestión de derechos plantean hoy en España una situación muy parecida a aquella cuando Telefónica era la única compañía que te daba ese servicio. Una situación de monopolio. Luego se abrió el mercado, y aunque sigue habiendo problemas en ese sector al menos hay competitividad. Con las entidades de gestión de derechos pasa algo similar. Tendemos a la autogestión, y en vez de contratar a los abogados de la SGAE contratamos a los nuestros”.

“Creo que se puede trabajar con Creative Commons. La mayoría de las pequeñas independientes lo que quieren es sacar discos y cubrir gastos. La poca rentabilidad que tiene un grupo independiente al menos será para nosotros y no para los intermediarios”.

“Después del cortijo empezó un mes y pico de tour por casa de amigos. En la del pintor Manuel León, en Villanueva del Ariscal; en la de Pablo, grabando durante dos semanas cosas que faltaban; y finalmente en el estudio de Raúl, haciendo las mezclas”.

“Hoy en día es barato grabar, todo el mundo tiene un portátil; es más barato promocionarte, a través de MySpace; y somos parte de una generación con oficios o aficiones creativas: fotografía, vídeo, diseño… Así que resulta que ahora es más fácil que haya grupos. Y mientras que es habitual que la gente esté desmotivada en aspectos políticos o morales, la música sigue manteniendo un vínculo misterioso, sigue siendo un valor importante. Pero no creo que haya una escena sevillana. Hay muchos grupos que apenas se relacionan entre ellos, que no trabajan juntos, que no desarrollan canales de difusión de su trabajo. Y una escena es la interrelación de trabajos”.

“Otro enfoque, confuso hasta para nosotros, es el de intentar cubrir todas las gamas que tenemos en el día. Hay veces que me apetece escuchar a M. Ward, con sus canciones clásicas y bien tocadas, y puedo tenerlo de fondo mientras trabajo, cosa que no puedo hacer con Captain Beefheart o Pere Ubu. Sunset es una canción con toque retro y cinematográfico; Pony Bravo son escenas. Algunos componentes de nuestra música funcionan muy bien a nivel popular, pero quizás marcan una estética que no es la que queríamos”.